Es 1990 y la periodista musical Ruth y su padre Edek, un superviviente del Holocausto, realizan un viaje por su tierra natal, Polonia. Su viaje los llevará a Varsovia, Łódź, Cracovia y al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Ruth quiere descubrir sus propias raíces y explorar la historia de su familia. Edek en aquel entonces tomó la decisión de abandonar Polonia para siempre y acabar con el pasado.
El contenido de la sinopsis no por haberlo leído ya en otras sinopsis, es lo suficientemente persuasivo como para decidir ver la película en cuanto tuviera un rato. Y así fue. La película Treasure, de Julia von Heinz, tiene el atractivo de que padre e hija, dos tipos adultos, vuelven juntos a casa de sus antepasados en Polonia, pero tiene el inconveniente de que lo hacen cuando ellos todavía no se reconocen como tales adultos en el presente neoyorquino de donde parten. Edek no deja de ser el padre-madre protector y clueca de la niña calabacita cómo llama a su hija. La madre ha muerto. Ruth, porque no ha aprendido a ser otra cosa delante de su padre o porque si no es así no habría hecho el viaje que tanto deseaba, reacciona ante la conducta paternal maternal de su padre como la adolescente quinceañera que hace tiempo biológicamente dejó de ser. No quiero que me vuelvas a llamar calabacita, ya no soy una niña, le espeta a su padre en uno de los frecuentes altercados en que los dos se enzarzan durante el recorrido que hacen por los lugares que tenían previstos en su visita. Entonces, la pregunta que le surge al espectador es, ¿por qué hacen juntos este viaje a Polonia? ¿Por qué el conocimiento del origen de su vida, en el caso de la hija, y el olvido del pasado en el caso del padre como acompañante de aquel conocimiento, piensa la directora que puede poner una nueva claridad a sus vidas actuales? Después de ver la película no lo tengo tan claro. Diría más, la forma precipitada de marcharse de Polonia la hija, por enfado con el padre, hasta el punto de decir que no lo aguanta más, y la decisión del padre, sin explicación narrativa alguna, de acompañarla, si ya hemos comprendido que él con su calabacita va hasta el fin del mundo, dan un idea de cual es el sentido narrativo de la película.
El ansía investigador de la hija sobre sus antepasados y el desdén del padre hacia ese mismo propósito abren, como resultado de estar juntos y mal avenidos durante todo el metraje de la película, una grieta que se va haciendo más grande a medida que los minutos avanzan inexorablemente hacia el final de aquella. La escena blandengue del aeropuerto de Varsovia, donde padre e hija de vuelven a encontrar para hacer juntos el viaje a Nueva York, como si no hubiera pasado nada, me pareció cosas de turistas, según los veía despedirse de quien les había acompañado como su chofer durante toda su estancia en el país polaco. En la escena donde el padre recupera debajo de las ruinas de su antigua casa y la de su familia una caja que enterró, antes de huir, con las escrituras de la misma, que de inmediato entrega a su hija como única y legítima heredera de la antigua propiedad de sus antepasados, me doy cuenta de lo que hacía ya unos minutos venía sospechando: que eso era todo lo que sígnifica para el padre el viaje a Polonia, y lo que significa acompañar a su calabacita. Un gesto que tranquiliza a la conciencia de propietario del padre, aunque como superviviente del Holocausto ya ha quedado claro a esas alturas que no quiere saber nada, como si el asunto no fuera con él ni con su familia. Pero de ninguna manera se comporta así la conciencia de querer saber de la hija y la del espectador, que venimos de visitar, junto con el padre, los lugares más emblemáticos del holocausto polaco: Varsovia, Łódź, Cracovia y al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.
Se podría concluir preguntando a la directora que si el padre sigue siendo el mismo después del viaje, ¿para que lo hace? Para vigilar a su hija, para que siga siendo ante él su calabacita, para que no cambie nunca, para que no se contamine de esa pasado que rechaza. Poca chicha para tal envite. El padre opone al afán de mantener el reconocimiento de su hija calabacita, la nula ambición por conocer que ocurrió en aquellos años tan lúgubres de su pasado, que es lo desea saber su hija sin más apelativos. Y es que reconocimiento y conocimiento son las dos caras de lo que significa seguir vivo hoy junto a su hija mujer adulta y todo lo otro que los acompaña, sea en la Polonia de los antiguos campos de exterminio y la cultura degenerada de los nazis o en la Nueva York actual de los rascacielos y el glamour universal de su cultura.