lunes, 29 de diciembre de 2025

JAVIER ALMUZARA

 DOBLE O NADA


No bastaba el don único e indeciso
de coincidir en el tropel del mundo;
pudimos desoírnos. Un segundo
azar, que es doble o nada, fue preciso.

Este presente nos cambió el pasado;
sus fracasos son hoy victorias lentas,
y avances los desvíos, aunque a tientas,
que en secreto llevaban a tu lado.

Cuando el mal tiempo agite sus fantoches,
te abrazaré más fuerte todavía,
pero me iré, tan pronto llegue el día,
feliz si tú me das las buenas noches.

El mutuo amor me inclina a la piedad:
pienso en Dios, esa inmensa soledad.


MAELSTROM

COMO ENFERMAN QUIENES CUIDAN A LOS ENFERMOS 

Escribe Javier Almuzara: “cuando el mal tiempo agite sus fantoches, te abrazaré más fuerte todavía, pero me iré, tan pronto llegue el día, feliz si tú me das las buenas noches.” Al leer estos versos, me parece estar leyendo el diario que Sigrid Rausing escribió mientras estuvo sufriendo, durante doce años, la adición a la heroina de su hermano Hans y su cuñada Eva. Un drogadicto es un fantoche, peor aún, el epítome de todos los fantoches que en el mundo son y han sido. ¿Con cuantas calorías sobrevive un drogadicto fantoche y con cuantas palabras existen sus familiares cuando tratan de ayudarlo? Estas son algunas de las preguntas que desvelan el sufrimiento que padeció Rausing, a través del penoso itinerario en el que trató de cuidar a aquellos, mientras ella a su vez enfermaba. Es también el hilo conductor de sus, aparentemente, distorsionantes frases con las que trata de construir sus reflexiones, una vez que todo ha pasado, como deja claro al lector en la primera frase del libro.


Como lectores del libro “Maelstrom”, de Sigrid Rausing, debemos tener en cuenta que pertenecemos a una sociedad de múltiples adicciones y consecuentemente de múltiples dependencias y codependencias. Este es el paradigma que la caracteriza. Por decirlo así, esa es la sustancia de nuestra actualidad. El chismorreo mediático que contamina todas las formas de hablar y de pensar de los ciudadanos, aniquilando así el espacio de la opinión pública.


El estilo unitario del libro no lo da la solidez de la trama, como es habitual y que tal vez el lector esperara. La unidad del conjunto lo da, otra paradoja más, la voz de Sigrid Rausing que cuenta para entender lo que le ha pasado, después de haber sobrevivido durante doce años al cuidado de la drogadicción de su hermano y su cuñada. Los fantoches de su acaudalad familia. Una voz que es el hilo del collar que ensarta la “perlas” que equivalen a las peripecias de sus personajes durante ese tiempo. Esa voz narrativa se construye, por parte de la autora, sobre la sospecha, o evidencia, de que su realidad y el lenguaje que la nombra se han dislocado, y que sólo queda como territorio habitable la conciencia de esa imposibilidad de recuperar aquella normalidad. Los relatos que cohesionan a las familias y los actos capaces de desintegrarlas, es decir, la manera como se refleja en el texto. Su propio gesto de escribir para responder a las preguntas: “¿Quién soy yo? ¿Cua es la historia de mi vida?”, después de lo que le ha pasado con los fantoches de su hermano y su cuñada. Añora un orden, una ley, una verdad, pero no sabe como puede recuperarlos. Poco a poco se va dando cuenta que solo puede ser escritora de un texto que nada más puede unir fragmentos, que son justamente los escombros de su vida. Como en una ciudad bombardeada, la narradora camina por el texto a través de la niebla que producen los humos. La realidad se fragmenta, el mundo se codifica, la bruma insensata cubre el horizonte. El libro de Rausing es un mapa que no señala lugares geográficos, sino territorios mentales donde la identidad se disuelve y la frontera entre lo real y lo imaginado se vuelve porosa. 


De esta manera va tomando conciencia, a medida que plasma sus palabras en el papel, después de que su vida ha sido “bombardeada” sin piedad, hecha añicos en muchos momentos, por la barbarie drogadicta que acompañaba a los fantoches de su hermano y su cuñada. Al final ha entendido que el vacío interior que los acompañó, como una sombre, durante esos doce años, acabó siendo lo más íntimo de su condición humana. Lo que impedía cualquier tipo de ayuda por su parte. Ahora cuando ha concluido su libro, entiende que Hans y Eva nunca tomaron posesión de si mismos, sencillamente porque no podían hacerlo expulsados como estaban de la ciudad, por más que seguían siendo ricos y tenían un piso de 70 millones de libras en el centro de Londres. Descubrir esto tantos años después, mientras escribía el libro, fue para Rausing sumamente penoso.


El drogadicto fantoche es un nuevo tipo de sofista especialmente escurridizo y muy popular dentro del ámbito del cotilleo mediático. Todavía el drogadicto conserva su aura de héroe acuñada en la fallida revolución de 1968. Fabrica simulacros a base de facundia marketiniana que sus familiares y amigos persiguen en grupo como si se tratara de sentencias oraculares. Vamos, lo que se conoce vulgarmente como un Vendedor de humo, lo que con las redes sociales ha convertido a todos aquellos en unos auténticos fantoches. Son tan veloces que no se los puede refutar o discutir, porque cambian de forma y significan lo mismo y su contrario. Esto es de lo que más subraya Rausing en su libro. Valga este ejemplo sacado del propio libro. “Ahora sé que algunos actos de la vida son irreversibles y pueden conducirnos a paisajes con los que jamas habíamos soñado.


De todas las heridas que se inflige el ser humano, la drogadicción es una de las más trágicas. ¿Quien puede ayudar a un drogadicto fantoche, consumido por un ansia vergonzosa, por una necesidad incontrolable? No hay medicamentos: las drogas son el medicamento. ¿Y quien puede ayudar a las familias, tan implicadas en la autodestrucción del toxicómano? ¿Quien puede ayudar cuando, en la mente de este, la misma noción de “ayuda” se convierte en sinónimo de ejercicio de poder; de estado policial constituido por la familia; de fin de la libertad?

 

Sin embargo, sugiere Rausing, el intento de repetición de lo que ya no es factible, a saber, que nada haya pasado, que el deseo de que la vida del drogadicto fantoche no cambie y que todo vuelva a ser como antes, cuando lo cierto es que todo en su vida ha cambiado y ha hecho cambiar la de los demás, siendo ello la causa de la colosal desorientación y dolor de la familia. Todo lo cual nos debería hacer reflexionar, a los lectores también, una vez metidos en estos berenjenales, no tanto sobre cómo salir para hacernos felices, sino cómo salir para hacernos dignos de serlo.


viernes, 26 de diciembre de 2025

BEATRIZ VIGNOLI

 El pino

Apagué los motores
y anduve a la deriva
¿cuántos años anduve
a la deriva, el motor apagado, ni
impulso ni gobierno, sin dirección?

Me recuerdo leyendo neones
a la vera de avenidas
desiertas. ¿Cómo pudo
nevarme encima todo este cansancio?
¿Cómo pudo acumularse, quedar ahí toda la vida?

Sacudo la cabeza como un pino. La nieve
no se va.


CLUB DE LECTORES ADULTOS 47

 Claro que nada es verdad ni mentira, sino dependiendo del cristal con que se mira, es decir, dependiendo de la interpretación que cada lector haga del texto que lo convoca con los otros lectores adultos. Entonces, ¿para que quedamos con estos?; ¿para que nos convocamos alrededor de un libro concreto, al frente del cual se nos presenta un narrador concreto?; ¿para manifestar la obviedad de que nada es verdad ni mentira, etc, etc.; ¿es así como alcanzamos la notoriedad de ser un lector adulto? 

Ser un lector adulto, pienso yo, es más bien quedar con otros lectores adultos para explicar, para hacer entender a estos qué significa esa interpretación que previamente cada cual ha tenido con su lectura en solitario; qué significa esa lente ese cristal con que dice el refrán que cada cual miramos; qué significa el donde ese ojo dice que mira y con qué intensidad llega a donde dice que llega; y en qué medida tiene puntos en común con los otros ojos de los lectores presentes que también, según el refrán,  hacen lo propio. Y es que en el club de lectores adultos estamos leyendo dentro de lo finito de nuestra individualidad, pero intuimos que hay algo infinito que nos une y que nos da sentido y consistencia de especie hablante y lectora, digo yo. 


Y, sin embargo, digo yo también, que las sonrisas y abrazos efusivos que se ven en las fotografías de las presentaciones de libros o de las reuniones de los clubs de lectura, transmiten la sensación de la celebración de lo obvio. A saber, que bien que nos hemos reunido para celebrar lo obvio, que no es otra cosa, como ya sabemos, que cada uno lee los libros dependiendo del cristal con que los ha mirado. Que suerte que tenemos. Sin embargo, lo que esas fotografías no transmiten, porque seguramente no pueden hacerlo, es justamente la celebración de las diferencias que hay entre esos mismos lectores; y que supone eso de ver las cosas de maneras distintas; y adonde nos lleva y cuál es el ámbito y cuál es el aliento. Eso no se celebra porque eso no se sabe lo que es todavía, ni hay ninguna garantía de que se pueda llegar a saber. Por eso nos seguimos reuniendo alrededor de un libro, que previamente hemos leído en solitario.

martes, 23 de diciembre de 2025

FERNANDO BELTRÁN

 LA PACIENCIA DEL COBRE

Apenas somos manos

asustadas,

abruptas intemperies
construyendo bancales
para aplazar el vértigo,

construyendo caricias.

La piedra de la edad
y este silencio roto
por tu azul.

Cuerpos tendidos
para aplazar el vértigo.

Me muero de belleza
y sangre roja

atada al corazón

UN DÍA CUALQUIERA

 Es el día que podemos pensar más allá de la actualidad - para poder llegar a ser alguien - que determinan los días laborables, que no son días cualquiera porque no son nuestros. Son de otros, son del trajín de la actualidad al servicio de los otros. Son los días en que no somos nadie.

Cualquier vida humana es toda la vida humana. No hay vidas por encima de otras. Todas, incluso las peores, llegan a profundidades inesperadas. Así John Cheever en el cuento “Un día cualquiera” mira y mira, y deja que su mirada se eleve. Adquiera el aura perdida. Le interesa el destino humano, lo que nos arrastra, la voluntad de deseo, la precariedad insondable que constituye la mortalidad. Así un día cualquiera es todos los días.


No hay ningún ismo ni ista ni propaganda que module la forma del cuento y de su lectura. Solo los diferentes latidos de la vida encarnados en las acciones y decires de sus protagonistas, y de las relaciones que mantienen entre ellos. Sus acciones y sentimientos están todos en el mismo plano, las de los dueños (visita a “Emerson house” incluida) y las de los criados (el amor de Agnes por Carlota). A través de la voz del narrador. Hay en la prosa narrativa del cuento de Cheever algo que la hace depurativa, así los pasajes transmiten plasticidad al lector, su estilo se muestra siempre muy atento a los efectos de la luz, a las perspectivas, a los encuadres de las acciones de los personajes. Destacar, en fin, su excelente dominio del tiempo narrativo. 


No es un cuento sociológico, ni psicológico, ni progresista, ni reaccionario, ni historicista, ni ecologista, ni animalista. Es un cuento sobre la vida antes que todas esas ideología se pusieran encima y le robaran sus latidos. Tote lege. Coge y lee, dice san Agustín, antes de que vengan los predicadores de cualquier especie a decirte cómo y cuando y donde tienes que leer. Sin darnos cuenta, la advertencia viene a cuento porque nuestros días cualquiera, uno a uno, los vivimos bajo la influencia del paradigma que hemos heredado.


No hay ideas reseñables en el cuento “un día cualquiera”, mas bien la firme intención por parte del narrador de que todas esas ideas, que gravitan más allá de la propia vida de los personajes, se mantengan a raya en sus cuarteles de invierno. Por eso a “Un día cualquiera” lo animan y mueven más bien las creencias de los personajes que están ahí, como si estuvieran diciendo con lo que hacen: estamos aquí porque es donde queremos seguir estando. Pero alerta, lo significativo en las palabras que se leen (presentar el mundo) en el cuento no es lo mismo que lo significativo en las palabras (que el hablante utiliza en la vida cotidiana (estar en el mundo). Lo que pasa es que “presentar el mundo” (un saber más allá de la actualidad) y “estar en el mundo” (un saber propio de la actualidad) en este cuento se solapan.

sábado, 13 de diciembre de 2025

CORAL BRACHO

 Como un acuario

La luz de la tarde escoge algunas plantas
y en algunas de sus hojas penetra.

Como un acuario encendido por sus peces;
como un fluir
de la noche
entre rastros de estrellas,
transcurre
en su quietud
la maleza.