Volver a su trabajo fue siempre un anhelo posible. Me confiesa una vez más mi hermano, mientras tomamos el café matinal. Según estudios de toda solvencia, le digo, la culpa de la separación entre el mundo productivo y el mundo improductivo la tiene la falta de conexión entre el trabajo y la vida. Y viceversa. Todo el mundo que nace sabe, tu y yo también, que se ha de morir, y todo el mundo que trabaja sabe que tarde o temprano se ha de jubilar. El peligro es, le dije a mi hermano, reducir el trabajo a la vida y el deseo a la realidad, porque eso significa, según aquellos mismos estudios, franquear las puertas del paraíso. Lo cual es una manera rápida de entrar en el infierno, sobre todo para los seres mortales como tú y yo sabemos.
