... y todo está preñado de su contrario, así es la atmósfera de toda "Ciudad abierta". Sometida a riesgos y contingencias, a progresos, avances y retrocesos, a inmensos letargos, a colisión de cosas y asuntos, a grandes movimientos rítmicos y al eterno desequilibrio y dislocación de todo ritmo, igual que una burbuja bulle en un recipiente con edificios, leyes, decretos y tradiciones históricas.
Dos tipos salen a recorrer sus calles y no acaban de darse cuenta de todo ello. Uno se llama Julius, vive y trabaja en Nueva York. Llevo un mes en su compañía. El otro es Guei, un joven de 16 años proveniente del campo, que ha llegado a Pekín en busca de trabajo. Lo conocí el otro dia en la película, cuyo título y autor encabezan este escrito. Julius es psiquiatra y trabaja en un hospital. Guei encuentra un empleo en una empresa de mensajería. Aquí le han proporcionado una bicicleta para realizar su trabajo, que será de su propiedad cuando la haya pagado a cuenta de su salario. Julius pasea bajo el palio de un sentimiento de perplejidad, que le adviene cuando se ha quedado fuera de la protección que le proporcionan los conocimientos de su profesión de psiquiatra. Guei pedalea ilusionado en su porvenir, llevando paquetes y cartas de un lugar a otro de la ciudad. Todavía bajo la influencia de su corta edad y su transparente inocencia campesina, incluso acepta compartir la bicicleta, que en un descuido se la han robado, y que un estudiante la ha comprado en un mercado de segunda mano. Julius solo confía en sus piernas. Guei en las suyas. El mundo que van descubriendo en su deambular les proporciona una nueva visión. A Julius acompañada de unas sombras hasta ahora desconocidas. A Guei de una luz deslumbrante, igualmente inédita par él. Tanto las sombras de uno como la luminosidad del otro, les impiden ver a los dos las colisiones de cosas y asuntos que se baten a diario en la ciudad abierta, y que se ciernen amenazantes sobre sus itinerarios. A Julius le dan una paliza unos jóvenes que pasan por su lado. A Guei le hacen lo propio, destrozando ademas la bicicleta de su trabajo, que ya era de su propiedad. Julius razona. Guei mata a uno de su agresores con un golpe de ladrillo, porque le ha roto su bicicleta sin venir a cuento, por el solo placer de romperla.
Lo que Julius razona ya no proviene de la lógica de su razón interior, que es la de su profesion y a la que el está tan acostumbrado para tasar conductas como la que acaba de sufrir, sino que procede mas bien de la sinrazón de la paliza misma que le han dado de donde brotan las palabras que le oímos:
"Nos resulta práctico describir el tiempo como un material, desperdiciamos el tiempo, nos tomamos nuestro tiempo. Tirado allí, el tiempo se volvió material de una manera nueva extraña para mí: fragmentado, roto en jirones incoherentes, y a la vez extendiéndose como algo derramado, como una mancha. No tuve miedo a morir. No se por qué estaba claro que no pretendían matarme. Había una calma en esa violencia y, aunque no habían esgrimido arma alguna ni dado explicaciones, supe que eran dueños de sí. Me estaban dando un paliza pero no severa, sin duda no tan severa como habría sido si hubieran estado enfadados.(...)
Se fueron, el tiempo recobró la forma. Se habían llevado mi billetera y mi móvil. Me senté en la calle en silencio, perplejo, pensando que podría haber sido inevitable. Arriba se encendían las luces de los pisos y aún quedaba un resto de luz en el cielo. La noche estaba suspendida entre la luz del día y la luz eléctrica, el brillo de la luz de los interiores, que yo veía pero no podía alcanzar, parecía una promesa de la continuidad de la vida. La gente volvía del trabajo, preparaba la cena o terminaba los últimos flecos de las tareas del día. La gente: pero en la calle no había nadie, nada más que el viento seco entre los árboles. Sentado en la calle, miré una alcantarilla ahogada de ortigas. El intrincado tejido de hierbas esra sobrecogedor”.
La portentosa imagen final de Guei, materialmente soldado a su bicicleta destrozada, habla por si sola, mientras se aleja del lugar donde ha tenido que matar a su rival en la lucha por la posesión de aquella. Habla mejor y con más expresividad que las hipotéticas palabras de odio y desconsuelo que, fundiéndose unas junto a otras en el fuego de su fuero interno, únicamente le sirven para quedar pegado a su bicicleta para siempre.
Julius y Guei descubren en sus propios huesos apaleados, y el lector-espectador a su lado, que los hombres corrientes en la ciudad abierta somos capaces de cualquier perversidad. Julius, el adulto, se aparta así de la imposición de su lenguaje y su mirada - que seguro le explicarían de donde procede la maldad, a la que imputar lo peor que en la ciudad nos pasa - para preguntar a la imposición misma. Decide, entonces, atenerse a la experiencia imprevisible que le acaba de suceder. Mientras que Guei, el joven, que solo quería trabajar en su primer empleo, el campesino ingenuo, se tendrá que enfrentar, mas pronto que tarde, al terrible descubrimiento de que el infierno es el mismo
jueves, 30 de junio de 2016
miércoles, 29 de junio de 2016
SOBRE LA INOCENCIA VOLUNTARIA
Lo que caracteriza a un lector que, mediante lo que hace con sus lecturas o su mirada, pretende aprender a parecer inocente, es darle pábulo a su íntima pero poderosa afición, que no es otra que recuperar lo que se fue para siempre y nunca más volverá. Me refiero al paraíso perdido de la infancia, donde la relación que tuvimos con las palabras y, por ende, con el mundo creemos que tan feliz nos hizo. Se debió parecer mucho, es a lo que más podemos aspirar al tratar de “acercarnos” a aquel paraíso, a lo que le sucede a alguien que ha roto definitivamente “toda atadura” con la realidad que le rodea. Ese que convencionalmente conocemos, para entendernos, como un loco. Joan Manuel Serrat ha sido quien mejor lo ha fijado de una forma tan contundente como poética, al llamar a los niños locos bajitos. Si os fijáis - ahora más, si cabe, que está todo manga por hombro - la ciudad abierta está llena de estos pintorescos seres, cada vez más desquiciados y con menos estatura en todo.
Esa esperanza, que es ciega e inútil, se aguanta en el ámbito de la lectura o del audiovisual - a pesar de que la experiencia del paso de los años certifica sin paliativos, por si quedaba alguna duda, que la infancia no volverá - debido a la fe absoluta que ponen la mayoría de los lectores al usar las palabras propias del mundo adulto, en torcer el brazo al destino, haciendo que aquellos años nos parezca que han regresado. Manteniendo esa ilusión contra el viento y la marea a que nos someten, sin piedad, las palabras de los diferentes narradores que nos visitan. El psiquiatra Julius, el último de ellos.
¿Qué leen, por ejemplo, Scout Finch o Holden Caulfield? Es decir, ¿cómo miran y escuchan ese mundo que tanto nos atrae hasta el punto de desear fervientemente aprender a parecer como ellos? Una niña (Matar a un ruiseñor) y un adolescente (El guardián entre en centeno). Dejando aparte todas la teorías de pedagogos y demás ejecutores, honestamente y como lector adulto he de reconocer que no lo sé y, además, sé que no puedo saberlo. Lo que hacen Harper Lee y J. D. Salinger es un brillante ejercicio de imaginación, que es la única herramienta que tenemos para acceder al pasado y al futuro. En términos literales, o de tiempo histórico, sé que el mundo de la infancia y de la adolescencia, ya lo dijimos el día de su lectura, son mundos clausurados, acabados para siempre. Sólo nos queda el mundo en el que vivimos, el mundo adulto. Desde aquí podemos imaginar ese tiempo pasado, pero no creer que lo podemos habitar, sustituyendo a aquel para ahorrarnos las groserías y destemplanzas con que casi siempre nos trata.
Imaginar no es sustituir. Es importante que nos fijemos en este matiz. Imaginar implica una acción, ha de servir para algo, y en alguna dirección. Ha de ser perseverante en la obtención de un sentido para encontrarse con alguien, a quien comunicar lo imaginado. Sustituir es pasivo, significa sentar nuestros reales ahí (frente al libro o la pantalla), apropiarse de ello y quedarse quieto, vigilando para que nadie te eche de tan cómoda conquista. Por eso es tan difícil que al lector adulto - que en el fondo de su alma, día sí día también, quiere volver a ser como un loco bajito - hacerlo comprender que “leer un texto no es una tarea simple. Requiere competencia. Requiere atención, memoria, concentración, capacidad de relación y asociación, visión espacial, cierto dominio léxico y sintáctico de la lengua, conocimiento de los códigos narrativos, paciencia, imaginación, pensamiento lógico, capacidad para formular hipótesis y construir expectativas, tiempo y trabajo. Un texto es un construcción que hay que deconstruir y reconstruir, y eso exige esfuerzo, aunque ello no signifique que esté exento de placer. Leer nos es resolver un crucigrama pero sí es encontrar un sentido. El sentido no es el famoso mensaje del que tanto se habla o, mejor dicho, no es un mensaje que se desprenda de él, sino el mensaje que es. El sentido del texto no es algo que se sobreañada al texto, es, repito, el texto mismo. El texto es la parte invariable de la lectura, su pilar, y el espacio común de todas las lecturas, y el que éstas sean variables y distintas no procede de ninguna cualidad inmanente sino de los diversos factores que se cruzan y entrecruzan durante el proceso de lectura.” (La cena de los notables, de Constantino Bértolo). Hacerlo comprender, en fin, que leer es la actividad más genuina de las personas adultas, y que se parece mucho a la lucha por la vida. La única actividad que cada día hacemos y, en el fondo, la única que podemos hacer. Ya sabéis, solos o acompañados, sobre un papel o sobre la pantalla. O, en definitiva, como lo hace la mayoría, leyendo y escribiendo sobre su conciencia. Pero sin decírselo a nadie.
Julius se podría haber lanzado a pasear por las calles de Nueva York, sino como Holden Cauldfield, si como cualquier periodista o ejecutor, de esos que se creen a pies juntillas su profesión, es decir, de esos que dicen sus palabras como desean oírlas aquellos lectores que quieren aprender a parecer inocentes en la ciudad abierta. Por eso las observaciones cambiantes y desconcertantes de sus paseos nos pueden decepcionar o, sencillamente, no levantarnos ningún tipo de interés. Tal vez porque nos hablan desde la perplejidad que le produce a Julius el descubrimiento de que ya no puede seguir pareciendo inocente, amparado como hasta ese momento por los preceptos y obligaciones de su profesión de psiquiatra. Pérdida que no quiere decir nada más, y nada menos, que de repente el mundo se da la vuelta y nos mira, y nos interpela, y nos hace responsables de estar ahí entre los otros. Y entonces descubrimos lo que el profesor Saito le dice a Julius en el que será su último encuentro, antes de morirse: “La realidad, Julius, es que estamos solos aquí fuera. Puede que sea eso que los profesionales llamáis fantasía suicida, y espero no alarmarte, pero a veces pinto mentalmente un cuadro detallando cómo me gustaría que fuese mi final. Me imagino despidiéndome de Clara y de otras personas que quiero, y después en una casa vacía, tal vez una mansión campesina grande y laberíntica, cerca de las marismas donde crecí: imagino que lleno una bañera, en el piso de arriba, de agua caliente, y pienso en una música, Crescent tal vez, o Ascension, que suena en toda la casa, colma los espacios que no ha ocupado mi soledad y llega hasta la bañera donde estoy, de modo que, cuando resbalo a través de la frontera sin retorno, me acompañan las armonías modales que oigo a los lejos.”
Esa esperanza, que es ciega e inútil, se aguanta en el ámbito de la lectura o del audiovisual - a pesar de que la experiencia del paso de los años certifica sin paliativos, por si quedaba alguna duda, que la infancia no volverá - debido a la fe absoluta que ponen la mayoría de los lectores al usar las palabras propias del mundo adulto, en torcer el brazo al destino, haciendo que aquellos años nos parezca que han regresado. Manteniendo esa ilusión contra el viento y la marea a que nos someten, sin piedad, las palabras de los diferentes narradores que nos visitan. El psiquiatra Julius, el último de ellos.
¿Qué leen, por ejemplo, Scout Finch o Holden Caulfield? Es decir, ¿cómo miran y escuchan ese mundo que tanto nos atrae hasta el punto de desear fervientemente aprender a parecer como ellos? Una niña (Matar a un ruiseñor) y un adolescente (El guardián entre en centeno). Dejando aparte todas la teorías de pedagogos y demás ejecutores, honestamente y como lector adulto he de reconocer que no lo sé y, además, sé que no puedo saberlo. Lo que hacen Harper Lee y J. D. Salinger es un brillante ejercicio de imaginación, que es la única herramienta que tenemos para acceder al pasado y al futuro. En términos literales, o de tiempo histórico, sé que el mundo de la infancia y de la adolescencia, ya lo dijimos el día de su lectura, son mundos clausurados, acabados para siempre. Sólo nos queda el mundo en el que vivimos, el mundo adulto. Desde aquí podemos imaginar ese tiempo pasado, pero no creer que lo podemos habitar, sustituyendo a aquel para ahorrarnos las groserías y destemplanzas con que casi siempre nos trata.
Imaginar no es sustituir. Es importante que nos fijemos en este matiz. Imaginar implica una acción, ha de servir para algo, y en alguna dirección. Ha de ser perseverante en la obtención de un sentido para encontrarse con alguien, a quien comunicar lo imaginado. Sustituir es pasivo, significa sentar nuestros reales ahí (frente al libro o la pantalla), apropiarse de ello y quedarse quieto, vigilando para que nadie te eche de tan cómoda conquista. Por eso es tan difícil que al lector adulto - que en el fondo de su alma, día sí día también, quiere volver a ser como un loco bajito - hacerlo comprender que “leer un texto no es una tarea simple. Requiere competencia. Requiere atención, memoria, concentración, capacidad de relación y asociación, visión espacial, cierto dominio léxico y sintáctico de la lengua, conocimiento de los códigos narrativos, paciencia, imaginación, pensamiento lógico, capacidad para formular hipótesis y construir expectativas, tiempo y trabajo. Un texto es un construcción que hay que deconstruir y reconstruir, y eso exige esfuerzo, aunque ello no signifique que esté exento de placer. Leer nos es resolver un crucigrama pero sí es encontrar un sentido. El sentido no es el famoso mensaje del que tanto se habla o, mejor dicho, no es un mensaje que se desprenda de él, sino el mensaje que es. El sentido del texto no es algo que se sobreañada al texto, es, repito, el texto mismo. El texto es la parte invariable de la lectura, su pilar, y el espacio común de todas las lecturas, y el que éstas sean variables y distintas no procede de ninguna cualidad inmanente sino de los diversos factores que se cruzan y entrecruzan durante el proceso de lectura.” (La cena de los notables, de Constantino Bértolo). Hacerlo comprender, en fin, que leer es la actividad más genuina de las personas adultas, y que se parece mucho a la lucha por la vida. La única actividad que cada día hacemos y, en el fondo, la única que podemos hacer. Ya sabéis, solos o acompañados, sobre un papel o sobre la pantalla. O, en definitiva, como lo hace la mayoría, leyendo y escribiendo sobre su conciencia. Pero sin decírselo a nadie.
Julius se podría haber lanzado a pasear por las calles de Nueva York, sino como Holden Cauldfield, si como cualquier periodista o ejecutor, de esos que se creen a pies juntillas su profesión, es decir, de esos que dicen sus palabras como desean oírlas aquellos lectores que quieren aprender a parecer inocentes en la ciudad abierta. Por eso las observaciones cambiantes y desconcertantes de sus paseos nos pueden decepcionar o, sencillamente, no levantarnos ningún tipo de interés. Tal vez porque nos hablan desde la perplejidad que le produce a Julius el descubrimiento de que ya no puede seguir pareciendo inocente, amparado como hasta ese momento por los preceptos y obligaciones de su profesión de psiquiatra. Pérdida que no quiere decir nada más, y nada menos, que de repente el mundo se da la vuelta y nos mira, y nos interpela, y nos hace responsables de estar ahí entre los otros. Y entonces descubrimos lo que el profesor Saito le dice a Julius en el que será su último encuentro, antes de morirse: “La realidad, Julius, es que estamos solos aquí fuera. Puede que sea eso que los profesionales llamáis fantasía suicida, y espero no alarmarte, pero a veces pinto mentalmente un cuadro detallando cómo me gustaría que fuese mi final. Me imagino despidiéndome de Clara y de otras personas que quiero, y después en una casa vacía, tal vez una mansión campesina grande y laberíntica, cerca de las marismas donde crecí: imagino que lleno una bañera, en el piso de arriba, de agua caliente, y pienso en una música, Crescent tal vez, o Ascension, que suena en toda la casa, colma los espacios que no ha ocupado mi soledad y llega hasta la bañera donde estoy, de modo que, cuando resbalo a través de la frontera sin retorno, me acompañan las armonías modales que oigo a los lejos.”
martes, 28 de junio de 2016
EL TEMOR ANTE LA LECTURA
La lectura, entonces, de "Ciudad abierta" ¿es una lectura más?, teniendo en cuenta la realidad comunmente compartida a la que se refiere: pasear por la ciudad. ¿Quien no lo ha hecho? ¿Quien no ha divagado en sus paseos? Pero, aun así, la pregunta no desfallece en sus propósitos: ¿es una lectura más?
Venía a decir Antonio Machado que: "El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te mira." Igualmente lo que vemos en el paseo de Julius no vale a nuestros ojos por lo que vemos, sino por lo que el narrador hace para que nos mire. Y ¿qué es lo que ve cuando mira: a alguien atrincherado detrás su comodidad o de sus temores? El paseo de Julius nos devuelve, con efecto retroactivo, lo que no podemos ver cuando paseamos: cómo nos miran los otros paseantes, mientras nosotros simultáneamente los miramos. No esta construido como una copia de nuestros paseos, buscando nuestra satisfacción inmediata en ese reconocimiento. Tiene autonomía propia y lo que suscita es la perplejidad de lector paseante, en cuanto éste abandona su manera de leer sin dudas y sin temores. Perplejidad que no es otra cosa que quedar, sin previo aviso, bajo los auspicios e influencia de lo que está más allá de los límites de nuestro entendimiento, digamos, empírico demostrativo.
Es evidente que frente a esa perplejidad sobrevenida, no cabe insistir en buscar la respuesta dentro del ámbito de esa forma de entendimiento. Ahora bien, una vez aceptada aquella, que es lo mismo que aceptar el límite de como miramos normalmente, la perplejidad misma nos estimula la imaginación como única manera de romper esa barrera, para que el lector puede encontrarse con lo que le dice Julius. Personaje que, a su vez, no tiene empacho en mostrar su perplejidad ante lo que va descubriendo y sintiendo. Y que lo transmite al lector mediante un despliegue imaginativo y sugerente que da cuenta de lo que hasta ahora estaba oculto, pero que a partir del mismo momento de escribirlo será para él algo ya inexorable.
Por lo tanto, y volviendo al principio, la lectura de “Ciudad abierta” no es una lectura más en tanto en cuanto debemos activar, para penetrar en ella como hace Julius, todo el potencial del lado más fuerte, menos indolente y cobarde de nuestra imaginación. No es una lectura cualquiera porque no desarrolla lo que de mimético pueda haber en todos los paseos que hacemos por la ciudad, sino que muestra, mediante la experiencia de Julius, lo irrepetiblemente sensible que hay en la de cada lector paseante.
Convengamos que esto es lo que tenemos que aprender mientras leemos y miramos
Venía a decir Antonio Machado que: "El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te mira." Igualmente lo que vemos en el paseo de Julius no vale a nuestros ojos por lo que vemos, sino por lo que el narrador hace para que nos mire. Y ¿qué es lo que ve cuando mira: a alguien atrincherado detrás su comodidad o de sus temores? El paseo de Julius nos devuelve, con efecto retroactivo, lo que no podemos ver cuando paseamos: cómo nos miran los otros paseantes, mientras nosotros simultáneamente los miramos. No esta construido como una copia de nuestros paseos, buscando nuestra satisfacción inmediata en ese reconocimiento. Tiene autonomía propia y lo que suscita es la perplejidad de lector paseante, en cuanto éste abandona su manera de leer sin dudas y sin temores. Perplejidad que no es otra cosa que quedar, sin previo aviso, bajo los auspicios e influencia de lo que está más allá de los límites de nuestro entendimiento, digamos, empírico demostrativo.
Es evidente que frente a esa perplejidad sobrevenida, no cabe insistir en buscar la respuesta dentro del ámbito de esa forma de entendimiento. Ahora bien, una vez aceptada aquella, que es lo mismo que aceptar el límite de como miramos normalmente, la perplejidad misma nos estimula la imaginación como única manera de romper esa barrera, para que el lector puede encontrarse con lo que le dice Julius. Personaje que, a su vez, no tiene empacho en mostrar su perplejidad ante lo que va descubriendo y sintiendo. Y que lo transmite al lector mediante un despliegue imaginativo y sugerente que da cuenta de lo que hasta ahora estaba oculto, pero que a partir del mismo momento de escribirlo será para él algo ya inexorable.
Por lo tanto, y volviendo al principio, la lectura de “Ciudad abierta” no es una lectura más en tanto en cuanto debemos activar, para penetrar en ella como hace Julius, todo el potencial del lado más fuerte, menos indolente y cobarde de nuestra imaginación. No es una lectura cualquiera porque no desarrolla lo que de mimético pueda haber en todos los paseos que hacemos por la ciudad, sino que muestra, mediante la experiencia de Julius, lo irrepetiblemente sensible que hay en la de cada lector paseante.
Convengamos que esto es lo que tenemos que aprender mientras leemos y miramos
miércoles, 22 de junio de 2016
LA DISCONTINUIDAD DE LA VIDA
“Experimentamos la vida como un continuo y sólo una vez que declina, una vez que se vuelve pasado, vemos las discontinuidades. El pasado, si existe, es sobre todo espacio vacío, grandes extensiones de nada en las cuales flotan personas y acontecimientos significativos. Así era Nigeria para mí: algo mayormente olvidado salvo por algunas cosas que recordaba con una intensidad desmedida. Cosas que se habían solidificado en mi mente a fuerza de reiteración: ciertas caras, ciertas conversaciones que, tomadas en conjunto, representaban una versión segura del pasado que yo venía construyendo desde 1992. Pero había otro sentimiento de las cosas pasadas, una irrupción. El reencuentro repentino en el presente con algo o alguien largo tiempo olvidados, una parte de mí que había relegado a la infancia y a África”.
Esto que dice Julius antes de encontrase con una antigua amiga de su infancia nigeriana, Moji Kasali, me lleva a pensar si ya habéis digerido, y cómo, la anécdota del niño que ataba las cosas de su casa para que no se fueran, ya que había perdido a su madre. Y si no la queréis digerir, por qué. Y si se os ha atragantado, también, por qué. Julius también sufre con sus pérdidas: su novia Nadège, el profesor Saito, su abuela... Y la palabra dolor aparece con frecuencia en lo que dice mientras pasea. Parece fácil restañar ese sufrimiento, pero no lo es. Sobre todo si somos adultos educados bajo los auspicios de una concepción del tiempo lineal y teleológico: el hoy es antes del ayer y previo al mañana, y todo eso esta unido por un hilo invisible de finalidad hacia algún sitio de plenitud. El paseo le confirma a Julius la ruptura irreversible de esa visión, sustanciada en su caso por la profesión de psiquiatra, mediante la cual los males de sus pacientes son perfectamente localizables y, por tanto, de una u otra manera solucionables. Fijaros lo que le preocupa de su profesión cuando vuelve de Bruselas: que ha vulnerado un pacto no escrito, disfrutando las cuatro semanas enteras de sus vacaciones. Solo eso significa ahora para él ser psiquiatra. Rota esa continuidad, fuera ya de la protección de la cuatros paredes del hospital Julius se ha convertido en un hombre, digamos, sin atributos. Y su conducta no es muy diferente a la del niño para imaginar su pasado. Es decir, para recordar su futuro.
A nadie se le ocurre hablar así, digamos, en una reunión social, por miedo a que lo califiquen cuanto menos de extraviado. Pero ninguno de los presentes en esa supuesta reunión podrá asegurar que presenció la creación divina, ni tampoco la evolución de las especies. Dos productos de la imaginación humana que justifican y defienden, cada una a su manera, la continuidad de los hechos de la vida y su finalidad. La religiosa y la científica. Creación ex nihilo. Observación detallada etapa por etapa y contrastación rigurosa de datos. Mirada de dios. Mirada del hombre. El primero un ser perfecto dueño de una obra imperfecta. El segundo un ser imperfecto iluso aspirante a una obra perfecta. ¿Existe una fe duradera y una razón suficiente que nos hagan ser capaces de confiar en ellos?
Me imagino a Julius razonando así a mi lado, mientras paseamos juntos pensando en nuestras pérdidas irreparables. Tanto la visión religiosa como la científica, al fin y al cabo, solo persiguen la felicidad para el ser humano. Una en el cielo, la otra en la tierra. Esa indudable estafa es la que mejor responde a la pregunta anterior. Solo nos quedan, por tanto, los restos del naufragio. Y la mirada fragmentada del paseante sobre esos pecios, con todo el pasado por detrás. Y la habilidad costurera del niño, con todo el futuro por delante. Deambulando, enredándose uno en el otro, dentro de la sopa de signos e incertidumbres del presente, en la Ciudad abierta.
Julius lo dice de esta forma tan hermosamente precisa en su ambigüedad: “Ahora de pie en una pequeña farmacia - me refiero a la escena en que trata de sacar dinero de una cajero automático para pagar a Parrish, el contable de sus impuestos, y reconoce que se le ha olvidado el número del código de su tarjeta - situada en la esquina de Water Street y Wall Street, con la mente en blanco, era presa de un trastorno nervioso, ésta fue la expresión que se me ocurrió, como si me hubiera convertido en un personaje menor de Jane Austen. El súbito desfallecimiento mental, pensé (mientras la máquina preguntaba si quería probar de nuevo, y yo lo hacía y fracasaba una vez más), provenía de una versión simplificada del yo, una zona de simplicidad allí donde antes las cosas habían sido mas robustas. Sin traicionar la verdad, lo mismo podía aplicarse a una pierna rota: de pronto disminuido, uno caminaba sin entender del todo en qué consistía caminar”.
Esto que dice Julius antes de encontrase con una antigua amiga de su infancia nigeriana, Moji Kasali, me lleva a pensar si ya habéis digerido, y cómo, la anécdota del niño que ataba las cosas de su casa para que no se fueran, ya que había perdido a su madre. Y si no la queréis digerir, por qué. Y si se os ha atragantado, también, por qué. Julius también sufre con sus pérdidas: su novia Nadège, el profesor Saito, su abuela... Y la palabra dolor aparece con frecuencia en lo que dice mientras pasea. Parece fácil restañar ese sufrimiento, pero no lo es. Sobre todo si somos adultos educados bajo los auspicios de una concepción del tiempo lineal y teleológico: el hoy es antes del ayer y previo al mañana, y todo eso esta unido por un hilo invisible de finalidad hacia algún sitio de plenitud. El paseo le confirma a Julius la ruptura irreversible de esa visión, sustanciada en su caso por la profesión de psiquiatra, mediante la cual los males de sus pacientes son perfectamente localizables y, por tanto, de una u otra manera solucionables. Fijaros lo que le preocupa de su profesión cuando vuelve de Bruselas: que ha vulnerado un pacto no escrito, disfrutando las cuatro semanas enteras de sus vacaciones. Solo eso significa ahora para él ser psiquiatra. Rota esa continuidad, fuera ya de la protección de la cuatros paredes del hospital Julius se ha convertido en un hombre, digamos, sin atributos. Y su conducta no es muy diferente a la del niño para imaginar su pasado. Es decir, para recordar su futuro.
A nadie se le ocurre hablar así, digamos, en una reunión social, por miedo a que lo califiquen cuanto menos de extraviado. Pero ninguno de los presentes en esa supuesta reunión podrá asegurar que presenció la creación divina, ni tampoco la evolución de las especies. Dos productos de la imaginación humana que justifican y defienden, cada una a su manera, la continuidad de los hechos de la vida y su finalidad. La religiosa y la científica. Creación ex nihilo. Observación detallada etapa por etapa y contrastación rigurosa de datos. Mirada de dios. Mirada del hombre. El primero un ser perfecto dueño de una obra imperfecta. El segundo un ser imperfecto iluso aspirante a una obra perfecta. ¿Existe una fe duradera y una razón suficiente que nos hagan ser capaces de confiar en ellos?
Me imagino a Julius razonando así a mi lado, mientras paseamos juntos pensando en nuestras pérdidas irreparables. Tanto la visión religiosa como la científica, al fin y al cabo, solo persiguen la felicidad para el ser humano. Una en el cielo, la otra en la tierra. Esa indudable estafa es la que mejor responde a la pregunta anterior. Solo nos quedan, por tanto, los restos del naufragio. Y la mirada fragmentada del paseante sobre esos pecios, con todo el pasado por detrás. Y la habilidad costurera del niño, con todo el futuro por delante. Deambulando, enredándose uno en el otro, dentro de la sopa de signos e incertidumbres del presente, en la Ciudad abierta.
Julius lo dice de esta forma tan hermosamente precisa en su ambigüedad: “Ahora de pie en una pequeña farmacia - me refiero a la escena en que trata de sacar dinero de una cajero automático para pagar a Parrish, el contable de sus impuestos, y reconoce que se le ha olvidado el número del código de su tarjeta - situada en la esquina de Water Street y Wall Street, con la mente en blanco, era presa de un trastorno nervioso, ésta fue la expresión que se me ocurrió, como si me hubiera convertido en un personaje menor de Jane Austen. El súbito desfallecimiento mental, pensé (mientras la máquina preguntaba si quería probar de nuevo, y yo lo hacía y fracasaba una vez más), provenía de una versión simplificada del yo, una zona de simplicidad allí donde antes las cosas habían sido mas robustas. Sin traicionar la verdad, lo mismo podía aplicarse a una pierna rota: de pronto disminuido, uno caminaba sin entender del todo en qué consistía caminar”.
martes, 21 de junio de 2016
LO QUE TIENE QUE DESAPRENDER UN EXPERTO
Hace ya muchos años tuve un día un enfrentamiento con un experto - entendido no tanto como alguien vinculado a una profesión concreta como a una actitud, desafiante me atrevería a decir, en el trato habitual con la vida, en una sociedad donde todo el mundo tiene acceso a la información y asegurado por ley el derecho de opinión - que me abrió los ojos para siempre sobre este asunto de la relación de los expertos con la literatura, y con la acción creativa en general. Valga decir que la cosa ha ido a peor desde entonces.
Estábamos discutiendo sobre la lectura de "Cumbres borrascosas", de Emily Brönte. Básicamente el experto en cuestión estuvo empeñado en recluir el relato de Brönte, abigarrado, telúrico, místico, en el ámbito de su lenguaje de experto, y cocinarlo allí dentro hasta convertirlo en una especia de ecuación de segundo grado social con inclusión aleatoria de alguna que otra derivada psicológica. Quería convertir todo aquel mundo ambiguo e irresoluble, sólo sensible por si mismo, en un problema físico-matemático. Y darle la solución definitiva, faltaría más. Utilizo la locución problema físico-matemático no de forma literal, sino con un significado más bien imaginario, para tratar de expresar esa línea de pensamiento hoy dominante que consiste en cuantificar la realidad, en reducir cualquier descripción del mundo a descripción física-matemática y considerar cualquier otra posibilidad de descripción del mundo como subjetiva, inapropiada para el análisis e incluso carente de información adecuada de la realidad. Aquel hombre quería traducir a conceptos mensurables todo lo que hay de poesía en la obra de Brönte, eliminando la ambigüedad a costa de un menosprecio esencial de la sugerencia. Quería sacrificar la fuerza de los sentimientos y del poderoso sentido allí mostrados, a costa de apropiarse de ellos con su entendimiento de experto. Yo se de que va esto, dijo en el momento de máxima tensión del debate. Y usted, se dirigió a mi señalándome con el dedo índice, no es nadie para refutarme. Después de unos breves segundos de silencio, previos a la explosión definitiva, le contesté: del mundo de Brönte usted no sabe nada. No lo digo yo, que efectivamente no soy nadie, se lo dicen los narradores de “Cumbres borrascosas”. Lo que si le digo yo es que usted como experto no piensa, redacta. Lo cual no tiene porque ser inevitable. Luego se acercó, y con los ojos fuera de las órbitas y a punto de que se le reventaran las venas de las sienes, me llamo mal educado. Le dije que mal educado no, nunca soy mal educado hablando sobre literatura. En todo caso nada complaciente con su pretensión de adueñarse de un mundo como el de Emily Brönte, que usted solo entiende como si estuviera tasando cualquier habitat humano. De adueñarse de él simplemente porque esta ahí, porque lo puede hacer y lo hace. Porque usted se cree que lo sabe todo. Se levantó y se marchó. Nunca mas volví a verlo.
Lo cuento ahora como algo cómico, pero les puedo asegurar que bregar con aquel experto en una tertulia literaria fue de las experiencias mas agrias que he tenido. Tipo duro y espabilado aquel individuo. Aunque lo que le dije entonces continua vigente: del mundo de Brönte, del lenguaje poético en general, ustedes los expertos no saben nada. Ya que ciertamente lo que sabe un experto, haciendo uso de su lenguaje de experto, "no le sirve de nada" cuando se enfrenta a la lectura literaria.
Como decía en la anterior entrada todos somos expertos en algo, esas habilidades mínimas que nos sirven para mantenernos vivos en un ambiente casi siempre hostil. Podemos convenir, decía también, que mi lenguaje de experto sirve para ganarme la vida y el de la literatura, el lenguaje poético, sirve para ganarme mi vida. Desaprender ese lenguaje con que nos ganamos la vida es lo que mas nos cuesta. Lo que mas escuece a la vanidad del experto, cuando se enfrenta al lenguaje poético. Pero para aprender a leer poéticamente, es un requisito inevitable: desaprender todo lo que hemos aprendido con ese lenguaje de expertos, "hasta llegar a ser como un niño".
Vuelvo a dejar aquí, para tratar de explicar esta descomunal paradoja, la anécdota que un día me contaron. Vaya por delante que me costó lo suyo digerirla. Dice así: "Eramos entonces una matrimonio joven. Mi mujer un día se mató en un accidente de coche. Teníamos un hijo de tres años. Y este niño, después del accidente, después de perder a su madre, se dedicó a atar cosas. Al principio cogía cuerdas o cordones de los zapatos y con ellos ataba, por ejemplo, un bolígrafo y la lámpara. Después empezó a coger cuerdas más largas y empezó a atar el bolígrafo y la lámpara, con la pata de la mesa. Después la pata de la mesa con el televisor, etc. Así empezó a llenar la casa de un montón de cosas atadas entre sí. Para él se convirtió en una obsesión: vivía en una casa donde todo estaba atado y bien atado. Al principio no hice nada porque pensé que aquello era una reacción a algo que ignoraba. Hasta que descubrí que el niño ataba las cosas para no perderlas: había perdido algo muy importante para él, había decidido atar todas las cosas para que no se marcharan".
¿Qué hace Julius? Como ese niño "ir atando" lo que descubre en sus paseos para que no se marche, para no perderlo. Por ejemplo, cuando se encuentra con el joven liberiano o con el que le limpia inopinadamente los zapatos. Cuando habla de sus pacientes del hospital. Cuando habla de su madre y su padre. Cuando va a visitar a su abuela, etc. Podemos intuir lo que como experto sabe. Sabemos que podría hacer un informe, o siete. Emitir un diagnóstico sobre lo que observa. Pero no hace nada de lo que se espera de un experto en psiquiatría, especializado en los problemas afectivos de personas adultas. No escribe, para entendernos, como lo hace Luis Rojas Marcos (jefe del departamento de salud mental de la ciudad de Nueva York) en su libros divulgativos. El lenguaje que leemos es contenido, distante, nacido de la perplejidad y de la prudencia, de la humildad, al reconocer lo poco que le vale su lenguaje de psiquiatra para dar cuenta de lo que está descubriendo, de lo que esta sintiendo en sus paseos. Es como si, de repente, hubiera perdido ese lenguaje de experto y anduviera a tientas, esbozando los fragmentos que encuentra. Por eso camina muy atento, fijándose en todo, sin dar nada por conocido del todo, como si fuera su primer paseo por la ciudad. Ni por asomo con sus palabras se le ocurre insinuar: yo se de que va esto. Al contrario que el lector de la anécdota que os he contado al principio. Sencillamente, Julius siente la necesidad de mirar de otra manera, porque lo inaudito ha irrumpido en una realidad que él creía conocer de sobra. Y lo ha desconcertado. Necesita, en consecuencia, hacer un uso distinto del lenguaje, de su palabras. Otorgarles un nuevo sentido ¿Alcanzan y atraviesan la conciencia o el alma del lector estas preocupaciones de Julius? ¿Por qué y de qué manera? Esa será la medida de lo que de si su lectura.
Estábamos discutiendo sobre la lectura de "Cumbres borrascosas", de Emily Brönte. Básicamente el experto en cuestión estuvo empeñado en recluir el relato de Brönte, abigarrado, telúrico, místico, en el ámbito de su lenguaje de experto, y cocinarlo allí dentro hasta convertirlo en una especia de ecuación de segundo grado social con inclusión aleatoria de alguna que otra derivada psicológica. Quería convertir todo aquel mundo ambiguo e irresoluble, sólo sensible por si mismo, en un problema físico-matemático. Y darle la solución definitiva, faltaría más. Utilizo la locución problema físico-matemático no de forma literal, sino con un significado más bien imaginario, para tratar de expresar esa línea de pensamiento hoy dominante que consiste en cuantificar la realidad, en reducir cualquier descripción del mundo a descripción física-matemática y considerar cualquier otra posibilidad de descripción del mundo como subjetiva, inapropiada para el análisis e incluso carente de información adecuada de la realidad. Aquel hombre quería traducir a conceptos mensurables todo lo que hay de poesía en la obra de Brönte, eliminando la ambigüedad a costa de un menosprecio esencial de la sugerencia. Quería sacrificar la fuerza de los sentimientos y del poderoso sentido allí mostrados, a costa de apropiarse de ellos con su entendimiento de experto. Yo se de que va esto, dijo en el momento de máxima tensión del debate. Y usted, se dirigió a mi señalándome con el dedo índice, no es nadie para refutarme. Después de unos breves segundos de silencio, previos a la explosión definitiva, le contesté: del mundo de Brönte usted no sabe nada. No lo digo yo, que efectivamente no soy nadie, se lo dicen los narradores de “Cumbres borrascosas”. Lo que si le digo yo es que usted como experto no piensa, redacta. Lo cual no tiene porque ser inevitable. Luego se acercó, y con los ojos fuera de las órbitas y a punto de que se le reventaran las venas de las sienes, me llamo mal educado. Le dije que mal educado no, nunca soy mal educado hablando sobre literatura. En todo caso nada complaciente con su pretensión de adueñarse de un mundo como el de Emily Brönte, que usted solo entiende como si estuviera tasando cualquier habitat humano. De adueñarse de él simplemente porque esta ahí, porque lo puede hacer y lo hace. Porque usted se cree que lo sabe todo. Se levantó y se marchó. Nunca mas volví a verlo.
Lo cuento ahora como algo cómico, pero les puedo asegurar que bregar con aquel experto en una tertulia literaria fue de las experiencias mas agrias que he tenido. Tipo duro y espabilado aquel individuo. Aunque lo que le dije entonces continua vigente: del mundo de Brönte, del lenguaje poético en general, ustedes los expertos no saben nada. Ya que ciertamente lo que sabe un experto, haciendo uso de su lenguaje de experto, "no le sirve de nada" cuando se enfrenta a la lectura literaria.
Como decía en la anterior entrada todos somos expertos en algo, esas habilidades mínimas que nos sirven para mantenernos vivos en un ambiente casi siempre hostil. Podemos convenir, decía también, que mi lenguaje de experto sirve para ganarme la vida y el de la literatura, el lenguaje poético, sirve para ganarme mi vida. Desaprender ese lenguaje con que nos ganamos la vida es lo que mas nos cuesta. Lo que mas escuece a la vanidad del experto, cuando se enfrenta al lenguaje poético. Pero para aprender a leer poéticamente, es un requisito inevitable: desaprender todo lo que hemos aprendido con ese lenguaje de expertos, "hasta llegar a ser como un niño".
Vuelvo a dejar aquí, para tratar de explicar esta descomunal paradoja, la anécdota que un día me contaron. Vaya por delante que me costó lo suyo digerirla. Dice así: "Eramos entonces una matrimonio joven. Mi mujer un día se mató en un accidente de coche. Teníamos un hijo de tres años. Y este niño, después del accidente, después de perder a su madre, se dedicó a atar cosas. Al principio cogía cuerdas o cordones de los zapatos y con ellos ataba, por ejemplo, un bolígrafo y la lámpara. Después empezó a coger cuerdas más largas y empezó a atar el bolígrafo y la lámpara, con la pata de la mesa. Después la pata de la mesa con el televisor, etc. Así empezó a llenar la casa de un montón de cosas atadas entre sí. Para él se convirtió en una obsesión: vivía en una casa donde todo estaba atado y bien atado. Al principio no hice nada porque pensé que aquello era una reacción a algo que ignoraba. Hasta que descubrí que el niño ataba las cosas para no perderlas: había perdido algo muy importante para él, había decidido atar todas las cosas para que no se marcharan".
¿Qué hace Julius? Como ese niño "ir atando" lo que descubre en sus paseos para que no se marche, para no perderlo. Por ejemplo, cuando se encuentra con el joven liberiano o con el que le limpia inopinadamente los zapatos. Cuando habla de sus pacientes del hospital. Cuando habla de su madre y su padre. Cuando va a visitar a su abuela, etc. Podemos intuir lo que como experto sabe. Sabemos que podría hacer un informe, o siete. Emitir un diagnóstico sobre lo que observa. Pero no hace nada de lo que se espera de un experto en psiquiatría, especializado en los problemas afectivos de personas adultas. No escribe, para entendernos, como lo hace Luis Rojas Marcos (jefe del departamento de salud mental de la ciudad de Nueva York) en su libros divulgativos. El lenguaje que leemos es contenido, distante, nacido de la perplejidad y de la prudencia, de la humildad, al reconocer lo poco que le vale su lenguaje de psiquiatra para dar cuenta de lo que está descubriendo, de lo que esta sintiendo en sus paseos. Es como si, de repente, hubiera perdido ese lenguaje de experto y anduviera a tientas, esbozando los fragmentos que encuentra. Por eso camina muy atento, fijándose en todo, sin dar nada por conocido del todo, como si fuera su primer paseo por la ciudad. Ni por asomo con sus palabras se le ocurre insinuar: yo se de que va esto. Al contrario que el lector de la anécdota que os he contado al principio. Sencillamente, Julius siente la necesidad de mirar de otra manera, porque lo inaudito ha irrumpido en una realidad que él creía conocer de sobra. Y lo ha desconcertado. Necesita, en consecuencia, hacer un uso distinto del lenguaje, de su palabras. Otorgarles un nuevo sentido ¿Alcanzan y atraviesan la conciencia o el alma del lector estas preocupaciones de Julius? ¿Por qué y de qué manera? Esa será la medida de lo que de si su lectura.
sábado, 18 de junio de 2016
EL EXPERTO JULIUS EN LA "CIUDAD ABIERTA"
Todos somos expertos de algo y a nuestra mirada, cuando salimos a pasear, o cuando hacemos lo que hacemos, le cuesta desprenderse de ese hábito. Somos expertos de eso con que nos ganamos la vida, que es lo que mas nos preocupa y nos ocupa. Hay expertos en enseñanza y en sociología, expertos en orden público, expertos comerciales y en servicios públicos, expertos en arquitectura, economía, antropología, psicología, música, gerencia empresarial, historia, física. Expertos que intentan leer literatura con su lenguaje de expertos. Primordial y único problema que tenemos, y que seguimos sin resolver. Y ahora tenemos a Julius, experto en psiquiatria.
Pero, ¿cómo se comporta la mirada de un experto? Básicamente, como dice Barry Lopez, recluyéndose hacia el interior de su intelecto. Refugiándose ahí dentro de las groserías de la realidad. Un experto no mira hacia los confines de lo que hay fuera de su intelecto. Así el experto lleva a esas hondonadas de su pensamiento al alumno, al desahuciado social, al delincuente, al cliente, al pobre, al usuario de biblioteca, etc. Y se lo "come" allí dentro. Luego regurgita en forma de informes o de balances la digestión, y lo ofrece a la sociedad como el diágnostico de la verdad verdadera. Hasta nueva orden. En esas estamos. Y el mundo exterior, infinitamente mas grande e insondable que ese pequeño mundo interior y "autista" del experto, ¿qué ha hecho mientras tanto? Seguir dando vueltas, a lo suyo, indiferente a nuestros solipsismos.
¿Seremos capaces de discernir qué hacemos al comportarnos así? ¿Cómo es el pensamiento que acompaña a nuestras actuaciones laborales de cada día, y cómo y de que manera se apropia de nuestro "tiempo de ocio"? ¿Seremos capaces de vernos dentro de esa "jaula intangible"? Será difícil que, sin esa reflexión previa, podamos seguir y entender, al fin, el vagabundeo de Julius. Que no pasea para darse un respiro en su forma de ganarse la vida, trabajando de experto en el hospital sobre los desarreglos afectivos de las personas adultas. Sino que pasea, y escribe tiempo después para entender la experiencia de su paseo. Recordar como empieza su libro: "y así cuando en el otoño pasado empecé a dar largos paseos vespertinos..." Escribe para ganarse su vida. Observar como cuenta los encuentros con Saidu el emigrante liberiano y Pierre el limpiabotas. Pérdidas afectivas y dolor a espuertas. Pero Julius ya no es un psiquiatra, ya no mira como un experto. ¿Seremos capaces de entender, al fin, la diferencia que hay entre "ganarme la vida y ganarme mi vida"? Este es el valor de uso fundamental, pienso yo, que tiene la lectura de "Ciudad abierta".
Pero, ¿cómo se comporta la mirada de un experto? Básicamente, como dice Barry Lopez, recluyéndose hacia el interior de su intelecto. Refugiándose ahí dentro de las groserías de la realidad. Un experto no mira hacia los confines de lo que hay fuera de su intelecto. Así el experto lleva a esas hondonadas de su pensamiento al alumno, al desahuciado social, al delincuente, al cliente, al pobre, al usuario de biblioteca, etc. Y se lo "come" allí dentro. Luego regurgita en forma de informes o de balances la digestión, y lo ofrece a la sociedad como el diágnostico de la verdad verdadera. Hasta nueva orden. En esas estamos. Y el mundo exterior, infinitamente mas grande e insondable que ese pequeño mundo interior y "autista" del experto, ¿qué ha hecho mientras tanto? Seguir dando vueltas, a lo suyo, indiferente a nuestros solipsismos.
¿Seremos capaces de discernir qué hacemos al comportarnos así? ¿Cómo es el pensamiento que acompaña a nuestras actuaciones laborales de cada día, y cómo y de que manera se apropia de nuestro "tiempo de ocio"? ¿Seremos capaces de vernos dentro de esa "jaula intangible"? Será difícil que, sin esa reflexión previa, podamos seguir y entender, al fin, el vagabundeo de Julius. Que no pasea para darse un respiro en su forma de ganarse la vida, trabajando de experto en el hospital sobre los desarreglos afectivos de las personas adultas. Sino que pasea, y escribe tiempo después para entender la experiencia de su paseo. Recordar como empieza su libro: "y así cuando en el otoño pasado empecé a dar largos paseos vespertinos..." Escribe para ganarse su vida. Observar como cuenta los encuentros con Saidu el emigrante liberiano y Pierre el limpiabotas. Pérdidas afectivas y dolor a espuertas. Pero Julius ya no es un psiquiatra, ya no mira como un experto. ¿Seremos capaces de entender, al fin, la diferencia que hay entre "ganarme la vida y ganarme mi vida"? Este es el valor de uso fundamental, pienso yo, que tiene la lectura de "Ciudad abierta".
viernes, 17 de junio de 2016
PRESENCIA Y POÉTICA EN LA "CIUDAD ABIERTA"
Como casi todas las grandes novedades, todo empieza con la observación de unos hechos que llaman la atención, en razón de que chocan con una creencia establecida. La novedad en el narrador de “Ciudad abierta”, no reside en que pasea en los momentos que su trabajo en el hospital se lo permite. Eso lo hace cualquiera. La novedad se encuentra en que aquello que observa, mejor dicho, en que la manera que pone el foco de su mirada sobre aquello que lo llama la atención, sin previo aviso, le empieza a parecer de mucho mas interés que lo que hasta ese momento venía siendo su exclusiva creencia: el trabajo en el hospital. Un interés, que en el caso de ese trabajo, no trasciende nunca el ámbito de la presencia: todo lo que lo atrae está entre aquellas cuatro paredes, y está bien como está. Sustancialmente no necesitaba modificarlo. Como esas ideas que nos acompañan durante toda la vida, siendo motivo de nuestro orgullo ante los demás, sin darnos cuenta de que es el grillete el que aprieta: “fíjate bien, pienso como cuando tenía veinte años, no como tú que siempre has sido un errático”. En cambio, lo que ahora le conmociona a Julius en sus paseos por la ciudad, siente que no le vale como lo ve, no le vale su mera presencia, como le ocurre en el hospital. Necesita representarlo. Necesita escribir. Y lo hace. El libro que tenemos entre las manos es la prueba fehaciente. Aquí radica, al fin, la verdadera novedad de su nueva experiencia de paseante, frente a la de psiquiatra. Necesita separar la presencia de lo que ve de su representación poética. Al igual que el pintor necesita registrar en una tela la presencia del caballo que ve cada mañana al levantarse. No le vale solo con observarlo. Al igual que yo necesito escribir sobre lo que leo. No me vale solo con leer el libro.
Esta es la primera parte del misterio de esta creación literaria de Julius, y de la creación en general. Queda por dilucidar si la otra parte del misterio, los demás lectores, sólo tienen la necesidad de fijarse en la presencia de lo que todos ellos leen por igual (argumento), o su necesidad los lleva a sumergirse de lleno en la poética que destila lo que cada uno de ellos ve y siente de forma irrepetible. De otra manera, lo que quiero decir es que sin saber nada del narrador los demás lectores aceptan al unísono lo que dice con total normalidad (o sea, ni lo ven ni lo escuchan), o cada cual hace de las preguntas respecto a lo que le dice Julius la verdadera guía y la única razón de ser del itinerario ondulante, y complejo, de su lectura. Y, claro está, si sólo les vale con eso.
Esta es la primera parte del misterio de esta creación literaria de Julius, y de la creación en general. Queda por dilucidar si la otra parte del misterio, los demás lectores, sólo tienen la necesidad de fijarse en la presencia de lo que todos ellos leen por igual (argumento), o su necesidad los lleva a sumergirse de lleno en la poética que destila lo que cada uno de ellos ve y siente de forma irrepetible. De otra manera, lo que quiero decir es que sin saber nada del narrador los demás lectores aceptan al unísono lo que dice con total normalidad (o sea, ni lo ven ni lo escuchan), o cada cual hace de las preguntas respecto a lo que le dice Julius la verdadera guía y la única razón de ser del itinerario ondulante, y complejo, de su lectura. Y, claro está, si sólo les vale con eso.
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