jueves, 1 de octubre de 2026

ANA MEUCCI

 AGUA SIN VOZ

Abrazar al agua
pedirle palabras

que nos enseñe
la pericia del río
la liviandad de la lluvia
el desapego del mar

nos devele
el lenguaje oculto
de la orilla


CLUB DE LECTORES ADULTOS 59

 ¿QUE HACEN TANTOS LECTORES INFANTILES EN UN CLUB DE LECTORES DE ADULTOS?

Hoy se ha hecho algo habitual convocar a un club de lectores adultos para leer una novela o un cuento de autores adultos y que la mayoría de los asistentes sean biológicamente adultos, sí, pero como lectores sigan viviendo en la edad infantil, como diría Kant. La obligación de tener que adscribirte a alguno de los bandos que monopolizan la vida política y social, la famosa polarización, hace que la mayoría de las personas lleguen a la edad adulta, por decirlo así, emocional e intelectualmente inmaduros, incapaces de afrontar los significados que a esa edad han adquirido las palabras que, como creemos en la edad infantil y adolescente, ya no son espejo de la realidad que en esas edades solo es la nuestra. Ahora en la edad adulta, es una fábrica del sujeto que las pronuncia y que por sus reglas de enunciación es cincelado.


La polarización produce sujetos que se acostumbran a estar siempre del lado correcto de la historia, es decir, a tener siempre razón caiga quien caiga y pase lo que pase, como antaño sus antepasados se acostumbraron  a tener a Dios siempre de su lado y a llevar a la hoguera a quienes no pensaban como ellos. Los inquisidores de ahora cancelan a los infieles, es decir, los hacen invisibles. Si a eso añadimos que todo su aprendizaje lo han hecho y lo hacen a través de las máquinas, que borran la señal emocional de los hechos vitales y literarios, lo cual dificulta la inscripción del significado de la experiencia lectora, tenemos ya construida la supremacía moral, o hipermoralismo, que traen los lectores adultos en su mochila existencial polarizada al club de lectura, mochila que no se les ocurre, aunque los aspen, dejarla ese día en su casa. Una supremacía moral que se interpone constantemente en la adquisición de la humildad necesaria que todo lector adulto debe tener, si quiere llegar  algún lado con sentido, a la hora de abordar las páginas de cualquier novela o cuento adulto que se interponga en el alboroto de su vida.


La lectura infantil (la que también se llama lectura inocente) ligada a la idea de la existencia de un lector corriente aparece como reivindicación que se quiere democrática o espontánea. Al leer todo el mundo tiene derecho a decir lo que piensa y así nos enriquecemos, alardean, aupados en aquella superioridad moral mencionada, muchos de los lectores habituales infantiles en estos clubs de lectores de adultos. En realidad lo que ese énfasis moralista encierra es una reivindicación de aquellas lecturas que asimilan el texto como simple engarce de acciones - apoyándose en las narraciones autobiográficas e incluso desactivando en estas aquellos que por su conflictividad pudieran dar lugar a cuestionar el sentido de la lectura -, y desactivan los aspectos literarios o de representación del mundo en él existentes. No hay reunión con estos lectores infantiles en la que no saquen a colación frases, con las que se sienten identificados, del tipo: “leo para olvidarme de todo”, “prefiero libros que no me hagan pensar mucho”, “quiero algo ligerito par leer en la playa”, y que directamente se relacionan con enunciados como: “la leí de un tirón”, “te atrapa desde el principio”,  “una lectura apasionante”, o el tan socorrido del lector drogodependiente: “me he enganchado”. Así se organizan los lectores infantiles, dentro del club de lectores adultos, su guardería de confort y sonajeros de la que no pueden prescindir nunca, en el que vuelven a ejercitar su pertinaz autocomplacencia y autoreferencia narcisista. 


Por tanto, volviendo a las palabras del principio, hoy es habitual que cabezas huecas con ademanes omnipotentes y sabelotodo llenen los clubs de lectores que convocan las bibliotecas públicas y los centros culturales municipales, y, como no, con lista de espera añadida.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

JORGE ENRIQUE ADOUM

 HOME SWEET HOME

de qué carajo sirvió todo el amor sobre todo
si después de todo llegaron las explicaciones
esa excrecencia que le nace al destino
cuando ya se han gastado por el uso los cuerpos
entonces me voy yendo
pero nos quedamos quedándonos
animalmente atados entre nosotros dos

y vivieron felices muchos años

EL ÚLTIMO MAGNATE

 Digámoslo rápido: La democracia es una comunidad de oyentes. La sociedad de masas es un producto de la democracia. El cine es un producto de la necesidad de entretener a las masas mediante la imagen y el sonido. La tecnología digital es un producto muy sofisticado a su vez de la sociedad del entretenimiento. La comunicación digital como comunicación sin comunidad destruye la política basada en escuchar. Entonces solo nos escuchamos a nosotros mismos. Eso sería el fin de la acción comunicativa. El saber instrumental que siempre es técnico material se impone al saber teórico que siempre es espiritual y del alma. En esas estamos.

Pero antes de llegar a este final, que es, concretando más, donde realmente estamos, hubo un tiempo en el que el entretenimiento se conjugaba a secas. Uno se aburría o creía que se aburría y a continuación se metía en un cine para entretenerse. Al salir del cine comentaba con sus amigos quien era el bueno y quien el malo. Lo hacíamos de forma pedestre, sin duda, pero eso nos exigía un cierto esfuerzo mental para ordenar la mente y las palabras que decíamos. Queríamos que los otros nos escuchasen. De la asociación de tan elementales sentimientos surgió, aunque hoy nos parezca inverosímil, toda una industria para satisfacer esa demanda de entretenerse, que como todas las demandas desde entonces ya no trabajan sobre el por qué nos aburrimos, sino sobre los medios para matar ese aburrimiento: hagamos películas a mansalva. 


“El ultimo magnate”, la última película que filmó Elia Kazan, va de aquel tiempo que he mencionado. De uno de los momentos de esplendor de aquella industria, años 30 del siglo XX, y, como no, de la fauna que la poblaba. En aquellos años todavía era inimaginable la tecnología digital y, por tanto, la fe en la acción comunicativa se mantenían intacta como en la época de Homero y demás precedentes de la cultura occidental: todo el mundo trabajaba y esperaba, a un lado y otro de la gran pantalla, contar y sentarse a ver y escuchar una buena historia. De esta manera, la democracia deliberativa salía fortalecida, al salir del cine, frente a los desmanes psicóticos de los profesionales del poder, que siempre acaban por atentar contra la dignidad y perdurabilidad de aquella.


Cuando uno lee la sinopsis de “El último magnate” y luego ve la peli no le cabe lugar a la duda respecto a lo que acabo de decir. Adaptación cinematográfica de la última e inacabada novela de Francis Scott Fitzgerald, la acción de “El último magnate” se desarrolla, como ya he dicho, en los años treinta, la época dorada de los estudios de Hollywood, y trata sobre la desmedida ambición y falta de escrúpulos de los que están dispuestos a utilizar todos los medios a su alcance para conquistar la gloria: aspirantes a actores, escritores y productores cinematográficos. Todo ese ambiente de cloaca, digámoslo así, a servicio de contar la mejor historia a los aburridos espectadores que esperan anhelantes, sentados cómodamente en sus butacas, su particular visita al paraíso, aunque tengan que transitar antes por los lúgubres pasillos del infierno. De este milagro se encargan el elenco de actores que Kazan ha conseguido reunir en esta película. Con Robert de Niro al frente como Último Magnate, a cuyo alrededor se arraciman las conspiraciones de sus “colegas” que tratan, hasta conseguirlo, de hacer efectivo ese final que anuncia el título de la película. Lo que no es óbice para que antes nos enteremos de la vida privada de este potentado de Hollywood y lo que acabará perdiendo cuando lo desbanquen del trono que ha ocupado en los últimos tiempos. Incluido, como no podía ser de otra manera, el amor de la mujer, que aparece impremeditadamente en su vida y que el último magnate “no quiere perderla”. Esas son las últimas palabras en off que el espectador oye antes de que suban los títulos de crédito.


Sucede, entonces, que una vez que todo ha sucedido en la pantalla, tratamos hoy de conversar presencialmente sobre lo hemos visto, lo que implica enfrentarse a malentendidos, inhibiciones, discusiones, decir más de lo que queríamos sin la certeza de cómo acabará el encuentro. Pero esa es otra historia, no de la época dorada Hollywood, sino de los oscuros algoritmos que nos acechan cada día cada vez que abrimos la boca.


lunes, 21 de septiembre de 2026

CAROLINA AMOROSI

 Vamos a estar mejor en otro lado


Pensaba escribir algo
sobre el olor a pasto
recién cortado, las máquinas
de la cuadra que suenan
al unísono el domingo
a la mañana.
Pero todo se me escapa;
el olor, la savia
pegada en la suela de mis ojotas
el sol de octubre en la cara
la promesa de que el día
recién empieza, de que todo
está por escribirse.

SALVACIÓN

 No ha habido un minuto que no me acuerde de ese día en el que todo pareció ordenarse como había imaginado. El caso fue que había puesto para el siguiente club de lectura la novela de Jack London titulada “Martin Eden”. Brevemente el argumento del libro dice así: “Un marinero de veinte años, fuerte, guapo y curtido, con un historial de delincuencia y trabajo rudo, es invitado casi por accidente a cenar en un hogar pequeño burgués. Él, que sólo ha visto un óleo en los escaparates de las tiendas, que no tiene ni idea de lo que es un lavafrutas, queda fascinado ante lo que sus ojos le presentan como cultura y civilización.”  Al acabar la sesión del club de lectura, donde Anselmo se mostró tan activo como perplejo, se acercó a mi y me dijo: 

  • Soy como un navegante a la deriva sin cartas ni compás en un mar desconocido. Pero me gustaría encontrar el rumbo. Tal vez puedas ayudarme. 
  • Coge papel y lápiz, y ven cada día a la biblioteca. Así logré yo salvarme de mi mismo a pesar de mí mismo.


jueves, 17 de septiembre de 2026

JUAN EDUARDO CIRLOT

 Triste, mi corazón, como los ángeles

Triste, mi corazón, como los ángeles
que sólo son cenizas estelares,
polvo de las galaxias más oscuras,
consunciones de cánticos ausentes.

Mis manos me acompañan hasta el bosque
donde un instante estuvo tu fulgor
de pronto recobrado por los ávidos
poderes de la nada y de lo nunca.

Me caigo en torno mío y me deshago
en un montón de letras en que apenas
tu nombre de amatistas y de muérdago,
Bronwyn, no se desgasta con el tiempo.