miércoles, 27 de octubre de 2010

LA UTILIDAD SAGRADA DE LO INÚTIL



¿Se parecen en algo un dolmen y una catedral gótica? Hoy inicio el texto con una pregunta sospechosamente estúpida. De esta manera quiero abrir la puerta a todo lo que viene a continuación, que no me parece tanto, y que si le presta algo de su atención le pude parecer incluso pertinente.

A fuerza de prestarle la mía a lo que me rodea me he dado cuenta de que lo que acaba por subsistir, digamos a los rigores de la intemperie, es aquello que durante el tiempo al que perteneció fue de una utilidad invisible, por no decir directamente que fue inútil. Dicho de otra manera, la utilidad de las cosas tiene que ver con el aspecto profano que acompaña al mantenimiento de la vida, y su inutilidad, digámoslo así para diferenciarlo, tiene que ver con su lado sagrado. Carne y alma. Mente y cuerpo. Y toda esa tradición de opuestos complementarios. Usted ya sabe.

Las catedrales que el mundo de la cristiandad medieval construyó a partir del siglo XII son un lugar sagrado. Las Black Hills lo son igualmente para los sioux lakotas. Los dólmens para nuestros antepasados del neolítico. Ellos ya no están, pero se conserva lo que sin saber por qué más les importaba. El lugar donde podían de verdad alcanzar la paz con su Dios.

En aquellas épocas se mantenía un equilibrio entre los expertos y los chamanes o sacerdotes. Cada uno tenía su cometido en la comunidad. Pero a partir de un momento los expertos decidieron que ellos solos se encargarían de organizar el mundo. Se cambió esa manera individual y secreta de alcanzar la paz, por una más tecnificada y pública, llevada a cabo por los ejecutores de la paz.

Expertos y ejecutores dominan desde entonces el cotarro donde ya no tienen cabida los lugares inútiles, es decir, sagrados. Todo ha de tener una utilidad contante y sonante, deslumbrando al personal con meros estilos de expresión. Eso empobrece y lo pobre achica los espacios llenándolos de reglas y de posturas diversas pero invariables, asfixia. Si seguimos así no dejaremos nada que pueda ser reconocible dentro de mil años, como testimonio de la manera inutil de alcanzar nuestra paz. Sin ningún interés por dejar muestras de esa inutilidad en la época de mayor pasión de utilidad derrochadora, y enrocados en los confines de la arrogancia de nuestro intelecto, estamos condenando a nuestros descendientes a creerse que son los primeros habitantes del planeta. Es lo que ya está pasando. Lo cual corta en seco, en este mundo globalizado, cualquier aspiración de abandonar las lindes del territorio que previamente hemos acotado.