La escena se repite cada mañana cuando salgo a hacer la caminata diaria. Al llegar a la altura del instituto, que se encuentra en mi recorrido, es la hora del recreo. Por la parte delantera, es decir, la oficial de entrada del instituto, toda la muchachada, institucionalmente conocida como el alumnado, se apelotona en sus alrededores en diferentes formas y coloridos. No sabría distinguir en qué medida las primeras son dominantes sobre los segundos, o al revés. Por la parte trasera, algunos profesores, pienso que deben ser profesores, charlan y fuman sin parar con su habitual tonalidad y coloración gris de funcionarios, sin que pueda distinguir por sus ademanes y vestimenta quienes tienen plaza fija en el instituto y quienes están de paso. Lo que sí me parece es que todos conversan ajenos a lo que ocurre en el otro lado. La estampa representa con acierto el estado actual del modelo educativo. Los que van a aprender y los que van a enseñar, en cuanto suena la campana, se colocan de tal manera que el aprender y el enseñar van por su lado y no conectan. Da la impresión que toman aliento para cuando vuelva a sonar la campana, y se encuentren de nuevo en el aula para llevar a cabo el fatigoso trabajo diario de tener que aguantarse los unos a los otros, y viceversa, durante el resto de la mañana. Me cuesta entender, cuando me detengo a observar a los de la entrada oficial del instituto y a los de la de servicio, que aprender y enseñar sean oficios tan fatigosos entre aquellas cuatro paredes. Pero cada mañana esa distancia, con sus peculiaridades diarias, me acerca a la convicción de que no es algo que tenga que ver con las diferencias entre esos alumnos y aquellos profesores, sino con que alumnos y profesores son irreductiblemente diferentes, lo que hace no sólo que la distancia se mantenga en los términos que percibo, sino que crezca sin parar debido a ellos mismos hasta convertirse en algo esencial.