jueves, 9 de junio de 2016

CIUDAD ABIERTA, novela de Teju Cole

Comienzo leyendo la contraportada. Dice así: “Julius, un joven psiquiatra nigeriano residente en un hospital de Nueva York, pasea por las calles de Manhattan. Caminar sin rumbo se convierte para él en una necesidad que lo libra de las constricciones de su trabajo, i que le ofrece la posibilidad añadida de abrir su mente a un fantaseo entre la literatura, el arte o la música y sus relaciones personales, el pasado y el presente. En sus paseos, explora cada rincón de la ciudad. Pero Julius no solamente recorre un espacio físico, sino que también frecuenta otro, en el cual se entremezclan una cantidad de estímulos que lo interpelan”.

No tengo que insistir mucho para darme cuenta de que Julius puede ser cualquiera de nosotros. Todos tenemos un trabajo que nos constriñe, y en el peor de los casos nos estriñe, bien es verdad que a unos más que a otros. Todos tenemos un mente dispuesta al trato - a favor o en contra, o con total indiferencia -, entre la literatura, el arte, la música, el mercado, los bares, la suciedad, la limpieza, los arboles, los animales, el cine, los niños jugando y los ancianos caminando en los parques, los carteles de publicidad, los coches, los aparcamientos, la iluminación de las calles, etc... y nosotros mismos y nuestro entorno. Todos tenemos una mente dispuesta para tratar con la fuerza transformadora de la imaginación y la curiosidad. Todos tenemos un pasado y un presente. Todos vivimos o trabajamos, o lo hemos hecho, en una ciudad. Todos tenemos dos piernas y, de una manera u otra, cada día paseamos. Vamos de aquí para allá. De un lugar a otro. En fin, todos vivimos como podemos, en algún sitio o en otro.

En su momento cumplí con bastante disciplina la siguiente guía de lectura. 

1. No me distraje con otras lecturas. Leí, y releí, lo que le pasaba a Julius en sus paseos, y, sobre todo, puse mucha atención a lo que hace con lo que le pasa.

2. De inmediato lo contrastaba con mi experiencia de paseante. Se trataba de recoger ese momento y lo importante de su esencia, y no dejarlo pasar: un buen paseante no busca, encuentra. Haciendo de inmediato las asociaciones no previstas y las similitudes infrecuentes. Leer es asombrarnos y dar a conocer a los otros los efectos de ese asombro, para que ejerzan su derecho a lo mismo. Leer es encontrarse con lo asombroso de una lectura y decir algo sobre ello al contrastarlo con la propia experiencia, justo porque nos sentimos asombrados: si un atardecer de otoño una dama de noche en nuestro jardín implora a un viajero. Leer es ponerse al día con la propia experiencia, que no tiene porque coincidir con la biografía.

3. Utilicé la palabra, la imagen, el dibujo y el sonido, utilicemos todo al mismo tiempo, para dar cuenta de eso que nos imaginamos al pasear, en contraste reverencial con la lectura o la relectura de la novela de Teju Cole. Por ello recomiendo no separarse del libro mientras se está leyendo. En cualquier momento puede saltar la imagen, el sonido, la palabra que haga poner en alto nuestro asombro. La lectura funciona, no lo olvidemos, con efecto retardado y por sintonía. Es cuando aparece la necesidad de la escritura.

No se me ocurre otra manera más eficiente y provechosa de leer este libro de Teju Cole, para entender mejor como es el latido de una ciudad abierta. En la que estadísticamente todo puede llegar a cuadrar y ser, por tanto, explicado, pero que desde  los sentimientos que afectan a sus ciudadanos no deja de complicarse de manera intermitente, tendiendo a ser ininteligible. Carente de todo sentido.

La lectura será roma si leemos en plan: “bueno esto en fin lo que quiero decir es que esto va de un joven psiquiatra nigeriano que se llama Julius y es residente en un hospital de Nueva York y que pasea por las calles de Manhattan y que tiene muchas emociones. Eso pienso que en el libro hay muchas emociones y bueno no se en fin yo creo que el libro es un palo pero no me ha desagradado del todo aunque ya digo eso se podía decir en menos páginas y es que lo quiero decir bueno si ya se creo que el libro es difícil no se si me explico lo que pasa es que el narrador no sabe lo que quiere eso yo creo que sale a pasear porque le va mal en el trabajo bueno es que es Nueva York y ya se sabe como son los americanos y todo eso y tal y tal”.

miércoles, 8 de junio de 2016

LA BUENA GENTE DEL CAMPO, cuento de Flannery O'Connor

El significado y el sabor de las palabras en el hablar por hablar cotidiano ya están dados, solo hay que elegir el menú diario. Y a veces ni eso. El significado y el sabor de las palabras de un cuento o una novela, no están dados, hay que descubrirlos y hacerse merecedor de ellos, ganárselos, mediante el esfuerzo y la atención lectora. Si no es así, el lector puede deambular perdido por el texto durante mucho tiempo, lo cual es fuente de todo su malestar, pero que acepta como algo con lo que ha de convivir durante su itinerario lector. Pero también puede dejarse llevar, sin despeinarse, por el mas cómodo y conformista “a ver que pasa”. Este “a ver que pasa” puede querer significar desde una expectación sincera pero estática, hasta el más habitual cuando acabará este latazo. Entre medias, toda la gama de posibilidades que le pueden venir a la cabeza a quien ha decidido quedarse fuera del texto, es decir, mirar la faena escritora desde las gradas, en lugar de lanzarse desde la primera página al albero.

En este segundo caso, cuando el lector se encuentra con, por poner la escena clave del cuento de O’Connor, la filósofa culta y el vendedor de biblias juntos en el pajar se congratula consigo mismo diciendo, vaya por fin puedo decir algo en público. Y lo que nos dice pienso que tiene que ver con otro texto leído, o con otras lecturas. No puede ser de otra manera ya que hasta entonces ha estado a la espera, mirando el texto desde las gradas. A ver que pasa. Quiero decir con esto, que esa expresión no es fruto de la experiencia lectora que ha tenido, o está teniendo, con el texto de O’Connor, sino de otras lecturas hechas en otros momentos y en otras convocatorias, y con otros acompañantes en la lectura, y que la comodidad de estar en las gradas le facilita su evocación e invocación.

No ha visto algo que, sin embargo, si puede llegar a ver el lector del primer caso como consecuencia de su lectura atenta y paciente, y también por tolerar el malestar de no saber donde se encuentra en ese campo de acción narrativo que nos ofrece el narrador. Visión que se puede expresar como que no importa cual sea el grado de falsedad o falsificación social que uno arrastre consigo en su vida pública o privada, en su intimidad se encuentra a sí mismo y atesora la verdad última y definitiva de su ser. Eso es lo que descubren juntos la filósofa y el de las biblias, y el lector atento a su lado. Es el beneficio de tanto esfuerzo y paciencia. Y eso les acontece a los protagonistas en un pajar (pero podía haber sido igualmente en un altar, en una manifestación, en una oficina, en un bar, etc.). Acontece, repito, en la intimidad, tanto de la filósofa como del vendedor de biblias y del lector, ya irremediablemente fundidos por la experiencia lectora. Otra cosa es como se cubre, como se maquilla luego esa experiencia cuando unos y otros nos incorporamos a la batalla diaria. Ahí, cada uno es libre de engañarse según la demanda del momento.

Permítanme, por último, una nueva metáfora biológica u orgánica, siempre útiles para aprender. Todo el mundo sabe, unas mas que otros, que la decisión de parir una criatura de carne y hueso comporta la aceptación (sobre todo por parte de la madre) de un retorcimiento del cuerpo y del alma como nunca antes se había imaginado, sobre todo si es la primera vez. Dicho de otra manera, no se puede tomar semejante decisión sin despeinarse, aunque esa sea la forma con la que demasiadas veces se aparece en público. Igualmente, tomar la decisión de parir una criatura literaria (que alguien la escriba para que alguien la lea, solo en esta comunión la criatura es parida literariamente) no se puede hacer sin aceptar un retorcimiento del lenguaje habitual, y por consiguiente un retorcimiento de nuestra manera de evocarlo y saborearlo. Eso que se llama, desde Aristóteles, estilización de lenguaje o creación de un lenguaje poético.

martes, 7 de junio de 2016

CUENTO DE NAVIDAD, de Paul Auster

Auggie Wren reconoce que el narrador es Paul Benjamin a través de una reseña que leyó de un libro suyo. Paul Benjamin reconoce a Auggie Wren mediante la historia que le explica. Por tanto, Auggie Wren y Paul Benjamin se reconocen a través de las palabras con que construyen sus historias. Antes se conocían a través de les palabras que daban forma al parloteo cotidiano en el estanco. Sólo comenzaron a reconocerse cuando prestaron atención a les palabras que cada uno decía en sus relatos. Eso quiere decir que las palabras dejaron de tener la naturalidad sin esfuerzo que les da el parloteo, y se transformaron en un problema, es decir, comenzaron a significar algo con sentido dentro de la historia que contaban. De esta manera formaron parte irrefutable de sus vidas.

Para entendernos, pasa lo mismo con los pulmones. Respiramos una y otra vez sin ningún tipo de dificultad como si ellos no existiesen, hasta que un día el médico nos dice que tenemos cáncer. Entonces los pulmones se convierten en un grave problema, y adquieren todo su significado y sentido en el complejo entramado de nuestro organismo. La enfermedad, paradójicamente, nos hace sentir mas vivos que nunca. Aunque al final la parca gane el partido.

Un vez más, solo cuando aceptamos que no entendemos nada de lo que nos pasa, comenzamos a leer. Es decir, comenzamos a escuchar y a reconocer al otro. Nos llega, entonces, la tentación de saber. De saber en compañía. Como Paul Benjamin i Auggie Wren.

Cuando un lector se pregunta sobre el por qué de la lectura quizá, sin saberlo, haya encontrado la respuesta. Quedan, pues, convocadas todas estas preguntas que nos acompañan y conviven con nosotros.

sábado, 4 de junio de 2016

LEER EN COMPAÑÍA NO ES PARA SENTIRSE ACOMPAÑADO

Pienso que leer en compañía no es un cita para quedar bien, diciendo lo que los otros quieren oír. Ni para quedar mal, ofendiendo con lo que los otros no quieren oír. Ni para hablar de manera que sea posible decir lo contrario. Ni para hablar de manera que sea imposible no estar de acuerdo. Todo lo anterior cae dentro del campo de lo que ya se sabe. Del uso social, familiar o profesional del lenguaje. Si queremos, sabemos ser educados. También sabemos ser mal educados. Sabemos no estar de acuerdo. Sabemos no llevar la contraria. Todo eso, a partir de una cierta edad, ya lo sabemos. Es el pacto de convivencia social, en el que quedan incluidos los enfrentamientos, que unen más de lo que queremos aceptar. Por tanto, si lo sabemos no hace falta quedar, a no ser que quedar siga significando lo que significa para los adolescentes: quedamos para seguir quedando. Para que el pacto de estar juntos no se resquebraje. Es decir, quedar es un fin en sí mismo. No una oportunidad para decir algo de algo. Tal vez quedamos como quedamos y hablamos como hablamos - los adolescentes no lo saben aún, pero los adultos no podemos no saberlo - porque decir algo de algo es difícil. Dificilísimo. Eso sí lo sabemos. Por eso cuando quedamos para hablar, decimos todo de todo, o todo de nada. O, como la mayoría de las veces, lo que decimos es nada de nada, que es lo que significa escucharse a uno mismo. Da lo mismo lo que se diga, pues el fin es otro. Quedar para seguir quedando. 

En fin, lo que quiero decir es que nos citamos para leer en compañía a sabiendas, nadie no puede no saber, pero no sabemos cómo lo sabemos. Aunque empeñados en estar de acuerdo o enfrentados, en quedar para seguir quedando, no nos preocupamos de adquirir otra perspectiva que no sea la que nos permita seguir quedando así. Mejor dicho, solo nos interesa la perspectiva que revalide el quedar para cumplir esos preceptos. Cuesta imaginar una perspectiva donde todo ese ritual y liturgia no pueda tener lugar. Donde unos no se sienta obligados a quedar bien, ni los otros sientan la amenaza de sentirse ofendidos. Leer en compañía, de eso se trata. Y las tertulias literarias deben ser ese tiempo y lugar. Las palabras de los narradores nos proporcionan una perspectivas imprevistas e impagables. Las palabras de los otros lectores, si se toman en serio su lectura, pueden llegar a proporcionarnos otras, igualmente imprevistas e impagables. Quedamos en la tertulia, en suma, para escuchar a los otros, y para hacernos entender. Eso es lo que significa "no sabemos que lo sabemos". Es decir, no sabemos desde donde lo sabemos, para qué lo sabemos, a quien nos dirigimos, por qué lo sabemos. El saber del no saber.

viernes, 3 de junio de 2016

LEER COMO ACTIVIDAD HEROICA, DE ANÁLISIS O DE DISTRACIÓN

En mi anterior escrito, las dos supuestas preguntas del narrador interpelaban a lo que los lectores pudieran pensar sobre la lectura y la escritura, es decir sobre la literatura. En el caso de los lectores que calificaba de excepcionales, parece que su convicción de que leer sólo tiene posibilidades en el ámbito del propio ver, "leer es ver dentro de uno mismo", coloca su actividad lectora en el campo demostrativo, más propio de las ciencias o las matemáticas. De esta manera el relato se convierte en un objeto de análisis, vale decir, en un objeto de laboratorio. No habría necesidad de lector, es decir, de diálogo, en todo caso uno mismo se conformaría con el público, que apruebe o rechace los resultados de sus investigaciones, pero que no interviene. Pues, como es fácil deducir, en "leer es ver dentro de uno mismo" solo interviene uno mismo. A lo sumo, quienes no son uno mismo, pueden intervenir en el apartado final de ruegos y preguntas.  

En el caso de los lectores corrientes que, conscientes de su imperfección, se dan cuenta de que leer sólo puede llevarse a cabo si tratan de ver dentro del otro, "leer es ver en el otro", colocan su actividad lectora en el campo de la experiencia - siguen en esto a lo que les pasa en el mundo - que como él es más bien interrogativa que concluyente. Una experiencia del mundo, no en mi isla o en mi laboratorio, pero en el territorio del lenguaje. Un mundo al que uno mismo pertenece y del que depende. En fin, un mundo que se mueve, es decir, donde uno mismo se mueve gracias a las experiencias con los otros.

jueves, 2 de junio de 2016

TENER RAZÓN O HACERSE ENTENDER

Hay lectores que en las tertulias quieren tener la razón. Y hay lectores que tratan de hacerse entender. Yo pienso que la expresión "leer es ver en el otro" es más propio de la forma de leer de los segundos. Hacerse entender no es sinónimo de error, sino de imperfección, por eso la necesidad de ver en el otro. Tener la razón no es sinónimo de acierto, sino de creer que solo se puede ver lo que hace o dice uno mismo, por eso el nulo interés por ver en el otro. La imperfección es lo propio de los lectores corrientes, por eso no pierden de vista al otro. La fe en el propio ver es el juego interminable de los lectores excepcionales, que juegan consigo mismos ciegos o indiferentes ante la existencia del otro.

Sea como fuere, y llegados hasta aquí, no está demás imaginar las preguntas que, desde las páginas del cuento, nos haría el otro (el narrador, el único ser de la tertulia que no puede engañar), tanto a los lectores corrientes como a los lectores excepcionales. Podrían ser: ¿cómo sois y por qué sois así? ¿Qué hacéis ahí, sentados alrededor de la mesa?

miércoles, 1 de junio de 2016

SOMOS MUNDOS, NO SOMOS ISLAS

Metamos el Yo en el Ferrari y dialoguemos con el Otro y los otros, siempre desconocidos y misteriosos. Dispuestos a escuchar y compartir, en un viaje impar, el vértigo y el abismo de cada curva, pero también el consuelo de las palabras sensibles de los narradores y sus protagonistas, y de los otros lectores. No mueve a este Ferrari la velocidad cinética, sino la de la ignorancia. La del saber que hay en el no saber. Dejemos el R5 en el desguace. Saquemos al Yo de esa fortaleza doméstica y sitiada donde vivo con los míos (copia o producto del Yo mismo) con sus palabras gastadas e insignificantes, mediante las que el Yo domina la vida, aparta a un lado los intereses ajenos y visualiza con claridad los propios, y presupone que los intereses de los Otros son los mismos que los suyos. 

Lo que quiero decir es solo hay respuesta, o posibilidad de visualizar lo anterior, en la ficción. Ese otro mundo paralelo. Pues la vida ya tiene bastante con sobrevivir, pues es lo único que sabe hacer, a trancas y barrancas, con sus velos y autoengaños. Y que leer, por tanto, no es ver a otro desde las murallas del R5, tampoco es ver a través de otro, ni usar ni manipular ni disparar contra el otro, talmente como hacemos en la vida. Sino eso: leer es ver en otro. O "romper una lanza por el otro". O pensar que el otro, al fin y al cabo, puede que tenga razón. Somos mundos, no somos islas. Cielo santo, si fuéramos capaces de entender esto, os imagináis la violencia que nos ahorraríamos, y la lucidez que, de repente, nos embargaría, aunque nada más fuera durante los breves instantes de la tertulia. Sin importarnos que afuera, tal ver por ello, aún más negra será la noche. Al fin acompasados. Ni descompensados, ni desconfiados, ni acojonados, ni malcarados, ni enrabietados, ni anestesiados, ni indiferentes, ni indiferenciados. Solo acompasados, sí, con la música de las palabras sensibles de los narradores y sus protagonistas, y de los otros lectores. Ahí, en el lugar donde habita misterioso el Otro. Justo ahí, es donde yo los viera. 

Pienso que ya no hay camino transitable con sentido en nuestro mundo, que no sea conocer y reconocernos en las palabras del Otro, que son también nuestro consuelo y única salvación posible. Dialogar, de eso se trata. Pero, ¿qué hay de los míos, y de lo mío? ¡Ególatra enajenado! No dudes que te lo agradecerán. Hasta que no te pongas a ello, hasta que no "leas viendo en el otro", no te puedes imaginar todavía como te lo agradecerán.