En estos tiempos sin futuro los profetas del mismo que siempre han sido, de repente, se han quedado sin trabajo. Ya no tienen crecepelo que vender ni pócimas milagrosas que repartir entre sus feligreses de cara al mañana. Pero hete aquí, que el gallinero en que se han convertido las redes sociales ha dado alas a los pispas del negocio del futuro, que es lo que siempre han sido los profetas aludidos, desde Jesus Cristo hasta Carlos Marx. Mejor dicho, desde los malos lectores del uno hasta los peores lectores del otro. El caso es que, y sea como fuere, estos pésimos lectores han visto el negocio en la modificación del pasado para dar relumbrón al futuro inexistente. En nombre, como no, de la sacrosanta Libertad de expresión y del la performatividad del uso del lenguaje. Dicho en roman paladino, esto es lo que quiero hacer pues lo hago y además en el mismo momento que lo nombre queda hecho. Chim Pum. En esas estamos. Así Christopher Nolan en su “Odisea” dice que le gusta que Helena de Troya sea negra pues sea. Pero el protagonismo de la mujer en la vida real y en la imaginada está en marcha al ritmo de la historia y de su crítica y deliberación democráticas, y ni lo acelera ni lo retarda este cambio de colorido que Nolan le ha dado a la heroína de su película. Eso sí sirve para engordar su caja de caudales y nada más. Valga decir, sin embargo, que su visión de la obra de Homero es un western, porque no puede ser otra cosa, a imagen y semejanza de John Ford que fue el Homero de la epopeya norteamericana. Y el cine americano ha colonizado la mente europea después de la Segunda Guerra Mundial. Todo esto ya lo sabemos los europeos, pero ahí seguimos subiéndonos a las caravanas publicitarias que nos ofrecen. Pero hasta que Clint Eastwood no haga de Nelson Mandela, no iré a ver más este tipo componendas postmodernas, o wokismo, que es la etiqueta general para nombrar a este movimiento futurista. Pues yo si creo en el futuro, que no es otra cosa que un ejercicio de la imaginación con sentido, otro asunto a debatir es que se cumpla, o no. Y que hacer entonces. En ningún caso falaces componendas como la descrita.
Toda esta introducción para decir que he vuelto a ver “Robin de los bosques” dirigida por Michael Curtiz y Willian Keighley, en 1938. ¿Por qué creyeron estos directores que los espectadores del siglo XX iban a prestar su atención a las peripecias de un noble en la época de la Tercera Cruzada, 1189-1192, vinculado al rey Ricardo I Corazon de León y a su hermano Juan sin Tierra? Porque el cine era todavía en 1938 un arte joven que se atrevía con cautela a visitar el pasado con la intención, no de cambiar sus mimbres históricas fundamentales, sino de experimentar su permanencia muchos siglos después. ¿Qué es lo que permanece muchos siglos después que hace que tantos espectadores, yo mismo una vez más, se mantengan quietos en la butaca como si aquellas peripecias hubieran ocurrido ayer mismo? Señor, la injusticia universal y el ansía de justicia también universal que todos llevamos escondido en los repliegues del alma. Y que camino mejor para tal fin que ponerse en manos de un héroe de ficción como Robin de Locksey que habita los bosques como si fuera su propia casa, por encima del bien y del mal y de las cabriolas digitales actuales. Un verdadero emboscado. Los emboscados que acompañan a Locksey se encuentran solos ante el absolutismo de Juan sin Tierra, y quizá es esa la soledad que nos llama cuando vemos la película de Curtiz y Keighley: es una soledad entre los otros seres vivos, pues se proyecta en un mundo de hombres y árboles sajones. Y una mujer normanda, Lady Marian. Que se reconocen de inmediato, dada la carencia del presente, en su permanente heroicidad como tales. Sin aderezos de los efectos especiales. La victoria frente a los tiranos es posible.
Cuando una y otra vez, ayer como hoy y mañana, los que se postulan en la vida real para resolver la injusticia acaban siendo unos corruptos convictos y confesos sean de un bando o del otro, sea joven o provecto, sea hombre o mujer. La película nos muestra que la victoria contra los tiranos es posible.
En el ecosistema mental del bosque de Robin de Locksey y su colegas los acontecimientos más importantes, tanto en lo malo como en lo bueno, pudieran ser aquellos que todavía no han sucedido. Y eso nos acerca a la actualidad del siglo XXI. Así son los héroes de ficción. De modo que, en consecuencia, serían los finales en el bosque, ya no los comienzos, los que decidirían sobre los sucesos de en medio. Serían los futuros en el bosque, y no los orígenes, los que contarían de verdad. Muy de los espectadores de hoy. Repito, todo contado con un colorido y montaje cinematográfico de escenas de hace más de ochenta años.
