sábado, 18 de junio de 2011

¿CREEN SUS SEÑORIAS EN EL SISTEMA DEMOCRÁTICO?

¿Y los obispos en el sistema celestial, creen los cardenales, ha creido alguna vez su santidad en dios? Podría afirmar entonces, sin demasiado riesgo a equivocarme, que siguiendo esta tradición milenaria sus señorias no tienen fe en el sistema democrático. Ni en nada. Solo en el poder que ocupan y estercolan. Basta con fijarse, como en sus eminencias celestiales, en su forma de hablar y en el tipo de vida que llevan. Solo la mala fe de los descreidos puede oponerse a lo anterior al no creer en la contiguidad de lo que ocurre entre el cielo y la tierra. Entre la falta de fe de sus señorías y la clarividencia de tan descomunal injusticia por parte de los acampados, de donde surge su imparable indignación. Hace falta mucha ceguera intencionada para no querer darse cuenta que desde la explosión del big bang los opuestos se buscan y, mas temprano que tarde, se encuentran. E, incluso, se rozan a primera sangre. Y, como entre el cielo y la tierra, producen entre ellos tormentas y truenos. Y rayos y centellas. En fin, la vida. ¿En que mundo creen que viven sus señorías?

Sin los ropones y los oropeles de antaño pudiera parecer distinto, pero el ejercicio continuado del poder terrenal no permite otra cosa que no sea que los días sean unos iguales a otros. Anécdota más o menos. Me dirá que como en la vida de cualquier súbdito o ciudadano. Cierto. Pero también convendrá conmigo que el uso y ocupación de cualquier poder no admite el libre albedrío, he aquí la diferencia. Es éste junto con algún tipo de fe, la que sea, los que hacen que la vida no sea un verdadero asco, que es lo que dan quienes no tiene ninguna fe y si todo el poder, siendo tal barbaridad una correspodencia literal de todas sus miserias individuales y de casta.

No creer en nada y tener todo el poder significa disponer de la patente de corso para imponerlo todo, incluso la ruptura de forma unilateral, y con total impunidad, del sistema de pesas y medidas de la convivencia. Así quieren castigar con siete años de cárcel la indignación de los acampados y dejar libre la corrupción total del mayor estafador del Palacio, convicto y confeso ante el mundo de su millonaria estafa.

La razón es un tipo de fe que, ante la energúmena obstinación de los que tienen todo el poder y no creen en nada, puede desbordarse en forma de indignación, dando lugar a un tipo de sentimientos que los poderosos incrédulos jamás pueden llegar a entender. Sentimientos que hablan de la existencia de otros mundos, de la mejora de la humanidad, de recuperar el sentido de comunidad y del bien común, etc. Sentimientos que estan acompañados de sus criterios ya que buscan afanosamente el sentido de la vida. La única manera, repito, de que la vida no nos acabe asqueando.

¿Contra que otra cosa piensan sus señorias, y sus voceros cómplices, que apunta la indignación de los acampados en las plazas?