martes, 3 de noviembre de 2026

DÁMASO ALONSO

 ¿CÓMO ERA?

La puerta, franca.
Vino queda y suave.
Ni materia ni espíritu. Traía
una ligera inclinación de nave
y una luz matinal de claro día.

No era de ritmo, no era de armonía
ni de color. El corazón la sabe,
pero decir cómo era no podría
porque no es forma, ni en la forma cabe.

Lengua, barro mortal, cincel inepto,
deja la flor intacta del concepto
en esta clara noche de mi boda,

y canta mansamente, humildemente,
la sensación, la sombra, el accidente,
mientras ella me llena el alma toda.

LA CONSULTA

 Con el quemé mi deseo de ser querida en los términos que yo siempre había imaginado, aunque debo reconocer que semejante pérdida me metió de coz y hoz en el mundo de los adultos. O eso creí yo cuando decidí ponerme a estudiar psicología, con la intención de hacerme terapeuta de parejas. Al cabo de los años conseguí lo que me había propuesto, pues pude abrir una consulta psicológica especializada, por decirlo así, en los problemas que afectan hoy a las relaciones en el ámbito matrimonial. Desde el principio tuve un problema que sigo sin resolver: hurgar en las neurosis de la clase media urbana, a través de una terapia de ese tipo, por alguien como yo que no soporta el mundo actual y que no deja de preguntarse cada día, ¿habrá algún adulto en la sala de espera de la consulta?, no sé si es el mejor negocio profesional. Puede servir para confirmar que tengo razón, pero no para alcanzar eso que mis pacientes dicen que es la felicidad. Y a mi edad es algo que debo replantearme.