martes, 15 de septiembre de 2015

REFUGIADOS

El problema no es que no sepamos que existe el dolor, el problema es que no sabemos que hacer con el que padecemos cotidianamente. No sabemos que hacer con lo que niega nuestro bienestar, atrapados en el dilema cruel de sospechar que no nos lo merecemos, sino que simplemente es el efecto colateral inducido de que otros no lo podrán disfrutar nunca. Ay, la plaza perpetua. 

¿Hace falta que nos sirvan a los espectadores occidentales, en bandeja catódica, la imagen de un niño de tres años ahogado en las playas turcas, para tomar conciencia de que hay guerras en el mundo, y de que como siempre en todas las guerras las primeras víctimas, a parte de la verdad, son los más frágiles? ¿Hacen falta estas imágenes para saber que la muerte, el dolor y el sufrimiento están a nuestro lado cada día, y cada hora de cada día, y que no es un patrimonio de los países "pobres"? ¿Cuanta pobreza de espíritu tenemos que acumular para saber no reaccionar cada día ante el dolor y sufrimiento ajeno? Pero, ¿sabemos que hacer con el dolor propio, a parte de anestesiarlo de mil maneras insustanciales? 


Convengamos que la empatía del ser humano no alcanza, y menos aún en el rico mundo occidental, más allá de las cuatros paredes de nuestra casa. No es un problema de egoísmo, lo es de la incompetencia intelectual y emocional que nos impone un tipo de vida que nos hace volver a casa cada día sin haber entendido, por ejemplo, el significado profundo de las palabras de Epicúreo: debemos no evitar el dolor.