viernes, 14 de agosto de 2026

ELISABETH STELLAVATO

 No, hay futuro

El perro olfatea el suelo
busca desesperado
una pista
una huella
que le marque el camino.

Quizás de eso se trate todo
en definitiva
creer que hasta una piedra en el suelo
es
la señal que necesitamos
para volver a casa.

ABRAHAM LINCOLN

 Volver al origen cuando crees que lo sabes todo por el solo hecho de que han pasado casi cien años desde entonces, es un buen ejercicio de humildad que te coloca en ese ámbito desconocido que es el lugar del No Saber, desde el que es el único posible que te clarifiques ante los otros. Es decir, imponerte como tarea cotidiana de tu condición de ser humano la clarificación de tu existencia; de tu ser y su relación con el mundo en tanto que posibilidad. Debemos esforzarnos en la búsqueda de la verdad y hallar un espacio que esté a nuestra disposición, donde actuar y adquirir el compromiso con aquella clarificación de la existencia. O dicho de otra manera: Tener un ideal que, aunque no se cumpla, ponga esperanza en el horizonte. Talmente es lo que hace Abraham Lincoln en la película de David Griffith, y lo hace sin el maquillaje de las nuevas técnicas cinematográficas. Lo que quiero decir es que la tosquedad técnica del momento de la filmación de la película, favorece la ambigüedad y el trazo grueso de las decisiones de Lincoln. Favorece, en última instancia, el retrato de la conciencia de un hombre de su tiempo y de cualquier tiempo. La imagen de Lincoln dando vueltas histérico y en calcetines, en un salón de La Casa Blanca, ante el dilema de que para ganar la Unión tiene que continuar la guerra, o dejar que el sur se vaya por su cuenta y así acabar la sangrienta guerra, consigue captar ese carácter universal del alma humana frente a esos dilemas. Esa escena, que acaba con Mary Lincoln poniéndole las pantuflas para que no se resfríe, se encuentra en la tradición del misterio que habita en los dilemas del alma humana desde siempre. Algo de lo que se aleja, hasta ignorarlo, la sofisticación técnica audiovisual contemporánea, propia de una industria que se basa en una narratividad afín al anuncio publicitario y de la conciencia del ser humano posmoderno: autoafirmante y autocomplaciente. Dueño de esa pertinaz arrogancia, que a través de la razón maquinal ha colonizado su conciencia digital y de paso la miradas que pone sobre el mundo.

Igual pasa con las escenas donde se ven los debates de Lincoln y su eterno rival Stephen Douglas. Parece lo que son y siempre han sido y serán estos debates: unas marionetas de guiñol pegándose estacazos, diciendo que van a resolver lo que nunca han entendido, ni entenderán. O parafraseando el cuento de Kafka: Lincoln y Douglas parecen dos monos tratando de explicar a una audiencia invisible, pero supuestamente entendida, lo que han aprendido a su lado. En cualquier caso, ambas representaciones no son lo que pretenden ser ahora, una conversación de tipos sabelotodo, bien maquillados e iluminados, que aupados sobre un escenario galáctico nos dicen que van a resolver todos los problemas terrenales que nos aquejan.


Por la demás, entre pantuflas y diálogo de monos más algún destello de raíz divina, la película, como no puede ser de otra manera entre humanos, camina sin prisa pero sin pausa hacia la victoria de la Unión y el posterior asesinato de quien más había creído en ella. Una tragedia. Con un fondo y una forma que, después de la odisea digital de Nolan, el espectador que suscribe lo agradece de palabra y de corazón.

miércoles, 12 de agosto de 2026

JULIÁN BORAO

 ECLIPSE

La presencia fue previa a ese momento
en que volvió a su forma quedamente.
Quedó prendido el aire levemente
de un reflujo de instantes, de un intento

que de la luna apenas fue contento,
fugaz aparición, desliz silente
que de sus pasos presto, en noche ausente,
detuvo la visión del firmamento.

Nada quedó después, sólo un lamento
del que la propia luz fue confidente,
una callada sombra, un filamento
quebrado en un fulgor inexistente.

Como si fuera casi una certeza
del sol la oscura faz en su belleza. 

CLUB DE LECTORES ADULTOS 57

 HABLAR, LEER, ESCRIBIR

En algún momento de las reuniones del club de lectura de adultos, no en todas y no siempre al principio de la reunión, suelo pasarles una nota, a modo de chuleta, que leemos de forma oral. Estas notas forman parte de una guía de lectura que entregué en su día a los lectores y a la que siempre me refiero durante la conversación sobre la novela que nos haya convocando en esa ocasión. Una de esa notas dice así: 


En que el uso común del lenguaje parece como si tendiese a no significar. Quien habla parece no ser consciente de que habla. Precisamente porque el hablar es un hecho natural. Uno habla y el interlocutor responde. El funcionamiento normal del lenguaje hace que interioricemos la impresión de que el lenguaje funciona porque sí. Solo cuando en la comunicación aparece un problema reconocemos la complejidad del hablar, del mismo modo que la enfermedad nos hace recordar que la salud también es un estado o que la espera de una llamada urgente de teléfono nos hace ver que el silencio del teléfono también es una señal. Una señal que hasta puede ser angustiosa. Esos ejemplos que se refieren al hablar también sirven de alguna manera para el escribir y leer. La capacidad de escribir y de leer, en un mundo desarrollado, parece ser una capacidad natural. Todo el mundo puede escribir y leer. El mecanismo de escribir y de leer sólo se hace evidente cuando uno se enfrenta a un problema expresivo semejante al que representaban los supuestos anteriores, es entonces cuando la conciencia mecánica desaparece y la conciencia de la complejidad se hace presente. Es entonces cuando la clarificación como lector ante las palabras del narrador aparece como una necesidad narrativa ante el mundo de los personajes de la novela y una necesidad ética ante la vida de la que forman parte los otros lectores del club de lectura. Es lo que llamo la doble clarificación en la sociedad de las apariencias, que produce el ejercicio de la lectura en compañía. Ante la ficción y ante la realidad.


He elegido este párrafo de la guía antes aludida porque me parece que entre los asistentes al club de lectores de adultos la conciencia mecánica no solo es dominante, sino, lo que es peor, no quiere dejar de serlo,


lunes, 10 de agosto de 2026

STEFANIA ONIDI

 Perspectiva

Esta tarde es un envoltorio
de palabras calladas,
tela ligera de hojas y de abismos.
Áspero eco de un sueño.
Y busco espacios en la mirada de la luna
para medir mi vuelo;
entreveo desde aquí un intervalo de libertad,
un palmo de corazón,
el tuyo, desnudo núcleo de verdad.
Necesito este invierno
para renacer,
este silencio
que es viento, refugio, mutación.

TU Y YO SABEMOS

Volver a su trabajo fue siempre un anhelo posible. Me confiesa una vez más mi hermano, mientras tomamos el café matinal. Según estudios de toda solvencia, le digo, la culpa de la separación entre el mundo productivo y el mundo improductivo la tiene la falta de conexión entre el trabajo y la vida. Y viceversa. Todo el mundo que nace sabe, tu y yo también, que se ha de morir, y todo el mundo que trabaja sabe que tarde o temprano se ha de jubilar. El peligro es, le dije a mi hermano, reducir el trabajo a la vida y el deseo a la realidad, porque eso significa, según aquellos mismos estudios, franquear las puertas del paraíso. Lo cual es una manera rápida de entrar en el infierno, sobre todo para los seres mortales como tú y yo sabemos.


sábado, 8 de agosto de 2026

JÜRI TALVET

 El amor

es mandamiento, así pensaba
Kierkegaard. Mejor será
–pienso yo– amar, sin hacer
caso de ese mandamiento.
Reconociéndose
el alma con el alma,
respondiendo
la sangre a la sangre,
sin saber, en pleno
vuelo –hacia arriba
o hacia abajo–,
cuál habrá de ser
el lugar de destino.