jueves, 16 de junio de 2011

ESCUCHAR, DESPUES DE TANTO HABLAR


Nadie practica el deber de escuchar, porque solo se está pensando en el derecho a ser escuchado. Se vaya donde vaya, se quede con quien se quede, lo importante es decir lo que uno opina, que no es lo mismo que lo que uno piensa. “Que me escuchen, coño, lo que quiero es que me escuchen”, vendría a ser el imperativo, imitando al infausto picoleto. La ansiada libertad de expresión nació coja y nadie ha explicado todavía tal malformación. Derecho a hablar, sí, pero también la obligación de saber callar, sobre todo cuando no se tiene nada que decir que no sea seguir hablando porque si. Solo cuando caminen sanas y a la par, el que habla sabrá que alguien honestamente le escucha y éste sabrá que no es tiempo perdido el callarse. Pero de momento no es así.

Esta manera de existir se ha ido convirtiendo en una realidad irreductible: ser encontrado y escuchado en espacios de legitimación sin criterio, lo que significa que no forman comunidad ni se rigen por el bien común. No hemos sabido hacer compatible la amplia y variopinta base que proporciona la red de internet con el vértice de la pirámide social, que la dota de sentido. A la hora de la verdad semejante altura siempre nos ha dado vértigo. Sobre todo a nuestras élites, que desde hace siglos no han dejado de ser conformistas, alicortas, satisfechas de sí mismas y reaccionarias, militen en el bando azul o colorao, se encuentren en el centro o la periferia. Tanto da, porque a todos los interpela esa falta de responsabilidad endémica.

Fíjese como se ponen sus señorias y sus voceros familiares, educativos y sociales, tan afines en las urnas como cómplices necesarios en la acción diaria, en cuanto no los dejan ir a desayunar como están acostumbrados cada mañana. Antes, ni siquiera han tenido el valor de acercarse a las plazas, visto lo visto y lo que nos quedará por ver, y pedirle perdón a los acampados por el daño infringido, al hacerles creer en un mundo feliz que no existe. Un mundo diseñado fuera de las trazas del esfuerzo, del dolor y lo feo, de lo malo y lo peor. Con ese estilo gallináceo que los caracteriza los han hecho creer que el mundo era así de hermoso para siempre. No olvide que la mayoría de los acampados no ha vivido otra cosa en sus cortas biografías. Pero una vez que ha caido el velo de tan abominable impostura, lo que se echa encima, después del seismo de las plazas, es el tsunami que inunda los alrededores de donde se reunen sus señorias a pegarle a esa retórica herrumbosa e inane que tanto los identifica. Así han dado simbolicamente por demolido un recinto que hacía tiempo que no tenía ninguna actividad. ¡Qué menos! Lo único que han conseguido sus señorías allí dentro es que la política se confunda con la vida, precipitando una única resultante: que gane el que mejor mienta. Y, sin escrúpulos, han dado a conocer la clave: que no se note.

El 14 de julio de 1789, el rey cazó durante todo el día; después fatigado se fue a acostar. El día 15, por la mañana, el Duque de Liancourt le despertó para anunciarle lo que ocurría. “¿Es una revuelta?”, preguntó Luis XVI. “No, Sire; es una revolución”. Ah, contestó. Y siguió durmiendo.

A todo cambio social importante le precede una larga temporada de incomunicación, de diálogo de sordos, donde nadie escucha a nadie. Al cabo la legalidad vigente queda a la intemperie, sin que ya nadie la custodie. Lo que pueda suceder a partir de entonces es del todo imprevisible e impensable.