viernes, 6 de agosto de 2010

CRÓNICAS BERLINESAS 1


ACERCÁNDOME

Hay algo mejor que entrar en Berlin pedalenado a lomos de una bicicleta, es hacerlo por el sur comenzando la etapa en la cercana ciudad de Postdam. Cuando entro en las grandes ciudades en coche o en avión, soy yo quien se echa de golpe encima de ellas. Cuando lo puedo hacer en bicicleta, sujeto al carril reservado a ella, es la ciudad la que va saliendo, poco a poco, a recibirme, como si se me echara encima. No había determinación fatalista en esta sujeción, ni plan previsto cuando la capital alemana se acercaba. No tener plan previsto no quiere decir que viaje sin mapa y sin información. Ni que me guste el vagabundeo sin más. Viajo seguro sobre el espacio, pero lleno de total incertidumbre sobre el tiempo que aquel acoje debajo. La cadencia del padaleo no es igual a rutina, yo diría incluso que estimula como nada hoy en dia las contradicciones que el viajero lleva dentro. Porque aunque quisiera no las puedo dejar en casa, viajo con ellas en las alforjas que, como un solo equipaje, llevo colgadas sobre la rueda trasera. Se lo digo sin más demora, un viaje en bicicleta es un viaje físico y espiritual a partes iguales, y no hay excusa para decir que uno se impone al otro. La leyes del espacio, en su firme relación con la velocidad y el tiempo, ayudan lo suyo a ello. De esa tensión surge una extraña y paradójica combinación de dolor y placer, que coloca al viajero en una disposición de fina atención hacia a las variaciones de temperatura de los objetos y del alma. Y además te vacuna contra el mal de la melancolía, que tanto afecta a quienes solo acceden a la verdad y la sabiduría siguiendo la traza de la razón empírica. En todo ello reside su principal beneficio, cuando el viaje se acaba y uno tiene que regresar a casa.

Decidí entrar por el sur berlines, porque quería mirar donde habitan los fantasmas que dieron forma a su grandeza y ruina pasadas. En realidad esos fantasmas son el resultado de lo que llevo dentro cuando lo echo al mundo exterior. Yo creo que en la coloquialidad del hogar los fantasmas nos acosan y nos cercan vestidos con el sudario que imaginamos se despidieron de este mundo. Es al salir fuera, al ponerlos en contacto con el exterior cuando se visten como realmente fueron o son, segun les convenga, con la ayuda inestimable de la indiferencia de los testigos mudos que aún quedan, de cuando entonces. Yo creo que sin ese paso intermedio, hoy es imposible viajar. Lo que pasa es que la gente compra postales para disimular el trago.

Habia leido que no iba a encontrar casi nada de ese fastuoso y sangriento itinerario. Toda la grandeza prusiana se la llevó por delante la locura nazi. Quedaban, sin embargo, dos testigos de la una y de la otra que me iban a servir, unidos por unos cuantos golpes de pedal, para definir el trayecto: el palacio imperial de Sanssouci en Postdam (residencia de verano de Federico el Grande, por amante de la guerra y de las letras con igual empeño e intensidad) y el Reichstag en el corazón de Berlin (donde Adolf Hitler, el mas grande criminal aleman, pronunció sus discursos mas determinantes). Las diferentes marcas intermedias de ese trayecto dependerían ya de mi pericia imaginativa.

No hace falta que le diga que por el sur te cuelas en los barrios ricos de la capital, 22 kilometros antes de llegar al centro. Y en el norte se concentran la mayor parte de la población emigrante, que fue decisiva en el afamado y milagroso renacimiento alemán después de la guerra. Pero esa es otra historia, cuyo fleco le dejo aquí por si quiere tirar del hilo.