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CUMBRES BORRASCOSAS
Somos prisioneros de nuestras propias ficciones en igual medida que lo somos de nuestros arquetipos ancestrales. No podemos vivir sin ellos porque es lo nos distingue de los simios. Para eso estamos aquí. Por eso abandonamos a nuestros hermanos en los árboles, aunque después de tantos años no si de verdad ha merecido la pena. Llegar a ser un simio fue un logro evolutivo loable. La aventura humana esta retrocediendo, sin embargo, a cotas de los reptiles que avergüenzan al proceso evolutivo. Ha llegado a ser una forma de humillar la dignidad del mono que, colgado en la rama, nunca dejó de observarnos.
Por eso me atrae la gente que se da cuenta de esto y se apea del carro, mucho antes de que el carro se hunda. Por eso no frecuento a los que siguen empecinados, cada día, en ofrecernos soluciones imposibles, a base de consignas y propagandas floreadas. Queriendo aparecer mas humanos al hacerlo, se parecen cada vez más a las sabandijas.
La historia que le iré contando, en sucesivos capítulos o entregas, tiene que ver con todo eso, y empezó hace treinta años, cuando leí por primera vez la novela “Cumbres borrascosas”, de Emily Brönte. Entonces me pareció la típica novela decimonónica, culebrón melodrámatico y tal, sin duda influenciado por la versión cinematográfica que habia hecho William Wyler, que deja que los tópicos del género romántico se impongan sobre las fuerzas abrasivas y telúricas que mueven y sostienen la estructura de la novela. Los modernos estábamos por encima de semejante cuitas. Creímos poder dominarlo todo con una calculadora en la mano. Al final, no hemos entendido nada, pero seguimos a lo nuestro, midiendo y contándo. Aupados en ese racionalismo contable ocultamos nuestra verdadera condición de caguetas y acojonados irreductibles.
Pero, como le decía al principio, hay gente que no traga con tales imposturas y se apea del cotarro mundano nada más nacer. Vienen al mundo con esa extraña lucidez. Y les importa una higa como vaya el mundo, porque saben que al mundo le importa otra higa como vayamos nosotros. No se trata de ese toma y daca. Sobre todo porque casi siempre imaginamos el mundo contra las fuerzas ocultas y misteriosas que lo mueven y alientan. Ellos no se oponen, lo observan, lo aman, se dejan penetrar por él y ofrencen al mundo el fruto de su embarazo.
Diez años mas tarde de la primera vez, volví a leer “Cumbres borrascosas” y descubrí un sitio, una novela y a una mujer inconmensurables. Juré, entonces, ante el texto que algún dia visitaría el lugar de los hechos de la novela, y la casa y el pueblo donde vivió y murió su autora. El alma la tendría siempre conmigo entre las manos, mientras pudiera volver al libro. Y ya no me abandonaría nunca. Le hablo de los páramos de Haworth, en Yorkshire, al norte de Inglaterra. El lugar sagrado, Wuthering Heights. El encuentro se produjo, al fin, durante los días de este último solsticio de verano, cuando el sol en los páramos, a ojos de un meridional europeo, parece que no se pone nunca.
Soy banquero. Mejor dicho, hago de banquero. El tiempo que me queda libre lo dedico con fervor a la Sociedad del Fomento y Cría Caballar. También estoy casado y tengo cinco hermosas hijas. Vale decir, a pesar de todo lo que se dice, que soy un tipo honrado. Hace ya mas de veinte años que no he vuelto a bajar al metro. El otro día decidí volver a intentarlo.
Fue una experiencia que, aunque no se muy bien las razones, me produjo un cierto temor. Tal vez fuera debido a una saturación de mi vida en la superficie, favorecida por un abuso del transporte privado. Primero fue el taxi, más tarde el puntual y fiel coche oficial de la entidad donde trabajo. Creo que todo ello fue trastornando mi manera de ver y sentir la vida. La falta de compañía y de roce en los desplazamientos, siempre de un lado para otro, consiguió que se apoderase de mí una impronta de presidiario de lujo. Como esos estafadores multimillonarios, tan de moda, que los llevan a declarar desde su casa a los tribunales, y al revés, en interminables causas judiciales que no acaban nunca, y que si lo hacen no se sabe al final quien es el verdadero culpable. Mis colegas, en el consejo de administración, empezaron a llamarme la atención por mi extraño comportamiento.
No comenté a nadie mi decisión. Me despedí de mi mujer y de las crías con los besos y deseos de buenas intenciones de siempre. En el banco, excusé mi ausencia por razones médicas, lo cual más que levantar su preocupación los tranquilizó. En el cuarto trastero de mi casa me vestí con el antiguo pantalón de pana que aún conservaba, y que a duras penas conseguía abarcar mi incipiente barriga. Una camisa ancha de cuadros de mi hija mayor y mi antigua gorra hanseática completaron el atuendo con el que salí a la calle, después de comprobar que nadie me había reconocido.
Al primero que se cruzó en mi camino le pregunté donde se encontraba la boca de metro mas cercana. Por allí a la derecha, a unos cuarenta metros, me contestó. Una vez bajo tierra me dediqué a recorrer varias líneas de diferentes estilos y en diferentes momentos de remozamiento. Me gustó ese contraste. En uno de los transbordos, me detuve sin prisas a oír a unos músicos, que tocaban canciones de la época en que viví en Londres. En otro, tuve que esquivar a un grupo de pedigüeños, que pedían dinero a cambio de nada. No me gusta esa gente. Recorrí y volví a recorrer lo que ya había recorrido. Así hasta bien entrada la noche. Cuando salí a la superficie noté unas punzadas fuertes en la cabeza. Mientras me comí un bocadillo de calamares con una cerveza en un bar de esos con mucho griterío y desperdicios en el suelo, decidí pasar la noche con una prostituta. Miré la guía. Al salir del bar cogí un autobús, que iba de gente hasta los topes. Cuando me puede sentar en uno de los asientos que quedaron libres, el dolor de cabeza había desaparecido.
Hay expresiones y sus cosas que nada mas nacer se hacen viejas, y a quien las postula ni le cuento. Por ejemplo, un clásico al que vuelven todas las generaciones: siempre creemos que se está mejor en el sitio donde no estamos, es decir, en el que imaginamos. Esta ansiedad continua que discurre desde la peregrinación a la Tierra Prometida a la utopía de la casita de campo, pasando por la sociedad sin clases en un planeta azul, nos hace mas daño de lo que se cree.
El otro día me llamó un amigo por teléfono para informarme de que estaba harto del mundo y que quería marcharse de casa. Se oyen mucho últimamente frases como ésta. La solución absoluta vendrá, me dijo, cuando cambie la situación de mi lugar de origen, por mi llegada al nuevo destino. Amen, le respondí.
Estar harto del mundo es una de esas expresiones que envejece nada mas decirla. La ha dicho tanta gente que no vale la pena reunirse ni manifestarse por ello, no sirve para nada, sencillamente porque uno y el mundo no son magnitudes comparables ni relacionables de tu a tu. Uno es siempre más pequeño que el mundo, e irreductiblemente forma parte de él. Internet lo ha hecho visible para siempre. No hay escapatoria, ni es un objetivo deseable. Ahora bien, estar harto de mi mundo es otra cosa. Mi mundo pequeño es lo que alcanza mi mirada sobre el mundo gordo (esa pasta informe dispuesta, como el barro, a que se le de forma), lo que puedo llegar a sentir y entender desde esa perspectiva cuando me comunico. La única que tengo. Juntarse con otros que les pasa lo mismo no es para ir contra el mundo gordo, sino para ayudarse a cambiar la mirada y la conversación de cada mundo pequeño. Para mirar hacia el mundo gordo de otra manera y conseguir, así, hablar con otros mundos. Uno tiene el derecho de ir contra lo que es más grande, sí, pero si previamente ha cambiado su mirada y su conversación sobre lo pequeño, y si está dispuesto a hacerlo cuantas veces sea necesario. Por culpa de gente que no ha creído conveniente hacerlo están los cementerios llenos y los sumideros atascados de ilusiones rotas.
Las redes sociales son las herramientas que permiten resistir y reflexionar, ya lo he dicho en otro escrito. Los únicos mecanismos de que disponemos para que el mundo no nos engulla, y, también, para que no se produzca mas sufrimiento que el necesario. Tiene que ver con nosotros, con nuestra mirada y nuestro lenguaje. Déjeme, por esta vez, que me ponga detrás de la pancarta: ¡Que no vuelva a pasar nunca más!, que no nos diga el niño de mañana: ¿por qué lo hicísteis tan mal cuando fue vuestro turno?
Para evitar esas malformaciones heredadas, y aun dominantes, propongo que en lugar destacado de nuestra imaginación, y de las plazas, esté siempre presente esta cita de Walter Benjamin: “LA PASIÓN DE NO TENER NADA Y SER EXTRANJERO SIEMPRE”. No encuentro mejor vacuna contra las derivas de la maledicencia individual y, alerta, de las intromisiones totalitarias colectivas.
Vuelvo de nuevo a Benjamin porque aguanta bien la intemperie en un continente como el europeo, siempre proclive al enfrentamiento y la aniquilación, cuyos dirigentes de ahora tienen una querencia enfermiza por los despachos, donde se pueden pasar toda la vida hablando de las calamidades y el dolor ajenos, sin llegar a ningún sitio en el que se pueda llevar a la práctica una sola solución creíble y duradera.
LA VIDA ES LO QUE TIENES CUANDO ELIGES
Desde el punto de vista material, la vida de los seres humanos representa poca cosa en el universo. Las cifras están consolidadas en las enciclopedias. Es inútil insistir sobre ellas, nada más sirven para espantar a los sentimientos y a la razón que los ordena, y para producir dolor de cabeza. Después de todo, para unos la vida sigue siendo cosa de los dioses y para otros un cruce de azar y necesidad. Que así siga siendo.
Pero hay un tipo que se llama Emir Kusturica, de profesión director de cine, que es capaz de comprimir todas esa cifras en dos horas y media, en una especie de asteroide de luz, color y sonido, que te lo lanza desde la pantalla a la cara con la intención de ponerte contra las cuerdas. Y lo consigue. Como prueba de cargo ahí está su película “La vida es un milagro”, que he vuelto a ver bajo la influencia de la indignación masiva de todos estos días, en uno de los cuales, además, han detenido al carnicero de Srebrenica, Ratko Mladic.
Respeto total, tanto para los que rezan mirando el cielo como para los que calculan mirando la tierra. Pero, sobretodo, respeto y admiración para Kusturica, que, situado como un titán entre el cielo i la tierra, reza y calcula a partes iguales.
En el mundo balcánico (como en el ibérico), proclive al rumor desesperanzado, a la amenaza sin rostro y a evitar por todos los medios el conocimiento riguroso de lo actual, reina lo que los meteorólogos llaman la tormenta perfecta, esa confabulación de elementos naturales que hace que todo sea imprescindible a la vez que huracanado. Kusturica es el mejor encantador de rayos y truenos que produce la manera de ser volcánica de esas tierras. No examina la vida sino la existencia. Y la existencia no es ya lo que ha ocurrido, la existencia es el campo de les posibilidades humanas, todo lo que los seres humanos pueden llegar a ser, todo de lo que son capaces. Las cifras están en las enciclopedias, el límite lo pone la imaginación consecuente (no desbordada) de cada uno. Kusturica rasca hasta la extenuación sobre lo que tiene cerca. Con la paciencia del labrador y con el instinto depredador de las fieras. El mundo balcánico es así y en un mundo así pasan estas cosas, viene a decir.
Un técnico de ferrocarriles serbio vive y trabaja para conseguir conectar su pequeño pueblo con el ferrocarril, cosa que lo convertirá en un pequeño paraíso turístico. Hasta aquí pura flema británica. Pero los rumores de la guerra son cada vez menos rumores y más una realidad en forma de bombas y francotiradores. El ingeniero va a lo suyo, su mujer se va con un músico a cantar arias de ópera, su hijo se va a la guerra y una mujer musulmana viene y se enamora de él. Cuando se meten en la cama para certificar su amor, solo les acompaña el ruido demoledor de los cañones. Pero, Kusturica sabe que no hay elementos que le hagan pensar que está llegando el final de la vida a los Balcanes.
Los suicidios parciales que significan estas guerras, mediante las que sus paisanos se enemistan con frecuencia, no inflingen nada más que una modesta sangría, incapaces de comprometer su exultante vitalidad.
¿Y los obispos en el sistema celestial, creen los cardenales, ha creido alguna vez su santidad en dios? Podría afirmar entonces, sin demasiado riesgo a equivocarme, que siguiendo esta tradición milenaria sus señorias no tienen fe en el sistema democrático. Ni en nada. Solo en el poder que ocupan y estercolan. Basta con fijarse, como en sus eminencias celestiales, en su forma de hablar y en el tipo de vida que llevan. Solo la mala fe de los descreidos puede oponerse a lo anterior al no creer en la contiguidad de lo que ocurre entre el cielo y la tierra. Entre la falta de fe de sus señorías y la clarividencia de tan descomunal injusticia por parte de los acampados, de donde surge su imparable indignación. Hace falta mucha ceguera intencionada para no querer darse cuenta que desde la explosión del big bang los opuestos se buscan y, mas temprano que tarde, se encuentran. E, incluso, se rozan a primera sangre. Y, como entre el cielo y la tierra, producen entre ellos tormentas y truenos. Y rayos y centellas. En fin, la vida. ¿En que mundo creen que viven sus señorías?
Sin los ropones y los oropeles de antaño pudiera parecer distinto, pero el ejercicio continuado del poder terrenal no permite otra cosa que no sea que los días sean unos iguales a otros. Anécdota más o menos. Me dirá que como en la vida de cualquier súbdito o ciudadano. Cierto. Pero también convendrá conmigo que el uso y ocupación de cualquier poder no admite el libre albedrío, he aquí la diferencia. Es éste junto con algún tipo de fe, la que sea, los que hacen que la vida no sea un verdadero asco, que es lo que dan quienes no tiene ninguna fe y si todo el poder, siendo tal barbaridad una correspodencia literal de todas sus miserias individuales y de casta.
No creer en nada y tener todo el poder significa disponer de la patente de corso para imponerlo todo, incluso la ruptura de forma unilateral, y con total impunidad, del sistema de pesas y medidas de la convivencia. Así quieren castigar con siete años de cárcel la indignación de los acampados y dejar libre la corrupción total del mayor estafador del Palacio, convicto y confeso ante el mundo de su millonaria estafa.
La razón es un tipo de fe que, ante la energúmena obstinación de los que tienen todo el poder y no creen en nada, puede desbordarse en forma de indignación, dando lugar a un tipo de sentimientos que los poderosos incrédulos jamás pueden llegar a entender. Sentimientos que hablan de la existencia de otros mundos, de la mejora de la humanidad, de recuperar el sentido de comunidad y del bien común, etc. Sentimientos que estan acompañados de sus criterios ya que buscan afanosamente el sentido de la vida. La única manera, repito, de que la vida no nos acabe asqueando.
¿Contra que otra cosa piensan sus señorias, y sus voceros cómplices, que apunta la indignación de los acampados en las plazas?
Nadie practica el deber de escuchar, porque solo se está pensando en el derecho a ser escuchado. Se vaya donde vaya, se quede con quien se quede, lo importante es decir lo que uno opina, que no es lo mismo que lo que uno piensa. “Que me escuchen, coño, lo que quiero es que me escuchen”, vendría a ser el imperativo, imitando al infausto picoleto. La ansiada libertad de expresión nació coja y nadie ha explicado todavía tal malformación. Derecho a hablar, sí, pero también la obligación de saber callar, sobre todo cuando no se tiene nada que decir que no sea seguir hablando porque si. Solo cuando caminen sanas y a la par, el que habla sabrá que alguien honestamente le escucha y éste sabrá que no es tiempo perdido el callarse. Pero de momento no es así.
Esta manera de existir se ha ido convirtiendo en una realidad irreductible: ser encontrado y escuchado en espacios de legitimación sin criterio, lo que significa que no forman comunidad ni se rigen por el bien común. No hemos sabido hacer compatible la amplia y variopinta base que proporciona la red de internet con el vértice de la pirámide social, que la dota de sentido. A la hora de la verdad semejante altura siempre nos ha dado vértigo. Sobre todo a nuestras élites, que desde hace siglos no han dejado de ser conformistas, alicortas, satisfechas de sí mismas y reaccionarias, militen en el bando azul o colorao, se encuentren en el centro o la periferia. Tanto da, porque a todos los interpela esa falta de responsabilidad endémica.
Fíjese como se ponen sus señorias y sus voceros familiares, educativos y sociales, tan afines en las urnas como cómplices necesarios en la acción diaria, en cuanto no los dejan ir a desayunar como están acostumbrados cada mañana. Antes, ni siquiera han tenido el valor de acercarse a las plazas, visto lo visto y lo que nos quedará por ver, y pedirle perdón a los acampados por el daño infringido, al hacerles creer en un mundo feliz que no existe. Un mundo diseñado fuera de las trazas del esfuerzo, del dolor y lo feo, de lo malo y lo peor. Con ese estilo gallináceo que los caracteriza los han hecho creer que el mundo era así de hermoso para siempre. No olvide que la mayoría de los acampados no ha vivido otra cosa en sus cortas biografías. Pero una vez que ha caido el velo de tan abominable impostura, lo que se echa encima, después del seismo de las plazas, es el tsunami que inunda los alrededores de donde se reunen sus señorias a pegarle a esa retórica herrumbosa e inane que tanto los identifica. Así han dado simbolicamente por demolido un recinto que hacía tiempo que no tenía ninguna actividad. ¡Qué menos! Lo único que han conseguido sus señorías allí dentro es que la política se confunda con la vida, precipitando una única resultante: que gane el que mejor mienta. Y, sin escrúpulos, han dado a conocer la clave: que no se note.
El 14 de julio de 1789, el rey cazó durante todo el día; después fatigado se fue a acostar. El día 15, por la mañana, el Duque de Liancourt le despertó para anunciarle lo que ocurría. “¿Es una revuelta?”, preguntó Luis XVI. “No, Sire; es una revolución”. Ah, contestó. Y siguió durmiendo.
A todo cambio social importante le precede una larga temporada de incomunicación, de diálogo de sordos, donde nadie escucha a nadie. Al cabo la legalidad vigente queda a la intemperie, sin que ya nadie la custodie. Lo que pueda suceder a partir de entonces es del todo imprevisible e impensable.
Como venía haciendo las últimas noches, a eso de las doce, descendí por la boca del metro y me acomodé en uno de los rincones del sinuoso pasillo que conducía hasta las taquillas. Esponjé con delicadeza los dos grandes cartones que me servían de colchón y manta, y que hacían mas acogedor y abrigado el tálamo. En el exterior la dureza del frío empezaba a acuchillar los semblantes de quienes iban y venían, encogidos, a la busca de un refugio donde guarecerse. De repente, al meterme entre los cartones, comprobé que mis pantalones necesitaban un recambio inmediato. Así, con semejante propósito, me debí de quedar dormido. Algo poderoso, que no logro recordar, debió acompañarme durante el sueño, ya que a la mañana siguiente mi preocupación indumetaria volvió a la carga con unas inexplicables fuerzas renovadas.
Años atrás, acabada la cena, después de una de esas jornadas laborales que uno siente condensada en su interior la capacidad de tomar decisiones, cuando los niños se habían ido a dormir y yo parecía decidido a quedarme en casa ya que fuera hacía un tiempo de perros, me ponía el batín y me sentaba en la mesa iluminada dispuesto a entregarme a la buena lectura o a algun juego de mesa con mi mujer, entonces, y solo por esa noche, me sentía por completo desprendido de toda aquello.
Mientras me desperezaba me hice una pregunta que era algo más que retórica y que, a esas horas de la mañana, la sentí como algo primordial, prioridad uno: ¿qué tipo de pantalones iba a adquirir? Los que llevaba puestos eran de una gran calidad. Los conseguí en una oportunidad irrepetible, una noche, hace ya bastantes noches, cuando todavía era inimaginable lo que me ha sucedido, en uno de esas tiendas que hacen de las millas o las islas urbanas lugares dorados. A la nueva adquisición le podía permitir que tuviera algún desperfecto, siempre y cuando fueran de un modelo similar, me hacia mucha ilusión lucirlos en los próximos meses. Tal vez en la trastienda de los grandes almacenes pudiera encontrar algo, aunque ahora esta gente cada vez se desprende de menos. Casi todo lo reciclan o lo venden mas barato. Con la crisis las cosas están cambiando.
Mas tarde me vino a la cabeza que quizá en los tanatorios pudiera encontrar lo que buscaba. Era cuestión de localizar donde enterraban al muerto y esperar a la noche. Sin embargo, consideré esta posibilidad demasiado laboriosa, además de que era difícil que para tal ocasión se armonice el buen gusto con la muerte. Enterrar a alguien ha perdido todo el ritual y elegancia de antes, hasta convertirse en una industria más. Ahora vale cualquier trapo para cubrir el cuerpo del difunto. Sentí el frío en la espalda, lo que hizo que me diera otra vez la vuelta entre los cartones. Con al rutina y la pereza habitual, la gente empezó a cubrir el pasillo como una gran marea gigante, cuyo runrun lo oyes poco a poco según se acerca, y no eres consciente de lo que te espera hasta que te moja. Sumergido dentro de toda aquella vorágine, de repente, aparecieron delante de mis narices, empujadas por la estrepitosa fuerza de la corriente, dos piernas cubiertas por los pantalones que había soñado durante toda la noche. Me incorporé con ligereza y solo tuve tiempo de divisar como su dueño, a empujones, doblaba un recodo después de haber pasado por taquilla. Estuve tentado de seguirlo y hablarle de lo mío. Pero me di cuenta que no tenía lo suficiente para pagar el billete. Tal descubrimiento alivió mi pesadumbre. Solo era cuestión de tiempo y una oportunidad mas favorable. Más tranquilo, creo que me volví a quedar dormido.