sábado, 31 de octubre de 2026

ANNE CARSON

 Ella

Vive sola en un brezal al norte.
Ella vive sola.
La primavera se abre como una cuchilla allí.

Yo viajo en trenes todo el día y llevo muchos libros –
unos para mi madre, algunos para mí
que incluyen Las obras completas de Emily Brontë.
Es mi autora favorita.

También mi principal temor, al que trato de enfrentarme.
Cada vez que visito a mi madre
siento que me convierto en Emily Brontë,
mi vida solitaria a mi alrededor como un páramo,
mi torpe cuerpo recortándose sobre los barrizales con una apariencia de transformación
que muere cuando atravieso la puerta de la cocina.

¿Qué cuerpo es ese, Emily, que nosotras necesitamos?

EL FIN DEL MUNDO COMÚN

 Hannah Arendt nos recuerda que nuestra capacidad para compartir un mundo común depende de reconocer que los hechos son lo que posibilita el intercambio de nuestras perspectivas. Ese mundo común ese terreno compartido que Arendt visualiza, no es solo una construcción abstracta; es el espacio real y objetivable donde los hechos se incrustan donde nuestras opiniones y juicios encuentran sustancia. Es como una membrana intangible que permite que nuestras conversaciones no solo existan, sino que sean posibles. Sin ella no hay diálogo. Sin ella no hay política. Sin ella no hay democracia, ese espacio y tiempo que funda y permite la pluralidad en la polis e impide el paso al lado autocrático de las ideologías de las tribus. De todas las tribus o banderas.

Ese mundo común es el que hoy está en peligro de desaparecer si los ciudadanos perdemos definitivamente esa capacidad de discernir entre lo verdadero y lo falso y dialogar de tal forma que nuestro mundo común quede a salvo de la influencia del lado tribal que también nos constituye como seres humanos. No como un acto de cinismo impuesto, sino de civilidad  voluntaria.


El dilema es antiguo, pero hoy vuelve a la actualidad más digitalizada dominada por el espectáculo constante de la opinión individual autoafirmativa y aucomplaciente (como ejemplo véase y óigase el asunto del último accidente de tren en Toledo). El dilema no es otro que deliberación  democrática o barbarie.

viernes, 30 de octubre de 2026

GABRIELE D’ANNUNCIO

 El inefable gozo

...Celebra el grande, el inefable goce
de vivir, de ser joven, de ser fuerte,
de hincar los dientes ávidos y blancos
en los más dulces frutos terrenales.
De posar las audaces, sabias manos
sobre todo lo más puro y secreto,
y de tender el arco contra todas
las presas que voraz deseo asecha.
De oír todas las músicas livianas,
y mirar, con pupilas fulgurantes,
la bella faz del mundo, como mira
un amante feliz a su adorada.
A ti el placer, ¡oh amiga! 
¡A ti el ensueño!
¡Yo quiero revestirte la más roja
de las púrpuras regias, siquier tiña
su seda con la sangre de mis venas.
Yo quiero coronarte de albas rosas
para que así, transfigurada, cantes
la divina Alegría, la Alegría,
la Alegría, magnífica, invencible!

LO DEJAMOS ACÁ

 Un psicoanalista pragmático pierde la fe en los métodos habituales de la psicología y comienza a sobrepasar los límites con sus pacientes. Todo parece funcionar hasta que un escritor con un bloqueo creativo llega a su consulta.

La película arranca con ese psicoanalista explicando, ante una audiencia que asiste a la entrega de un notorio premio que le ha sido concedido, las razones de su pérdida de Fe en los métodos habituales. Después de sus explicaciones anuncia que no puede aceptar el premio, lo que produce el fingido asombro de aquella. Con esta escena el director de la película “Lo dejamos acá”, Hernán Goldfrid, le dice al espectador desde donde tiene que mirar la película. Es decir, el punto de vista que ha elegido, que no es otro que el de una sátira feroz contra la sociedad argentina. Esa misma a la que pertenecen todos los presentes en la entrega del premio que tiene el mayor número de psicoanalistas del mundo y al mismo tiempo el mayor número de personas con deterioros severos en su estado mental.


Todo lo que vemos a continuación, ya no los ha advertido el director, queda bajo la influencia de esa presentación. El punto de giro de ese punto de vista forma parte de lo que es propio de la sátira es la exaltación de lo estrambótico o paranormal. Y quien mejor para llevar a cabo ese momento que un escritor que se queda en blanco en su proceso creativo interpretado, por Diego Peretti, y que es uno de los que forma parte de la audiencia que oye al protagonista renunciar al premio que le habían concedido por los méritos de su labor profesional.


Al partir del encuentro entre el psicoanalista y el escritor, todo lo que vemos a continuación se enfila por el camino de la mordacidad de la sátira sin dejar títere con cabeza. Ahora ya no solo de la profesión del primero y de sus pacientes, a los que dedica unas secuencia memorables, como cómplices necesarios de la representación de ese deterioro mental que aqueja a toda la sociedad argentina y que anunció al principio el premiado. También se mete con el hecho creativo de los artistas y sus bloqueos mentales: ¿una variante del deterioro mental del común de los argentinos como lectores? Es el momento donde los métodos habituales del psicólogo son apartados por inservibles, tal y como anunció en su discurso del principio, y los del espía más conspicuo toman el mando de la situación hasta que el psicoanalista suplanta la personalidad creativa del escritor consiguiendo que este publique su mejor novela.


El espectador asiste asombrado a la gran transformación de una de las ideologías que apuntaló durante muchos años del siglo XX el sentido de la existencia de la humanidad: el psicoanalista ya nos es el científico certero que sabe de las intimidades del ser humano urbano y burgués, ahora es el espía de la internacional digital, por decirlo así, que husmea y hurga en los relatos que cada cual se organiza para llegar a fin de mes entre whatsapp y podcast.

jueves, 22 de octubre de 2026

AMELIA LÍCHEVA

 Londres

Esperas de la regia ciudad imperial
que te encierre y apresione
con su ancestral grandeza,
que te sientas nimia e insignificante,
nacida sin pasado.
Pero la ciudad te contagia de futuro:
Enraizados vítreos rascacielos
sobre cimientos color teja
rodeados de jardines ingleses se alzan,
y por entramados metálicos y ascensores exteriores
riadas de gentes dejan atrás sus encuentros
diversidad de lenguas, razas:
bazares de rostros, colores,
ropa, peinados, tradiciones…

abierto el libro de la humanidad
y todos hallan su letra.

L’ATALANTE

 No es habitual que nos cuenten historias de ángeles, muy angelicales, y humanos demasiado humanos, haciendo unos y otros de las suyas en el interior estrecho de una gabarra que va navegando por los canales del Sena hacia los confines de Paris. Se me ocurre que ese milagro solo es posible en situación de tránsito. Tal es el caso de la peli L’Atalante de Jean Vigo. Tránsito de la peli entre el cine mudo y el sonoro. Tránsito de su director entre la vida y la muerte. Y transito, como no, del espectador, que quiere hacer algo con lo que ve y con lo que hace con él eso que ve, y se da cuenta que no tiene mañas para moverse en el lugar que ocupa, que es donde lo ha colocado el punto de vista y la puesta en escena de la película. Y es que L’Atalante es una película que priorizar lo que ilumina antes que lo que provoca, y a eso los espectadores de la sociedad digital y del espectáculo no estamos acostumbrados. Ya que la actualidad nos sitúa en Francia y en Paris, nos mola más la provocación de verlos en llamas a través de las pantallas sentaditos en nuestras butacas, que entender lo que iluminan estas llamas y que no vemos debido a tanto alboroto infantiloide. ¿Donde están los adultos en estas crisis postmodernas?


Cuando Jean Vigo filmó l’Atalante, 1934, la situación política y social era mucho peor que ahora, pero no se le ocurrió caer en esa trampa de utilizar el cine para denunciarla. Crisis sociales, demasiado humanas ha habido y habrá siempre y denunciadores rampantes demasiado humanos de las mismas también, pero que bajando del cielo nos visiten los Angeles demasiado angelicales, como digo, no es habitual. Y hay que aprovechar la oportunidad. Jen Vigo, una gran observador de la realidad terrena y celestial, lo tenia claro y optó porque fuera la segunda la que tomara el protagonismo en su película. Dicho a la manera de los críticos profesionales: la película está filmada a la manera poética y es como si te visitara de nuevo tu canción favorita. Pues eso.


Todo comienza con la secuencia en que se ve a Jean y Juliette contraer matrimonio y después ir caminando, seguidos del séquito correspondiente, a emprenden su luna de miel a bordo de L'Atalante. Una barcaza de la cual Jean es capitán, junto con el marinero Père Jules y un joven cabinero, que navegan por los canales cercanos al Sena haciendo sus encargos y chapuzas. Ese primera secuencia terrenal deja paso a las secuencias celestiales en las que se ve Juliette vestida toda de blanco caminar a bordo de la barcaza y en los muelles donde esta se detiene. Mientras tanto, vemos a Jean que no se separa de ella ni un segundo, hasta el punto de perder el norte, no como capitán de la barcaza sino como amante de Juliette, cuando decide abandonar la barcaza e irse a deambular por Paris. Como contrapunto, el marinero Pere Jules y el joven cabinero ponen la mugre y oscuridad propias de un sitio así. Lo sublime del asunto es que sobre semejante escenario, el amor que se tienen los recién casados prevalece y resalta sin marchitarse sobre la mugre y tosquedad de la barcaza y sus marineros. Y este es el principal hallazgo de la puesta en escena de Jean Vigo. Vemos a Jean y Julieta amar sus cuerpos y sus almas vestidas de blanco sin que aparezca ningún atisbo de posesión del uno hacia el otro, y viceversa. Y vemos también al marinero Pere Jules y al joven cabinero hacer su duro y negro trabajo sin que ello afecte, ni manche en ningún momento, a la delicadeza de los movimientos de los jóvenes amantes y recién casados, que entre ellos deambulan. 


L’Atalante vista teniendo en cuenta el escenario prebélico en que se rodó, por ponernos políticos al estilo de Hannah Arendt y para conectar con el presente, puede interpretarse también como una metáfora de cómo cuidar el mundo común, por muy estrecho que nos parezca. Un mundo que nunca debemos perder, pues es en él donde solo podremos desarrollar lo mejor y lo peor de nosotros mismos escuchando al mismo tiempo lo mejor y lo peor de los otros. Y tomar al tiempo buena nota de ello para no acabar a tiros, como otras veces ya ha sucedido, en un campo de batalla.


martes, 20 de octubre de 2026

EDGARDO DOBRY

 Para una teoría del consuelo

Debes saberlo, libro: aquí abajo
no habrá para ti premio hoy en día;
cuando el hombre suspira todavía
nadie aprecia virtud en su trabajo.

En el 3000, del verso embelesado,
irá uno a ver el Paraná corriente
y ante esa orilla pensará que miente
quien diga: “¡Acá, el Poeta fue alumbrado!”.

Ten coraje, mi libro: aunque preciosa
la voz del bardo en bata suena odiosa;
cuando él no esté lo juzgarán divino.

¿A quién no ha mancillado la perfidia
que embarra los baches del camino?
Solo el laurel postrero es sin envidia.