Las industrias y andanzas de un patio de vecinos, representado muchas veces por el costumbrismo o naturalismo más acendrado en la imaginación de los espectadores - recuérdese la famosa serie de televisión “aquí no hay quien viva” - es la plantilla coral, por decirlo así, que François Truffaut elige para llevar a cabo la representación surrealista y extravagante de su película “Domicilio conyugal”. Son las flores de Antoine Doinel, su perpetua búsqueda de trabajo e inquietudes y, sobre todo, las situaciones que se reflejan, cotidianas por una parte, y surrealistas y delirantes por otra, las que hacen de este desenfreno una película no se si vanguardista a la manera de la nouvelle vage, pero si muy pertinente de comentar una vez vista, para entender justamente eso: la necesidad de su pertinencia. Así lo demuestran el claro homenaje a Jacques Tati en el andén del metro, o la afortunada entrevista de trabajo Doinel, o el conocido que siempre pide dinero, o el inquietante vecino que resulta ser famoso, o el vecino que tira el bolso y el abrigo de su mujer a la escalera antes de salir a pasear, o el veterano de la Primera Guerra Mundial que nunca sale al de su casa, o el resto del pintoresco vecindario que nunca se sabe a donde van y vienen pues la cámara los pilla siempre cuchicheando de lo humano y lo divino y de quien en ese momento cruza el patio de vecinos en una dirección u otra.
La distorsión representativa que Truffaut hace de lo que conocemos por normal - que ya sabemos que es la manera de representar un mundo que se entiende al completo en la relación de sus causas y efectos, el mundo del siglo XIX para entendernos - es aceptable debido al uso contenido que hace de la ironía, sin llegar al esperpento, estilo que pertenece como todos sabemos al modo español de hacer arte, con Berlanga a la cabeza en la representación cinematográfica y Valle Inclán en la literaria.
Valga recordar que el movimiento de la nouvelle vage de Godart, Truffaut y compañía, y el movimiento esperpéntico de las películas de Bardem y Berlanga son contemporáneas. Lo que ocurre es que le primero tuvo lugar durante la quinta república democrática francesa y el segundo en pleno apogeo y consolidación del franquismo en la escena internacional.
