Franz Kafka venía a decir que lo que le falta al mundo es también mundo y se expresa por su negatividad."Yo he asumido intensamente la negatividad de mi tiempo, que además me es muy cercano, y que no tengo derecho a combatir, pero que en cierta medida tengo el derecho de representar." Antes que indignarse o querer ponerlo todo patas arriba, Kafka ilumina con sus palabras la asunción intensa de la negatividad del mundo que le tocó vivir, que no fue otra que el principio del que hoy vivimos nosotros, eso sí, con grandes dosis de desesperación y revolucionarismo de salón. He de confesar que admiro ese talante del escritor checo, que da la dimensión cabal de lo que es el enorme talento que despliega en las obras que dejó escritas. Una literatura que, por ser descarnada en su forma expositiva, invita a traerla a nuestra vida cotidiana para hacer las oportunas comparaciones. Una de las negatividades más acusadas de nuestro tiempo, que al contrario se Kafka soy incapaz de asumir, es la sincera vulgaridad (que quede claro que la hay ilustre, como bien argumenta Javier Gomá en su libro, “Ingenuidad aprendida”) que han asumido, estos si, quienes se encargan en la actualidad de la educación en nuestro país, a saber, padres, profesores y, por ende, alumnos. Así de sinceros todos, al unísono, han declarado la guerra a la infelicidad y no a la ignorancia, como era de esperar dada su condición irrenunciable de ser los transmisores y receptores de la humanidad en el momento presente de la existencia humana. O dicho al estilo kafkiano, han declarado la guerra a la muerte y no a su propia inmortalidad, como era de esperar dada su condición insalvable de seres mortales. Para entendernos, siguiendo la decisión tomada por el escarabajo de Kafka, han preferido vivir como animales humanos, antes que hacerlo como verdaderos seres humanos. Siempre que llega el día en el que oficialmente comienza el curso escolar, me coloco de forma discreta en los aledaños de la entrada del instituto de mi barrio para observar cómo se acercan los diferentes escarabajos educativos. Carmen Arjona, una de las profesoras del instituto que más se queja de lo que le falta a la educación, un ideal, lo que le lleva a reconocer sin engaño la forma negativa en que se manifiesta esa carencia, incompetencia general de sus protagonistas. Me reconoció al acabar el curso anterior que lo dejaba, que se tomaba un año sabático pasado el cual ya vería hacia donde enfocaba su destino profesional. Arjona pertenece a la última generación de enseñantes que busca desesperadamente una plaza en propiedad pero, a diferencia de otros de su quinta, no a cualquier precio. Hija como es de la nueva pedagogía de la modernidad europea, construida sobre el principio de autenticidad, tampoco sabe como tasar el precio que tiene que pagar por tener plaza fija. Arjona es partidaria de la espontaneidad de los alumnos en el proceso de su aprendizaje, pero tiene claro que ese proceso, con sus procedimientos, derechos y deberes, los diseña ella. La espontaneidad no puede atentar contra la búsqueda de la virtud y la excelencia que debe acompañar siempre al aprendizaje de cualquier ser humano, pues eso es atentar alevosamente contra el ideal educativo. Esa es su función primordial, me dice, que sin tenerlo claro que es si intuyo cuando van contra él. Platon, de nuevo. Esa visión romántica del genio espontáneo de chistera, conejo y varita mágica, dice Arjona, que perdura incomprensiblemente entre el materialismo militante y monetario de muchos de sus colegas, es inaplicable en el estadio democrático educativo y cultural de las sociedades de masas actuales. Alentar a los alumnos a ser auténticos hasta para ir al baño, como propone esta línea pedagógica imperante, es alentar a que la arbitrariedad de esos sujetos (propia de su edad y condición) se apodere del campo de acción del aprendizaje, que es más que un campo acotado, pero que no es la selva. Es en este giro lingüistico donde se ceba la incompetencia a que antes me refería, insiste Arjona. Siendo así que la natural arbitrariedad de los unos y la incompetencia consentida de sus mayores, produzca esa religión laica moderna (apoyada de forma impagable, como un catecismo, por la tecnología digital a la que están adscritos) de la que sinceridad vulgar de todos, que pone por encima de todo, incluso de la virtud y la excelencia necesaria para que se dé el aprendizaje de su humanidad en el ser humano. Nadie se puede educar en la selva (tampoco en la selva digital), pues su ley, como todos los padres y profesores saben, es la del más fuerte, cuya verdadera autenticidad no puede ser nunca creativa (tal y como correspondería a quien está aprendiendo y enseñando, de forma recíproca e intercambiable), sino exclusivamente gastronómica. Es decir, como ya sabemos por los documentales de la 2 y los grupos de whatsapp, en la selva el más fuerte se come siempre al más débil. Una autenticidad creativa que no es genial y permanente, sino provisional y fruto del esfuerzo, la atención y el reconocimiento del otro. No hay tipos geniales, sino que algunas de sus obras pueden llegar a serlo, con el paso del tiempo y la mirada atenta de los otros. O dicho de otra manera, un ser humano siempre es inferior a sus creaciones. Como esperaba, de hecho fui a la puerta del instituto para corroborarlo, vi como Carmen Arjona caminaba cansinamente esa primera mañana de curso hacia su destino, que, de momento, una año más continuaría invariablemente con mirada de escarabajo, atado a la disciplina de un horario dentro de la jaula del aula, donde seguiría aguantando a unos alumnos, que no quieren aprender al menos, si la cosa no cambia, que ellos serán los futuros escarabajos kafkianos. Lo mismo que le iba a suceder a la falta de un ideal educativo en el instituto y a la incompetencia pactada y consentida de los padres y profesores.
viernes, 28 de septiembre de 2018
jueves, 27 de septiembre de 2018
LA FIEBRE DEL ORO 19
CODA FINAL
Ahora que llego al final de estas crónicas viajeras por el oeste americano, puedo decir que se basan en mi experiencia como un turista consorte. En verdad a mi lo que me interesa es la costa este. Debe ser por esa necesidad que tengo como lector de ponerle imágenes a las palabras. Por decirlo de forma esquemática, el este norteamericano es a la literatura (o a las palabras) como el oeste es al cine (o a las imágenes). El medio oeste, o las Grandes llanuras se avienen a los dos ámbitos. El dilema que me plantean la costa del Pacífico respecto a la costa del Atlántico es el mismo que siempre tengo, y que ya lo he mencionado en estas crónicas, entre realidad y ficción, verdad y verosimilitud. En la costa este es un dilema de matriz claramente europea, mientras que en la costa oeste el dilema es genuinamente norteamericano. Seguiré disfrutando de la trilogía fílmica que John Ford dedicó a la caballería del ejército de la Unión haciendo del lugar donde las rodó, Monument Valley, un espacio mítico para siempre. Y cuando el cine convierte los espacios geográficos donde se desarrolla la acción de sus narraciones en lugares míticos, es decir, cuando los eleva por encima de su condición material desparecen del mapa donde han estado siempre. Lo que quiere decir que Monument Valley, por mucho que los empresarios del turisteo se empeñen en convertirlo en el mejor reclamo entre los loros de las redes socios, verdaderamente solo existe en las películas de John Ford. Pues se produce la paradoja de que la fuerza del reclamo publicitario del lugar sigue estando en las películas del cineasta tuerto, las que, a medida que pasa el tiempo, son más desconocidas para los turistas loros más jóvenes. Las relaciones de poder individuales que representan las redes sociales necesitan la legitimación global de cada momento con su aliado de siempre, el saber. Dile a un turista loro que no sabe, a ver qué te contesta, dile que toda su ceremonia de poses y medidas ante las tierras rojizas de Monumnet Valley no es otra cosa que la constatación de su abismal ignorancia cubierta por una colosal arrogancia. Sin embargo, la literatura de la costa este permite relacionarme con sus espacios de otra manera. No es que la costa oeste no tenga literatos que la hayan narrado, lo que ocurre es que siempre hay detrás un guionista espabilado que se apropia de sus ideas para llevarla a las diferentes pantallas. L.A. Confidencial, la novela de James Ellroy sobre la ciudad Los Ángeles es más conocida por la película homónima y posterior de Curtis Hanson, que por los aciertos de sus propias palabras. Es difícil, por no decir imposible, que eso ocurra con los poemas de Emily Dickinson, o los relatos y reflexiones de Herman Melville, Edith Warton, Henry Thoreau, Waldo Emerson, Edgar Allan Poe, etc. Es por ello que visitar el lugar donde vivieron estos escritores adquiere un significado distinto pues sus textos fueron creados antes de la existencia del cine. Digamos que me falta esa visita para “acabar” de leer sus libros.Y aunque los guionistas y directores cinematográficos les han dedicado sus atenciones con diferentes películas, nunca pueden rivalizar con la fuerza original de la prosa literaria que aquellos imprimieron a sus obras. Solo Nueva York es una excepción, pues a pesar de ser el escenario protagonista de memorables novelas, por ejemplo, la edad de la inocencia de Edith Warton, o Manhattan Transfer, de John dos Passos, también lo ha sido de las películas de talentosos directores de cine, con Woody Allen a la cabeza. Esa duplicidad hace que la ciudad de los rascacielos sea motivo de seducción tanto para los turistas loros como para los viajeros coremáticos. Quiero acabar estas crónicas volviendo a este concepto que ya mencioné en uno de los escritos anteriores, y que me ha acompañado, a pesar de mi absoluta ignorancia al respecto, en todo este periplo del oeste norteamericano. Me refiero a los coremas, que Michel Onfray menciona al final de su libro, “Teoría del viaje”, con un subtítulo que yo lo adopté desde que acabé su lectura, antes de iniciar mi viaje, como el verdadero título, “Poética de la geografía”. Para explicar lo que significa una geografía coremática, Onfray adopta el punto de vista olímpico que le permiten los viajes en avión. Ese alejarse del tumulto y murmullo de la geografía de los loros, recuperando así la capacidad de asombro de los antiguos filósofos griegos es lo que más me ha interesado del libro, y lo que me ha permitido subsistir al lorismo empecinado en este viaje. Pues al margen de la aglomeración repetitiva de los turistas loros en todos y cada uno de los rincones o balaustradas, donde la organización de turno ha decido que nos tenemos que reagrupar, siempre encuentro un hueco desde donde poder intuir, aunque sea precariamente dado mi desconocimiento del alfabeto coremático, el desciframiento del mundo que tengo delante poniendo en marcha una incipiente lectura de la realidad geográfica que lo alberga.
miércoles, 26 de septiembre de 2018
LA FIEBRE DEL ORO 18
LOS ÁNGELES 2
El turista accidental que uno siempre es cuando abandona la faja que lo sujeta a en casa como en ningún sitio, aparece sin tapujos, y con todas su contradicciones a cuestas, en cuanto pone los pies en Los Angeles. Fuera de ese kilómetro 0 que es el centro original colonial y la catedral de Rafael Moneo, todo ordenado a la vieja usanza europea, la referencia de las autopistas para entrar en la ciudad, que mencionaba en el escrito de ayer, se traslada una vez dentro a la intrincada red de calles y avenidas que se extiende a lo largo y ancho de su enorme término municipal. Así como otras ciudades son conocidas por ser la meca de alguna de las industrias que han ido apareciendo desde la primera revolución industrial, automoción, electricidad, espacio, digital, Los Ángeles es conocida en todo el planeta por ser la ciudad que vio nacer la industria del cine: Hollywood. El cine es un invento europeo, los hermanos Lumiére mediante, pero su evolución hasta convertirse en un acontecimiento al alcance de cualquier espectador en cualquier rincón del mundo tiene su emblema indiscutible en ese cartel, Hollywood, cuya tipografía luce como el primer día en lo alto de la misma colina. Algo que no deja de sorprenderme si tengo en cuenta que alrededor de la industria del cine nace también la industria de la moda, de las tendencias cambiantes y, sobre todo, la industria de la prisa subida a esas plataformas de lanzamiento con una velocidad de crucero cada vez más elevada, creadas alrededor de la televisión y de los dispositivos digitales de nuestro presente pantallista. Ponerme delante de ese añejo cartelón, hechas sus letras con el aliño indumentario de un carpintero de provincias, sin que a nadie de los estudios que han ido creciendo a sus pies, abajo de la colina, se le haya ocurrido escribirlo con la caligrafía propia de ese aceleramiento digital en el que vivimos, no deja de intrigarme cada vez que me topo con su estampa, lo cual es perfectamente factible desde muchos de los rincones de la ciudad por donde paseo. Así que tenemos una industria del celuloide multimillonaria en sus logros, que ha hecho realidad los sueños de millones de hombres y mujeres durante todo el siglo XX, y que se sigue promocionando urbi et orbi con un cartel de barraca para la feria de un pueblo. Sin ir más lejos, hago un paréntesis para destacar como contrapunto las obras de arte digitales que los magnates de las Vegas han mandado construir para renovar lo que es la marca del lugar: los neones que iluminan de día y, sobre todo, de noche sus calles y hoteles-casinos. He de reconocer que superado el primer efecto sorpresa acabó por gustarme el cartelón de marras. Sabiendo la historia de lo que ha crecido debajo de la colina donde permanece instalado, me parece un ejercicio de la generosidad y austeridad que lucen los dioses del Olimpo moderno. Pues imagino que eso es lo que representa. Nada hace pensar que, viéndolo una vez y otra, bajo sus auspicios haya crecido la industria más rutilante que nunca antes imaginó la humanidad. Por lo demás, todo lo que ha hecho posible que tanto brillo anide durante algunas horas en mi corazón está, digámoslo así, medio oculto entre las calles de esta ciudad impar. Pues siendo la exhibición y el exhibicionismo las señas de identidad de esta industria y de este arte (así por este orden), sus mimbres materiales permanezcan ocultas a la mirada del turista accidental. Lo cual, bien mirado, es una manera pertinente de que pueda entender, al fin, las relaciones de parentesco paterno filial que existen entre lo que llamamos realidad y lo que pensamos que es la ficción. La persona y la máscara. Basta con ir al paseo de la fama o colarte en la rutina de alguno de los estudios, tipo Warner, o hacer un recorrido por Berbery Hills, para entender esto que digo. Desde la época helénica, nunca los dioses habían estado, a pesar de su discreción, tan cerca o al alcance de los humanos. El cristianismo estableció una distancia insalvable entre el único Dios y sus diversas criaturas, que determinó la mirada del orbe occidental durante milenios. Hoy esa mirada, que es la dominante entre los turistas accidentales que por Los Ángeles caminamos, se convierte en un estorbo, y puede inducir a equívocos. Es habitual escuchar entre esos turistas accidentales y occidentales, europeos mayormente, que Los Ángeles es una ciudad sin interés y, además, muy difícil de visitar debido a las distancias tan enormes que hay. Algo que, por mucho que le preste atención, no se que quiere decir, aunque se que quiere decir algo. ¿Cómo es posible que amantes de las series televisivas y del internet, no les guste la cuna de todo eso? Vuelvo de nuevo a la calamitosa pedagogía que se hace entre realidad y ficción, justo en el momento histórico actual cuando es más necesario que nunca hacerla. La visita a Los Ángeles así lo denuncia. O dicho de otra manera y por atenerme al pantallismo imperante, no es lo mismo deslizar los dedos por la pantalla (realidad) que meter sus huellas en lo que hay debajo (ficción). Como anécdotas significativas destacar mi visita a la casa donde vivió Joe Dimagio con la mujer de sus sueños, Marilyn Monroe, y la última cena, antes del regreso a Europa, en Santa Monica (otro hito del camino real) en el restaurante de Forrest Gump. De nuevo el cine. Es imposible abrir la boca y pronunciar la palabra significación, es decir, lo que atraviesa se dé cuenta o no al turista accidental, sin que aparezcan las imágenes de cine a darte la bienvenida, de esa manera en que no se sabe si Monroe es real y Gump ficción. O si la cosa es al revés. Con estas disquisiciones, que no acaban de resolverse nunca, uno va entrando poco apoco en el alma verdadera de Los Ángeles.
martes, 25 de septiembre de 2018
LA FIEBRE DEL ORO 17
LOS ÁNGELES 1
Si todo viaje, como el amor, es fundamentalmente un ejercicio de anticipación y recuerdo, es decir, un ejercicio de la imaginación a raudales, en el caso de la visita a la ciudad de Los Ángeles me cuesta mucho poner ese mecanismo inmaterial en marcha. Me cuesta anticiparme pues como bien dicen las guías que leí antes del viaje la característica principal de Los Ángeles es que no tiene puntos de referencia. No es, para entendernos, como cuando uno se acerca a Burgos o Narbona, que desde lejos ya observa la majestuosidad de sus respectivas catedrales. Y me cuesta recordar porque los únicos puntos de referencia que tiene son las autopistas. Después de abandonar San Francisco, la ciudad más europea de la costa oeste norteamericana, entro de nuevo, por decirlo así, en territorio comanche desconocido. Formando parte, como San Francisco, del camino real, la evolución de Los Ángeles ha sido completamente otra. Tampoco hace falta ser un experto en antropología urbana para deducir que ello se debe a la instalación a principios del siglo XX en su término municipal de la principal industria del cine: Hollywood. Todo en Los Ángeles gira y se ha desarrollado alrededor de esta sacrosanta palabra como un relato cinematográfico mas, cuyo sentido se encuentra vigilado como un faro por sus palabras encantadas: “hache, o, doble ele, y griega, doble uve, doble o y de”, formando el cartel convenientemente situado en lo alto de una de las colinas que circundan a la ciudad. Uno de los lugares que, a pesar de que se divisa desde cualquier punto, el efecto loro de los turistas me alcanza y me comunica que he de ir a visitarlo lo más cerca posible. Como en Roma, Jerusalén, la Meca, el nuevo santuario de la sociedad moderna pide peregrinación. No vale con verlo, por ejemplo, desde lo alto del parque del Observatorio, tal vez la mejor vista, y sentir al mismo tiempo la presencia (con foto incluida delante de su busto) de uno de los mitos de este nuevo Olimpo, James Dean, pues fue allí donde tiene lugar la última escena de Rebelde sin causa, la película que lo convirtió en un mito eterno. No basta con saber que esta ahí (eso ya lo sabe el loro del turista antes de salir de viaje), hay que subir hasta su área de influencia más próxima, donde no hay nada reseñable, donde nunca pasó nada, pero tengo el cartel casi al alcance de la mano. Así es la nueva fe de los que hemos sido educados bajo la religión cinematográfica. Si he sabido seguir los indicadores de las autopistas para entrar y, una vez dentro, he subido al punto más próximo del cartel de Hollywood, ahora si, puedo asegurar que he llegado con pleno derecho de estancia a la ciudad de Los Angeles. Lo mejor entonces es comenzar por el principio, el núcleo antiguo de Nuestra Señora de Los Ángeles, antes de que todo fuera tan real como una película. Todavía conserva su traza colonial, a lo que ayuda que la mayoría de los peatones que me encuentro por la calle son de origen mejicano o suramericano, en un de cuyos restaurantes me siento a renovar las fuerzas perdidas por la adaptación. En el primer anillo de ampliación de la ciudad aparecen ya los edificios civiles del poder actual y la nueva catedral de Los Ángeles de la mano del arquitecto español Rafael Moneo. Wikipedia dice al respecto:
“La Catedral reemplaza a una catedral anterior y de menor tamaño, la Catedral de Santa Vibiana, que fue dañada seriamente en el Terremoto de Northridge de 1994. Se estimó que las diversas reparaciones sobrepasarían los 180 millones de dólares. La diócesis concluyó que sería más apropiado construir una catedral nueva. El costo de una nueva catedral estimado por la Iglesia era de 150 millones, pero las contribuciones fueron más de lo que esperaban y todas las previsiones de la Iglesia se vieron sobrepasadas y el costo total fue 189.7 millones. Varios miembros de la religión católica no estuvieron de acuerdo con el nuevo diseño moderno para la catedral o en crear una iglesia nueva en total.
La catedral ocupa un área de 23.000 m² (5.6 acres) en la esquina de Temple y Grand Avenue en el Centro de Los Ángeles junto a la autopista 101. La dedicación tuvo lugar el 2 de septiembre de 2002. Juan Pablo II nombró al cardenal James Francis Stafford, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos, enviado especial para la Dedicación de la nueva catedral. Fue diseñada por el arquitecto español Rafael Moneo. La Iglesia de doce pisos de altura puede acomodar a más de 3.000 peregrinos, tiene una plaza de 10,000 m² (2.5 acres), varios jardines y cascadas de agua. Posee también un Centro de Conferencias, una residencia para los obispos y una para el Cardenal Roger Mahony.”
La pregunta que le hago al arquitecto que firma cualquiera de los edificios modernos de las grandes ciudades es siempre la misma: ¿por qué lo has construido así? Y aunque no lo tengo delante su respuesta es fácilmente adivinable, ¿por qué puedo y alguien me lo paga? Cuesta hacerles entender que la razón arquitectónica (como cualquier tipo de razón) tiene un límite, más allá del cual la habitabilidad de sus edificios y el paseo por las ciudades se resiente desde el punto de vista de la humanidad a que unos y otros tienen derecho a preservar y a renovar siempre que lo consideren necesario. La catedral de Los Ángeles tiene, sin embargo, un mandato diferente. Aunque el edificio de Moneo compite estéticamente con los edificios civiles adyacentes, la respuesta del arquitecto español no puede ser la misma que la de los arquitectos civiles. Moneo sólo podría contestar, la he construido así porque me pagan, y quienes pagan, obviamente, lo hacen en beneficio de la gracia de Dios. Sin embargo, se nota que Moneo ya no forma parte de la tradición de los arquitectos anónimos que construyeron las catedrales medievales. El dinero ha abierto una grieta irrestañable en las paredes de su catedral, que hace temblar la Fe en el precepto milenario de la gratitud divina. Dentro conservan la compostura, y el rito de la eucaristía se mantiene incólume de la mano de un pater que sigue fiel al significado del texto sagrado y a los signos exteriores que lo acompañan, aunque las columnatas y los vitrales que los observan, al oficiante y a los feligreses, ya no se acomodan a semejante liturgia. Apuntan descaradamente hacia otro lado que no está allí dentro en ese momento celestial.
lunes, 24 de septiembre de 2018
LA FIEBRE DEL ORO 16
SAN FRANCISCO 2
Es muy, muy difícil, disipar la ignorancia cuando se tienen una enorme arrogancia o vanidad, en fin, tal y como leía el otro día en un blog, acabaremos presumiendo de no tener estudios. Una frase que resplandece en medio de la habitual acritud, mezquindad, paranoia y negatividad de las redes sociales. Bien mirado este arranque intempestivo debería corresponder al final de lo que quiero decir es continuación, como su consecuencia inevitable. Lo he escrito así porque cada vez me parece más evidente que lo que vino después del año de las grandes catástrofes, 1945, no fue la paz, sino una celebración interminable entre los que tuvieron la suerte de seguir vivos, que es le propia al colosal funeral por los que tuvieron el infortunio de morir abrasados debido a las barbaridades que aquellas produjeron, tanto por un bando como por el otro de los que participaron en la contienda. Que todo ser vivo persevere en esa condición no quiere decir que ello mecánicamente pueda aplicarse a lo que diferencia al ser humano de cualquier otro ser vivo. El animal humano puede que si lo intente, pero el humano espiritual que existía antes de la contienda es más que probable que haya desparecido para siempre. Por tanto, después de una guerra entre seres animales humanos no viene la paz, que le es más propia al espíritu humano. Sino alguna mutación desconocida del animal humano producida los estropicios incontrolados de aquella. ¿Cómo podría acontecer semejante estado de ánimo pácifico? ¿Cómo puede llamarse paz a que callen los cañones y los bombarderos, incluso que se vaya reordenando la rapiña de manera más llevadera? El caso fue que los vencedores así lo decretaron y todo lo se produjera a partir de 1945 estaría bendecido con la vitola incuestionable de la alegría inducida de vivir. ¿No se parece mas a una variante, ahora si, del estado de coma inducido? El movimiento beat, con Jack Kerouac y Neal Cassidy a la cabeza pilotando su novela “En la carretera”, tuvieron que hacer de tripas corazón y, siendo los herederos directos de la enorme tristeza que inundó el mundo después de la guerra, convertirse en los abanderados y predicadores de la nueva alegría inducida que todo kiske tenía que exhibir, sino quería arriesgarse a que lo llamaran un aguafiestas, en el mejor de los casos, o un proclive a la guerra, sino su financiador, en el peor. Una alegría inducida, o prefabricada, que ha llegado a su más alto grado de perfección con la instauración de las redes sociales en medio del aburrimiento global existencial, que es en lo que se ha convertido hoy aquella tristeza original de post guerra colada por el cedazo de los sucesivos testamentos hereditarios generacionales por los que ha tenido que pasar desde entonces, casi ochenta años ya. Vaya todo lo anterior para dejar constancia de lo que significa un paseo por, digámoslo así, lo que queda del San Francisco Beat y su continuador natural el San Francisco Hippy. El primer paseo me lleva, como no puede ser de otra manera de acuerdo con la guía que todo turista loro lleva en la mano, al barrio de North Beach. Valga decir que el efecto loro en el turismo de masas es otro de los logros de la alegría inducida de vivir de la que te he hablado antes, y verdadera alma del éxito indudable de las redes sociales. Por fin, después de dos siglos de individualismo romántico errático, todo el mundo ve y repite lo mismo, todo el mundo se intercambia las mismas fotos, quiero decir, todo el mundo vive en paz sin ningún tipo de agradecimiento y sin sensación de rebaño ni de estar encerrado en un aprisco, pues todo es debido a su particular y esforzado mérito. Amén, así sea. Como contrapunto díscolo o guerrero, el orgullo del viajero solitario, confundido entre tantos loros, permanece, aunque hoy ruge en silencio como si de un león se tratara en medio la selva urbana. North Beat es un barrio de inspiración italiana con calles que suben y bajan. En el cruce de Grant Street con Columbus Avenue se encuentra la librería City Lights Books, lugar de reunión de los miembros de la generación beat. Vamos, el centro del universo, fundado en 1953 por el poeta y librero Lawrence Ferlinghetti. Ni que decir tiene que ocho años después del final de las grandes catástrofes, para estos beats aquellas carnicerías eran ya una cosa del pasado irreversible en que vivieron sus padres, y ellos, totalmente ajenos a esa desoladora herencia, estaban, o querían creerse que estaban, a otra cosa mariposa. Por ejemplo, el bar Vesubio, donde se reunían los beats después de pasar por la librería, y donde también se maceraba en alcohol el gran poeta inglés Dylan Thomas. Así que yo para no ser menos, me puse en plan turista loro y pedí una cerveza Budweiser. Aunque, como ya lo he mencionado, para saber de primera mano lo que fueron estos beats, lo mejor es leer con atencion su biblia, “En la carretera”, cuyo autor es uno de los más augustos, y a la vez critico, predicadores del asunto, Jack Kerouac. Lo que queda del espíritu hippy en San Francisco se encuentra entre las esquinas de las calles Haigdt y Ashbury. Aquí es donde el turista loro disfruta a su gusto. Pues barrio Haigdt-Ashbury está ocupado por tipos que con la cámara en la mano fotografían todo lo que a ellos les parece que responde a la etiqueta de lo mínimamente hippy. En los bajos de las casas pintadas con colores vivos, librerías alternativas, tiendas psicodélicas, restaurantes de comida macrobiótica, etc. Lejos ya de 1945, los hippys sé enfrentaron a su propia guerra generacional, la guerra del Vietnam. Se podría decir que fueron ellos los que inventaron el pacifismo, un concepto igualmente alejado del de La Paz (desde entonces convertida, más que nunca, en un ideal deseable pero fatalmente inalcanzable de forma planetaria, lo que significa, no nos engañemos, que la precaria “paz” de unos es la fuente del intenso dolor de los otros), convertido así en un comodín para enfrentarse sin despeinarse los pelos a cualquier roce inevitable de la convivencia cotidiana del animal humano. Hoy todo el mundo es pacifista, otro síntoma más de la alegría inducida del vivir digital. Queda claro que el pacifismo no aborda, por qué no es su intención, lo que es propio del espíritu humano en relación a lo es radicalmente diferente a él. El pacifismo es una reacción reactiva dentro de la lógica de las utilidades morales de las tribus humanas. Después de Vietnam varió la concepción del poder militar y la historia de las estrategias militares, sin duda. La titularidad de la industria armamentística, muy poco. El control sobre los canales de venta y suministro de esas armas, nada. Pero el destino de los que tienen que seguir dando la cara y, llegado el caso, la vida en el campo de batalla de los números conflictos bélicos, que no han dejado de proliferar sobre el planeta desde la época del pacifismo hippy, hoy como ayer, continúa siendo un infierno.
viernes, 21 de septiembre de 2018
LA FIEBRE DEL ORO 15
SAN FRANCISCO 1
En esta ocasión el tópico tiene una relación explícita e instantánea con lo que veo nada más llegar: San Francisco es una ciudad diferente a todo lo que llevo visto en este periplo por el lado occidental de los Estados Unidos de América. Juro que no me he puesto flores en la cabeza, ni me he encontrado gente particularmente encantadora, como nos dice Scott Mckenzie en su famosa canción, que si he vuelto a escuchar en un vídeo días antes de iniciar el viaje. La cosa es más elemental de lo que las exaltaciones románticas nos quieren hacer creer: San Francisco es diferente a todo lo que llevo visto hasta ese momento porque es la ciudad más europea, porque nada más poner los pies en sus calles me siento como si estuvieras en casa, lo cual no anula o hace desaparecer la otra muletilla que todo turista o viajero lleva siempre en las alforjas o las maletas: nada a largo plazo o no pasar demasiado tiempo en ese mismo lugar. San Francisco logra romper ese difícil equilibrio a favor de en casa como en ningún sitio. Me basta con descender la calle Lombart, la de las flores escalonadas a lo largo de su pronunciada pendiente, para darme cuenta de que los cinco días que he pensado estar en la ciudad van a ser insuficientes. San Francisco necesita como mínimo un mes para hacer nido, pues sin ese sitio como en ningún sitio es imposible degustar los diferentes sitios que se ofrecen al paseante. Fíjate que lo primero que he hecho ha sido cambiar el estatuto de mi presencia en la ciudad de la niebla vespertina sobre el famoso puente dorado, a saber, he dejado de ser un turista más para tratar de llegar a ser un paseante singular. Así que después de la pendiente de la calle Lombart, en la que tomé contacto físico con la característica más notoria de la orografía de San Francisco y de la que da cuenta en sus películas uno de los personajes más conocidos de la ciudad: el teniente de la policía local Frank Bullit, me dirigí al restaurante John’s Grill al que, según cuenta Dassiel Hamett en su novela, El halcón maltés, iba cada día el detective privado Sam Spade a comer sus apetitosas chuletillas de cordero. Seguramente hay otras maneras de enmarcar el sentido de mi estancia en esta ciudad, pero al hacerlo entre personajes de ficción vinculados los dos a eso tan ambiguo y escurridizo como es el cumplimiento de la ley, me parece que favorece la visita a otros lugares conocidos donde de verdad allí sucedieron hechos reales. Y es que San Francisco es una ciudad que bascula constantemente entre ficción y realidad, obligando al paseante a tratar de discernir en cada momento la influencia sobre su mirada de esa tensión que no cesa y que, al fin al cabo, acaba mezclándose sin saber donde comienza la una y donde va a la otra, o al revés. Fíjate, sino, en su origen, la misión de San Francisco, que da nombre a unos de sus barrios más emblemáticos. Hay que tener mucha fe, es decir, mucha imaginación para llegar hasta aquí hace trescientos años, siguiendo lo que luego se conoce como el Camino Real, para dar testimonio de la importancia de Cristo en el nuevo mundo. Hay que atreverse a perder la razón lógica y la de la gravedad, para filmar las delirantes persecuciones que nos ofrece Frank Bullit a bordo de su Ford mustang verde oscuro de 1968. Entre aquella que aún conserva su dignidad al lado de la petulancia de la nueva catedral, rodeada de las nuevas edificaciones del barrio, y la hermosura de este coche discurre el guion para entender el alma de la ciudad. Sin ambos dos es difícil entender, por ejemplo, el Barrio colindante a Misión, Castro, donde el afamado concejal gay, Harvey Milk, dejó escrito para siempre con su valor y coraje, los derechos legítimos de esta minoría sexual, que hoy se enseñorea orgullosa a lo largo y ancho del barrio. No es que me haya olvidado de lo que, según el canon turístico vigente, debería haber mencionado al principio de este escrito, como santo y seña de entrada y salida de la ciudad. Me estoy refiriendo, como no, al puente del Golden Gate. Lo que no me impide confesar, a pesar de lo dicho anteriormente, que fue mi primera visita, pues aunque no es la única vía de acceso, su prestigio internacional la convierte en inevitable. El puente del Golden Gate, no hace falta insistir en ello, es una pieza de ingeniería. Sigue cumpliendo el valor de uso que le asignaron sus diseñadores, ese que hace que los medios de transporte y las personas puedan pasar con absoluta seguridad de un lado a otro de la bahía. Esa apabullante utilidad le impide crecer hacia ese tipo de significación que lo aproxime a una obra de arte, como muchos quieren calificarlo. Significación la tiene, sin duda, pero dentro del paradigma que acoge a todo lo que es útil, el del progreso incesante del ser humano mediante la utilidad que proporcionan las obras que para tal fin construye desde la rueda y el fuego. Si haces un ejercicio de comparación entre el lugar donde apunta el significado de las catedrales góticas, o el de la torre Eiffel, o el del ford mustang de 68 del teniente Frank Bullit, y el del puente del Golden Gate, podrás comprender esto que digo. Me doy cuenta, sin embargo, qué la afluencia masiva de visitantes para fotografiar y cruzar el puente del Golden Gate no es debido a la utilidad que proporciona, sino a una transcendencia que a todos nos gustaría ser testigos de su despegue, pero que aquella utilidad se lo impide. Aunque si lo pienso con atención, a lo que de paso te invito, tener la experiencia de este límite de los ingenieros en el mismo lugar de los hechos, me parece otra forma de trascendencia nada desdeñable. Nos tenemos que conformar, por tanto, con contemplar la esbelta figura del puente dorado, que en realidad está pintado de purpurina rojiza, como telón de fondo, o marca estática, o signo sin significado, indistintos todos ellos respecto al acontecer significativo de las diferentes películas cuyo director así ha decidido utilizarlo.
jueves, 20 de septiembre de 2018
LA FIEBRE DEL ORO 14
LO MORTAL
En una sociedad panvitalista como la que nos ha tocado vivir es bastante desconcertante que inviten al turista, quintaesencia coyuntural de ese panvitalismo aludido, a visitar un lugar denominado Valle de la Muerte. Uno desde la distancia y el confort donde vive se imagina lo peor. No porque se crea literalmente lo que anuncia el rótulo, sino porque el hecho mismo de anunciarlo irrumpe con desasosiego en esa idea de inmortalidad que intenta superponerse como sea sobre nuestras vidas. Si te fijas, y eso es lo más interesante, no hay eufemismo en el anuncio. Siendo como es la publicidad turística, con su halo positivista irrefutable siempre dispuesto a darse de bruces con la cara del lector que se acerca a su mensaje, a ningún creativo del gremio se le ocurrió poner una enmienda a la totalidad del anuncio, pongamos, Valle de las últimas voluntades o Valle de los Estados terminales o Valle de los espíritus ascendentes. Tampoco se les ocurrió a estas inteligencias peeclaras de las agencias publicitarias algo muy querido por la inmortalidad que profesamos los miembros de la clase media de estirpe occidental, a la sazón sus principales clientes, a saber, vincular la visita al mencionada Valle mortuorio con alguna de las traducciones del precepto horaciano, carpe diem, por ejemplo, ven al Valle de la muerte y aprovecha el día, o deja que el día de su fruto, o haz de esta visita la mejor cosecha del día. En fin, cualquier título o definición que elidiera la aparición explícita de la palabra Muerte, vinculada además a la palabra Valle, sinónimo de vergel, oasis, quiero decir, vida. Hasta ahora había un firme consenso sobre que lo propiamente inhóspito de la tierra se haya en los polos o en los desiertos, pero desde los relatos bíblicos los valles son los lugares donde siempre se asienta la vida en busca de su desarrollo: creced y multiplicaos. Incluso los predicadores del cambio climático continúan fieles a ese consenso a la hora de tratar de evaluar sus efectos dañinos. Nos anuncian apocalípticamente cómo se deshielan los polos y como el desierto avanza hacia los valles. De forma inopinada nada de esto preocupa a los organizadores del parque del Valle de la Muerte, tan cuidadosos, sin embargo, para que nadie se despiste y pase de largo. Para que nadie pierda el tiempo en digresiones, rodeos, complicaciones, para que se olviden de su eterno vacilar diario y el consiguiente eterno volver a comenzar. Que nadie se detenga a pensar si se puede vivir y durante cuanto tiempo, o no se puede vivir ni un segundo, bajo el palio de un termómetro que puede llegar a marcar más de 55 grados centígrados. Las advertencias en las guías no dejan de recomendar prudencia en la visita. No dicen que hay serios riesgos que el visitante no salga con vida, que menos si se le conmina que vaya al Valle de la Muerte, pero que si se le dice puede encontrase con sorpresas desagradables. Que se cubra bien la cabeza en los breves instantes que salga del coche para hacer la foto correspondiente, y que beba agua constantemente. La pregunta no se hace esperar, ¿qué se puede fotografiar en el Valle de la Muerte? ¿La muerte misma? ¿No dijo Epicuro que si tu éstas la muerte no está, y que si es la muerte la que está eres tú el que se ha ido para siempre? A lo que se debe referir la guía es a las fotografías de la mortalidad, que si acompaña a cada uno de los visitantes, lo acepten o no. Luego el lugar, pensé, lo deberían llamar el Valle de la Mortalidad (más propio de la geografía coremática), pero es casi seguro, en asuntos de psicología de cabecera los creativos son unos espabilados, que con ese nombre a nadie le movería la curiosidad. Y, sin embargo, el Vall de la Muerte esta lleno de seres inmortales que habían viajado hasta allí guiados por su instinto vitalista y saludable que los mantiene en pie cada día y los anima a hacer estos periplos norteamericanos. Luego la muerte, como el hambre, es un negocio, pero la mortalidad un estorbo. Sea pues. Con su cámara en bandolera, como ya preveía la guía no paran de hacer fotos a diestro y siniestro desde que he llegado. Paradójicamente, quienes a buen seguro deambulan por sus ciudades de origen dando tumbos, según el tono vital que los acompañe, se enfilan aquí hacia un horizonte de arena y calor infernal sin pensárselo un instante. No se sabe quien ha dibujado ese horizonte, ni que conversación se puede establecer una vez que allí se llega, lo único que observo es que la atracción es irresistible. Nadie retrocede. Me dejo llevar por el oleaje y de repente se me ocurre pensar que si los coches que hemos dejado en el aparcamiento desaparecieran, la muerte podría convertirse para muchos de los que confiados visitantes que caminan por aquel secarral sería un hecho inevitable. Pero los que caminan a mi lado observo que se siente inmortales, pues derrochan el extramado optimismo de su vitalidad, a sabiendas de que cuando vuelvan sobre sus pasos el coche los estará esperando. ¿Cómo se imaginarán un día logrado? Es una pregunta que me acompaña cada día en la ciudad donde vivo. Una de las posibles respuestas, fíjate, la tengo ahora delante de mis narices. Descender al punto más bajo de la tierra, más de cien metros bajo el nivel del mar, caminar y caminar, volver y volver, beber y beber, fotografiar y fotografiar, y coger de nuevo el coche que te llevará de nuevo al nivel del mar. Sin zig zag, sin fronteras que trazar, sin temblores ni temores. Con cerca de 50 grados centígrados sobre las espaldas ya nada duele y la sonrisa aflora tímidamente entre los labios. Un día logrado puede empezar a vislumbrase en la disolución de aquellas formas que caminan a mi lado. Me hubiera gustado razonar de otra manera, pero cómo hacerlo en un lugar desértico donde el único monumento (pensé en ese momento en las pirámides de Egipto) son unos urinarios para que la gente haga sus necesidades de forma controlada. ¿No te parece todo una ironía del propio razonamiento? Una ironía que no quiero llamarla, cielo santo, surrealismo. La visita al Valle de la Muerte se le puede calificar de cualquier cosa, menos surrealista.
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