El significado y el sabor de las palabras del hablar por hablar cotidiano ya están dados, solo hay que elegir el menú diario. Y a veces ni eso. El significado y el sabor de las palabras de un cuento, o una novela, no están dados, hay que descubrirlos y hacerse merecedor de ellos, ganárselos, mediante el esfuerzo y la atención lectora. Si no es así, el lector puede deambular perdido por el texto durante mucho tiempo, lo cual es fuente de su incomodidad, que acepta resignado si está en compañía de los otros lectores.
El lector que ha decidido quedarse fuera del texto pero dentro de la tertulia (sentado alrededor de la mesa), se suele dejar llevar por el “a ver que pasa”. Este “a ver que pasa” puede ser una expectación sincera pero estática, aunque también se puede transformar en una repentina urgencia por "cuando acabará este latazo". El horizonte de la cena adquiere, entonces, un significado preeminente.
martes, 12 de julio de 2016
sábado, 9 de julio de 2016
MOVERSE Y CONMOVERSE EN EL MUNDO
En mi anterior escrito, las dos supuestas preguntas del narrador: "¿cómo somos y por qué somos así?" y "¿qué hacemos ahí, sentados alrededor de la mesa?", interpelan a lo que los lectores de la tertulia pudiéramos pensar sobre la lectura y la escritura, es decir sobre la literatura. En el caso de los lectores que calificaba de excepcionales, parece que su convicción de que leer sólo tiene posibilidades en el ámbito del propio ver, "leer es ver dentro de uno mismo", coloca su actividad lectora en el campo demostrativo, más propio de las ciencias o las matemáticas. De esta manera el relato se convierte en un objeto de análisis, vale decir, en un objeto de laboratorio. No habría necesidad de lector, ni de diálogo entre lectores. "Uno mismo" transforma en público a esos lectores de la tertulia, y se conforma con que aprueben o rechacen los resultados de sus investigaciones lectoras. Pues, como es fácil deducir, en "leer es ver dentro de uno mismo" sólo interviene uno mismo. A lo sumo quienes no son uno mismo, el público, pueden intervenir en el apartado final de ruegos y preguntas.
En el caso de los lectores corrientes que, conscientes de su imperfección, se dan cuenta de que leer sólo puede llevarse a cabo si tratan de ver dentro del otro, "leer es ver en el otro", colocan su actividad lectora en el campo de la experiencia - siguen en esto a lo que les pasa en el mundo - que como él es más bien interrogativa que concluyente. Una experiencia del mundo, no en mi isla ni en mi laboratorio, pero si en el territorio del lenguaje. Un mundo al que uno mismo pertenece y del que depende. En fin, un mundo que se mueve y donde uno se conmueve gracias a las experiencias lectoras junto a los otros.
En el caso de los lectores corrientes que, conscientes de su imperfección, se dan cuenta de que leer sólo puede llevarse a cabo si tratan de ver dentro del otro, "leer es ver en el otro", colocan su actividad lectora en el campo de la experiencia - siguen en esto a lo que les pasa en el mundo - que como él es más bien interrogativa que concluyente. Una experiencia del mundo, no en mi isla ni en mi laboratorio, pero si en el territorio del lenguaje. Un mundo al que uno mismo pertenece y del que depende. En fin, un mundo que se mueve y donde uno se conmueve gracias a las experiencias lectoras junto a los otros.
viernes, 8 de julio de 2016
TENER LA RAZÓN O HACERSE ENTENDER
Hay lectores que en las tertulias literarias quieren tener la razón. Y hay lectores que tratan de hacerse entender. Yo pienso que la expresión "leer es ver en el otro" es más propio de la forma de leer de los segundos. Hacerse entender no es sinónimo de error, sino de imperfección, por eso la necesidad de ver en el otro. Tener la razón no es sinónimo de acierto, sino de creer que solo se puede ver lo que hace o dice uno mismo, por eso el nulo interés por ver en el otro. La imperfección es lo propio de los lectores corrientes, por eso no pierden de vista al otro. La fe en el propio ver es el juego interminable de los lectores excepcionales, que juegan consigo mismos ciegos o indiferentes ante la existencia del otro.
Sea como fuere, y llegados hasta aquí, no está demás imaginar las preguntas que, desde las páginas del cuento, nos haría el otro (el narrador, el único ser de la tertulia que no puede engañar), tanto a los lectores corrientes como a los lectores excepcionales. Podrían ser: ¿cómo sois y por qué sois así? ¿Qué hacéis ahí, sentados alrededor de la mesa?
Sea como fuere, y llegados hasta aquí, no está demás imaginar las preguntas que, desde las páginas del cuento, nos haría el otro (el narrador, el único ser de la tertulia que no puede engañar), tanto a los lectores corrientes como a los lectores excepcionales. Podrían ser: ¿cómo sois y por qué sois así? ¿Qué hacéis ahí, sentados alrededor de la mesa?
jueves, 7 de julio de 2016
SOMOS MUNDOS, NO SOMOS ISLAS
Lo que quiero decir es, que sólo se puede entender la frase del título de esta entrada en la ficción. En la lectura y la escritura. En la accion creativa. En ese otro mundo paralelo. Que la vida ya tiene bastante con sobrevivir, pues es lo único que sabe hacer, a trancas y barrancas, con sus velos y autoengaños. Y que leer, por tanto, no es ver a otro, tampoco es ver a través de otro, ni usar ni manipular ni disparar contra el otro, talmente como hacemos en la vida. Sino eso: leer es ver en otro. O "romper una lanza por el otro". O pensar que el otro, al fin y al cabo, puede que tenga razón. Ya digo, somos mundos, no somos islas. Cielo santo, si fuéramos capaces de entender esto, se imaginan la violencia que nos ahorraríamos, y la lucidez que, de repente, nos embargaría, aunque nada más fuera durante los breves instantes de la lectura. Sin importarnos que afuera, tal ver por ello, aún más negra será la noche. Al fin acompasados. Ni descompensados, ni desconfiados, ni acojonados, ni malcarados, ni enrabietados, ni anestesiados. Solo acompasados, sí, con la música de las palabras sensibles de los narradores y sus protagonistas, y de los otros lectores. Ahí, en el lugar donde habita misterioso el Otro. Justo ahí, es donde yo les viera.
Pienso que ya no hay camino transitable con sentido en nuestro mundo, que no sea conocer y reconocernos en las palabras del Otro, que son también nuestro consuelo y única salvación posible. Dialogar, de eso se trata. Pero, ¿qué hay de los míos, y de lo mío? ¡Ególatra enajenado! No dudes que te lo agradecerán. Hasta que no te pongas a ello, hasta que no "leas viendo en el otro", no te puedes imaginar todavía como te lo agradecerán.
Pienso que ya no hay camino transitable con sentido en nuestro mundo, que no sea conocer y reconocernos en las palabras del Otro, que son también nuestro consuelo y única salvación posible. Dialogar, de eso se trata. Pero, ¿qué hay de los míos, y de lo mío? ¡Ególatra enajenado! No dudes que te lo agradecerán. Hasta que no te pongas a ello, hasta que no "leas viendo en el otro", no te puedes imaginar todavía como te lo agradecerán.
miércoles, 6 de julio de 2016
EXPONERSE A LA FICCIÓN DE LA "CIUDAD ABIERTA"
Desde que la vida es vida la ficción es ficción y siempre han mantenido una misteriosa y estrecha relación de contigüidad. Nadie ha explicado todavía de forma satisfactoria, por ejemplo, porque en una sociedad de cazadores, ajena a cualquier refinamiento poético, únicamente ocupados en sobrevivir literalmente cada día en unas condiciones de extrema adversidad, hubo alguien que tomara la decisión de pintar en el fondo de las cuevas donde se cobijaban escenas referidas a su actividad, con la perfección en el trazo y la fuerza que transmiten en su composición. Nadie lo explica satisfactoriamente, pero ahí están. Lo que ocurrió en su vida ordinaria pasó después a la roca. ¿Por qué? La vida de nuestros antepasados acabó, pero las representaciones de su ficción perduran todavía.
Ahora que Dios ha muerto o no sabemos donde está, ahora que cualquier proyecto hacia el progreso y la sociedad perfecta se ha esfumado, es el momento idóneo, creo yo, para replantearnos como percibimos la relación entre esos dos ámbitos donde subsistimos: la vida y la ficción literaria.
No siempre ha sido así. Digamos que en las épocas premodernas o predemocráticas la relación entre la vida y la ficción se sentía y se representaba de otra manera. Pero el caso es que ahora si lo es. El ciudadano medio, moderno y democrático, no sabe moverse con soltura, una vez que se ha convertido en lector, dentro del campo de acción propio de la ficción literaria. Entra y sale de la ficción a su antojo, cometiendo estropicios semejantes a los de un elefante entrando y saliendo en una cacharrería, ya que desconoce, y en la mayoría de los casos no tiene la necesidad de aprender, los protocolos para moverse con pericia por lugares tan arriesgados. Confunde su Yo histórico con su Yo poético. Deduzco que nuestro amigo Julius estará de acuerdo con lo que piensa Paul Valery: "Es lo que llevo desconocido en mí mismo lo que me hacer ser yo". No sabe "suspender su vida", para dedicarse en cuerpo y alma a la lectura. No sabe leer y seguir viviendo al mismo tiempo. Y, de momento, no tengo conocimiento de que se pueda hacer lo contrario, es decir, leer y estar muerto simultáneamente. Aunque, bien pensado, hay muchas maneras de estar muerto y aparentar estar vivo. Como se pude tener un libro entre las manos y aparentar que se está leyendo. En fin.
La forma mas corriente y mas rentable en la actualidad de exponerse a la ficción narrativa consiste en hacer desear al lector y, en consecuencia, hacerle creer que su presencia permanece invisible o indiferente a la representación literaria. Es decir, que ésta se comporta de forma absoluta, de forma que no tiene nada que ver con el lector que tiene delante. Son esas novelas que hacen desear y creer al lector que su contenido los hace gozosamente irresponsables, que el narrador de la novela no sabe que está ahí, donde la propia ficción lo ha puesto mediante el efecto de inmersión e ilusión de ocupar sus entrañas.
Por eso cuando digo que lo importante no es lo que leemos, sino lo que hacemos con lo que leemos, no se acaba de entender. Lo mismo que cuando pregunto quien es el narrador y cual ha sido el trato que el lector ha tenido con él en su experiencia lectora, éste suele responder que a él que lo registren. Sin darse cuenta de que los narradores que nos visitan, nada mas leer la primera línea de sus historias ya nos están reclamando la cédula de habitabilidad para transitar por las mismas.
Como fieles hijos hijos de nuestro tiempo, laico y democrático, mantenemos un riguroso escepticismo respecto a lo que pensamos que pueda ser la vida después de la muerte, pero no mantenemos igual actitud escéptica sobre las posibilidades de que haya una vida antes de la muerte. No mostramos ninguna inquietud sobresaliente al quedar atrapados en el trajín de la literalidad de la vida diaria, pero dejamos ver todo nuestro temor y reparo para entrar con decisión en los relatos de ficción que reclaman nuestra participación. Enajenados con las trampas de la vida, somos muy refractarios a traspasar como Alicia el espejo, que nos meta de lleno en la ficción. ¿Y si no volvemos? ¿Y si no podemos salir de los tejemanejes de la ficción, como Truman en su show? Cierto. Pero si no entramos nunca, ¿qué vida vivimos? ¿Y si descubrimos, entonces, que su contenido es solamente uno de los hilos - no necesariamente el mas grueso - con el que trenzamos el mimbre de nuestra existencia. ¿Y si el mito del progreso y de la sociedad perfecta son inventos de nuestro YO encumbrado y sabelotodo y, por tanto, como aquellos periclitado, por ser sospechoso de no saber ya encargarse de lo que debe contener nuestra propia vida, nuestra propia personalidad? Tal vez estemos todavía bajo los efectos del duelo y nos negamos a aceptar la pérdida de aquel sueño de progreso intermitente hacia la felicidad. Tal vez no aceptamos que por primera vez en la historia de la humanidad estamos irremediablemente solos: sin Dios, sin Historia, sin Progreso, sin Sociedad Perfecta, sin Yo Encumbrado y Sabelotodo, en fin, sin todas esas palabras gordas que hasta ahora tanto nos han protegido como consolado. Sea como fuere, el caso es que seguimos considerando la vida, con nuestro YO dentro como un príncipe entronado a perpetuidad, como el principio y fin de todas las cosas que ocurren y que nos ocurren, usando la ficción solo como un juguete intercambiable de entretenimiento.
Desde la atalaya de nuestra propia vida, acompañada y protegida detrás de nuestras ideologías, creencias, filias, fobias, complicidades, etc. no tenemos ningún derecho a dar lecciones a nadie que no crea en lo que creemos y que no deteste lo que detestemos. Pero, entonces, ¿dónde y cómo compartimos nuestras experiencias con los otros seres que se encuentran fuera de ese cinturón de confortabilidad? Si no sentimos compasión por nuestros yoes fragmentados y erráticos (otra de las lecciones que nos ha dado Julius con su relato), si no tenemos respeto por las palabras que esos yoes perdidos - que ya serán nuestros para siempre - leen y escriben, nunca respetaremos, ni alcanzaremos a entender, las palabras que lean y escriban los otros lectores, igualmente fragmentados y extraviados. Es ahí donde la vida y la ficción nos ha colocado, y donde todo nos lo jugamos. Es, también, la fuente de nuestra única esperanza.
Mario Vargas Llosa dice que la ficción es lo que le falta a la vida para que podamos restañar la herida y consolarnos del dolor que arrastramos ante los fracasos continuados en la búsqueda imposible de nuestra perfección. Me parece una luminosa intuición, que puede ayudar a los lectores a salir del atolladero en el que que los meten las preguntas, que les caen siempre de sopetón en las tertulias, sobre la lectura que han hecho. Es una luminosa intuición para empezar a sabernos mover en sus respectivos ámbitos sin confundirlos. Pues si la ficción es lo que le falta a la vida, no quiere decir que tal carencia tenga que ver con la consecución de la perfección de la vida misma. Ni que tengan entre ambas una relación de contigüidad, como la uña y la carne. Ni una relación de dependencia como el corazón y la sangre que bombea. Tiene que ver con la potencia de lo sugerente, que es la potencia de sugerir que hay más de lo que se ve. La vida puede existir sin la ficción, pero una vida sin ficción es menos vida. O como dice también Vargas Llosa, una vida no se puede decir que sea propiamente una vida humana sin nutrirse de la verdad de las mentiras que toda ficción aporta.
Acabo con estas otras palabras de Paul Valéry. Con ellas quiero mostrar mi agradecimiento al narrador Julius, y a todos los lectores y lectoras que han compartido conmigo la lectura de sus industrias y andanzas paseando por la ciudad abierta. "Cuánto más consciente es una persona, tantos más extraños - extranjeros - le parecen su personaje, sus opiniones, sus actos, sus características, sus sentimientos propios, hasta el extremo de que tiende a disponer de lo que le es más propio como si fueran cosas exteriores".
Ahora que Dios ha muerto o no sabemos donde está, ahora que cualquier proyecto hacia el progreso y la sociedad perfecta se ha esfumado, es el momento idóneo, creo yo, para replantearnos como percibimos la relación entre esos dos ámbitos donde subsistimos: la vida y la ficción literaria.
No siempre ha sido así. Digamos que en las épocas premodernas o predemocráticas la relación entre la vida y la ficción se sentía y se representaba de otra manera. Pero el caso es que ahora si lo es. El ciudadano medio, moderno y democrático, no sabe moverse con soltura, una vez que se ha convertido en lector, dentro del campo de acción propio de la ficción literaria. Entra y sale de la ficción a su antojo, cometiendo estropicios semejantes a los de un elefante entrando y saliendo en una cacharrería, ya que desconoce, y en la mayoría de los casos no tiene la necesidad de aprender, los protocolos para moverse con pericia por lugares tan arriesgados. Confunde su Yo histórico con su Yo poético. Deduzco que nuestro amigo Julius estará de acuerdo con lo que piensa Paul Valery: "Es lo que llevo desconocido en mí mismo lo que me hacer ser yo". No sabe "suspender su vida", para dedicarse en cuerpo y alma a la lectura. No sabe leer y seguir viviendo al mismo tiempo. Y, de momento, no tengo conocimiento de que se pueda hacer lo contrario, es decir, leer y estar muerto simultáneamente. Aunque, bien pensado, hay muchas maneras de estar muerto y aparentar estar vivo. Como se pude tener un libro entre las manos y aparentar que se está leyendo. En fin.
La forma mas corriente y mas rentable en la actualidad de exponerse a la ficción narrativa consiste en hacer desear al lector y, en consecuencia, hacerle creer que su presencia permanece invisible o indiferente a la representación literaria. Es decir, que ésta se comporta de forma absoluta, de forma que no tiene nada que ver con el lector que tiene delante. Son esas novelas que hacen desear y creer al lector que su contenido los hace gozosamente irresponsables, que el narrador de la novela no sabe que está ahí, donde la propia ficción lo ha puesto mediante el efecto de inmersión e ilusión de ocupar sus entrañas.
Por eso cuando digo que lo importante no es lo que leemos, sino lo que hacemos con lo que leemos, no se acaba de entender. Lo mismo que cuando pregunto quien es el narrador y cual ha sido el trato que el lector ha tenido con él en su experiencia lectora, éste suele responder que a él que lo registren. Sin darse cuenta de que los narradores que nos visitan, nada mas leer la primera línea de sus historias ya nos están reclamando la cédula de habitabilidad para transitar por las mismas.
Como fieles hijos hijos de nuestro tiempo, laico y democrático, mantenemos un riguroso escepticismo respecto a lo que pensamos que pueda ser la vida después de la muerte, pero no mantenemos igual actitud escéptica sobre las posibilidades de que haya una vida antes de la muerte. No mostramos ninguna inquietud sobresaliente al quedar atrapados en el trajín de la literalidad de la vida diaria, pero dejamos ver todo nuestro temor y reparo para entrar con decisión en los relatos de ficción que reclaman nuestra participación. Enajenados con las trampas de la vida, somos muy refractarios a traspasar como Alicia el espejo, que nos meta de lleno en la ficción. ¿Y si no volvemos? ¿Y si no podemos salir de los tejemanejes de la ficción, como Truman en su show? Cierto. Pero si no entramos nunca, ¿qué vida vivimos? ¿Y si descubrimos, entonces, que su contenido es solamente uno de los hilos - no necesariamente el mas grueso - con el que trenzamos el mimbre de nuestra existencia. ¿Y si el mito del progreso y de la sociedad perfecta son inventos de nuestro YO encumbrado y sabelotodo y, por tanto, como aquellos periclitado, por ser sospechoso de no saber ya encargarse de lo que debe contener nuestra propia vida, nuestra propia personalidad? Tal vez estemos todavía bajo los efectos del duelo y nos negamos a aceptar la pérdida de aquel sueño de progreso intermitente hacia la felicidad. Tal vez no aceptamos que por primera vez en la historia de la humanidad estamos irremediablemente solos: sin Dios, sin Historia, sin Progreso, sin Sociedad Perfecta, sin Yo Encumbrado y Sabelotodo, en fin, sin todas esas palabras gordas que hasta ahora tanto nos han protegido como consolado. Sea como fuere, el caso es que seguimos considerando la vida, con nuestro YO dentro como un príncipe entronado a perpetuidad, como el principio y fin de todas las cosas que ocurren y que nos ocurren, usando la ficción solo como un juguete intercambiable de entretenimiento.
Desde la atalaya de nuestra propia vida, acompañada y protegida detrás de nuestras ideologías, creencias, filias, fobias, complicidades, etc. no tenemos ningún derecho a dar lecciones a nadie que no crea en lo que creemos y que no deteste lo que detestemos. Pero, entonces, ¿dónde y cómo compartimos nuestras experiencias con los otros seres que se encuentran fuera de ese cinturón de confortabilidad? Si no sentimos compasión por nuestros yoes fragmentados y erráticos (otra de las lecciones que nos ha dado Julius con su relato), si no tenemos respeto por las palabras que esos yoes perdidos - que ya serán nuestros para siempre - leen y escriben, nunca respetaremos, ni alcanzaremos a entender, las palabras que lean y escriban los otros lectores, igualmente fragmentados y extraviados. Es ahí donde la vida y la ficción nos ha colocado, y donde todo nos lo jugamos. Es, también, la fuente de nuestra única esperanza.
Mario Vargas Llosa dice que la ficción es lo que le falta a la vida para que podamos restañar la herida y consolarnos del dolor que arrastramos ante los fracasos continuados en la búsqueda imposible de nuestra perfección. Me parece una luminosa intuición, que puede ayudar a los lectores a salir del atolladero en el que que los meten las preguntas, que les caen siempre de sopetón en las tertulias, sobre la lectura que han hecho. Es una luminosa intuición para empezar a sabernos mover en sus respectivos ámbitos sin confundirlos. Pues si la ficción es lo que le falta a la vida, no quiere decir que tal carencia tenga que ver con la consecución de la perfección de la vida misma. Ni que tengan entre ambas una relación de contigüidad, como la uña y la carne. Ni una relación de dependencia como el corazón y la sangre que bombea. Tiene que ver con la potencia de lo sugerente, que es la potencia de sugerir que hay más de lo que se ve. La vida puede existir sin la ficción, pero una vida sin ficción es menos vida. O como dice también Vargas Llosa, una vida no se puede decir que sea propiamente una vida humana sin nutrirse de la verdad de las mentiras que toda ficción aporta.
Acabo con estas otras palabras de Paul Valéry. Con ellas quiero mostrar mi agradecimiento al narrador Julius, y a todos los lectores y lectoras que han compartido conmigo la lectura de sus industrias y andanzas paseando por la ciudad abierta. "Cuánto más consciente es una persona, tantos más extraños - extranjeros - le parecen su personaje, sus opiniones, sus actos, sus características, sus sentimientos propios, hasta el extremo de que tiende a disponer de lo que le es más propio como si fueran cosas exteriores".
martes, 5 de julio de 2016
LA PERPLEJIDAD FRENTE A LA EXISTENCIA
Cuando digo que no debemos perder la capacidad de sentir perplejidad, me refiero también a ese sentimiento que nos produce la contemplación del misterio de la existencia. No es perplejidad lo que nos producen la mayoría de las novelas o películas, que no visitan nuestras tertulias. El suspense, que es de lo que están hechas, nutre el cuerpo del argumento, y es eso lo que de verdad interesa a una gran mayoría de lectores. Pero lo que le piden a todo argumento es que empiece, que se desarrolle con subidones incluidos, y que tenga un desenlace, si puede ser feliz o morboso mejor. Eso ya va en gustos. Como lectores y espectadores siguen ahí mismo, como cuando entonces, hace ya mas de veinte o treinta años. Pero lo peor es que se creen que el suspense de la ficción pertenece también a la vida, aunque a ésta a veces le falte. Por eso muchos lectores leen, van al cine o miran la TV. Y así cuando vuelven le piden a la vida lo que la vida no les dará nunca, suspense. La vida nos ofrece su misterio. No ha habido ninguna revolución, a parte de la tecnológica, que invite a pensar que hayan cambiado su mirada. Ni en estos menesteres puede haberla. La revolución tecnológica cambia la velocidad y los asientos, por ejemplo, para ir a Itaca, Córdoba, Madrid o Tombuctú, pero no el sentimiento y el sentido del viaje. Eso entra dentro del campo del misterio y de nuestra perplejidad asociada, que se encuentra encastrada en el alma del viajero. Uno puede dar la vuelta al mundo siete veces y no enterarse de nada. Pero puede ir a comprar tabaco a la vuelta de la esquina y traerse el mundo entre las manos. Ya ves.
Cuando digo que si prestáramos más atención al tránsito de nuestras vidas nos encontraríamos con los signos y símbolos que nos abren las puertas a cosas que desconocíamos, me refiero a que con ese gesto nos desprenderíamos de ese punto ciego en el que, por profesión y gobierno, acaban encogiéndose de forma inmisericorde nuestras vidas, haciéndonos ver sólo la literalidad chata de las cosas que vemos.
El paseante Julius, que reconoce hacia el final de la novela que, “Desde hacía tiempo, recuerdo haberle explicado a mi amigo aquel día, pensaba que la mayor parte del trabajo de los psiquiatras en particular, y de los profesionales de la salud mental en general, era un punto ciego tan amplio que se había apoderado de todo el ojo. Lo que sabíamos era mucho menos que lo que permanecía a oscuras, y en esa enorme limitación estribaban el atractivo y las frustraciones de la profesión”, no tiene empacho en reconocer igualmente que, “La búsqueda de significado había conducido a nuestros ancestros medievales a la certeza de que Dios, artífice de toda la creación, había distribuido en esas cosas claves o signaturas para el uso benigno de lo creado, y que para descodificarlas bastaba con una poco de vigilancia. La semejanza no era sino lo más básico de esta clase de conocimiento, pero una extensión posterior de la idea fue la búsqueda de signos, tal como la asumió en el siglo XVI el humanista alemán Paracelso.
Paracelso creía que la luz de la naturaleza obraba por la intuición, pero también que la experiencia la agudizaba. Leída adecuadamente, nos informaba de la realidad interior de una cosa por medio de su forma, de modo que en la apariencia de un hombre había cierto reflejo válido de la persona que era en verdad. En efecto, según Paracelso la realidad interior es tan profunda que no puede sino expresarse en la forma externa. Por otro lado, como ocurre en los artistas, los signos externos de una obra de arte estarán vacíos a menos que aborde la cuestión de una vida interior”
¿Cuantas veces, en nuestro deambular por la ciudad, hemos visto a niños jugando o jóvenes besándose o ancianos tomando el sol (por sacar provecho al tópico)? Y puestos a contar lo que hemos visto lo primero que decimos es que hemos visto niños jugando o jóvenes besándose o ancianos tomando el sol. Lo mismo que decimos cuando nos preguntan que nos ha parecido esta novela o aquella película. Sin más preámbulos ni teniendo ningún reparo tiramos del argumento. Acabando el día convencidos, al menos eso es lo que intentamos que los otros se crean, de que no hay nada mas que contar sobre eso que de forma fugaz o rutinariamente hemos visto, ni a nadie a quien merezca la pena contárselo de otra manera. Como si jugar, besarse o tomar el sol, en cada una de esas edades, fuera lo que hay que hacer. Y sólo eso fuera lo que ha de ser. Así la vida, mostrada con su máxima transparencia, es como realmente más nos tranquiliza verla. Y a muchos lectores, leerla.
Cuando digo que si prestáramos más atención al tránsito de nuestras vidas nos encontraríamos con los signos y símbolos que nos abren las puertas a cosas que desconocíamos, me refiero a que con ese gesto nos desprenderíamos de ese punto ciego en el que, por profesión y gobierno, acaban encogiéndose de forma inmisericorde nuestras vidas, haciéndonos ver sólo la literalidad chata de las cosas que vemos.
El paseante Julius, que reconoce hacia el final de la novela que, “Desde hacía tiempo, recuerdo haberle explicado a mi amigo aquel día, pensaba que la mayor parte del trabajo de los psiquiatras en particular, y de los profesionales de la salud mental en general, era un punto ciego tan amplio que se había apoderado de todo el ojo. Lo que sabíamos era mucho menos que lo que permanecía a oscuras, y en esa enorme limitación estribaban el atractivo y las frustraciones de la profesión”, no tiene empacho en reconocer igualmente que, “La búsqueda de significado había conducido a nuestros ancestros medievales a la certeza de que Dios, artífice de toda la creación, había distribuido en esas cosas claves o signaturas para el uso benigno de lo creado, y que para descodificarlas bastaba con una poco de vigilancia. La semejanza no era sino lo más básico de esta clase de conocimiento, pero una extensión posterior de la idea fue la búsqueda de signos, tal como la asumió en el siglo XVI el humanista alemán Paracelso.
Paracelso creía que la luz de la naturaleza obraba por la intuición, pero también que la experiencia la agudizaba. Leída adecuadamente, nos informaba de la realidad interior de una cosa por medio de su forma, de modo que en la apariencia de un hombre había cierto reflejo válido de la persona que era en verdad. En efecto, según Paracelso la realidad interior es tan profunda que no puede sino expresarse en la forma externa. Por otro lado, como ocurre en los artistas, los signos externos de una obra de arte estarán vacíos a menos que aborde la cuestión de una vida interior”
¿Cuantas veces, en nuestro deambular por la ciudad, hemos visto a niños jugando o jóvenes besándose o ancianos tomando el sol (por sacar provecho al tópico)? Y puestos a contar lo que hemos visto lo primero que decimos es que hemos visto niños jugando o jóvenes besándose o ancianos tomando el sol. Lo mismo que decimos cuando nos preguntan que nos ha parecido esta novela o aquella película. Sin más preámbulos ni teniendo ningún reparo tiramos del argumento. Acabando el día convencidos, al menos eso es lo que intentamos que los otros se crean, de que no hay nada mas que contar sobre eso que de forma fugaz o rutinariamente hemos visto, ni a nadie a quien merezca la pena contárselo de otra manera. Como si jugar, besarse o tomar el sol, en cada una de esas edades, fuera lo que hay que hacer. Y sólo eso fuera lo que ha de ser. Así la vida, mostrada con su máxima transparencia, es como realmente más nos tranquiliza verla. Y a muchos lectores, leerla.
viernes, 1 de julio de 2016
NO PERDER LA PERPLEJIDAD ANTE LA LECTURA DE LA "CIUDAD ABIERTA"
A los que no son capaces de sentir perplejidad al leer o escribir sobre lo leído. Ese sentimiento que, en contra de los que nos dictan nuestros conocimientos acumulados, nos impulsa hacia lo que es mas grande que nosotros, hacia lo que no entendemos ni posiblemente podremos entender nunca en su plenitud. No para poseerlo, ni para ser poseído por ello, sino para ponernos voluntariamente bajo la influencia de su lenguaje. Sentir perplejidad, en fin, es esa manera de tratar con los relatos - prestemos atención a esta inquietante e interesante imagen - como si estuviera "dios" delante. Vaya este escrito dirigido, entonces, a los que son incapaces de sentir perplejidad porque se creen dioses ellos mismos, o porque han convertido a los narradores de aquellos relatos en sus colegas.
Siempre me ha parecido sospechosa la expresión: "Yo no escribo sobre lo que leo porque no se qué decir". Tan sospechosa me parece que con el tiempo he llegado a la conclusión de que, como tantas veces en el uso de las palabras, sirve para ocultar algo. Y, sobre todo, para que nunca nadie entienda a quien la dice. Sirve para ocultar la verdad del asunto: "Yo no escribo sobre lo que leo porque yo se de que va esto, y de lo que no es esto ni me preocupa ni me interesa saber eso o aquello". Y es cierto, saber mucho o demasiado acerca de algo, como decía la sabiduría antigua, equivale a callar. Pero, ¿qué significa saber mucho o demasiado de algo? Veamos. Si a una persona le diagnostican un cáncer, existen pocas posibilidades de que quiera hablar de ello. Es muy sencillo: no hay nada que no sepa. Su no saber, si se lo juega, será con el médico y siempre desde el punto de vista funcional y convencional: qué me va a pasar, me curaré, cuando, no me curaré y cuánto me queda. Pues con los que de momento estamos sanos pasa algo semejante a que si hoy nos hubieran diagnosticado un cáncer. A partir de cierta edad no hay nada fundamental que no sepamos y las preguntas son equivalentes, en su aspecto funcional y convencional, a las que se pueda hacer quien lo han diagnosticado como enfermo terminal. No hace falta insistir mucho sobre la certeza de que "desahuciados" lo estamos todos. Y nuestro no saber, si nos lo queremos jugar con alguien, será siempre con algún experto o ejecutor, de esos que esperan ver la realidad, por compleja que sea, sometida al diagnóstico de su doctrina, cuya función no es desarrollar el pensamiento, sino llevar a cabo la aplicación de una concienzuda catequización. Dicho en roman paladino: si tengo un problema busco la solución más eficaz y barata, que a mi edad ya no estoy para perder el tiempo. Y para todo lo demás: el circo del olé olé. Con su amplia gama de variedades, tendencias y coloridos.
Que en una vida concebida y vivida bajo el palio de esta fe irrumpa durante un mes, y sin previo aviso, un tipo como Julius, vagabundeando sin motivo, digamos, útil o ejecutor por las calles de Nueva York, comprendo que invite a su propietario a no decir nada. O, en su defecto, a hablar con un cierto estilo de cinismo o sorna. O a dejarse llevar por la carcajada más estrepitosa. Ahora bien, nada de eso invalida, ni hace palidecer el hecho de que la manera que tiene Julius de contar sus paseos por la Ciudad abierta pertenezca enteramente a la literatura, que empieza justamente donde acaban todas esas gestualidades, que a su vez pertenecen, también enteramente, al ámbito de la vida. La literatura no opera ni como un dato ni como una acción ejecutiva más, sino como Una Visión proveniente de lugares desconocidos e inabarcables por lo que de funcional y convencional tiene la vida.
Somos seres de un día, al decir de los griegos, como lo son muchos insectos. Cielo santo, ¿qué dirán ante esta aseveración el señor Darwin y el Dios del Vaticano? Todos los dias empiezan y todos los dias acaban. Cada dia tenemos que hacer un esfuerzo sobrehumano para no sucumbir a las adversidades externas y a nuestros propios pensamientos aciagos. En fin, cada día tenemos que empezar de nuevo, porque cada día morimos un poco, o del todo. Si prestáramos atención al tránsito de nuestras vidas, a como nos interpelan los sujetos y objetos sensibles con que nos topamos, comprobaríamos toda la verdad que hay en ello, nos encontraríamos con los símbolos que nos abren las puertas a cosas que desconocíamos. Eso sí seria un día logrado. No feliz, logrado. Eso es justamente lo que hace Julius en sus paseos. Pero nosotros no lo hacemos, obsesionados como estamos por labrarnos una única imagen dichosa, ante nosotros mismos y ante los otros. Una única imagen que ilustre una sola frase, feliz y autocomplaciente por supuesto: yo sé de que va esto. Frase de la que la mayoría no esta dispuesta a desprenderse, así en la vida como en la lectura, tal vez porque sea lo único sólido que les queda en un mundo fiel al malentendido y a la falta de respeto mutuo. Un mundo, como decía Karl Marx, donde todo lo sólido se desvanece en el aire, todo esta preñado de su contrario y donde todo lo sagrado se convierte en profano.
A parte de para afearlo o para mejorarlo, nunca para dejarlo como está, estamos aquí en este mundo para saber por qué estamos aquí. La vida y la literatura. Conviene no confundirlas, ni mezclarlas, al hacer uso de nuestras palabras. Con mas empeño, si cabe, cuando hagamos creer a los otros que estamos callados. O cuando creemos saber de que va el libro que tenemos entre las manos, porque sabemos todo lo que hay que saber.
Siempre me ha parecido sospechosa la expresión: "Yo no escribo sobre lo que leo porque no se qué decir". Tan sospechosa me parece que con el tiempo he llegado a la conclusión de que, como tantas veces en el uso de las palabras, sirve para ocultar algo. Y, sobre todo, para que nunca nadie entienda a quien la dice. Sirve para ocultar la verdad del asunto: "Yo no escribo sobre lo que leo porque yo se de que va esto, y de lo que no es esto ni me preocupa ni me interesa saber eso o aquello". Y es cierto, saber mucho o demasiado acerca de algo, como decía la sabiduría antigua, equivale a callar. Pero, ¿qué significa saber mucho o demasiado de algo? Veamos. Si a una persona le diagnostican un cáncer, existen pocas posibilidades de que quiera hablar de ello. Es muy sencillo: no hay nada que no sepa. Su no saber, si se lo juega, será con el médico y siempre desde el punto de vista funcional y convencional: qué me va a pasar, me curaré, cuando, no me curaré y cuánto me queda. Pues con los que de momento estamos sanos pasa algo semejante a que si hoy nos hubieran diagnosticado un cáncer. A partir de cierta edad no hay nada fundamental que no sepamos y las preguntas son equivalentes, en su aspecto funcional y convencional, a las que se pueda hacer quien lo han diagnosticado como enfermo terminal. No hace falta insistir mucho sobre la certeza de que "desahuciados" lo estamos todos. Y nuestro no saber, si nos lo queremos jugar con alguien, será siempre con algún experto o ejecutor, de esos que esperan ver la realidad, por compleja que sea, sometida al diagnóstico de su doctrina, cuya función no es desarrollar el pensamiento, sino llevar a cabo la aplicación de una concienzuda catequización. Dicho en roman paladino: si tengo un problema busco la solución más eficaz y barata, que a mi edad ya no estoy para perder el tiempo. Y para todo lo demás: el circo del olé olé. Con su amplia gama de variedades, tendencias y coloridos.
Que en una vida concebida y vivida bajo el palio de esta fe irrumpa durante un mes, y sin previo aviso, un tipo como Julius, vagabundeando sin motivo, digamos, útil o ejecutor por las calles de Nueva York, comprendo que invite a su propietario a no decir nada. O, en su defecto, a hablar con un cierto estilo de cinismo o sorna. O a dejarse llevar por la carcajada más estrepitosa. Ahora bien, nada de eso invalida, ni hace palidecer el hecho de que la manera que tiene Julius de contar sus paseos por la Ciudad abierta pertenezca enteramente a la literatura, que empieza justamente donde acaban todas esas gestualidades, que a su vez pertenecen, también enteramente, al ámbito de la vida. La literatura no opera ni como un dato ni como una acción ejecutiva más, sino como Una Visión proveniente de lugares desconocidos e inabarcables por lo que de funcional y convencional tiene la vida.
Somos seres de un día, al decir de los griegos, como lo son muchos insectos. Cielo santo, ¿qué dirán ante esta aseveración el señor Darwin y el Dios del Vaticano? Todos los dias empiezan y todos los dias acaban. Cada dia tenemos que hacer un esfuerzo sobrehumano para no sucumbir a las adversidades externas y a nuestros propios pensamientos aciagos. En fin, cada día tenemos que empezar de nuevo, porque cada día morimos un poco, o del todo. Si prestáramos atención al tránsito de nuestras vidas, a como nos interpelan los sujetos y objetos sensibles con que nos topamos, comprobaríamos toda la verdad que hay en ello, nos encontraríamos con los símbolos que nos abren las puertas a cosas que desconocíamos. Eso sí seria un día logrado. No feliz, logrado. Eso es justamente lo que hace Julius en sus paseos. Pero nosotros no lo hacemos, obsesionados como estamos por labrarnos una única imagen dichosa, ante nosotros mismos y ante los otros. Una única imagen que ilustre una sola frase, feliz y autocomplaciente por supuesto: yo sé de que va esto. Frase de la que la mayoría no esta dispuesta a desprenderse, así en la vida como en la lectura, tal vez porque sea lo único sólido que les queda en un mundo fiel al malentendido y a la falta de respeto mutuo. Un mundo, como decía Karl Marx, donde todo lo sólido se desvanece en el aire, todo esta preñado de su contrario y donde todo lo sagrado se convierte en profano.
A parte de para afearlo o para mejorarlo, nunca para dejarlo como está, estamos aquí en este mundo para saber por qué estamos aquí. La vida y la literatura. Conviene no confundirlas, ni mezclarlas, al hacer uso de nuestras palabras. Con mas empeño, si cabe, cuando hagamos creer a los otros que estamos callados. O cuando creemos saber de que va el libro que tenemos entre las manos, porque sabemos todo lo que hay que saber.
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