domingo, 18 de agosto de 2024

NACIMIENTO

 Se le reventaron las palabras por dentro. También me dijo que había dejado de tener ilusiones. Yo le contesté que no veía la relación entre el reventón y su falta de entusiasmo, pues había tenido todo en la vida. Desde el primer minuto que empezaste a berrear en los brazos de tu madre. Tampoco tuviste hermanos que te hicieran sombra, le dije. Todo tiene que ver con todo, ahora lo sé, contestó. Con mi primer llanto, no llegaron las primeras palabras del primer cuento. Solo “pensamientos”, las flores bonitas. Mi padre se las regaló a mi madre por mi nacimiento.


CRÓNICAS DEL RÍO MENO 2

 LA TORRE DEL DINERO SE ILUMINA AL ATARDECER.

Comenzamos a pie por el final, iluminados por el faro del dinero actual europeo. Aclaro este extremo. Aunque el pedaleo iba a empezar en Bayreuth, las bicis tuvimos que alquilarlas en Frankfurt, y luego viajar en tren a la ciudad de Wagner para, ahora si, dar pedales siguiendo el río Meno hasta llegar al ciudad de Goethe. Bici y tren forman un matrimonio bien avenido que facilita mucho las cosas al ciclista, siempre a la intemperie medioambiental y de sus limitaciones personales. Después de la siesta comprobamos que es la hora de cenar por estos pagos. Salimos del hotel para comer algo, fue rápido. En la esquina cercana hay un restaurante italiano que no tiene pizza, sino pinsa que parece igual pero es de trigo sarraceno, no llena y es más digerible según el camarero, de origen Romano. Los raviolis están fantásticos, con salsa de lima o cítrico. La tarde va cayendo lentamente de forma apacible sobre la ciudad de Goethe. Esta lentitud se repetirá en todas la tardes del viaje en la ciudad donde concluya la etapa correspondiente. Es una constante del verano alemán en estas llanuras intermedias de su geografía. Los movimientos de las personas y de las cosas se adecuan a la luz declinante, lo que produce un efecto de renovación general en el ambiente. Hasta la torre del dinero europeo, sede del Banco Central Europeo, se olvida de sus graves decisiones internas diarias y se preocupa que la luz del atardecer refleje todo su esplendor en las cristaleras que conforman el edificio. De repente, se trasforma en una iglesia de cubismo gótico, si los ingenieros y arquitectos me permiten la expresión, que compite en belleza con la catedral de Burgos o de Amiens. 


A ver como afronta la ciudad la final de la copa, me digo mientras damos los primeros pasos después de cenar. Suena a destino, pero también a tanteo y percepción. Estamos en el barrio oriental de Frankfurt donde ya se está celebrando, con unas horas de antelación, la representación del mayor espectáculo futbolístico del continente. En este barrio el río Meno adquiere un protagonismo definitivo como eje vertebrador de la ciudad. A ambas orillas hay terrazas y otros espacios donde se arracima la vida de la ciudad en sus distintas formas, aunque dada la ocasión dominan las que acogen la algarabía propia del espectáculo deportivo que se avecina. Zonas de baile, zonas con grandes pantallas y música disco, zonas aparentemente libres de alcohol y música, zonas oscuras donde pandillas de adolescentes se juntan como las ovejas, parejas de enamorados ligeramente separados del griterío, una lectora solitaria sentada en el pretil del puente, grupos dispersos y diversos de aficionados alemanes al fútbol que quieren mostrar su apoyo a la Roja, un tipo con prominente barriga me saluda con la jarra de cerveza en la mano y me pregunta si soy italiano, no, le contesto, soy español. Se levanta de la silla, casi tira al suelo el ordenador que estaba preparando para la final inminente, y me abraza con efusión fraternal. Ganaremos. La inquina del aleman contra el inglés es menos conocida que la que profesa contra el francés, pero no por ello tiene menos dosis de rencor y resentimiento, dosis calladas y disimuladas si se quiere, pero rencor y resentimiento al fin y al cabo, no en balde dura y dura todavía en el siglo XXI. Y el fútbol que es la sublimación más sofisticada de todos los rencores y resentimiento tribales heredados y por heredar, es quien mejor logra captar todo ese galimatías ancestral, con sus veintidós niños millonarios pegándole patadas al vejigo en un rectángulo de color verde rodeado de gradas rugientes. Desde el Imperio a eso se le llama pan y circo No dude amigo, ganaremos, le contesto a mi colega alemán, dándole un abrazo fraternal y europeo. Al lado de donde nos encontramos aparece de nuevo la torre cubista y gótica, en realidad no nos ha abandonado nunca en el recorrido que hemos hecho por el barrio oriental de Frankfurt, ha cogido un resplandor tornasolado de final de día. Lo que hace que me transmita una repentina confianza, si me olvido de lo que pasa en el redil de sus señorías parlamentarios, en un futuro económico sin hambrunas: las arcas de la Europa bancaria actual están a buen recaudo, me digo, al tiempo que enfilamos nuestros pasos hacia el hotel. Poco antes de llegar un griterío que viene de un bar cercano anuncia el segundo gol de la Roja, que es el de la victoria. Hemos ganado.

jueves, 15 de agosto de 2024

WALT WHITMAN

 OH CAPITÁN, MI CAPITÁN 

Elegía por la muerte de Abraham Lincoln

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha terminado,
La nave ha salvado todos los escollos, hemos ganado el anhelado premio,
Próximo está el puerto, ya oigo las campanas y el pueblo entero que te aclama,
Siguiendo con sus miradas la poderosa nave, la audaz y soberbia nave;
Más ¡ay! ¡oh corazón! ¡mi corazón! ¡mi corazón!
No ves las rojas gotas que caen lentamente,
Allí, en el puente, donde mi capitán
Yace extendido, helado y muerto.

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Levántate para escuchar las campanas.
Levántate. Es por ti que izan las banderas. Es por ti que suenan los clarines.
Son para ti estos búcaros, y esas coronas adonardas.
Es por ti que en las playas hormiguean las multitudes,
Es hacia ti que se alzan sus clamores, que vuelven sus almas y sus rostros ardientes.
¡Ven capitán! ¡Querido padre!
¡Deja pasar mi brazo bajo tu cabeza!
Debe ser sin duda un sueño que yazgas sobre el puente.
Extendido, helado y muerto.

Mi capitán no contesta, sus labios siguen pálidos e inmóviles,
Mi padre no siente el calor de mi brazo, no tiene pulso ni voluntad,
La nave, sana y salva, ha arrojado el ancla, su travesía ha concluído.
¡La vencedora nave entra en el puerto, de vuelta de su espantoso viaje!
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad, campanas!
Mientras yo con dolorosos pasos
Recorro el puente donde mi capitán
Yace extendido, helado y muerto.



CRÓNICAS DEL RÍO MENO 1

 DE WAGNER A GOETHE 

Estas crónicas, como ninguna de las otras que he escrito en este blog, no empiezan con la primera pedalada, sino con un descubrimiento, como siempre de origen libresco y ajeno a la bici, pero que más tarde me empuja a subirme a ella y dar pedales sobre los lugares que habitaron los personajes que me muestra aquel descubrimiento. En esta ocasión fue el libro de memorias de Houston Stewart Chamberlain titulado: “Wagner, mi camino hacia Bayreuth.” La lectura de sus páginas nos animó a diseñar la ruta ciclista de este año. Para Chamberlain llegar a Bayreuth era su destino definitivo, pues allí alumbraba con toda su intensidad el sol de su vida, así nombra en sus memorias a Wagner. Sin embargo para mí, Bayreuth, aunque no soy un fans de las óperas del músico alemán, podía ser el inicio de una ruta ciclista que me llevara hasta Frankfurt siguiendo el río Meno que une a las dos ciudades, pues aquí nació otro de esos soles que no deja de alumbrar a la humanidad, Goethe. Vamos a ello.


Pensando en cómo organizar el viaje esta es la primera vez que me vino a la cabeza una ensoñación inesperada. La reivindicación de la hija activista de un amigo, cuyo ideal no es otro que conseguir un cielo libre de circulación de aviones. En efecto, la vida en los aeropuertos se está haciendo cada vez más larga y, lo peor, se está convirtiendo en algo realmente espantoso. Casi distópico, diría yo, si lo unimos a la contaminación invisible de los cielos. Innumerables colas para facturar, que te ponen nervioso, pues aunque llegues con dos horas de adelanto, toda la humanidad está siempre delante de ti. Creo que hacen las colas en zig zag para que no podamos contar bien los que hay delante. Eso que llamas sentarte a comer tienes que hacerlo, como no, en el aeropuerto,  después de pasar sano y salvo los controles tipo stasi, en unos asientos que te permiten mirar mientras masticas los cuerpos que van pensando en su puerta de embarque y en las necesidades del último momento, móviles mediante. Es sorprendente la semejanza que tienen estas horas con las previas en las salas de los campos de exterminio, que nos muestran las pocas imágenes que nos han llegado sobre el asunto, donde el catálogo de humillaciones que vas padeciendo siempre es por tu bien: “estimado cliente, gracias por elegir Air Europa para sus desplazamientos.” Llegado el momento nos acercamos a la puerta de embarque, y la respectiva cola para entrar resulta más lenta de lo esperado, va completo y es lento el acceso, alza su voz alguien que anda por allí. Al final, unos diez minutos más tarde. Nos cambió el sitio la azafata, pasillo por ventana una detrás de la nuestra, todo claro y limpio, rápido. Listos para despegar, con anuncio megafónico que puede que haya movimientos extras por las turbulencias propias del ambiente, según palabras del capitán, oh mi capitán, de la aeronave. No digan que no se lo he advertido. Si inhalan veneno pueden morir en un campo de concentración. Si suben a un avión pueden morir en el aire. En ambos casos, sin poder despedirse de sus familiares. Silencio en las filas, miedo en los corazones. Despegamos. Cuatro horas después que llegamos al aeropuerto.


Una buena red de trenes de alta velocidad europea, al menos, volvería a poner en medidas humanas de tiempo y velocidad el anhelo del viaje. Viajar no es necesario, pero es recomendable visitar el lugar donde ocurrieron los hechos que han llamado tu atención, a poder ser no por la vía de la publicidad manipuladora de las agencias agresivas de los tours operadores. Nula experiencia viajera, máximo benéfico económico.


Toda la ceremonia del despegue se hizo sin movimientos notables,  que nos hicieran olvidar que íbamos camino de elevarnos por encima del vuelo del águila y su visión de la eternidad del mundo, y mucho más rápido. Al fin y al cabo, de eso se trata cuando se negocia con diosecillos de medio pelo, que es en lo que nos convertimos al volar a esas alturas por encima del Imperio del águila. Cuando llegamos a Frankfurt aparece la indecisión propia de los humanos que hemos vuelto a pisar la tierra, después de ir a una velocidad inasimilable por ningún ser mortal. Pero es que a estas latitudes ya nos hemos convertido en unos monos con maletas. La indecisión de marras consiste en si pedir un taxi, o si subimos al tren. Dinero o tiempo y comodidad. Los monos nos hacemos cómodos con el tiempo del avión. Mejor no tener que arrastrar las maletas y los bultos, que todo se reduzca a sacar la tarjeta de crédito al final del trayecto. Nos coge un indio o pakistaní piel morena, nervioso porque no consigues decirle la dirección del hotel donde nos vamos a hospedar en la capital alemana. Vamos venga, al final, tras pedirle paciencia al taxista, anota la calle y empieza a recuperar el tiempo perdido. Corre como si fuéramos a perder otra vez el avión, de 150 a 160 kms por hora marca el contador de kilómetros. Una prueba evidente de cómo el tiempo de la luz ha colonizado al del sonido, llevándose por delante el tiempo propio de los humanos. Pero vamos al hotel. El taxi Merdedes se mueve para todos los lados, pones el navegador, por desconfianza, pero compruebas que no se desvía. Tenemos el mismo destino. Tras una conversación de acercamiento, con motivo de un mendigo en un semáforo. “Arbeiten, arbeiten, das ist für die Drogen” pasamos a lo interesante. De dónde son, ah y evidentemente, la conversación se mueve hacia su objetivo: la final de la copa de Europa entre España e Inglaterra, en Berlín. Por supuesto, según el taxista, que solo ve los partidos de criquet que juegan sus hijos, opina que los alemanes van con España pues por razones de historia reciente siempre están contra Inglaterra. Por fin, llega a la calle del hotel y deja de zarandearnos, bajamos y nos despide con un ¡que tengan suerte! ¿Será verdad? Ah, te das cuenta que es por ellos, por los de la Roja. El Hotel es de nuestro nivel, correcto. Justo para dormir y ducharse. Nivel de ciclista con tarjeta de crédito. Y una siesta para relajar los músculos del cerebro. Ocho horas desde que llegamos al aeropuerto de Madrid-Barajas. En tren de alta velocidad, pongamos, hubiéramos tardado 12 horas. Se ha renovado así la idea de progreso de la humanidad, a cuenta de reducir la velocidad en su deambular por el mundo.


lunes, 8 de julio de 2024

FRIEDRICH HÖLDERLIN

 


EMILIA PARDO BAZÁN

 ODA (fragmento)



CLUB DE LECTORES ADULTOS 15

CARTA ABIERTA A UN LECTOR CONOCIDO

El barco del club de los lectores no se hunde, como temes, solo está a la deriva, al igual que sus tripulantes. Imitadores sin desmayo de la vida que queda bajo la influencia imperiosa del Imperio del Reloj. El capitán siempre está en el barco haciendo trabajos de mantenimiento del alma. A veces baja a tierra para observar la realidad material y le da miedo cómo está el patio. El día que entrega a los tripulantes el libro de bitácora para hacer juntos la nueva travesía, tiene la sensación que siguen inmersos en el trajín del tiempo del reloj y que les cuesta pararlo del todo. De hecho nunca lo paran, y cuando lo consiguen se sienten desnudos y llenos de miedos, complejos y prejuicios, pierden el control sobre sí mismos tan apreciado, se enfadan, y lo ponen de nuevo en marcha. Para volver a las apariencias. Tic tac tic tac, uff uff que gustito, de nuevo en casa y no en el puto barco. La farmacopea inherente al tiempo del reloj. De ese bucle no salen. No salimos. Pero el capitán, el barco, el rumbo y el destino del libro de bitácora siempre están en el tiempo del alma. Y no pueden estar en otro sitio, pues la literatura y las artes en general forman parte del alma del mundo por derecho propio.


Por eso la propuesta que te hago: renovar el club de lectores, a partir de la recuperación de la idea del alma en nuestras vidas y en nuestras lecturas. Dicho ahora de manera abierta y sin tapujos, para ligar la importancia de la literatura a la seriedad de la vida. Subiremos al barco a eso. Lo cual supondrá adentrarnos en los saberes del alma. Es decir, alcanzar un común acuerdo de la verdad que habita y sostiene cada libro a partir de los distintos enfoques del alma de cada uno de los lectores. Un club de lectura es un encuentro de almas distintas a la busca de una verdad común. 


Aquí vamos a disentir. Tu perteneces a la generación de la post verdad: cada lector tiene una verdad irrefutable, auto referente y auto complaciente, legitimada únicamente por su aparición en las múltiples pantallas a las que es adicto. El adanismo es tu ideología preferida. Niego esa visión unilateral y ensimismada, más propia de un ser no humano (sea dios o animal) que de un ser humano dueño de la conciencia, la razón, la palabra y el lenguaje que definen sus límites. Pienso que todas esas verdades individuales remiten en su intimidad a una verdad común de donde procedemos, que es la que acoge el alma de cada lector. Solo sabremos de nuestra verdad particular si pensamos sobre la verdad común que nos une como humanidad. Ahí se concentran los saberes del alma y cuya búsqueda es la verdadera salida a las limitaciones de nuestra materialidad corporal: mortalidad, finitud, imperfección, etc., al consumo de datos que nos afligen y nos obsesionan. Es un religare sin necesidad de iglesias ni predicadores. Es la consecuencia inevitable de nuestro pensar intuitivo, no demostrativo, propio de nuestra propia humanidad. 


Internet y las redes sociales no puede sustituir al Alma del mundo, pues son el patio de corralas de la sociedad actual de consumo. Como el vuelo del avión sobre el océano o los continentes no puede sustituir al del águila imperial sobre la eternidad del mundo. Ni la vida ni la lectura en el barco pueden ser un intercambio de datos. Todas las personas tienen los mis derechos ante la ley, pero su verdad no tiene el mismo alcance en el Alma del mundo. Unas ven y sienten mas que otras. Incluso los hay que no ven nada, solo vomitan datos. Depende de la relación que tengan con su intimidad, con su alma. Esta es la deriva contemporánea que el capitán observa cuando abandona el barco, y en esas estamos también  dentro del barco.


Será necesario, por tanto, adquirir el compromiso de estudiar y pensar sobre esos saberes del alma, que dan forma y aliento a los cuentos que leamos y a las pelis que veamos. Pensar es el alimento del alma, no un estorbo. Hay ejemplos de lectores entre nosotros que han mostrado la diferencia que hay entre hablar o escribir después de haber pensado o hacerlo de forma improvisada, acobardada o para salir del paso. Entre tantos datos. Y la experiencia lectora de aquellos lectores es suficiente para mantener la esperanza a bordo