La angustia del hombre moderno con el paso del tiempo, al desaparecer la eternidad en su vida que le garantizaba la Fe ciega en el Dios salvador después de la muerte, se ha convertido en el principio fundamental de su existencia.
A partir del siglo XVIII el hombre se emancipó del cosmos y adquirió teóricamente la autoconciencia de ser el mismo la única fuente de sentido en el mundo. Pero solo a partir de los primeros años del siglo XX, tras 150 años de despotismo ilustrado, se empezó a hacer realidad práctica la emancipación, con la irrupción de la incipiente sociedad de masas, en la que se encarnó aquella intuición teórica. Una incipiente sociedad se masas que cien años después ha colonizado cualquier rincón de la vida humana en el planeta, donde la escapabilidad y la inmediatez son las armas con las que aquellos seres que se quedaron sin eternidad combaten cada día el terrible descubrimiento de saberse también seres sin tiempo.
En este mundo, que es el nuestro, en el que sus moradores tienen siempre miedo de perderse algo, las prisas consecuentes anulan cualquier percepción del paso del tiempo, es decir, de humanidad, sin convertirnos en grandes dioses pero si sometidos a empresarios de codicia infinita y políticos de estupidez sin fin. Es ahí donde a los LECTORES SIN TOGA ACADÉMICA se nos presenta un reto, a saber, que la vida humana buscando la complicidad del pensamiento, sin el chantaje de aquellos dioses portátiles, se vuelva más fértil.
