sábado, 8 de agosto de 2026

JÜRI TALVET

 El amor

es mandamiento, así pensaba
Kierkegaard. Mejor será
–pienso yo– amar, sin hacer
caso de ese mandamiento.
Reconociéndose
el alma con el alma,
respondiendo
la sangre a la sangre,
sin saber, en pleno
vuelo –hacia arriba
o hacia abajo–,
cuál habrá de ser
el lugar de destino.

EL HALCÓN MALTÉS

 A finales del pasado mes de junio, un año más, miles de cinéfilos del mundo entero se congregaron en Bolonia para asistir a una nueva edición del festival “El Cinema Ritrovato”. Yo no pude ir, así que compensé la ausencia volviendo a ver “El halcón maltés”, ópera prima de John Houston, y también, según los que se dedican a hacer listas, la primera película del género noir.  

Vaya por delante que de nuevo la película me mantuvo pegado a la butaca gracias al tanden Sam Spade-Humphrey Bogart y a los diálogos entre sus personajes en el medio de todos ellos se encuentra siempre, como no, el mencionado tanden de dos que en este caso es solo de uno. Puestos a averiguar quién lleva la batuta en la historia, por aquello de saber como espectador con quien me las estoy viendo y midiendo, uno no sabe si Spade hace a Bogart o es la revés. Tan es así que la mayoría de los personajes que Bogart encarnó a lo largo de su carrera llevaban algo del personaje Spade en sus ademanes físicos y mentales, algo de su forma de mirar el mundo. Lo que pudiera ser una limitación profesional - véase el caso del actor español Bardem que solo sabe encarnar bien a sicópatas irreductibles fuera de los cuales su capacidad interpretativa es muy reducida - en el caso de Spade-Bogart es un mérito de su talento actoral. El disfraz (Spade), por decirlo así, no le pone impedimentos ni trabas a que la autenticidad de Bogart se manifieste en todo su esplendor mientras investiga la localización del pájaro pintado de negro. Y viceversa. Esta vez que los he vuelto a ver, se me ha ocurrido pensar que también John Houston lo leyó así y me doy cuenta que eso le permitió hacer una puesta en escena innovadora tanto en los giros narrativos que introduce, como en el montaje de las distintas escenas, como en la forma de utilizar la luz o la obscuridad, según se mire. Al final uno no sabe si es Spade quien representa a Bogart o es al revés. Lo que quiero decir - siempre dentro del campo del espectador, determinado como está por su obligación de saber quién es el narrador, es decir, como se lo representa mientras está viendo la película - es que Houston consigue construir una unidad narrativa hecha de ficción y realidad, donde las mañas y habilidades de Spade y Bogart van de la mano - al contrario de sus antepasados Holmes y Watson en las historias de Conan Doyle -, a la hora de relacionarse con la mujer fatal Brigid O'Shaughnessy y los otros personajes que pululan alrededor de las peripecias del pájaro. A saber, el taimado y cínico  Joel Cairo, el orondo Kasper Gutman, el lacayo de este último Wilmer Cook, y los dos polis que persiguen a Spade para que les cuente todo lo que va averiguando. Unas peripecias que se inician en el siglo XVI, cuando los Caballeros de la Orden de Malta regalaron a Carlos I de España y V de Alemania la estatuilla de un halcón de oro macizo con incrustaciones de piedras preciosas. Era una muestra de gratitud por ciertas prerrogativas que el monarca les había concedido. Sin embargo, la joya no llegó nunca a manos del Emperador, ya que la galera que la transportaba fue asaltada por unos piratas. Mire usted por donde los caprichos de la historia.


Cuatrocientos años después, el detective privado Sam Spade y su socio Archer aceptan el encargo de una joven que quiere encontrar a su hermana, que ha desaparecido con un hombre sin escrúpulos. Hasta aquí, mas o menos, lo que nos cuenta Dashiell  Hammett en la novela homónima. Después de la visita de la joven al despacho de Spade, su socio es asesinado de forma misteriosa y Bogart entra en acción sin olvidar a su alma gemela Spade, que se ha quedado como dueño en solitario del despacho de detectives. Como puede apreciarse Houston abandona la lógica narrativa de sus antecesores Holmes y Watson, y se mete de coz y hoz en el laberinto que él mismo va creando con sus giros, con unos personajes a cual más friki e impredecibles todos con algún interés confesado u oculto en el halcón maltés, propiedad del emperador español que nuca llegó a recibir, En fin, rodeando todo ese laberinto de un ambiente sombrío donde nunca nace el sol pero si todo el sentido que la luz de aquel siempre oculta bajo las apariencias luminosas que genera, tan propio del estilo noir que el director americano está inventando, como ya he dicho. Al final de la peli, Spade comenta a los policías que han venido en su ayuda  - y sobre todo comenta a los espectadores que lo hemos seguido hasta donde se encuentra - mientras mira el pájaro al fin recuperado y se llevan a la mujer fatal que lo ha estado engañando: todo lo que ustedes han visto y verán, incluido este bicho, forma parte del material del que está hechos los sueños.  

Willian Shakespeare, again. Cerrando así el ciclo del bloque del tiempo, que la película ha inaugurado desde el primer fotograma.



viernes, 31 de julio de 2026

PAULA ARBONA

 MI PROBLEMA

Quizás mi problema es
que no puedo ver un árbol.
Cuando veo un árbol,
veo un bosque.
Cuando veo una persona,
veo un pueblo.
Veo sus secretos,
su pasado,
su tormento.
Quizás mi problema es
que no puedo dejar de mirar
viendo aquello que no está.

LOCKSEY Y ULISES

En estos tiempos sin futuro los profetas del mismo que siempre han sido, de repente, se han quedado sin trabajo. Ya no tienen crecepelo que vender ni pócimas milagrosas que repartir entre sus feligreses de cara al mañana. Pero hete aquí, que el gallinero en que se han convertido las redes sociales ha dado alas a los pispas del negocio del futuro, que es lo que siempre han sido los profetas aludidos, desde Jesus Cristo hasta Carlos Marx. Mejor dicho, desde los malos lectores del uno hasta los peores lectores del otro. El caso es que, y sea como fuere, estos pésimos lectores han visto el negocio en la modificación del pasado para dar relumbrón al futuro inexistente. En nombre, como no, de la sacrosanta Libertad de expresión y del la performatividad del uso del lenguaje. Dicho en roman paladino, esto es lo que quiero hacer pues lo hago y además en el mismo momento que lo nombre queda hecho. Chim Pum. En esas estamos. Así Christopher Nolan en su “Odisea” dice que le gusta que Helena de Troya sea negra pues sea. Pero el protagonismo de la mujer en la vida real y en la imaginada está en marcha al ritmo de la historia y de su crítica y deliberación democráticas, y ni lo acelera ni lo retarda este cambio de colorido que Nolan le ha dado a la heroína de su película. Eso sí sirve para engordar su caja de caudales y nada más. Valga decir, sin embargo, que su visión de la obra de Homero es un western, porque no puede ser otra cosa, a imagen y semejanza de John Ford que fue el Homero de la epopeya norteamericana. Y el cine americano ha colonizado la mente europea después de la Segunda Guerra Mundial. Todo esto ya lo sabemos los europeos, pero ahí seguimos subiéndonos a las caravanas publicitarias que nos ofrecen. Pero hasta que Clint Eastwood no haga de Nelson Mandela, no iré a ver más este tipo componendas postmodernas, o wokismo, que es la etiqueta general para nombrar a este movimiento futurista. Pues yo si creo en el futuro, que no es otra cosa que un ejercicio de la imaginación con sentido, otro asunto a debatir es que se cumpla, o no. Y que hacer entonces. En ningún caso falaces componendas como la descrita.


Toda esta introducción para decir que he vuelto a ver “Robin de los bosques” dirigida por Michael Curtiz y Willian Keighley, en 1938. ¿Por qué creyeron estos directores que los espectadores del siglo XX  iban a prestar su atención a las peripecias de un noble en la época de la Tercera Cruzada, 1189-1192, vinculado al rey Ricardo I Corazon de León y a su hermano Juan sin Tierra? Porque el cine era todavía en 1938 un arte joven que se atrevía con cautela a visitar el pasado con la intención, no de cambiar sus mimbres históricas fundamentales, sino de experimentar su permanencia muchos siglos después. ¿Qué es lo que permanece muchos siglos después que hace que tantos espectadores, yo mismo una vez más, se mantengan quietos en la butaca como si aquellas peripecias hubieran ocurrido ayer mismo? Señor, la injusticia universal y el ansía de justicia también universal que todos llevamos escondido en los repliegues del alma. Y que camino mejor para tal fin que ponerse en manos de un héroe de ficción como Robin de Locksey que habita los bosques como si fuera su propia casa, por encima del bien y del mal y de las cabriolas digitales actuales. Un verdadero emboscado. Los emboscados que acompañan a Locksey se encuentran solos ante el absolutismo de Juan sin Tierra, y quizá es esa la soledad que nos llama cuando vemos la película de Curtiz y Keighley: es una soledad entre los otros seres vivos, pues se proyecta en un mundo de hombres y árboles sajones. Y una mujer normanda, Lady Marian. Que se reconocen de inmediato, dada la carencia del presente, en su permanente heroicidad como tales. Sin aderezos de los efectos especiales. La victoria frente a los tiranos es posible.

Cuando una y otra vez, ayer como hoy y mañana, los que se postulan en la vida real para resolver la injusticia acaban siendo unos corruptos convictos y confesos sean de un bando o del otro, sea joven o provecto, sea hombre o mujer. La película nos muestra que la victoria contra los tiranos es posible.


En el ecosistema mental del bosque de Robin de Locksey y su colegas los acontecimientos más importantes, tanto en lo malo como en lo bueno, pudieran ser aquellos que todavía no han sucedido. Y eso nos acerca a la actualidad del siglo XXI. Así son los héroes de ficción. De modo que, en consecuencia, serían los finales en el bosque, ya no los comienzos, los que decidirían sobre los sucesos de en medio. Serían los futuros en el bosque, y no los orígenes, los que contarían de verdad. Muy de los espectadores de hoy. Repito, todo contado con un colorido y montaje cinematográfico de escenas de hace más de ochenta años.


martes, 28 de julio de 2026

JUAN VICENTE PIQUERAS

 LO ETERNO SE ACABÓ

Ahora toca admitir lo inadmisible,
aprender a olvidar lo inolvidable,
tener que soportar lo insoportable,
intentar comprender lo incomprensible.

Prescindir de lo que era imprescindible,
tener que poner nombre a lo inefable,
sinvivir sin amor y ser amable.
Como buen ciego darse a lo invisible.

Hoy pongo en discusión lo indiscutible.
Me presentan a gente impresentable.
Debo decir que sí y sentir que no.

Tengo que hacer posible lo imposible.
Estar donde no está lo que era estable.
Aceptar que lo eterno se acabó.


JUEZ DE INSTRUCCIÓN

 Le dejó sentado en el suelo, después de degollarle por la espalda. Eso es lo que deduzco al acabar de leer el informe de la forense. Ahora que ha pasado ya una semana, entre los vecinos de la urbanización cunde la pregunta de por qué han asesinado al periodista Ramírez. Pero las declaraciones de esos mismos vecinos en el juzgado, van en la dirección de pensar que el asesino no está entre ellos. Aunque las columnas de aquel en el diario local cada vez gustaban menos a los ricos explotadores de la segunda residencia, como Ramírez los llamaba. Yo como juez de instrucción del caso, después de escuchar a los vecinos, no lo tengo claro. Siempre he desconfiado de los que creen que los avatares de la vida se comprenden al primer golpe de vista. A la espera de otras pruebas, mas bien intuyo que quién sabe quién es el asesino del periodista Ramírez no sabe que lo sabe.

lunes, 20 de julio de 2026

ALEJANDRA PULTRONE

 HASTA VERTE AMANECER

Encuentro tu letra.

Viejas dedicatorias.
Esas bromas escritas para divertirnos.
Las listas del supermercado.
Todo lo insignificante brilla.

Me aferro a esos papeles
con desesperación

de náufrago.