Decidí ir a ver la película de Gust van Sant, “Tierra prometida”, por la presencia de sus actores principales, Matt Damon y Frances McDormand. Leído el argumento, escrito por el propio Damon, pensé que algo ya visto podía renacer a la luz por la virtud interpretativa de ambos protagonistas. Y así fue. Aunque le pese a uno de esos algoritmos andantes que como quijotes posmodernos ya no aparecen con lanza olvidada, escudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor, sino que suelen salir de casa con el móvil en una mano, las palomitas en la otra y el Toyota eléctrico aparcado no muy lejos de la sala de proyección de la película. Quijotes digitales que después en el debate tomaron la palabra para jurar y perjurar que lo que dice su móvil respecto a unos datos proporcionados por la red eléctrica estatal es lo que nos ha querido contar la película. Pese a este quijote de algoritmo andante dije, de manera discreta pues tampoco pretendía que se pusiese ofendidito, que la peli iba, como todas películas, de sentimientos humanos universales que emergen, sea en Kentucky, Senegal o Tombuctú ante los dilemas que la vida nos enfrenta a quienes decidimos seguir existiendo. Hasta aquí lo uno, o lo común a todo ser humano, viva en el siglo de Petrarca o en el de Donald Trump. Lo que nos cuentan Damon y Mcdermond, no es otra cosa que la revelación de sus particulares vidas con sus paradojas y contradicciones en la peripecia que viven juntos, cuando eso que nos es común, también conocido como realidad compartida, se divide y se muestra al mundo con una luz diferente.
¿Y cual es esa peripecia? Pues como todas las peripecias humanas, la de la película es una de esas en la que la vida y la muerte se citan una vez más en su liza eterna. Resulta que en un pueblo perdido de la America profunda unos pispas del negocio del Gas y el Petróleo descubren que en los bajos geológicos del mencionado pueblo hay unas reservas de Gas Natural que perforando de la manera adecuada les puede dar unos pingües beneficios. La cuestión es, como es ya sabido, como vencer la más que previsible oposición hostil del vecindario del lugar. O dicho de otra manera, cuanto dinero le va a costar a la compañía de marras comprar la voluntad del vecindario sin que parezca que es un robo a mano armada. Hasta aquí, más o menos los prejuicios que llevaba en mi mente antes de que apareciera sobre la pantalla el primer fotograma de la película. Menudo somos los prejuiciosos, con el Quijote algorítmico al frente. Pero nada más aparecer Damon y Mcdormand en pantalla y echaron a andar los primeros pasos por las calles del pueblo perdido, me di cuenta que ya me podía meter los prejuicios donde me cupieran pues con ese maletín poco o nada iba a ver de lo que me mostraran a partir de ese momento. El planteamiento era el de siempre pero el nudo y el desenlace, me di cuenta en seguida que iba a ser diferente a lo ya visto hasta ese momento. Y de ellos iba a ser responsable la actitud ética, por decirlo así, de los protagonistas principales. Pues los del pueblo imaginé que le iban a dar la réplica a aquellos a la vieja usanza. El alcalde lo conocemos haciéndosele los ojos chiribitas con la pasta que se le puede echar encima. Y la asamblea de vecinos nos la presentan con la habitual división de opiniones respecto a la intenciones de los pispas de las perforaciones gasísticas de su pueblo, que han venido a poner precio al subsuelo donde han construido su estilo de vida, vacas y demás ganadería y agricultura incluidas. Pero hete aquí que Damon no tiene la conciencia de una pieza, como nos han acostumbrado otras películas de las misma estirpe. Ama honestamente su trabajo pero al mismo tiempo duda y la razón maquinal que lo acompaña en el contrato laboral no es suficiente para que la duda no deje de poner sitio a lo que siente. Él en su niñez ya vivió una situación parecida en el pueblo profundo donde nació, por ello es consciente de que la salida de esa profundidad en que el destino ha sumido a las vidas de los vecinos solo es posible si dejan de mirar a la luz cristalina del cielo y al verdor esmeralda de los campos donde pasta el ganado de sus ensueños y empiezan a poner el foco de su mirada en la oscuridad impenetrable de los bajos geológicos del suelo que pisan cada día.
Es evidente que con este cuadro mental de Damon los ejecutivos de la empresa perforadora no se fían ni un pelo de su conducta ante la misión que le han encomendado. Para controlar sus movimientos envían a un topo con ademanes de ecologista que se “opone” a la perforación del pueblo, para ganarse la voluntad de los vecino. Lo más conmovedor del itinerario de Damos es ver cómo el amor a lo que de verdad siente es asaltado sin compasión por los buitres y ratas que le rodean. Destacar en ese itinerario el papel de dos grandes mujeres. Por supuesto su colega McDermond, y que le ha acompañado todo el rato con esa actitud tipo Sancha Panza (por seguir con el imaginario cervantino) de lo dejó muestra con esa frase que le dice cuando al final, descubierto todo el pastel del ecologista, Damon entrega su derrota a la asamblea final, y su colega McDermond le comunica que lo han despedido pero a continuación le dice: “no te preocupes esto es solo un trabajo”. La otra mujer es la maestra del pueblo, que ajena al lío de las perforaciones gasísticas - clara intención del director y guionistas de hacer visible la pluralidad de sentimientos en estos contextos tan militantes como totalitarios - solo quiere que Damon se quede con ella, lo que al final consigue, después de algunos flirteos en el bar del pueblo. Guiño de Gust van Sant al espectador: no todo es ta perdido pues el amor cambia de emplazamiento y triunfe de nuevo sobre tanta podredumbre, ahora campando en la superficie del pueblo y en lo hondo de los corazones de los amantes.