sábado, 9 de enero de 2016

LO QUE VOY APRENDIENDO

¿Qué es lo que he hecho para ir aprendiendo, mientras he leído la novela "Amsterdam", de Ian McEwan? Atender a lo relevante. Atender antes que entender. Ser fiel a mi atención, y sospechar, al mismo tiempo, de ella mientras voy entendiendo ¿Qué quiere decir esto? Que a pesar de saber que tengo muchos prejuicios - por ejemplo, empedernido romántico en mi forma de ver algunas caras del mundo, al igual que escéptico respecto a otras -, o dicho de manera rápida y directa: soy mis prejuicios, he aprendido con la lectura de esta novela a fijar la mirada - los sentidos, la mente - en algo relevante. Lo cual me ha hecho entender, por un lado, la capacidad de enajenación que tienen los prejuicios si uno se queda a solas con ellos durante toda la vida, y, por otro - y como respuesta a ese escozor deprimente - he aprendido a abstraer, es decir, a separar mediante la lectura unas voces y unas formas de otras, a crear una diferencia donde no la había. A otorgar sentido a mi lectura. En fin, he aprendido a tener el valor y el coraje de reconocer a los otros. 

Resumiendo: atender antes que entender es lo mismo que reconocer a los otros. Reconocer, de una vez por todas, que Yo es El Otro. Y que eso es lo mismo que ponerse en el camino de leer bien.

Pero he aprendido también algo muy importante. Que aunque pienso que he leído bien la novela "Amsterdam", no hay una sola manera de leerla bien. Como no hay una sola forma de hacer bien las cosas. Como tampoco existe la mejor de las opciones posibles en nuestras vidas. Nada es mesurable y jeraquizado segun una única medida. He aprendido a rechazar la jerarquía de las lecturas de mejor a peor. Lo relevante no es lo mejor sino lo bueno. Declarar que algo me ha parecido relevante en la lectura de "Amsterdam" no significa, como pudiera creerse, que he revisado, medido y sopesado todas las posibilidades y he elegido la mejor. No existe la mejor de las lecturas posibles de la novela "Amsterdam", ni de ninguna otra novela. Estoy convencido de que hay, simultáneamente, muchas lecturas buenas de "Amsterdam" y de cualquier novela. 


¿Qué es lo que nos falta, entonces?: la voluntad de poder y querer. Es decir, enfrentarnos a la indeterminación de posibilidades a que nos impulsa esa fuerza que todo ser humano por el hecho de estar vivo lleva dentro: poder y querer hacer las cosas bien o no hacerlas. En nuestro caso, poder y querer ser un buen lector o no serlo. Lo que significa, enfrentarnos a la indeterminación de las posibilidades que nos ofrece un narrador nada mas abrir una novela, aceptando que sin ese enfrentamiento no hay lectura buena que valga. Y aceptando, después, el poder de nuestra voluntad para querer fijar la atención en algo relevante entre un sin fin de formas y de voces, todas irrelevantes a simple vista. La voluntad de poder y querer que esa voz y esa forma, que nuestra mirada ha hecho relevante, sea tambien la que otorgue sentido a nuestra lectura, hasta el punto de atrevernos a presentarla delante del criterio de los otros lectores. Eso es todo. Nada más y nada menos.

viernes, 8 de enero de 2016

AMSTERDAM, novela de Ian McEwan

Algunos recordatorios que espero no molesten. Siempre el mismo temor a nuestra propia libertad, a la falta de criterios delante de lo que leemos. Y ante estos temores siempre la misma conducta: a ver que dicen los libros de la historia, o de la cultura, o de la ciencia, o de la sociología, o de la psicoclogía. Antes esos temores incontrolados siempre tenemos que tener al lado, cuando leemos una novela, algunos de esos libros de referencia que he mencionado. Creemos que el criterio especializado de los expertos que escriben en esos libros es también el nuestro por el hecho de tenerlos a nuestro lado mientras leemos la novela. Sin darnos cuenta de que el acto de la lectura no es de ese mundo del que hablan los expertos en sus respectivos libros. Sin darnos cuenta de que la lectura no es un acto de expertos, sino un acto que compete a la libertad de cada individuo en tanto que lector. Un acto donde aprende a conseguir y desarrollar, a través del despliegue de su imaginación, su facultad de obtener un criterio.

Antonio Muñoz Molina, lo dice así en un artículo de su blog: 

“La novela exige del lector un esfuerzo de imaginación que lo es también de extrañamiento de sí mismo: dejar en suspenso la cansina familiaridad del yo para aventurarse en mundos y en vidas que son fantásticas no porque sean imposibles sino porque son los mundos y las vidas de otros. Y ese esfuerzo por parte del lector se corresponde con el que el novelista ha tenido que hacer previamente, tanto si lo que cuenta se basa en experiencias propias o cercanas a él como si es del todo inventado o sucede en lugares o en tiempos que él —o ella— no ha conocido. En el primer caso, el material autobiográfico se vuelve novelesco porque el escritor lo cuenta como si le hubiera sucedido a otro; en el segundo, el salto cognitivo es mayor, porque el relato de lo ajeno, de lo del todo inventado o lo muy distante sólo dará una impresión de verdad al lector si el novelista no lo cuenta como si lo hubiera vivido o lo estuviera viviendo.”

Es esa cansina familiaridad del yo la que, intuyo, no conseguimos quitarnos de encima cuando leemos en silencio y soledad la novela en cuestión. La misma tabarra que nos acompaña - y que es la máscara cabal del miedo que nos embarga - cuando hablamos sobre lo que hemos leído. Una cansina familiaridad del yo que, como el color de nuestros ojos o el tamaño de nuestras manos, no puede evitar estar presente durante muchos momentos de la lectura. Y no tiene que ver con haber leído la novela de una manera u otra, sino con la dificultad que tenemos para estar y permanecer dentro de ella, mejor dicho, dentro de su lenguaje, que es en definitiva lo que significa leer: una personal experiencia con el lenguaje con que el narrador nos cuenta lo que sucede en la novela "Amsterdam".

La dificultad de estar y permanecer dentro de la experiencia del lenguaje de la novela, hace que con demasiada frecuencia, al querer hablar de ella nos salgamos fuera de su campo de acción narrativo. Es decir, volvamos a la cansina familiaridad de nuestros yo, con sus tópicos, lugares comunes y frases hechas. Con esa particular habilidad que tenemos para quitarnos de en medio lo que no sabemos dentro de la novela, poniendo el acento y el énfasis en lo que hemos oído y conocido, o hemos estudiado, haciéndonos expertos de ello, fuera de la novela, en la vida. Claro que los objetos nos interpelan, nos miran. Claro que los objetos cobran vida en nuestra experiencia. Eso que se dice que tienen un valor sentimental. Claro que entre las personas vivas, y las muertas, nos intercambiamos diferentes tipos de energía. Sea dicho según el lenguaje de los expertos de ramo. O dicho popularmente como “fulanito me cae bien y menganito me cae mal” o “a este le han echao mal de ojo”. En fin, claro que si, todas estas sensaciones ya las conocíamos por la experiencia vivida, y sabíamos de ellas porque lo hemos leído en algunos de los libros especializados aludidos, o a través de la jerga popular. Sin embargo, de lo que se trata con la experiencia de la lectura d
el libro de Ian McEwanes comprobar de qué forma sabemos eso que ya sabemos. 

jueves, 7 de enero de 2016

LA EXPERIENCIA DE VIVIR NO PERTENECE AL MUNDO DE LO EVIDENTE, ES OTRO MUNDO

No hay nada más irritante que verte sentado en el trono de Lo Evidente. Los demás se te acercan con sus dudas, con sus preguntas insensatas, y tú pareces saberlo todo. Esa forma de saber que apuntala lo que ya sabes, que nunca se adentra en lo que ignoras. Hay días que mueves alguna pestaña, o que tu rostro parece sentir algún tipo de interés por las dudas de los otros, incluso puedes llegar a decir que es interesante, que ya te gustaría a ti tener tiempo para poder pensar sobre eso, pero rápidamente me doy cuenta que nada de eso tiene hacia ti la más mínima  capacidad persuasiva. Puedes mejorar tu comedia hasta el punto de decir que estás de acuerdo con lo que te dicen, aunque compruebo en ello tu verdadera impotencia que no es otra que no tener la experiencia con las palabras que dices. En ese momento es cuando mejor detecto la importancia que tiene para ti la fortaleza de Lo Evidente. Desde ahí arriba puedes decir que lo que oyes es muy interesante, aunque enseguida detecto que es un tipo de interés que no te afecta más allá del protocolo de la conversación misma. Son palabras que si te atravesaran harían tambalear los cimientos de Lo Evidente donde te refugias, hasta el punto de que si consigues que se queden dentro de ti tendrías que abandonar la fortaleza por la puerta de servicio. Teniendo que reconocer, a continuación, como has podido perseverar en lo mismo durante tanto tiempo. 

Aquello que experimentamos al vivir constituye otro mundo, que responde a otras formas de orden y de desorden. Es un mundo de potencialidades que ninguna obra podrá llevar a cabo. No es el mundo de Lo Evidente, entre cuyas cuatros paredes no puede haber experiencia propiamente dicha, sino sumisión al dictado de sus leyes. Las experiencias de la vida y de la lectura tienden a ser irrepetibles y únicas, y, por tanto, no evidentes. Evidentemente todos mantenemos una imagen bastante estable ante los demás. Es el personaje que hemos creado para vivir en sociedad. Pero lo que lo sostiene en vilo es una turbulencia constante de sensaciones y sentimientos a punto de desbordarse. Es lo contrario de esas estatuas de personajes conocidos, que me dices aparecen en tu deambular turístico por las ciudades. Frente a la nula significación de los viandantes que te encuentras, esas formas de piedra o bronce la tienen toda. Paradójicamente, la piedra o el bronce inanimado son el efecto de la ficción sobre una humanidad, que aparentemente ha desaparecido de la vida bulliente y corriente que pasa a tu lado

miércoles, 6 de enero de 2016

NO SABES LO QUE QUIERES, PERO TIENES CLARO LO QUE TIENES QUE HACER PARA CONSEGUIRLO

Nos deberíamos comunicar porque no sabemos, no para verificar lo que ya sabemos. Referirte a Lo Evidente es saberte parte de lo que ya sabes y dar la espalda a la oceánica ignorancia que te cerca. Así recibes a quienes te hablan, atrincherado en esa fortaleza. Abrirte paso entre sus muros, romper el cerco de lo evidente, salir de la frialdad intelectualidad que cultivas allí dentro para acceder a un nuevo mundo de osadía sentimental...te da miedo. Supongo que es imposible salir de ahí, pero se ha hecho necesario. Prolongar esta agonía de creer que esto tiene solución sin que te muevas de la casa de acogida de Lo Evidente, sin que te desalojen, es algo que no beneficia a nadie, empezando por ti mismo. Se habla mucho de la okupacion de los inmuebles vacíos. Nadie habla de la desalojación voluntaria de la cuna de lo evidente. No hay nada más ecológico, menos ruidoso, más pacífico, que ese tipo de desalojos. No hay, sin embargo, nada más difícil. Pues en la okupacion es el cuerpo quiénes  actúa. En el desalojo que te propongo es el alma. El alma en pena, de la que nadie, por cierto, se ocupa. La insistencia en Lo Evidente es eficaz de inmediato en cuanto a tu querida seguridad. Que es lo que todo bicho viviente procura que no le falte. Por eso me reafirmo en lo que tiene de imposible abandonar Lo Evidente. Pero el que tu cuerpo esté condenado a cadena perpetua, en esa  cárcel de  Alta Seguridad que te has fabricado, no puede impedir que tu alma pida libertad. O sea, que la imposibilidad de tener un cuerpo libre, no te evita que acoja dentro un alma liberadora. La necesidad de lo imposible. El mundo siempre funcionó así, y lo hizo bien, hasta que el cuerpo expulsó al alma que secularmente llevaba dentro. Es por ello que, contra tu intención, no te veo  seguro cuando hablas y te muestras desde tu torre de la evidencia y la eficacia. Tampoco veo una voluntad insegura o medrosa. Te veo desanimado. Falto de ese aura que proporciona tener alma. Una frase te lo aclarara mejor: no sabes lo que quieres, pero tienes claro lo que tienes que hacer para conseguirlo. Mirar apegado a Lo Evidente. Es la frase que mejor representa la pérdida del alma. Y el mejor disimulo contra el inmenso dolor que a esa pérdida le acompaña. Y también la amenaza más acabada contra quien deseara atreverse a preguntarte cómo lo haces. ¿Cómo eres capaz de levantarte cada día si no sabes lo que quieres? Que no es lo mismo que saber dónde tienes que ir y cumplir exquisitamente las funciones que allí tengas encomendadas. Quienes se acogen a la evidencia y la seguridad pierden su alma, me gustaría decirte. Pero me no atrevo porque la violencia de tu vanidad es impredecible. 

martes, 5 de enero de 2016

ACOGERSE A LO EVIDENTE

Es muy difícil construir una comunidad de la experiencia lectora cuando no dejas de acogerse a Lo Evidente, formado a base de las frases hechas y los lugares comunes y nunca arriesgas una imagen, un pensamiento fuera de ese ámbito. No es la razón y sus argumentos limpios los que te impiden comportarte de otra manera. Son tus impulsos obscuros los verdaderos artífices de semejante obstinación. Aunque siempre te empeñes en justificarla dentro de las exigencias del mismo canon al que pretendes ser fiel. Tú sabes que Lo Evidente, como el estrado de la cátedra tienen un peso menguante en un mundo tan inestable y fraccionado como el que nos ha tocado vivir. Lo Evidente vendría a ser la gran fortaleza sitiada por quienes quieren asaltar sus inmutables preceptos. Tú deberías ser, por tanto, como él caballo de Troya que se atreve a colarse en la ciudad sitiada, y después salir más fortalecido de ella. Leer una novela sería, entonces, un artefacto para entrar y salir de la ciudad sitiada. 

A poco que te fijes Lo Evidente, en una democracia lectoescritora, tiene el significado, pongamos, de una catedral gótica. Nos sigue emocionando, representa un mundo hecho y derecho, inclinado siempre hacia una verdad incuestionable. Ahí dentro nos sentimos seguros y protegidos de los avatares exteriores. Apelar a Lo Evidente es como invocar a Dios. Nos reconforta y nos reanima, debido a la fuente de sentido que de él emana. Pero al igual que decidimos que Dios está muerto, Lo Evidente tampoco está ya entre nosotros. Esta ausencia y la orfandad en que nos sumerge, no deja de mantenernos extraños y boquiabiertos, molestos por una rabia en nada explicable, en fin, perplejos como nunca antes lo habíamos experimentado. Sin embargo, tampoco aceptas que es esa perplejidad misma la que te debe proporcionar la fuerza suficiente para reaccionar frente a lo que te paraliza. Y probablemente sea a un tipo de Lo Evidente (y de Dios) a lo que te refieres cuando apelas con tanta vehemencia su presencia en el momento de tus lecturas. Es como que sin ella tu lectura no fuera posible. Necesitas Lo Evidente a tu lado para tasar aspectos, como por ejemplo según dices, de eficacia. O para saber si estás delante de una obra maestra o una obra menor. Me resulta desconcertante que tus expectativas lectoras se ciñan alrededor de lo que dice Lo Evidente, como los creyentes apelan a la palabra de Dios para saber, igualmente, sobre la eficacia o verosimilitud de los actos humanos con que se tropiezan. Analizado con lo que le es propio a tu razón empírica y palmaria, de la que por otro lado no te quieres desprender en tu itinerario lector,  no tienen demasiado interés esas preocupaciones tuyas sobre la catalogación de la novela o el cuento que estás leyendo. Como si en lugar de ser un simple lector, fueras un bibliotecario que pretende hacer un grupo de interés en su colección novelística, o un profesor de historia de la literatura que quisiera explicar a sus alumnos alguna de las tradiciones narrativas que a lo largo de la historia han existido. Quedando esto claro a cualquier observador imparcial exterior, me sigue pareciendo incomprensible que tú no te des cuenta de ello. Pendiente solo de esa evidente clasificación exterior, fijada en un tiempo inexistente ya en el momento de la lectura que estás haciendo, te desentiendes de ese otro canon interior, realmente existente en el momento de oír al narrador de la novela en cuestión. Esa "evidencia interior" no en tanto en cuanto su fijeza o cumbre, sin en tanto en cuanto bulle dentro de ti por el solo hecho de que alguien ha decido contarte una historia. Frente a la roca solidificada, para entendernos, la lava incandescente. Dos presencias que se dan al mismo tiempo en el proceso de la lectura, pero que no te guían de la misma manera, ni te llevan al mismo lugar.

lunes, 4 de enero de 2016

EL CIUDADANO VENCIDO NO COMPETITIVO (CVNC)

El caso es que, como sale el sol, el CVNC pone en marcha cada mañana su arsenal pedagógico racional para mover la maquinaria de instrucción económico militar - que el CVNC llama enfáticamente educación - mediante la que adiestrar soldados dispuestos a ocupar los puestos de ataque y depredación, de negocio, de ganadores y perdedores competitivos. Unos soldados económico militares entrenados para manejar grandes máquinas cada vez más sofisticadas, con objetivos encuadrados únicamente en su punto de mira, apuntando también a una única diana. Unos soldados que no deben pensar, que deben tener la cabeza convenientemente vacía para llevar a cabo semejante misión: la de continuar con la tradición económico militar en su lugar de trabajo, si no pertenecen al ejército de reserva, de lunes a viernes, y la místico espiritual con la familia el sábado y el domingo, bien acercándose a una naturaleza idealizada (casa rural, senderismo, playa, etc)  o en encuentros de meditación formativa oriental. Siempre irreconcialiables. Siempre de espaldas los primeros cinco días de la semana respecto a los dos últimos. Siempre el CVCP alentador entusiasta del desgarro y desarraigo de la civilización occidental que ha heredado, junto con sus efectos de destrucción masiva. A el CVNC pensar sobre todo esto le provocaría la ruina.

¿Realmente cree el CVNC que está fuera de la influencia de la Época de los Grandes Desastres de 1945? ¿No será más bien que lo que representa el CVNC es la genuina continuación y, por tanto, la necesaria complicidad sobre la ocultación de sus ruinas? Aunque hoy en lugar de campos de exterminio, muy alejados de la vida y la casa del CVNC, hayan aparecido parques temáticos de consumo. 

Instalado en la mediocridad material, tan irrebasable por arriba como indeclinable por abajo para que el sistema que sostiene no se desintegre, el CVNC necesita, para alcanzar su excelencia espiritual, poder mirar hacia otros lados, sin aspavientos, sin tratar de buscar una verdad por naturaleza huidiza, para que caiga suavemente el velo de toda esta falsedad en la que vive. Necesita alcanzar el domino individual y la armonía conjunta con los otros que le permitan, al fin, poder llegar a alcanzar esa competencia característica del ciudadano vencido no competitivo. 

domingo, 3 de enero de 2016

¿HAY PENSAMIENTO MÁS ALLÁ DE LOS 140 CARACTERES?

Ya que más acá parece que sólo existen eslóganes y consignas.

No puedo estar en desacuerdo con lo que me dices: en las sociedades democráticas avanzadas hay más gente escolarizada y más gente que lee. Ahora bien, ¿quiere esto decir que se lee bien, que se piensa más y mejor? Claro que no. La disposición hacia la lectura y el pensamiento no depende solo del alfabeto. Hoy los jóvenes no dejan de comunicarse entre sí, pero en modo alguno de esa hipercomunicación se desprende más y mejor lectura y pensamiento. A menudo es lo contrario. Los formatos como aquellos que solo autorizan mensajes de 140 caracteres, y que son los que más utilizan esos jóvenes, implican una enorme constricción sobre su pensamiento, que no puede adoptar la forma de la argumentación bien elaborada, y acaba construyéndose en forma de eslóganes y consignas recurrentes.

Lo primero que tienes que aceptar es que hemos construido un monstruo, un enorme monstruo con infinidad de cabezas y voces hablando al mismo tiempo. Un enorme monstruo que se nos ha ido de las manos, pero que lo tenemos que manejar. De nada vale caer en falsas melancolías y en romanticismos trasnochados, que no nos llevan a ninguna parte. Lo hemos creado entre la indolencia y la despreocupación de todos, aunque probablemente sois más responsables quienes, como tú, venís de una tradición intelectual y os dedicáis profesionalmente al asunto. Estando subidos a la mejor atalaya, no habéis sabido ver por donde iban a venir los bárbaros. Si por el mar o por el desierto, o si lo iban a hacer por el aire. En cualquier caso, es obligación de todos, en este clima de zozobra y amenazas, buscar nuevos métodos de pensamiento y acción para lograr la transmisión de los conocimientos que nos ha legado la tradición cultural occidental, hoy en serio peligro de desaparición si no somos capaces de controlar al monstruo. 

Hace más de setenta años Walter Benjamin ya dijo que toda cultura o civilización engendra en su seno la barbarie que la acabará destruyendo. Desde las culturas o civilizaciones antiguas (egipcios, griegos, romanos, árabes...) hasta los imperios modernos hay ejemplos sobrados que acreditan la sentencia del pensador alemán. Hoy estamos en el final de eso que surgió después de la Experiencia Universal de los Grandes Desastres en 1945. Mejor que en el final, quizá convenga decir en el principio de la forma - la irrupción de las masas subjetivas en todos los ámbitos como fuerza apabullantemente dominante - que ha adquirido su particular barbarie.