COMO ENFERMAN QUIENES CUIDAN A LOS ENFERMOS
Escribe Javier Almuzara: “cuando el mal tiempo agite sus fantoches, te abrazaré más fuerte todavía, pero me iré, tan pronto llegue el día, feliz si tú me das las buenas noches.” Al leer estos versos, me parece estar leyendo el diario que Sigrid Rausing escribió mientras estuvo sufriendo, durante doce años, la adición a la heroina de su hermano Hans y su cuñada Eva. Un drogadicto es un fantoche, peor aún, el epítome de todos los fantoches que en el mundo son y han sido. ¿Con cuantas calorías sobrevive un drogadicto fantoche y con cuantas palabras existen sus familiares cuando tratan de ayudarlo? Estas son algunas de las preguntas que desvelan el sufrimiento que padeció Rausing, a través del penoso itinerario en el que trató de cuidar a aquellos, mientras ella a su vez enfermaba. Es también el hilo conductor de sus, aparentemente, distorsionantes frases con las que trata de construir sus reflexiones, una vez que todo ha pasado, como deja claro al lector en la primera frase del libro.
Como lectores del libro “Maelstrom”, de Sigrid Rausing, debemos tener en cuenta que pertenecemos a una sociedad de múltiples adicciones y consecuentemente de múltiples dependencias y codependencias. Este es el paradigma que la caracteriza. Por decirlo así, esa es la sustancia de nuestra actualidad. El chismorreo mediático que contamina todas las formas de hablar y de pensar de los ciudadanos, aniquilando así el espacio de la opinión pública.
El estilo unitario del libro no lo da la solidez de la trama, como es habitual y que tal vez el lector esperara. La unidad del conjunto lo da, otra paradoja más, la voz de Sigrid Rausing que cuenta para entender lo que le ha pasado, después de haber sobrevivido durante doce años al cuidado de la drogadicción de su hermano y su cuñada. Los fantoches de su acaudalad familia. Una voz que es el hilo del collar que ensarta la “perlas” que equivalen a las peripecias de sus personajes durante ese tiempo. Esa voz narrativa se construye, por parte de la autora, sobre la sospecha, o evidencia, de que su realidad y el lenguaje que la nombra se han dislocado, y que sólo queda como territorio habitable la conciencia de esa imposibilidad de recuperar aquella normalidad. Los relatos que cohesionan a las familias y los actos capaces de desintegrarlas, es decir, la manera como se refleja en el texto. Su propio gesto de escribir para responder a las preguntas: “¿Quién soy yo? ¿Cua es la historia de mi vida?”, después de lo que le ha pasado con los fantoches de su hermano y su cuñada. Añora un orden, una ley, una verdad, pero no sabe como puede recuperarlos. Poco a poco se va dando cuenta que solo puede ser escritora de un texto que nada más puede unir fragmentos, que son justamente los escombros de su vida. Como en una ciudad bombardeada, la narradora camina por el texto a través de la niebla que producen los humos. La realidad se fragmenta, el mundo se codifica, la bruma insensata cubre el horizonte. El libro de Rausing es un mapa que no señala lugares geográficos, sino territorios mentales donde la identidad se disuelve y la frontera entre lo real y lo imaginado se vuelve porosa.
De esta manera va tomando conciencia, a medida que plasma sus palabras en el papel, después de que su vida ha sido “bombardeada” sin piedad, hecha añicos en muchos momentos, por la barbarie drogadicta que acompañaba a los fantoches de su hermano y su cuñada. Al final ha entendido que el vacío interior que los acompañó, como una sombre, durante esos doce años, acabó siendo lo más íntimo de su condición humana. Lo que impedía cualquier tipo de ayuda por su parte. Ahora cuando ha concluido su libro, entiende que Hans y Eva nunca tomaron posesión de si mismos, sencillamente porque no podían hacerlo expulsados como estaban de la ciudad, por más que seguían siendo ricos y tenían un piso de 70 millones de libras en el centro de Londres. Descubrir esto tantos años después, mientras escribía el libro, fue para Rausing sumamente penoso.
El drogadicto fantoche es un nuevo tipo de sofista especialmente escurridizo y muy popular dentro del ámbito del cotilleo mediático. Todavía el drogadicto conserva su aura de héroe acuñada en la fallida revolución de 1968. Fabrica simulacros a base de facundia marketiniana que sus familiares y amigos persiguen en grupo como si se tratara de sentencias oraculares. Vamos, lo que se conoce vulgarmente como un Vendedor de humo, lo que con las redes sociales ha convertido a todos aquellos en unos auténticos fantoches. Son tan veloces que no se los puede refutar o discutir, porque cambian de forma y significan lo mismo y su contrario. Esto es de lo que más subraya Rausing en su libro. Valga este ejemplo sacado del propio libro. “Ahora sé que algunos actos de la vida son irreversibles y pueden conducirnos a paisajes con los que jamas habíamos soñado.
De todas las heridas que se inflige el ser humano, la drogadicción es una de las más trágicas. ¿Quien puede ayudar a un drogadicto fantoche, consumido por un ansia vergonzosa, por una necesidad incontrolable? No hay medicamentos: las drogas son el medicamento. ¿Y quien puede ayudar a las familias, tan implicadas en la autodestrucción del toxicómano? ¿Quien puede ayudar cuando, en la mente de este, la misma noción de “ayuda” se convierte en sinónimo de ejercicio de poder; de estado policial constituido por la familia; de fin de la libertad?
Sin embargo, sugiere Rausing, el intento de repetición de lo que ya no es factible, a saber, que nada haya pasado, que el deseo de que la vida del drogadicto fantoche no cambie y que todo vuelva a ser como antes, cuando lo cierto es que todo en su vida ha cambiado y ha hecho cambiar la de los demás, siendo ello la causa de la colosal desorientación y dolor de la familia. Todo lo cual nos debería hacer reflexionar, a los lectores también, una vez metidos en estos berenjenales, no tanto sobre cómo salir para hacernos felices, sino cómo salir para hacernos dignos de serlo.