viernes, 1 de junio de 2018

FELICIDAD INDOLORA

Sigue siendo conveniente estar al tanto de las tendencias que vienen de los Estados Unidos, porque más pronto que tarde tendremos que enfrentarnos a ellas en Europa. La relación de vigilancia recíproca a la que, desde las dos orillas del Atlántico, se someten estos dos continentes me parece de la más fructífera y esperanzadora en los asuntos no estrictamente económicos. Es por ello que ha resultado inquietante que, desde la orilla norteamericana, ahora se nos diga que en los próximos años habrá más trabajadores en el sector de la seguridad que en el de la educación y que un año de cárcel costara más que un año en la Universidad de Harvard. No se que pensarán de esta tendencia los padres y profesores Ninja, y, viendo el alcance al que podría llegar su consciencia de ella una vez que la conocieran, qué imagen de perduración están dispuestos a darle a sus hijos y alumnos para evitar que acabe cruzando el Atlántico. Dos son los modelos tradicionales de permanencia humana: la obra artística y la imagen de una vida. Lo ideal es que una y otra alcancen, ante la mirada de de sus vástagos y alumnos, una forma de perfección estética y ética peculiar que les garantice esa continuidad. Su ausencia en el momento presente es lo que nos recuerda Werner Jaeger al traer hacia nosotros como era ese ideal en el mundo antiguo, “Las formas de expresión poética de origen privado o culto tienen poco que ver con la educación. En cambio, los cantos heroicos se dirigen, por su esencia misma idealizadora, a la creación de ejemplares heroicos. Su importancia educadora se halla a gran distancia de la de los demás géneros poéticos, puesto que refleja objetivamente la vida entera y muestra al hombre en su lucha con el destino y por la consecución de un alto fin. La didáctica y la elegía siguen los pasos de la épica y se acercan a ella por su forma.” ¿Qué alto fin persiguen los padres y profesores ninja para sus hijos y alumnos? Valga decir que, unánimemente, quieren y persiguen con afán desmedido, e incluso algunas veces honesto, que sean felices. De esta manera el ideal de felicidad moderno se ha extendido entre los adultos bajo esa férrea influencia, pues nadie se atreve a decir explícitamente que quiera hacer infeliz a un niño. Al respecto, a principios del siglo XXI el profesor y neurólogo Antonio Damasio escribió un libro titulado “En busca de Spinoza. Neurobiología de la emoción y los sentimientos”, en el que entre otras cosas muestra su admiración por la filosofía del sabio holandés, en la que se adelantaba trescientos años a lo que el profesor italiano (también de origen portugués como Spinoza) está investigando en la actualidad de forma científica. Lo que le irrita del holandés era la naturalidad con la que su filosofía aceptaba el sufrimiento, el dolor y, en última instancia, la muerte, viendo en todo ello la verdadera fuente de la felicidad. Algo que no forma parte del ideal de felicidad de los ninja antes mencionado que es, muy al contrario, incoloro e insípido, pero, o sobre todo es un ideal de felicidad indoloro. Es evidente que el ideal de felicidad de Spinoza no comulga con el ideal de progreso que tiene el profesor Damasio y los padres y profesores ninja. La pregunta que cabe hacerles a estos últimos, al hilo de los acontecimientos, es si la felicidad está incluida en el paquete del progreso, o es un ideal a parte. Pues parece obvio que el ideal de progreso ha acabado con ellos al no poder dar a sus hijos el bienestar que ellos han tenido hasta ahora. Dicho de otra manera, no pueden ofrecerle como ideal de vida la abundancia material y el poder quererlo todo ya. Entonces, ¿de qué felicidad hablan cuando comentan el futuro de sus hijos mientras esperan que salgan de su horario lectivo para llevarlos corriendo a cumplir con el horario creativo? Como ya dije, Damasio que reconoce la brillantez del pensamiento de Spinoza, no puede evitar al leer sus palabras que, al mismo tiempo, lo saquen de quicio.  Lo escribe así en el libro citado, “Al principio de este libro, describí a Spinoza como a la vez brillante y exasperante. Las razones por las que lo considero brillante son evidentes. Pero una razón por la que lo considero exasperante es la tranquila certeza con la que se enfrenta a un conflicto que la mayoría de la humanidad todavía no ha resuelto: el conflicto entre la opinión de que el sufrimiento y la muerte son fenómenos biológicos naturales que hemos de aceptar con ecuanimidad (pocas personas cultas pueden dejar de ver la sabiduría de hacerlo así) y la inclinación no menos natural de la mente humana a chocar con dicha sabiduría y sentirse descontento con ella. Queda una herida, y me gustaría que no fuese así. Y es que prefiero los finales felices.”  No hay que insistir para ver que esa herida es también la herida que aflige a los padres y los profesores ninja. Su resistencia que parece ser creativa al llevar cada día a sus hijos a las actividades extra escolares, es en verdad una torpe resistencia reactiva que acaba transformándose en reaccionaria cuando exigen a los profesores más actividades en la escuela para que sus hijos no se aburran. Es por esa herida, que deja abierta Spinoza a la modernidad que con ella se inicia, por donde más tarde supurarán las decepciones que acompañan a la extra escolaridad de los hijos ninja cuando, al incorporarse en el mundo adulto, descubran no solo ahí la creatividad ni está ni se le espera, sino que además se ven obligados (no income, no job, no assets) a poner el final feliz indoloro, que prescribe Damasio, al tercer acto de las vidas de sus progenitores.

jueves, 31 de mayo de 2018

INCENTIVOS PERVERSOS

La fiesta del postfranquismo trajo en el ámbito de la educación las actividades extra escolares. Como las familias empezaron a disponer de más dinero al trabajar el hombre y la mujer - muchas de estas familias se las conoce hoy, según los parámetros de la economía financiera que las hizo emerger, con el nombre de familias ninjas (no income, no job, no assets) -, lo que suponía tener menos tiempo para dedicarse al cuidado de sus vástagos, empezaron a reclamar actividades que ocuparan las horas posteriores a la salida de la escuela hasta que ellos pasaran a recogerlos. La familia ninja, por decirlo así, es lo que queda después de la desaparición de las bases del capitalismo calvinista apoyadas en sus tres columnas de mármol de carrara: esfuerzo, trabajo y ahorro. Es, también, el correlato necesario que permite entender toda esta debacle que se nos ha echado encima. Al estar fuera de las férreas exigencias que, con guante de seda, impone el sistema educativo vigente, las actividades extra escolares se dedican, amparadas en ese papel de segundón que padres y profesores ninja le permiten, a iniciar a los alumnos en las mañas de la creatividad. Pues la proverbial indolencia del cuerpo docente ante el ideal educativo democrático y su puesta en práctica en una sociedad diversa, coloca a sus miembros dentro del ámbito de influencia del efecto ninja aunque sus parámetros de identidad sean justo lo contrario, a saber, son trabajadores con ingresos, con trabajo, con activos. Con ello pretenden amortiguar, en esto padres y profesores ninja están sin grietas de acuerdo, el efecto pernicioso que tiene el fracaso escolar en sus hijos y alumnos y, por ende, en la apariencia de la unidad familiar y educativa. El caso es que los discentes están  deseando que acabe el horario lectivo, par empezar el horario creativo, todo lo cual hace que sus jornadas escolares sean interminables, aumentando así el nivel de estrés en sus frágiles e inexpertas psiques. Algo que se ha notado, por ejemplo, en el aumento de locales públicos, sobre todo restaurantes y hoteles, que, paradójicamente, han ido permitiendo en sus recintos la entrada de animales domésticos y negando el paso a las familias ninja con niños, debido, según dicen los gerentes que velan por la salud y el progreso de sus negocios, al aumento de la responsabilidad de los dueños de los primeros y a la despreocupación absoluta de los dueños de los segundos mientras están dentro. A pesar de la notoria capacidad para mirar hacia otro lado que han desarrollado las familias y los docentes ninjas, mediante un habilidoso haz de trucos - los mismos que necesitan para abastecer la falta de honradez y la traición cotidiana con las que ellos viven consigo mismos y entre los suyos - que les permite pasar por alto los problemas enquistados de la educación de sus hijos y alumnos desde hace más de cuarenta años, sin embargo, no pueden evitar los efectos no deseados de esa estimulación precoz de las potencias creativas que las actividades extra escolares esta produciendo en sus vástagos y discípulos. En primera instancia en el aula, que cada mañana se convierte en una jaula para el alumno que hace tan solo unas horas ha experimentado en la actividad extra escolar que haya elegido la llamada incipiente de la creación artística. Ante esta excitación indomable al docente no se le ocurre otra cosa que sacar al alumno fuera del aula, pues piensa que son sus cuatro paredes las culpables del colosal desasosiego de sus alumnos. En segundo lugar en el hogar del alumno, pues los padres culpabilizan, a su vez, del aburrimiento irritante de sus hijos a la escasez de actividades que el maestro les propone durante el tiempo que permanecen en la escuela. Como puedes ver el síndrome de la caza y captura del culpable - tan querido y practicado por las familias y docentes ninjas - se cierne implacable como un ave de rapiña sobre los asuntos de la educación actual. Los padres culpan a los docentes y estos a la tradición educativa cuyo campo de acción nunca abandona el aula. Cabe la posibilidad de que en las reuniones periódicas del consejo escolar, donde se ven las caras padres y docentes ninja, lleguen a algún acuerdo provisional sobre temas tan espinosos. Lo que ocurre es que pasado el efecto del mismo, que lo mas que puede durar es el resto del curso, vuelven de nuevo a las andadas culpabilizadoras que les produce sentir la angustia de ver a los menores de edad a su cargo fuera de todo tipo de control. La potencia creativa de las actividades extra escolares, antes de que pueda desplegarse con toda su fuerza, se convierte en un crisol de violencia que atenta igual contra lo grande y lo pequeño, o contra lo importante y lo accesorio, del ámbito escolar y familiar. El problema radica, según indican estudios recientes de psicología y antropología  educativa, en que ni las familias ni los profesores ninja son capaces de hacerse cargo de las energías que su nueva concepción de la libertad, valga la redundancia, ha liberado. La cosa viene de lejos, pero ha sido en los últimos años del siglo XX y primeros del siglo XXI cuando, debido a la aceleración que la economía financiera y la digitalización de la experiencia han imprimido a aquellos trucos cotidianos vinculados a ocultar la falta de honradez y la traición con se vive en familia y en la escuela, todo se ha precipitado de una forma inopinada e incontrolable. El mal, por decirlo al fin de una manera nada edulcorada, se ha colado entre los intersticios del calendario de nuestras vidas. Así, por ejemplo, los celos que campean a sus anchas entre profesores y padres ninja, no son debidos a una enfermedad, sino a una muestra de la pasión familiar y profesional. Mientras los hijos y alumnos siguen aplicadamente su jornada desquiciante, actividades extra escolares mediante, esperando confiada e ingenuamente que su temprano despertar creativo tenga su recompensa en el futuro inmediato que les espera, un porvenir en el que, como es fácil deducir, sus progenitores y profesores no han creído nunca. Y es que la larga fiesta del postfranquismo, a la que vengo aludiendo en los últimos escritos, ha cegado tercamente la mirada de los agentes ninja de la educación en cualquier otra dirección que no sea la del presente o actualidad bellotera, cuya única misión es convencer a sus seguidores que lo que se les ofrece es, se mire como se mire, inevitable. Es como si pregonaran alineados con la mentalidad ninja, no es que nos hayan engañando, o que nos lo hayan ocultando malintencionadamente desde hace años, es que el futuro se nos perdió a todos sin previo aviso. Como con las hipotecas subprime, calculamos mal. Eso es todo.

miércoles, 30 de mayo de 2018

LAS METÁFORAS NOS PIENSAN

“Para el poeta Robert Frost, la vida era un camino que discurre por encrucijadas insorteables; para Pessoa, una sombra que pasa sobre un río. Shakespeare veía el mundo como un escenario y Scott Fitzgerald percibía a los seres humanos como barcas a contracorriente. Nos rodean las metáforas, pero no solo cuando tomamos un libro entre las manos. En nuestro uso cotidiano de la lengua están tan presentes que ni siquiera las advertimos: “Las mujeres ante el techo de cristal”, “la burbuja del alquiler”, “los brotes verdes de la economía”, “cortar una situación por lo sano”…Considerada la forma por antonomasia del lenguaje figurado, a veces se ha tomado por un mero embellecimiento del discurso, un alarde intelectual o incluso una desviación lúdica del conocimiento lógico.”

martes, 29 de mayo de 2018

IDEA DE TOTALIDAD

El 18 de noviembre de 1676 Gottfried Wilhelm Leibniz puso sus pies  al fin en La Haya, después de un viaje en barco que meditó largamente antes de llevarlo a cabo. Tenía treinta años y en esas fechas disponía de motivos suficientes para poder reclamar para si el título del primer intelectual de Europa, por seguir con las clasificaciones a las que los alumnos de Eloy Gutiérrez son tan aficionados en su vida cotidiana dentro y fuera del aula. La intención no era otra, aunque Leibniz nunca llegó a aceptarlo del todo, que visitar a Baruch Spinoza, su gran rival intelectual, el único que podía desbancarlo del puesto de número uno. Una preocupación que solo angustiaba al filósofo alemán, pues el pensador holandés, que no había cumplido los cuarenta y cuatro años y le quedaban tres meses de vida, estaba  totalmente al margen de estas competencias y clasificaciones. Vivía en una habitación realquilada en casa de un pintor que tenía una numerosa y bulliciosa familia y con los que se llevaba cordialmente. De día, Spinoza se dedicaba a pulir lentes para hacer microscopios, un trabajo que puede que fuera la causa de la enfermedad pulmonar que le causó la muerte. De noche, a la luz de una vela, pulía su sistema metafísico. La idea de totalidad, que seguro estuvo presente en la conversación que mantuvieron los dos filósofos durante los tres días que duró la visita, fue la que eligió Eloy Gutiérrez para iniciar el nuevo módulo de filosofía con los alumnos de segundo de bachillerato. Ello fue posible tras arduas negociaciones con el claustro de profesores. Sabido es que siendo el último curso de la educación secundaria, lo han convertido en el primero de la larga lucha por la vida, o dicho con otras palabras. la larga carrera en la jungla de la información en dura competición por llegar el primero a la meta como sinónimo de haber conquistado la verdad. Quería oponer a la paranoia por la selectividad, puerta de entrada a aquella jungla, que en este último curso de bachillerato abraza a todos los alumnos, un jardín de conversación y cooperación donde pudieran despedirse de su adolescencia de tal manera que les permitiera, no tanto ser felices como pregonaban los antiguos, sino más bien adquirir la dignidad de poder serlo. Eloy ve este último curso del bachillerato como una bisagra en la vida de los alumnos entre el mito de la adolescencia que se va y el logos de la existencia adulta que llega. Y a la conversación entre Spinoza y Leibniz como una buena metáfora de ese giro existencial y educativo. Lo cual le puede permitir adentrarse en el ideal griego de educación, tal y como se refiere Jaeger, “Homero, dice, ha ensalzado todo: animales y plantas, el agua y la tierra, las armas y los caballos. Podemos decir que no pasó sobre nada sin elogio y alabanza. Incluso al único que ha denostado, Tersites, lo denomina orador de voz clara. La tendencia idealizadora de la épica, conectada con su origen en los antiguos cantos heroicos, la distingue de las demás formas literarias y la otorga un lugar preeminente en la historia de la educación griega. Todos los géneros de la literatura griega surgen de las formas primarias y naturales de la expresión humana.” Es decir, le permite hacer paideia mediante la mayeútica. Pretende así, con la mínima molestia, soslayar el orgulloso corporativo de sus compañeros y de la dirección del instituto, sin ponerse a los alumnos en su contra, conducta habitual siempre que captan alguna divergencia individual respecto al conjunto de los docentes. Ponerse a discurrir con los alumnos la idea de Dios que presidió las diferencias intelectuales entre Spinoza y Leibniz, le parece una decisión arriesgada pero muy adecuada - piensa Eloy - a ese giro que están a punto de dar los alumnos en sus vidas, al abandonar el instituto y entrar en la universidad. También porque el siglo XVII le parece una época deslumbrante y combativa, pórtico de una manera de ver el mundo a cuyo fin puede que estén asistiendo ya los alumnos que vienen a su clase. Si el que ha pasado a la historia de la filosofía como una de las mentes más brillantes ha sido Leibniz, el que sigue viviendo y dando continuidad a la historia menos vistosa de la humanidad es, sin duda, Spinoza. Cuyas ideas, por tanto, seguirán acompañando el destino de quienes cojan el relevo en este siglo XXI, pórtico a su vez de algo que no sabemos qué nos puede deparar. La idea de Dios como metáfora de la Totalidad es muy ajustada a la idea que tienen los bachilleres de todos lo tiempos. El peligro en la actualidad es que esa idea no provenga de la imaginación humana, sino del lenguaje interpuesto de las máquinas. O sea, que sea Leibniz, con su arrogante título de abogado de Dios en la Tierra, quien de el testigo a los alumnos digitales como abogados de internet en el cosmos, en lugar de Spinoza con su idea de Dios, desprovista de todo atributo humano. Es ese sentimiento de incompletud que, a pesar de su pretencioso título de abogado divino en la tierra, no podía dejar de sentir Leibniz, lo que le llevó a visitar a Spinoza en La Haya sin que nadie se lo pidiera, el que quiere discutir con los alumnos en relación a la misma pomposidad, vehiculada de forma acelerada y superlativa por los canales de Internet, con que van a irrumpir en la vida adulta. ¿Quieren pasar a la historia, como Leibniz, o dar continuidad a una humanidad renovada, como hace el pensamiento de Spinoza? ¿Como van a tratar, en la vida adulta, esa idea de totalidad que les ha acompañado durante la adolescencia?

lunes, 28 de mayo de 2018

ABURRIMIENTO EDUCATIVO

Se da la circunstancia de que Eloy Gutiérrez, profesor de filosofía del mismo instituto donde imparte sus clases Cristina Arozamena, dijo en un claustro de profesores, “ya no puedo más de este milagro que es no saber nada del mundo y no haber aprendido nada sino a querer las cosas y a comérmelas vivas". Muchos antes de estas declaraciones, Picasso le había hincado el diente tanto al arte como a la vida. Dejando el dato y la fecha para la Historia. La profesión de Eloy no es ahora otra cosa que un peritaje especializado que se encarga, por el mismo sueldo que el de profesor de filosofía (está es la única ventaja de su transformación profesional) - dice a continuación - comentar cosas de la filosofía, trasformada así en un anecdotario de eventos históricos, sin pararse a pensar y a dialogar a continuación con los alumnos, como parte esencial del aprendizaje, sobre esas cosas que les comenta. Los niños tienen pocas actividades y dicen que se aburren, es una cantinela con la que los padres recriminan a los maestros de la educación primaria su poco entusiasmo hacia la educación, y que Eloy lleva oyendo desde su época de estudiante en prácticas en la escuela municipal de su barrio, donde pidió al director, amigo de su madre, a la sazón, maestra del mismo centro educativo, que le dejara asistir como oyente a algunas de las clases que se impartían. Ya por entonces Eloy intuía vagamente que el propósito de la vida es hacerse un alma, pues no la traemos de fábrica, en lugar de un caparazón de tortuga. También que estar abocado a la muerte es la constatación de la vida, es decir, la prueba más pura de que esto marcha en una dirección. Algo que empezó a intuir cuando era un niño y un día le preguntó a su padre qué era la muerte. O mejor dicho, el enigma de la muerte. Su padre le contestó de la misma manera que cuando le preguntó, por aquellas mismas fechas y puede que debido a la torpeza que apreció en la primera respuesta paterna, las otras preguntas que, más pronto que tarde, los niños les hacen a sus padres, a saber, de donde venimos y por qué estamos aquí. El caso fue que de esta contradictoria manera, de la que no eran ajenas las enrevesadas respuestas de sus padres a sus preguntas infantiles - dice Eloy - llegó a la conclusión de que existe el alma y que, por tanto, la enseñanza  pública no debe tener otro propósito que educar ese alma. Ahora sabe que la alegría enfermiza, que vienen mostrando las madres desde antaño al pedir a los profesores más actividades para eludir él aburrimiento de sus hijos, no tiene razón. Pero él tampoco tiene el antídoto contra ella. La pretendida renovación del espíritu de sus hijos mediante la acción sin límites, no ha espantado el aburrimiento que los atenazaba, sino que lo ha  enclaustrado dentro del caparazón de tortuga que aquella ha ido construyendo con el paso de los años. Ahora sus alumnos entran en el aula con ese fardo atado a sus espaldas y, por mucho que les diga que lo dejen en casa, piensa que si él no lo remedia ya no lo  abandonarán nunca. El ideal griego educativo que estudió Eloy en la universidad y que le pareció acorde con la educación del alma no deja de parecerle vigente. Acorde con la manera trágica en que precipitan en la edad adolescente aquellas preguntas primordiales de la infancia, el mundo romántico que de todo ello se deriva es un mundo ideal. “Y el elemento de idealidad se halla representado en el pensamiento griego primitivo por el mito.”, dice Werner Jaeger. Nada mejor, por tanto, que el mito - piensa Eloy - para romper la coraza de tortuga dentro de la cual ha quedado encarcelado el espíritu del alumno que, por otro lado, no deja de repetir con ademanes físicos y fanfarronadas verbales, en sintonía en eso con la más acendrada tradición moderna, lo que Eloy Gutiérrez está harto, como ha hecho saber en el claustro de profesores del instituto, que se quieren mucho y que con ese mismo impuso lo único que desean es comerse el mundo con patatas.

sábado, 26 de mayo de 2018

AMÉLIE NOTHOMB

¿Cómo vive el mundo de hoy?
Con angustia, pero quiero pensar que la vida es más imaginativa que nosotros.

viernes, 25 de mayo de 2018

ÉCHALE PIENSO...

“Para que no piense, o como la banalidad se cuela en nuestras vidas. A base de no hablar de lo que nos importa y si somos competentes (no por que tengamos mucha información, sino porque tenemos suficiente experiencia) y no dejar de hablar de lo que no nos importa aunque seamos perfectamente incompetentes (por disponer de toda la información y ninguna experiencia del asunto).” El caso es que después de esta nota en su página de Twitter, a la que le siguió al día siguiente otra en la que se lamentaba de la desaparición de los fundamentos del capitalismo calvinista y burgués, que había leído en la facultad o alguien se lo había dicho que eran, a saber, el esfuerzo, el trabajo y el ahorro, y que aunque no los había conocido los echaba en falta, Cristina Arozamena ha decidido dejar su trabajo en el instituto al final de curso para dedicarse a pensar durante el próximo, aunque tampoco formara parte de su educación. La ausencia de sentido crítico que acompañó desde sus inicios a la fiesta cultural del postfranquismo - hasta cierto punto comprensible pues para eso era una fiesta - no ha dejado por ello, cuando aquella ha cerrado sus puertas por agotamiento, de crear un vacío que de inmediato ha sido ocupado por una oleada de ansiedad generalizada  que se vuelca de forma muy violenta en la búsqueda y captura de los culpables que han provocado que se haya bajado el telón dejando que las cosas hayan llegado hasta donde han llegado. Le recuerda - lo que también leyó en la facultad - a lo que tantas páginas y horas de cine y televisión ha ocupado desde su aparición, la caza de brujas en Estados Unidos del senador Mcarthy. Con la diferencia de que hoy las brujas pueden ser cualquiera, lo que ha ampliado de forma incontrolada la posibilidad de reproducción de la ansiedad que ahora se introduce en cualquier ámbito de nuestras vidas o en las vidas de los otros, tanto en asuntos graves como en los livianos pero siempre con la misma virulencia adobada con una indignación que pareció alergia de una primavera pero que ya se ha quedado entre nosotros como una pandemia. Todo el mundo se indigna, sino parece que no es nadie. Alexandre Kluge, escritor y cineasta alemán, divide la edad moderna en tres épocas. En primer lugar la de los ingenieros airados a la que siguió la de los organizadores precavidos, ahora estamos entrando de lleno en la época de los especialistas irresponsables. En el caso de la enseñanza semejante irresponsabilidad - dice Cristina Arozamena - tiene una repercusión directa en la vida diaria en el aula, donde ella se ha convertido en la bruja objeto prioritario de la caza de sus alumnos. El último reducto donde la autoridad del profesor aguantaba numantinamente las insensatas embestidas de los especialistas ha caído en desigual combate, pues la derrota del profesor en su feudo natural, el aula, ni siquiera es fotogénica. Todo se ha devaluado de tal manera que nos aproximamos al instituto cada mañana - continúa Cristina - con las huellas del fracaso en el rostro y, sobre todo, en los andares. Tal vez sea por ello que algunos de mis compañeros han dejado el coche en sus casas y llegan al instituto dando pedales. La diferencia que hay entre el ritual de aparcar el coche, después de dar unas cuentas vueltas por los alrededores del centro educativo, y el de dejar la bici en el parking que el ayuntamiento ha instalado en las puertas del instituto, define con acierto la perversa ambigüedad que preside la insensatez de los especialistas que imponen su ley una vez dentro. Siguiendo con esta misma ritualización de cómo se acercan al teatro de la representación educativa sus protagonistas, es digno de mención los coches deportivos de marca - Porche, Ferrari, MG - en que llegan algunos alumnos del instituto. Si son capaces de hacerlo tienen que hacerlo. Ni que decir tiene que no les importa en absoluto que todo el mundo sepa que es un préstamo de su padre o de algún familiar, o dicho de otra manera que su irresponsable apariencia es subvencionada. Es igual, pues los organizadores de todo buen evento - y las clases de cada día en el instituto las definen los especialistas en sus informes con esta nueva nomenclatura - le dan mucha importancia a los prolegómenos del mismo. “Una banalidad - acaba su nota de Twitter Cristina Arozamena - que se apoya en la pereza que se apodera ante la experiencia que tenemos con lo que nos pasa (lo verdaderamente nuestro) no en una falta de conocimientos como muchos arguyen para justificar tal desinterés.” No es de extrañar, por tanto, que el culpable del fracaso escolar ascendente no sea el alumno sino el profesor, Cristina Arozamena en este caso, que no atiende lo específico de su sensibilidad y su inteligencia. Una atención que si está bien enfocada - dice el director del instituto de Cristina, fanático defensor de los postulados de los especialistas irresponsables - genera en los alumnos la verdadera perspectiva de lo que les interesa. De lo cual se deduce que la función que se encomienda al profesor queda reducida a conseguir que eso sea posible. ¿En que te puedo ayudar?, sería la pregunta clave, y única, mediante la que el profesor se dirige a su alumno durante el tiempo que pasan juntos en el aula. Con esa hoja de instrucciones el aprobado general es inevitable y el fracaso escolar pasa a ser una cosa del pasado, que término a término coincide con la forma de ver el mundo que tenían los ingenieros airados y los organizadores precavidos, por este orden. Cristina Arozamena no se va del instituto por se sienta alineada con ese pasado. De hecho ella siempre dice, medio en broma medio en serio, que no tiene un pasado que echarse al coleto. Se va porque la pregunta ¿en que te puedo ayudar?, no entra a discutir que puede abrir a los alumnos las perspectivas más convenientes para los intereses que son más necesarios en el proceso de su aprendizaje, sino porque al mismo tiempo se ha dado cuenta que esa pregunta anula sus propias perspectivas, situándola  en el aula en un punto ciego desde el que no podrá repetirle a sus alumnos la misma pregunta hasta el final de curso. Sencillamente porque ahí será imposible que la vean, pues para ellos se habrá convertido en un fantasma o un zombi.