Un club de lectores adultos es un espacio que media entre los Angeles y los Egos, entre las mentes extendidas de los primeros y las mentes resentidas y resabiados de los segundos.
El ángel no tiene ego. Esa es su magia. Vive en una mente extendida, lo que le permite conocer el funcionamiento del mundo y, al mismo tiempo, estar fuera del mundo (si lo que llamamos mundo es una mera acumulación de egos). ¿Son posibles estos seres diáfanos, a los que la energía cósmica atraviesa sin encontrar obstáculos? Los misticos creen que sí.
Nunca como hoy estamos en condiciones de responder a las preguntas que se hizo Kant, a saber, ¿qué se puede saber? ¿Que quiero saber yo? ¿Para que quiero saber entre los que también saben? En fin, atrévete a pensar. Pero nunca como hoy los individuos y los grupos se han entregado con tanta vehemencia a las supersticiones, al veneno letal de las ideologías identitarias (valga la repetición) y a la ignorancia y servidumbre voluntarias que se refuerzan mutuamente, haciendo de estas últimas el valor supremo y dominante. Saber, ¿para qué?
Si uno puede refugiarse en una identidad de una sola palabra: ah, yo soy esto, lo primero que le brinda ese refugio es una comunidad. La comunidad da al individuo una identidad fuerte que no orbita en la inmanencia del grupo, sino en un principio externo que sirva de condición de posibilidad para la construcción de ese grupo y que es más fuerte que ese mismo grupo. Pertenencia a algo más grande que cada lector y que este intuye une sus particularidades. Lo finito buscando lo infinito. Aquí hay una oportunidad para la actualización de lo sagrado - puesto que nunca se ha ido a pesar de que Nietzsche sentenciara que Dios había muerto - en la reunión del club de lectores adultos, entendido lo sagrado como algo digno de veneración y respeto en el acto mismo de la lectura.
Que es lo mismo que decir que asistimos a un club de lectura de adultos para reflexionar sobre las condiciones de posibilidad de seguir siendo humanos. Que no es lo mismo que verificar clínicamente las constantes vitales que nos mantiene vivos. Es decir, los gestos permanentes de autoafirmación y aucomplacencia que, sin decir nada, te otorgan una identidad de que estas ahí. De que eres así. Y, como decía Groucho Marx, si esos gestos no gustan a la audiencia tienes muchos más para ofrecerle.
