En compañía nunca había logrado llegar a ese lugar donde la dirección no era una meta, sin embargo, hay veces que salgo a pasear sola y acabo siempre, después de un rato, en la misma plaza de donde he partido, como si una misteriosa fuerza me atrajera hacia ella. Esto último me ocurre, de forma particularmente intensa, si el paseo lo hago en una ciudad que no conozco. Lo que no consigo averiguar es si la fuerza que en compañía no me lleva a ningún sitio es la misma que en soledad me devuelve siempre al punto de partida. Si estar sola y acompañada es lo mismo. O si vale la pena esforzarme por averiguar si hubiera alguna diferencia. Porque cada vez tengo más claro que estas disquisiciones tienen que ver con mi mente expandida, y no tanto con mi cuerpo que tiende a buscar la poltrona.
