Volver al origen cuando crees que lo sabes todo por el solo hecho de que han pasado casi cien años desde entonces, es un buen ejercicio de humildad que te coloca en ese ámbito desconocido que es el lugar del No Saber, desde el que es el único posible que te clarifiques ante los otros. Es decir, imponerte como tarea cotidiana de tu condición de ser humano la clarificación de tu existencia; de tu ser y su relación con el mundo en tanto que posibilidad. Debemos esforzarnos en la búsqueda de la verdad y hallar un espacio que esté a nuestra disposición, donde actuar y adquirir el compromiso con aquella clarificación de la existencia. O dicho de otra manera: Tener un ideal que, aunque no se cumpla, ponga esperanza en el horizonte. Talmente es lo que hace Abraham Lincoln en la película de David Griffith, y lo hace sin el maquillaje de las nuevas técnicas cinematográficas. Lo que quiero decir es que la tosquedad técnica del momento de la filmación de la película, favorece la ambigüedad y el trazo grueso de las decisiones de Lincoln. Favorece, en última instancia, el retrato de la conciencia de un hombre de su tiempo y de cualquier tiempo. La imagen de Lincoln dando vueltas histérico y en calcetines, en un salón de La Casa Blanca, ante el dilema de que para ganar la Unión tiene que continuar la guerra, o dejar que el sur se vaya por su cuenta y así acabar la sangrienta guerra, consigue captar ese carácter universal del alma humana frente a esos dilemas. Esa escena, que acaba con Mary Lincoln poniéndole las pantuflas para que no se resfríe, se encuentra en la tradición del misterio que habita en los dilemas del alma humana desde siempre. Algo de lo que se aleja, hasta ignorarlo, la sofisticación técnica audiovisual contemporánea, propia de una industria que se basa en una narratividad afín al anuncio publicitario y de la conciencia del ser humano posmoderno: autoafirmante y autocomplaciente. Dueño de esa pertinaz arrogancia, que a través de la razón maquinal ha colonizado su conciencia digital y de paso la miradas que pone sobre el mundo.
Igual pasa con las escenas donde se ven los debates de Lincoln y su eterno rival Stephen Douglas. Parece lo que son y siempre han sido y serán estos debates: unas marionetas de guiñol pegándose estacazos, diciendo que van a resolver lo que nunca han entendido, ni entenderán. O parafraseando el cuento de Kafka: Lincoln y Douglas parecen dos monos tratando de explicar a una audiencia invisible, pero supuestamente entendida, lo que han aprendido a su lado. En cualquier caso, ambas representaciones no son lo que pretenden ser ahora, una conversación de tipos sabelotodo, bien maquillados e iluminados, que aupados sobre un escenario galáctico nos dicen que van a resolver todos los problemas terrenales que nos aquejan.
Por la demás, entre pantuflas y diálogo de monos más algún destello de raíz divina, la película, como no puede ser de otra manera entre humanos, camina sin prisa pero sin pausa hacia la victoria de la Unión y el posterior asesinato de quien más había creído en ella. Una tragedia. Con un fondo y una forma que, después de la odisea digital de Nolan, el espectador que suscribe lo agradece de palabra y de corazón.
