No hay quien pueda con los que, dicen, aquejados de irritación en la garganta, se pasan media vida tosiendo y la otra mitad haciendo ímprobos esfuerzos por esquivar sus contumaces accesos de tos. Sencillamente me parecen insufribles. Ademas mienten con saña.
Como habitual usuario del metro me he acostumbrado a los mas extraños mohines y ademanes, que las personas suelen hacer en el trance breve, pero histriónico, de un trayecto de veinte o treinta minutos. Una tabarra que va desde el vulgar urgamiento de las fosas nasales con la intención de llegar a acariciar los mas recóndito del alma, hasta las demoledoras y guiñolescas escenas que producen el cansancio y la escasez de horas de sueño, sin olvidar los soliloquios, miradas lascivas y violicidas, voces megafónicas y otros registros que los humanos llevamos guardados en nuestros adentros.
Con desigual intensidad todas estas escenas las he ido incorporando al paisaje cotidiano que da fondo y cobertura a la rutina de ir de casa al trabajo, del trabajo a casa. Pero a los tosigosos me es imposible darles un papel en semejante ceremonia, ni que fuera fugaz y de relleno. No es de ley que tales adicciones tengamos que soportarlas gente que pagamos regularmente los impuestos. Soy tolerante con el típico carraspeo producido por fumar mucho, o por el añusgamiento imprevisto al tragar la saliva, o de la índole que sea. Pero con lo que soy intransigente es con ese encadenamientos de espasmos, prólogo a vomitar el hígado, que hace mutar a quien los emite en rara especie parecida a un batracio sanguinolento, de ojos desorbitados, baboseaste, resucitado de la noche de los tiempos. Estoy convencido que a partir de la tercera o cuarta convulsión su voluntad es malintencionada y llena de inquina hacia los demás. Son de ese tipo de gente que se crece ante lo insalubre.
En los lugares abiertos es fácil evitar sus impertinencias. En lo cerrados como el cine, el teatro, las iglesias,...el clima de recogimiento cultural o devocional es, aunque cada vez menos, una barrera para tales especímenes. En los autobuses cabe la posibilidad de que aireando al tosigoso se alivie en parte su desfachatez. Es en los trayectos del metro donde encuentra campo abonado para dar rienda suelta a su estética espasmódica. Los anuncios de prohibido toser, colocados en las paredes de los vagones, no existen, ni parece que sea una prioridad de la autoridad competente. No me queda otra solución que ofrecerle, hipócritamente, un caramelo mentolado para que ahogue su podredumbre. O, si soy consecuente, cambiarme de vagón. Aunque es bastante probable que la escena vuelva a repetirse.
martes, 7 de febrero de 2012
domingo, 5 de febrero de 2012
TENGO UNA PREGUNTA PARA MI
Un buen comienzo es importante para reiniciar una nueva forma de vida. Fuera nada ha cambiado, gente que va y viene, gente que conoce a gente, gente que habla de esto y de lo otro. Pero si quiero contar a alguien por donde quiero que vaya mi nueva vida, y que me escuche, sé que la competencia será muy dura. Tendré que captar su atención desde el principio, cuanto antes mejor, para que no me deje plantado o con la boca abierta. A parte de esto, que sirve para cualquier tipo de comienzo, sobre todo de esos a los que por aquí estoy acostumbrado, he de saber encontrarme con gente que me pida un importante grado de responsabilidad, también desde el principio.
Tener otros intereses, variados y variopintos, incluso folclóricos, viendo hasta donde se llegan con ellos, pienso que no es suficiente. Si quiero comenzar de nuevo de verdad, como a los animales peligrosos, debo tener ese tipo de intereses razonablemente amordazados. Que me ayuden en mi nueva vida, pero que no me molesten ni molesten a mis nuevos aliados. La responsabilidad compartida tiene tales exigencias. ¿Como se hace eso? Atención y concentración son facultades que debo tener a punto antes de comenzar de nuevo. De hecho es donde debo concentrar todo mi esfuerzo. No debo esperar con los brazos cruzados a ver que es, o quien es el que va a contar en mi nueva vida. Si he decidido que cuente, debo estar atento y activo a lo que me cuenta y a lo que yo quiero contarle desde el momento en que se haga presente.
¿Que pueden querer de mi esa gente con la que pienso que debo encontrarme si quiero salir de donde me encuentro? Si estoy atento y soy responsable con el compromiso adquirido, rápidamente me daré cuenta de que me estarán señalando su punto de vista (y no otro) y la distancia que debo tener con ellos (y no otra). Me estarán comenzando a definir, en definitiva, la propuesta de un campo de acción (y no otro) donde se desarrollará el tiempo que contará y nos contará en nuestra actividad conjunta. Es fácil imaginar el trabajo que me corresponde.
Como en cualquier actividad responsable comenzar de nuevo así es un trabajo que requiere un cierto calentamiento previo, lo cual significa tener el cuerpo y el alma en las mejores condiciones posibles para esa experiencia. Tiempo habrá para la alegría o la decepción. Pero no es necesario entusiasmarme ni decepcionarme antes de tiempo. Los seres humanos siempre ocultamos, la mayoría de las veces sin saberlo, algo poderoso y desconocido para nosotros mismos, que puede surgir debido a los retos a que nos obliga tener que tratar con lo nuevo, o con lo que estaba ahí pero no lo habíamos visto nunca, que es en definitiva lo que es lo nuevo. Todo junto requiere, repito, atención, concentración, tiempo y paciencia. Eso no quiere decir que el acuerdo de responsabilidad signifique fidelidad a cualquier precio, ni que no pueda, ni deba, romper con lo que creía que me iba abrir nuevos horizontes.
Tener otros intereses, variados y variopintos, incluso folclóricos, viendo hasta donde se llegan con ellos, pienso que no es suficiente. Si quiero comenzar de nuevo de verdad, como a los animales peligrosos, debo tener ese tipo de intereses razonablemente amordazados. Que me ayuden en mi nueva vida, pero que no me molesten ni molesten a mis nuevos aliados. La responsabilidad compartida tiene tales exigencias. ¿Como se hace eso? Atención y concentración son facultades que debo tener a punto antes de comenzar de nuevo. De hecho es donde debo concentrar todo mi esfuerzo. No debo esperar con los brazos cruzados a ver que es, o quien es el que va a contar en mi nueva vida. Si he decidido que cuente, debo estar atento y activo a lo que me cuenta y a lo que yo quiero contarle desde el momento en que se haga presente.
¿Que pueden querer de mi esa gente con la que pienso que debo encontrarme si quiero salir de donde me encuentro? Si estoy atento y soy responsable con el compromiso adquirido, rápidamente me daré cuenta de que me estarán señalando su punto de vista (y no otro) y la distancia que debo tener con ellos (y no otra). Me estarán comenzando a definir, en definitiva, la propuesta de un campo de acción (y no otro) donde se desarrollará el tiempo que contará y nos contará en nuestra actividad conjunta. Es fácil imaginar el trabajo que me corresponde.
Como en cualquier actividad responsable comenzar de nuevo así es un trabajo que requiere un cierto calentamiento previo, lo cual significa tener el cuerpo y el alma en las mejores condiciones posibles para esa experiencia. Tiempo habrá para la alegría o la decepción. Pero no es necesario entusiasmarme ni decepcionarme antes de tiempo. Los seres humanos siempre ocultamos, la mayoría de las veces sin saberlo, algo poderoso y desconocido para nosotros mismos, que puede surgir debido a los retos a que nos obliga tener que tratar con lo nuevo, o con lo que estaba ahí pero no lo habíamos visto nunca, que es en definitiva lo que es lo nuevo. Todo junto requiere, repito, atención, concentración, tiempo y paciencia. Eso no quiere decir que el acuerdo de responsabilidad signifique fidelidad a cualquier precio, ni que no pueda, ni deba, romper con lo que creía que me iba abrir nuevos horizontes.
miércoles, 1 de febrero de 2012
DE COMO LA VERDAD SE CONVIRTIÓ EN UN TANQUE O UN MISIL
La codicia de los respondones, esos que tienen respuesta para todo y todo lo quieren para ellos; esos que aunque no tengan la respuesta hoy no ceden porque estan convencidos de que la pueden tener mañana o pasado mañana o pasado pasado mañana o que si no la llegan a tener ellos, tienen una fe ciega en que personas afines mas inteligentes (¡!) estan a su búsqueda y captura, y mas pronto que tarde la encontrarán y se la servirán a ellos a domicilio y en bandeja de plata; esos a los que te diriges en actitud y aptitud interrogativa no porque no tenga otra cosa que hacer o porque me guste la chachára en plan suelta tu rollo que ahora suelto yo el mio y tal y tal, en plan monólogos paralelos que no llegan a encontrarse ni en el infinito, sino porque sabiendo de la importancia que tiene el diálogo entre las personas (porque he aprendido lo difícil que es encontrar su función precisa en la literatura o el cine) es conveniente que los dialogantes adopten aquellas actitudes desde el principio, única manera de que los dos acaben de dialogar con su inteligencia y su dignidad intactas, no aniquilándoselas uno al otro o el otro al uno con los disparos despiadados de sus respuestas, que poseen así el mismo efecto devastador que los mejores tanques o misiles, o llegado el caso la fuerza disuasoria del arma nuclear; esos y solo esos son los que se han apropiado del trozo mas apetecible del botín de la verdad dejando las sobras a lo que llaman las aves de rapiña, que desposeidas por ellos de toda verdad en su propio territorio merodean como pordiososeros con su manera de decir y contar, entreverada de interrogantes, dudas e incertezas, buscando algo para llevarse a la andorga de su intimidad donde, al cabo, acaban por alojar su particular forma de comunicarse con el mundo.
lunes, 30 de enero de 2012
AHÍTOS DE RESPUESTAS
Todo lo que esta pasando en el mundo que llamamos occidental apunta no sólo a sus dirigentes sino a todos nosotros. Como si habitásemos en un espacio concentraccionario parece que hemos renunciado a no ser mas con tal de seguir viviendo a lo grande. Como el despotismo es benigno, no atormenta. Degrada poco a poco, pero sin padecimiento. Y la voluntad no se rompe, se ablanda. Y, sin embargo, nos indignamos como si viviéramos entre alambres de espinos, bajo la tutela de un mandato brutal y despiadado, con la voluntad hecha jirones. Como si no tuviéramos futuro.
Cuesta hacer ver que la tosca y seca realidad contra la que chocamos cada día tiene su propia imaginación. Y que si la miráramos con atención, concentración, tiempo y paciencia nos mostraría lo inimaginable. Bien es verdad que no abundan los narradores que propongan relatos a ese nivel de exigencia. Pero los hay. Pero de poco vale si no la miramos así por falta de tiempo, o por exceso de estrés, o, lo peor, porque el que mira esta convencido de que es mas grande que aquella. Que no le va a enseñar nada que el no sepa, porque ya lo sabe todo.
No sabemos lo que nos pasa pero, genio y figura, nos echamos a la calle con la mascara de todo lo contrario. Y a ultima hora del día asistimos a las charlas de los predicadores a sueldo de sus señores, que son también los nuestros, para llenar el buche escuchando pacientemente sus letanías, que son las que queremos oír. Y lo que queremos oír es que entre de nuevo el orden en nuestras vidas y que nos señalen quien son los culpables del desasosiego que nos embarga. El repertorio es variado y cada predicador tiene el suyo. Y siempre opera en sentido vertical, de arriba hacia abajo, o de abajo hacia arriba. A conveniencia.
Pero lo que ningún predicador nos va a decir, el sueldo es el sueldo, es que de nada vale restañar, en plan apaño, los agujeros de la vida, si nosotros no alcanzamos a entender las variantes del mal y del dolor que de forma transversal se adueñan intemporalmente del orden que parecía regular el mundo. Los predicadores solo nos dirán donde se encuentran los dioses, faltaría mas son quienes los pagan, pero lo que nunca nos dirán, porque no lo saben, es el lugar que deja el diablo y el valor de sus buenas obras. No confunda con los chivos expiatorios, que, insistentemente, señalan los predicadores en sus homilías. En verdad nadie lo sabe, aunque algunos se atreven a decir que el diablo se encuentra en los pequeños detalles. Yo añadiría, también, que entre los pliegues de las preguntas.
¿Con que preguntas convives? El lector al que le hice la pregunta me respondió que el solo quería y buscaba respuestas, que no estaba para perder el tiempo. Invariable y paradójicamente, poca gente es capaz de responder a esa pregunta. Eso que se llama la opinión publica esta hecha de respuestas y contra respuestas, que cada una por su lado se quieren apropiar del mundo. Después de los tanques y los misiles es lo mas avasallador e inflexible que hemos inventado. En cambio, el lenguaje interrogativo nada mas aspira a entenderlo. Depende de otros interlocutores que lo animan y que se encuentren inmersos en la misma actitud interrogativa, y de las circunstancias en que se pronuncian. Todo lo cual garantiza la integridad y la dignidad de sus respectivas inteligencias y sensibilidades. Y no es una obligación como las respuestas, la actitud interrogativa es fundamentalmente un derecho al que acogernos.
Cuesta hacer ver que la tosca y seca realidad contra la que chocamos cada día tiene su propia imaginación. Y que si la miráramos con atención, concentración, tiempo y paciencia nos mostraría lo inimaginable. Bien es verdad que no abundan los narradores que propongan relatos a ese nivel de exigencia. Pero los hay. Pero de poco vale si no la miramos así por falta de tiempo, o por exceso de estrés, o, lo peor, porque el que mira esta convencido de que es mas grande que aquella. Que no le va a enseñar nada que el no sepa, porque ya lo sabe todo.
No sabemos lo que nos pasa pero, genio y figura, nos echamos a la calle con la mascara de todo lo contrario. Y a ultima hora del día asistimos a las charlas de los predicadores a sueldo de sus señores, que son también los nuestros, para llenar el buche escuchando pacientemente sus letanías, que son las que queremos oír. Y lo que queremos oír es que entre de nuevo el orden en nuestras vidas y que nos señalen quien son los culpables del desasosiego que nos embarga. El repertorio es variado y cada predicador tiene el suyo. Y siempre opera en sentido vertical, de arriba hacia abajo, o de abajo hacia arriba. A conveniencia.
Pero lo que ningún predicador nos va a decir, el sueldo es el sueldo, es que de nada vale restañar, en plan apaño, los agujeros de la vida, si nosotros no alcanzamos a entender las variantes del mal y del dolor que de forma transversal se adueñan intemporalmente del orden que parecía regular el mundo. Los predicadores solo nos dirán donde se encuentran los dioses, faltaría mas son quienes los pagan, pero lo que nunca nos dirán, porque no lo saben, es el lugar que deja el diablo y el valor de sus buenas obras. No confunda con los chivos expiatorios, que, insistentemente, señalan los predicadores en sus homilías. En verdad nadie lo sabe, aunque algunos se atreven a decir que el diablo se encuentra en los pequeños detalles. Yo añadiría, también, que entre los pliegues de las preguntas.
¿Con que preguntas convives? El lector al que le hice la pregunta me respondió que el solo quería y buscaba respuestas, que no estaba para perder el tiempo. Invariable y paradójicamente, poca gente es capaz de responder a esa pregunta. Eso que se llama la opinión publica esta hecha de respuestas y contra respuestas, que cada una por su lado se quieren apropiar del mundo. Después de los tanques y los misiles es lo mas avasallador e inflexible que hemos inventado. En cambio, el lenguaje interrogativo nada mas aspira a entenderlo. Depende de otros interlocutores que lo animan y que se encuentren inmersos en la misma actitud interrogativa, y de las circunstancias en que se pronuncian. Todo lo cual garantiza la integridad y la dignidad de sus respectivas inteligencias y sensibilidades. Y no es una obligación como las respuestas, la actitud interrogativa es fundamentalmente un derecho al que acogernos.
jueves, 26 de enero de 2012
LA CONSPIRACION, de Robert Redford

SOBRE LA LIBERTAD Y SU INJUSTICIA
Vaya de entrada que la intuición del baron de Montesquieu sobre la conveniencia de la separación de poderes es algo permanente. Él le dio una forma concreta hace mas de trescientos años en un libro seminal, el espiritu de las leyes, pero esa necesidad estaba ahí desde siempre. Como correlato al hecho de que el poder político no acepta jamás división alguna, ya que no se comparte voluntariamente. Así desde que el mono de Kubrick alzó la porra en forma de hueso y amenazó al que hasta entonces habia sido su colega. Al poder político se lo conquista, se lo consolida y se lo expande y, en un sistema democratico, eventualmente se lo pierde. Pero nadie en su sano juicio lo comparte, o lo cede, al menos que esté inevitablemente forzado a hacerlo. Ergo, la divisón de poderes es un atentado directo a la linea de flotación de la ambición absolutista de cualquier poder político ejecutivo. Una espacio para que pueda respirar la justicia.
Sabemos quien elige, cuando hay oportunidad, a los legisladores, pero quien elige a los jueces. Los jueces, sin duda, sino serian politicos. Injusto, sin duda, pero no mas que la forma de elegir a los legisladores o la de ejecutar el poder politico su accion diaria. La democracia no es un sistema para impartir justicia, sino que es un sistema, el único sistema, donde cabe la posibilidad de la division de poderes. Esa es su grandeza. Si eso es realmente así, eventualmente, puede que se llegue a impartir justicia. Lo que esta claro es que si no hay división de poderes, la impartición de justicia es imposible siempre. Y el sentimiento de igualdad ante las leyes, que ha diseñado el legislador, inexistente.
Robert Redford, en su nueva película, nos vuelve a recordar todo esto que, de tan obvio, se olvida con demasiada frecuencia. Y lo hace a partir de un episodio histórico, la conspiración urdida para asesinar al presidente Abraham Lincoln. Pero, aquí radica su interés, no para llevar la Historia al cine, sino para hablar del destino de las personas cuando quedan atrapadas en ese infernal delirio que llega a ser el poder politico ejecutivo, cuando logra convertirse en el unico poder existente. Eso que se conoce, eufemísticamente, como la razón de Estado.
Sin alardes de puesta en escena, como es habitual en él, sabe poner la cámara en ese lugar preciso para que al espectador le brote un sentimiento que viene a rubricar lo dicho al principio: la justicia no tiene que ver con la ideología politica. No tiene que ver con ser buenas o malas personas. De otra manera, un gran defensor de las grandes causas, quizá no haya habido otra como la de la abolición de la esclavitud, puede ser también el mas tenebroso de los criminales. Talmente el ministro de la guerra del presidente Lincoln, Edwin Stanton, que busca venganza y ejemplaridad, a costa de la sospechosa Mary Surratt.
¿Donde queda, entonces, la justicia? La justicia no se puede representar, es una cuestión de fe. No es demanda de ella lo que se deprende de las imágenes que construye Redford, suficientemente elegante para no querer escarbar demasiado en nuestros bajos intestinos. Su peli apunta mas arriba y sugiere que nos preguntemos por el lugar que la justicia debe ocupar siempre. Su ambito de nidificación. Y la respuesta no puede ser otra que ese inestable y agonico hueco que queda entre la división de poderes que vengo aludiendo desde el principio.
Viendo el cuerpo ahorcado de Mary Surratt, a la que han ajusticiado sin pruebas suficientes de haber participado en el complot para asesinar al presidente Lincoln, pero quien delante de la camara no oculta su odio sureño a la honorable causa de aquel, uno se queda perplejo ante lo que se le echa encima, y que no es otra cosa que la de comprobar que la primera fuente de injusticia es el ejercicio de la propia libertad. Y el de odiar como el mas devastador, y el de la venganza como su correlato mas frío y siniestro.
martes, 24 de enero de 2012
PÁSELO
Una visión y una necesidad se entrecruzan permanentemente en nuestra existencia sin que seamos capaces de inventar un espacio donde darles acomodo y sosiego. Y que, de paso, nos permita mantener a raya a los reptiles de la indignidad y la hipocresía. No queremos aceptar que el mundo se vuelve intolerable por el ferviente deseo de pertenecer a el de la forma que sea, incluyendo las abyectas, lo cual nos produce heridas y culpas incicatrizables. Es por ello que aspiremos al perdón de nuestros semejantes, lo que sirve para que crezca en nosotros sin parar una doble moral. Por un lado, el poder manejar de manera abstracta un repertorio de actitudes para salvar a la humanidad en general, y, por otro, tener las manos libres para hacer en nuestra vida cotidiana lo que nos pete. Una doble moral que es una forma de consuelo y también de perversión. Consolarse a costa de pervertirse no me parece a mi que nos lleve a ninguna parte interesante.
Bastaría con instalarse en una actitud mas interrogativa para empezar a ver y a sentir las cosas de otra manera. Bastaría con fijarse mas, mediante ese aprender a convivir con las preguntas, en el ámbito de nuestra intimidad y saber diferenciarlo así del ámbito de la propiedad privada y del espectáculo de lo publico. Territorios estos últimos suficientemente manoseados en su incesante conchabeo, para que quepa alguna posibilidad de sacarles otros provechos que los ya por todos conocidos. No sería mal comienzo para poder atajar el problema de la mala conciencia que nos paraliza: lo que decimos que hacemos no consigue mitigar la evidencia de lo que hacemos.
Y es que lo que siempre ocultan la endiablada y corrupta complicidad entre lo publico y lo privado es el sentir propio de lo intimo. Ahogar la posibilidad de que eso que verdaderamente nos pasa sea contado. La mala conciencia es, entonces, una válvula de escape de esa forma de asfixia. La falta de aire no solo nos ahoga sino que también nos confunde, nos distrae, y todo ello hace que nuestras mejores intenciones en el trato con el mundo se vean atrapadas entre dos de los vicios mas letales que padece, como consecuencia, la comunicación humana: hacer todo lo posible para que al hablar o escribir los demás nunca nos entiendan y solo saber pensar y contar sobre aquello que no nos preocupa.
Si la mala conciencia es la manera de tratar con un mundo atrapado entre los intereses, cada vez mas oscuros e incontrolables, que entrelazan lo privado y lo publico, la intimidad es la manera de contar la vida, de darse cuenta y de tener en cuenta la vida, nuestra vida y su singular y precario destino. Y eso solo es posible aprenderlo a través de los grandes personajes de ficción que la representan. Ellos no nos hablan de sus pertenencias ni de sus chanchullos, sino de como se sienten así mismos. Nos comunican misteriosamente su intimidad, y ni la violan ni la ensucian. Pocos huecos mas, creo yo, le quedan a la causa antropológica donde poder refugiarse. Ese y dejar de mirar, y mirarse, a través de la ventana de la televisión. Esa roña que producen los verdaderos corsarios. Páselo.
Bastaría con instalarse en una actitud mas interrogativa para empezar a ver y a sentir las cosas de otra manera. Bastaría con fijarse mas, mediante ese aprender a convivir con las preguntas, en el ámbito de nuestra intimidad y saber diferenciarlo así del ámbito de la propiedad privada y del espectáculo de lo publico. Territorios estos últimos suficientemente manoseados en su incesante conchabeo, para que quepa alguna posibilidad de sacarles otros provechos que los ya por todos conocidos. No sería mal comienzo para poder atajar el problema de la mala conciencia que nos paraliza: lo que decimos que hacemos no consigue mitigar la evidencia de lo que hacemos.
Y es que lo que siempre ocultan la endiablada y corrupta complicidad entre lo publico y lo privado es el sentir propio de lo intimo. Ahogar la posibilidad de que eso que verdaderamente nos pasa sea contado. La mala conciencia es, entonces, una válvula de escape de esa forma de asfixia. La falta de aire no solo nos ahoga sino que también nos confunde, nos distrae, y todo ello hace que nuestras mejores intenciones en el trato con el mundo se vean atrapadas entre dos de los vicios mas letales que padece, como consecuencia, la comunicación humana: hacer todo lo posible para que al hablar o escribir los demás nunca nos entiendan y solo saber pensar y contar sobre aquello que no nos preocupa.
Si la mala conciencia es la manera de tratar con un mundo atrapado entre los intereses, cada vez mas oscuros e incontrolables, que entrelazan lo privado y lo publico, la intimidad es la manera de contar la vida, de darse cuenta y de tener en cuenta la vida, nuestra vida y su singular y precario destino. Y eso solo es posible aprenderlo a través de los grandes personajes de ficción que la representan. Ellos no nos hablan de sus pertenencias ni de sus chanchullos, sino de como se sienten así mismos. Nos comunican misteriosamente su intimidad, y ni la violan ni la ensucian. Pocos huecos mas, creo yo, le quedan a la causa antropológica donde poder refugiarse. Ese y dejar de mirar, y mirarse, a través de la ventana de la televisión. Esa roña que producen los verdaderos corsarios. Páselo.
lunes, 23 de enero de 2012
LA CAUSA ANTROPOLÓGICA
Recientemente he leído un articulo de Lucien Seve titulado "Salvar el genero humano, no únicamente el planeta", que aparece publicado en la edición española de Le Monde Diplomatique de diciembre de 2011. No soy muy partidario de recomendar de forma explícita lecturas o películas, pero en esta ocasión haré una excepción. Dejelo todo y lealo lo antes que pueda.
El titulo habla por si mismo. El autor quiere sacar a flote lo que el llama la causa antropológica, no para oponerla a la causa ecológica, sino para delimitar el lugar y la prioridad que a cada una de ellas le corresponde. Y viene a decir, que sin pensar y llevar a cabo acciones con la primera es imposible la segunda. De otra manera, de nada vale proteger espacios naturales y especies animales, si el hombre continua siendo, en lo fundamental, un lobo para el hombre.
Tengo para mi que la causa ecológica es antes que nada una causa reactiva. Es decir, es consecuencia del astio y cansancio que ha llegado a producir a lo largo de los siglos la original causa antropológica, por seguir con la terminología de Seve. También es una estrategia calculada para intentarlo de nuevo dando la vuelta a la tortilla: si medio milenio oficial de humanismo tecno-científico ha dejado al planeta hechos unos zorros, quizá convenga poner a salvo a este antes de que aquel se lo coma entero, haciéndole ver a esa bestia parda que es el homo sapiens que un día se puede quedar sin nada que llevarse a la boca. Lo cual es muy loable, pero hace que, se mire como se mire, depredadores y conservacionistas jueguen sus bazas en el mismo terreno de juego. Asi, lamentablemente, la causa del hombre y del planeta también están en permanente guerra civil. Y ya sabemos que por este camino no hay vencedores o vencidos. Todo y todos salimos perdiendo.
No es la primera vez ni será la ultima, que frente a una situación de impotencia y desesperación los humanos tenemos tendencia a idealizar soluciones a aquello que justamente nos amarga la existencia. El hombre rebelde lleva mas de doscientos años intentandolo de todas las maneras imaginables, pero la sensación de fracaso parece que es la que acaba por imponerse. Algo, que no sabemos muy bien que es, falla de manera estrepitosa y constante. El astio y el cansancio frente a la degradación del planeta son innegables, y es difícil estar en desacuerdo con tal diagnostico. La cuestión es ver, como sugiere Seve, si es posible conseguir un planeta habitable, encaminados como estamos hacia un mundo humanamente invivible. La máxima de Hobbes, se pregunta Seve "¿no tiende a convertirse en ley de demasiados ámbitos en los que nuestros actuales procedimientos les confieren una maldad sin precedentes? Ejemplo principal, el trabajo, esta metido en una pendiente tremendamente preocupante. Bajo las dificultades cada vez mayores de producir un gratificante trabajo de calidad, la responsabilidad a la vez solicitada y prohibida de los trabajadores, su sistemática puesta en competencia, la intencionada erradicación del sindicalismo, la pedagogía de aprender a venderse y convertirse en tiburón, le gerencia empresarial por el terror. En todo eso que viene a concentrarse en ultima instancia en suicidios en los lugares de trabajo, esta la omnipresente exigencia de la rentabilidad de los dígitos, el premio constante a la rapacidad de los accionistas, desde la inflación sin fe ni ley, hasta el jefe canalla. En suma, la locura neoliberal, forma maligna del capitalismo tardío. ¿No este un verdadero proceso de deshumanización?"
Seria mas que suficiente para sacar la navaja y tirarse al monte, pero creame si le digo, que nos encontramos mas cerca de ser abajofirmantes de la sentencia que va a pronunciar en su día Sartre: si estamos aquí es porque lo hemos aceptado todo. Le aseguro que cuando me recupere volveré. No debería hacerlo, pero volveré.
El titulo habla por si mismo. El autor quiere sacar a flote lo que el llama la causa antropológica, no para oponerla a la causa ecológica, sino para delimitar el lugar y la prioridad que a cada una de ellas le corresponde. Y viene a decir, que sin pensar y llevar a cabo acciones con la primera es imposible la segunda. De otra manera, de nada vale proteger espacios naturales y especies animales, si el hombre continua siendo, en lo fundamental, un lobo para el hombre.
Tengo para mi que la causa ecológica es antes que nada una causa reactiva. Es decir, es consecuencia del astio y cansancio que ha llegado a producir a lo largo de los siglos la original causa antropológica, por seguir con la terminología de Seve. También es una estrategia calculada para intentarlo de nuevo dando la vuelta a la tortilla: si medio milenio oficial de humanismo tecno-científico ha dejado al planeta hechos unos zorros, quizá convenga poner a salvo a este antes de que aquel se lo coma entero, haciéndole ver a esa bestia parda que es el homo sapiens que un día se puede quedar sin nada que llevarse a la boca. Lo cual es muy loable, pero hace que, se mire como se mire, depredadores y conservacionistas jueguen sus bazas en el mismo terreno de juego. Asi, lamentablemente, la causa del hombre y del planeta también están en permanente guerra civil. Y ya sabemos que por este camino no hay vencedores o vencidos. Todo y todos salimos perdiendo.
No es la primera vez ni será la ultima, que frente a una situación de impotencia y desesperación los humanos tenemos tendencia a idealizar soluciones a aquello que justamente nos amarga la existencia. El hombre rebelde lleva mas de doscientos años intentandolo de todas las maneras imaginables, pero la sensación de fracaso parece que es la que acaba por imponerse. Algo, que no sabemos muy bien que es, falla de manera estrepitosa y constante. El astio y el cansancio frente a la degradación del planeta son innegables, y es difícil estar en desacuerdo con tal diagnostico. La cuestión es ver, como sugiere Seve, si es posible conseguir un planeta habitable, encaminados como estamos hacia un mundo humanamente invivible. La máxima de Hobbes, se pregunta Seve "¿no tiende a convertirse en ley de demasiados ámbitos en los que nuestros actuales procedimientos les confieren una maldad sin precedentes? Ejemplo principal, el trabajo, esta metido en una pendiente tremendamente preocupante. Bajo las dificultades cada vez mayores de producir un gratificante trabajo de calidad, la responsabilidad a la vez solicitada y prohibida de los trabajadores, su sistemática puesta en competencia, la intencionada erradicación del sindicalismo, la pedagogía de aprender a venderse y convertirse en tiburón, le gerencia empresarial por el terror. En todo eso que viene a concentrarse en ultima instancia en suicidios en los lugares de trabajo, esta la omnipresente exigencia de la rentabilidad de los dígitos, el premio constante a la rapacidad de los accionistas, desde la inflación sin fe ni ley, hasta el jefe canalla. En suma, la locura neoliberal, forma maligna del capitalismo tardío. ¿No este un verdadero proceso de deshumanización?"
Seria mas que suficiente para sacar la navaja y tirarse al monte, pero creame si le digo, que nos encontramos mas cerca de ser abajofirmantes de la sentencia que va a pronunciar en su día Sartre: si estamos aquí es porque lo hemos aceptado todo. Le aseguro que cuando me recupere volveré. No debería hacerlo, pero volveré.
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