Una de las cosas que tiene hacer el mismo recorrido a pie, cada mañana, es que se puede experimentar esa frase tan popular y tan nietzscheana. Me refiero, como no, al dictum del filósofo alemán sobre el eterno retorno, que le sirvió para reflexionar sobre el paso del tiempo en una época en la que Fe en el progreso era indiscutible. Hay un puñado de tipos que cada mañana me encuentro, con escasas variaciones, en los mismos sitios del camino. No los quiero ver - o me cuesta hacerlo, por mas voluntad que le eche al asunto - como eslabones repetidos de una escalera infinita hacia el más allá, donde los predicadores del progreso vaticinan que se encuentra la tierra prometida exenta de conflictos y otras maldades humanas. Los veo más bien como apologetas silenciosos del eterno retorno.
Uno de esos tipos es el vigilante de las cámaras del supermercado, epítome bien acabado, pienso yo, del eterno retorno. Aparentemente ve siempre lo mismo y a los mismos. Y sin embargo él se ve así mismo como el mejor vigilante de todo el progreso que cabe en esa forma eterna de repetición. Lo veo cada mañana al entrar a comprar el pan, a la vuelta de la caminata, y parece un tipo básico para el puesto que le han encomendado. Hoy se oye con orgullo, como un mantra, la expresión “es que yo soy muy básico”, lo cual me hace pensar que el mundo se ha simplificado o que el humano se ha infantilizado. Lo primero me cuesta creerlo, dado como va eso que para resumir llaman la geopolítica, disciplina de la que junto al fútbol, paradogicamente, mas se habla en todos los foros de dentro y fuera de las redes sociales.
