Desde la antigüedad sabemos que el pensar, más allá de toda realización o finalidad (aunque no de toda materia), es un alimento para el alma. Sin embargo, ¿por qué nos atrae tanto darle forma a la materia de que están hechos los cotarros y los chanchullos mundanos, por muy necesarios que sean? “No olvides, dice Willian Faulkner, que mentir forma parte del combate por la supervivencia. Es la manera que tienen los seres humanos de manipular las circunstancias para hacer el intento de ajustarlas a la imagen preconcebida que tienen de ellos mismos como figuras del mundo. Su venganza contra los dioses siniestros.” Dejo cuatro ejemplos de mentiras posibles, pero nada piadosas, que se pueden experimentar leyendo o mirando como un combate por la supervivencia, o dicho en lenguaje actual, como un combate contra el aburrimiento o a favor del entretenimiento. Podemos mentir si leemos “Ifigenia”, de Janet Malcom, como un asunto judicial; podemos mentir si leemos “Un hombre afortunado” de John Berger, como un asunto médico; mentiríamos de nuevo si vemos “Una razón brillante, de Yvan Attle, como un asunto educativo; y mentiremos como bellacos si vemos “La infancia de Ivan”, de Andrei Tarkovsky como un asunto bélico. O sea, que nos mantenemos orgullosos de pie a base de mentiras, cada vez más sofisticadas en su superficialidad a medida que envejecemos. Y no mentimos para engañar al prójimo, sino para prevalecer sobre el quedándonos en propiedad la razon. Pues, creemos, que quien tiene la razón tiene también la verdad. En fin, damos pábulo a esa razonada astucia, que da una medida cabal del declinar de nuestra inteligencia, para vengarnos de los dioses, que los llamamos siniestros porque nos han abandonado a nuestras suerte. Pobres almas nuestras.
lunes, 12 de noviembre de 2018
viernes, 9 de noviembre de 2018
COOPERACIÓN ESTRUCTURADA
¿Hay buenas razones para que Ernesto Arozamena luche para darle un sentido a su profesión de docente en el tiempo que le ha tocado vivir? Si se deja llevar por la rutina daría la razón a Diderot que veía en ella una forma más de la memorización, un profesor necesario, añade el pensador ilustrado francés. Pero tendría la feroz oposición de sus compañeros de instituto, que en estos menesteres le dan la razón a Adam Smith que creía que la rutina embota la mente de las personas, en el caso de la docencia la de los alumnos y profesores. En ambos autores, como en las constituciones que alumbraron la era de la modernidad lo que se pone en juego es la felicidad de los hombres y las mujeres. Después de cientos de años de postergar la felicidad para después de la vida terrenal, por fin parecía posible que se podía materializar su alcance durante el tiempo que aquella durase. Sin embargo esta nueva andadura de la felicidad que fue recibida, al menos, sobre la lectura de los textos constitucionales francés y norteamericano con todo el alborozo de que podía disponer la humanidad en aquellos momentos, recién salida del lúgubre pesimismo e inclemente represión vaticana, se bifurcó desde los primeros pasos en esas dos maneras de enfocar la manera de administrar el tiempo que se dedicara al trabajo. Algo que empezó afectando a la vida económica y laboral, si era mejor trabajar en casa como en ningún sitio u optar por trabajar sin fiar nada al largo plazo, se acabó extendiendo a propia toda la cosmovisión de la propia modernidad, y así cada camino se apropió de ser el mejor garante de alcanzar el paraíso de la felicidad en la tierra. La educación no ha sino ajena a estas tensiones, pasando de un extremo a otro de espectro, a saber, educación pública o privada, más el estadio intermedio de reciente creación, la educación concertada, que no gusta a nadie salvo a los beneficiados, normalmente las instituciones eclesiales. La vida laboral de Ernesto Arozamena ha transitado por las tres modelos de escuela y, al día de hoy, no ha acabado por satisfacerle ninguna. De ahí esa opción que ha elegido y que él llama, un tanto irónicamente, trabajo docente de alquiler mientras no me digan lo contrario. Solo le falta por trabajar en un cuarto modelo, la cooperación educativa estructurada, pero no acaba de convencerle ya que bajo su apariencia de alternativa a todas las otras, piensa que se oculta una verdadera síntesis de la deshumanización definitiva de la educación que las tesis de sus oponentes no se atreven a proponer. De un trabajo entre el alumno, los dispositivos electrónicos y la clase, interconectando armónicamente cada uno de sus movimientos surge un ser vivo virtual que los expertos en pedagogía, según sus manuales de instrucción que van predicando por los centros educativos con el beneplácito de la autoridad gubernamental vigente, dicen que apunta decidido hacia el futuro manejando con soltura y eficiencia lo que se conoce como una vida propia. Al parecer, según Arozamena ha oído decir a los defensores de la nueva pedagogía, el ergonomista D. Knoche interpreta a este ser bajo la influencia del concepto de espiritualización. Es, según él, en los acontecimientos deportivos donde mejor se aprecia su carácter; justo en los momentos culminantes de aquellos, cuando una especie de nube envuelve a los espectadores generada por ese fenómeno inolvidable.
jueves, 8 de noviembre de 2018
MILLENIALS Y VEJESTORIOS
No puede ser más cierto que los jóvenes de hoy (millenials) han recibido en herencia de sus padres (vejestorios) un mundo peor que el que estos recibieron de los suyos. Por la elemental conclusión de que ya no pueden trabajar conjuntamente en busca de una felicidad común y duradera. Los vejestorios todavía disfrutaron de los últimos estertores de un relato de la vida lineal y acumulativo, un relato con sentido en un mundo altamente burocratizado. Los millenials, en cambio, viven en un mundo dominantemente tecnificado marcado por la flexibilidad y el cambio a la velocidad de la luz, que no ofrece muchas cosas que se parezcan a una narración, ni económica ni socialmente. Llegados hasta aquí millenials y vejestorios van de un lado para otro durante cinco días de la semana y al llegar el fin de semana se retiran a su vida privada, una práctica que, paradójicamente, dura ya más de cuatrocientos años. Tendría que ser durante ese tiempo en el que millenials y vejestorios se miraran cara a cara para averiguar porque han dejado de sentirse cómodos en un mundo que todos quieren. Según Schumpeter un mundo así requiere gente que se sienta cómoda sin calcular las consecuencias del cambio o gente que no se para a pensar que ocurrirá a continuación. Pero el mundo del economista austriaco es predigital. De lo que se deduce que millenials y vejestorios no son ya este tipo de gente y todos son conscientes del abismo que, sin previo aviso, ha aparecido en el horizonte inmediato de esa despreocupada y negligente comodidad que hasta hace poco disfrutaron sus antepasados más inmediatos. Aun así, los vejestorios todavía sienten la necesidades antigua de escribirles una carta a los millenials, tratando de explicarles algo que ellos presienten y que no es otra cosa que ese cambio vertiginoso del que ellos tiran frenéticamente solo significa una colosal deriva. Lo que también ocurre es que no son tan vejestorios como para no darse cuenta de que esa forma de razonar es propia de la antigua ética determinista que se ha venido aplicando desde Aristóteles a todos lo casos y a cualquiera en particular. Así que en los fines de semana en casa, o en la segunda residencia, optan por renunciar a presentar su vida de vejestorios ante sus millenials como algo verdaderamente ejemplar, en el sentido de que es el resultado de una evolución de sus ideales que ha conformado el carácter bajo cuyo paraguas ellos, los millenials, han venido al mundo donde hoy despliegan toda su furibunda indignación porque lo quieren inaugurar de nuevo. Sin embargo, la indignación de los millenials no está tan claro que provenga de que quieren cambiar radicalmente la herencia recibida, y que no les dejan los vejestorios interponiéndose como un tapón en su camino, como de no querer aceptar que tienen que repartir y compartir “lo que hay” con sus progenitores y profesores. Sencillamente porque no hay más mundo que este y, a estas altura de la intrahistoria del cinismo transformador que acompaña a la acción humana, unos y otros lo saben. Los vejestorios por experiencia y los millenials por información. Pues como dijo sabiamente Karl Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire. Y así ha sucedido doscientos años después de su lúcida sentencia. A pesar de ello, lo peor es la irritante banalidad con que los millenials y los vejestorios están tratando el asunto en sus inhabituales conversaciones. Se les ve cómodos en su papel de corruptores y corrompidos. Van por la vida oyendo mal, viendo mal e interpretando mal para dar sentido a las historias que se cuentan, o se omiten, entre ellos mismos. Sucede, sin embargo, que la decepción que, al fin y al cabo, se ha apoderado de millenials y vejestorios no pesa, lo que pudiera presentir una conjunción innovadora de sus almas. Luego cuando se presta más atención, esa levedad solo se parece a ese estar mojados por la pertinaz lluvia que no cesa. Se entiende, entonces, que los unos y los otros esperen que los rayos del sol lo seque todo lo antes posible, y que, al final, escampe. Y que eso sea todo.
miércoles, 7 de noviembre de 2018
AMISTAD O AMOR
Cuando Alceo de Mitilene - un poeta griego de la Antigüedad, amigo de la poetisa Safo, natural de Mitilene, ciudad de la isla de Lesbos (nacido en 630 antes de Cristo y muerto en el 580 antes de Cristo) -, se anticipó a la mayeútica socrática al llamar la atención sobre el hecho de que todo aquel que está dispuesto a decir lo que quiere decir ha de estar también dispuesto a oír lo que no quiere oír, no pudo prever que esa fórmula iba a tener la oportunidad de desplegar todo el potencial que alberga en su interior, muchos siglos después, cuando la libertad de expresión alcanzara su apoteosis en la época digital en la que nos encontramos. O como dice Alexis de Tocqueville, cuando la libertad y la igualdad se dieren el abrazo definitivo, que sellaría una amistad tan deseada por lo mejor de los seres humanos como largamente postergada por lo peor. Estudios recientes de la universidad de Lovaina, llevados a cabo por un grupo de jóvenes investigadores que se ganan la vida con otros trabajos fuera de la universidad, han llegado a la conclusión, apoyándose en las nuevas realidades abiertas por la neurología del profesor Antonio Damasio, que la fuerza del amor entre las personas civilizadas tiene su alojamiento oficial no en su interior, como hasta ahora se creía desde la época dorada del romanticismo decimonónico, sino entre la maraña que forman las miradas, movimiento de manos, cruce de piernas, formas de caminar juntos, silencios, etc. que surgen de manera espontánea entre las personas que mantienen una relación amorosa. Dicha red, dicen en las conclusiones de su trabajo, es más rica que todas las declaraciones de intenciones previas que se puedan intercambiar los aspirantes a ser amantes entre ellos, como nos han enseñado (no queda claro si aprendido) de forma reiterada la literatura y, sobre todo, el cine. Puede que debido a su propia ignorancia del asunto, Tocqueville no se atrevió a llamar Amor a la relación entre Libertad e Igualdad que detectó en su viaje a Estados Unidos, lo cual, leído al día de hoy puede que sea un acierto, pues esa falta de explicitud u obviedad respecto a cómo los norteamericanos manejan estos dos sentimientos tan queridos por ellos desde la declaración de independencia, otorga a su relato toda la perdurabilidad que se merece. Sea como fuere parece que Sendín Altamirano, natural de la provincia de Santa Cruz en Bolivia, vive ajeno a los sentimientos que inauguraron sus vecinos del norte hace ya más de doscientos años. En una carta a su amigo de toda la vida de la capital boliviana, La Paz, da fe de su decepción existencial siguiendo la traza del fracaso biográfico del pintor holandés van Goth, cuya obra conoció a fondo en un viaje que hizo por Europa poco después de acabar sus estudios universitarios. Su evocación del pintor holandés dice así, “a pesar de mi torpeza, o tal vez por ello, por lo que aparento ser ante los demás: una nulidad, un tipo raro, un tipo desagradable sin un lugar propio en el mundo, deseo mostrar el verdadero corazón de ese ser extraño. Precisamente porque busco una amistad verdadera me es tan difícil resignarme a una amistad convencional. Más vale ser atrevido aunque se comentan muchos errores, que ser estrecho de mente y demasiado prudente.”
martes, 6 de noviembre de 2018
REALIDAD OBJETIVA
Cuando Alexis de Tocqueville inició en 1831 su viaje a Estados Unidos en busca de información sobre las reformas del sistema penitenciario norteamericano, faltaban todavía diecisiete años para que Karl Marx publicase “el manifiesto comunista”, donde puso por escrito lo que la humanidad había venido haciendo de manera ordinaria desde que era humanidad. O mejor dicho, nos auto denominamos humanos porque nos habíamos comportado así desde siempre. Lo que Marx dejó impreso sobre el papel de su famoso manifiesto fue, por decirlo así, como una nota a pie de página a los dos libros fundacionales en los que se asienta el doble esqueleto de nuestra cultura, a saber, por el lado hebreo La Biblia, y por el griego La República de Platón. De lo que Marx vino a levantar acta, como buen notario que era (aunque mal pronosticador) fue del estado del mito del progreso, que en su época él pensaba que había adquirido ya la categoría de madurez del logos indudable e imparable. Ese estado no era como el pronosticó equivocadamente que el ser humano viene al mundo para cambiar el mundo, sino para tratar de incorporar sus estrategias de supervivencia o de vida, sus decisiones, su moral o su ética e incluso el relato biográfico que pudiera hacer de sí mismo a una realidad objetiva que existe previa y fuera de él no fundamentada en hechos empíricos, sino en discursos persuasivos y de una gran fuerza seductora. Después del gran impacto que el libro de Marx causó entre las incipientes fuerzas transformadoras del momento, que creyeron ver en sus palabras lo que faltaba para que la justicia se instalara definitivamente en el mundo, tendrían que transcurrir todavía poco más cincuenta años para que Albert Einstein publicara su teoría de la relatividad donde, por primera vez, queda en entredicho la fe lógica de Marx en el poder transformador de la acción humana, al sugerir que el ser humano viene al mundo para saber por que viene al mundo, añadiendo, para despejar cualquier duda, que no cabe otra razón, ni tampoco cabe mejor razón. Por último, más de cien años después de la teoría einstiniana, Ernesto Arozamena trata de abrir un hueco en las férreas murallas que cercan el instituto donde trabaja, en el barrio norte de la ciudad donde vive, para poder aprender a pensar junto a sus alumnos, teniendo en cuenta todos estos precedentes de nuestra cultura occidental, que lo son también del carácter individual, sea eso lo sea y de eso trata el proceso de aprendizaje, de los alumnos, profesores y progenitores. Lo que Arozamena detecta, en su insistencia (con gran resistencia adjunta) por crear ese espacio conjunto de aprendizaje, es que esa herencia recibida se manifiesta de forma desigual en cada uno de los protagonistas resistentes de la comunidad educativa, aunque en el código deontológico de la propia comunidad educativa, dado que se ve y se siente como un ente abstracto, prevalece la doctrina transformadora con la que Marx quiso teñir las páginas de su libro. Lo que la convierte de inmediato, siguiendo esa otra lectura del manifiesto marxiano, en la realidad objetiva gracias a la cual los profesores y alumnos resistentes se levantan cada día de la cama. Pues para los unos y para los otros entrar en el aula a diario, al margen de su cada vez más improbable utilidad, les otorga un sentimiento de pertenecía que significa también la puerta de acceso a una identidad reconocible y reconocida. Poco importa que fuera del aula cada uno de exprese ora como un ferviente seguidor de la Biblia ora como un experto conocedor de Albert Einstein, por poner los dos extremos del arco del pensamiento occidental, lo importante para todos es que la educación sirve para hacer ciudadanos y trabajadores. O dicho de otra manera, al entender de Arozamena, lo importante para progenitores y profesores no es que eso no se haya realizado nunca, pues el ser ciudadano y trabajador pensados en términos de la propia experiencia vivida a diario da como resultado otra cosa distinta cuyo nombre ha existido desde siempre, a saber, siervo, esclavo, pícaro, funcionario con mando en plaza o cualquiera de los sinónimos que pacientemente los acompañan en su dilatado recorrido, sino que lo que verdaderamente les importa es que las palabras ciudadano y trabajador continúen estando en el frontispicio de la puerta de entrada a esa realidad objetiva que para ellos se sigue llamando educación pública para todos y todas, y a la que quieren continuar perteneciendo así los aspen. Para hacer más visible esa pertenencia (con identidad adjunta) por parte de profesores y progenitores a esa realidad objetiva llamada Educación Pública, Arozamena recuerda el caso extremo de los jacobinos de la Revolución Francesa y los soviéticos de la Revolución Rusa. Cuando no quedaban más cabezas que cortar o más infelices que llevar al paredón, apunta Arozamena, los discípulos más fanáticos de Robespierre y de Beria se ofrecían ellos mismos al sacrificio con tal que la realidad objetiva del Partido y, sobre todo, de la Revolución prevaleciera por encima de sus cadáveres por los siglos de los siglos. No hace falta que corra la sangre ni que que los cadáveres se confundan formando interminables y frías estadísticas, para que la inoperancia de esa forma de ver y relacionarse con el mundo, camuflada hoy bajo un impertinente igualitarismo, que, a buen seguro, no aprobaría Tocqueville, haya llegado a su fin, no porque lo diga yo, piensa Arozamena, sencillamente porque el mundo es ya otro. Perseverar en ello es caminar hacia un proceso de autodestrucción irreversible.
lunes, 5 de noviembre de 2018
SOBRESALIENTE
Cuando Ernesto Arozamena era joven creía que su deber era representar el tiempo que le tocaba vivir. Desde entonces su fuerza radica en no mirar las cosas de frente, pero no rechazar al mismo tiempo la realidad a la que pertenecen. Eso es lo que para él significa ser sobresaliente. O lo que es lo mismo, la mejor manera de conservar intacta su vocación de enseñante es fundar dentro de sí mismo una escuela y desarrollar allí la mayeútica con la que se ha de dirigir a sus alumnos, y esperar a los que se quieran incorporar a este proceso. Como en tantos casos de enamoramiento el ser amado no está en los momentos que más se lo necesita porque está secuestrado por los promotores de la rabiosa actualidad del momento histórico. Así que Arozamena no ha tenido más remedio que “casarse”, como las antiguas princesas del antiguo régimen, con los alumnos (y sus ínclitos padres, como novedad más destacada) que se han apuntado a la lista del aprendizaje por pura conveniencia. Aquellos primeros tiempos de su singladura como docente fueron confusos, pues la libertad recién estrenada pugnaba por mantener su soberanía sobre un igualdad que a él, en esos momentos, le parecía una herencia del pasado más reciente. De repente, o al menos así lo sentía, para Arozamena no mirar las cosas de frente pero, al mismo tiempo, no perder de vista la realidad a la que pertenecen, se hizo un grumo pesado e indistinto, difícil de digerir dentro de esa escuela que Arozamena se había construido en su interior como mejor manera de preservar su vocación intacta, es decir, como un ideal lleno de potencia y levedad simultáneamente. Fue cuando empezó a ocurrir algo que solo los teóricos del siglo XIX, Arozamena piensa en Alexis de Tocqueville, imaginaban como un extremo más propio de la ciencia ficción que de lo real, a saber, que la libertad y la igualdad algún día se abrazasen y felizmente se confundiesen. O dicho de otra manera, que la distancia necesaria que media entre las cosas y la realidad a la que pertenecen comenzaba a extinguirse, lo que a Arozamena le hacía difícil mirar para otro lado y mantener al día su escuela interior. Para asimilar giros de semejante naturaleza con que el destino pone a prueba la voluntad de los seres humanos estos necesitarían, al menos, dos vidas, piensa Arozamena. Como nada más tiene una, la otra la ha encontrado insistiendo en no mirar de frente, desviando con disimulo la mirada, a una nueva realidad formada por los reordenamientos apresurados de los sentidos, la adaptación a la carta de los diferentes caracteres que han ido emergiendo y la eliminación de cualquier tipo de recuerdo inadecuado a que se entregaron de manera endiablada los protagonistas que desde entonces luchan por encajar aquel abrazo del oso que se dieron la libertad recién estrenada y la igualdad impuesta desde antes. Para evitar los excesos de todo enamoramiento largamente reprimido, como era el caso las tales amantes, Arozamena creyó en la legislación pública como mejor instrumento para adaptar sin atropellos las conductas individuales de quienes lo iban a encarnar. También veía en ella una posibilidad de aliviar el singular ostracismo de su escuela interior. Pero pronto comprobó, ni siquiera tuvo que esperar a la próxima generación, que una cosa era lo que Tocqueville había imaginado como una posibilidad remota que, según la lectura que Arozamena hace del relato del pensador francés, la democracia en America, no es otra cosa que un insustituible ideal, cuya importancia radica no tanto en su realización años o siglos después, sino en su labor permanente de faro que ilumine y advierta de las consecuencias no deseadas de los tiempos fundacionales que pretendían instaurar los fundidos abrazos que se iban a propinar los ejecutores de la recién estrenada libertad y la añeja igualdad heredada. Efectivamente, los primeros alumnos que Arozamena quiso que sobresalieran, siguiendo los preceptos de su escuela mayeútica, no mirando las cosas de frente, pero que, al mismo tiempo, no perdieran de vista la nueva realidad de la que formaban parte, fracasaron de forma estrepitosa. De ello fueron responsables sus progenitores en su propia casa y los otros profesores del claustro en el aula del instituto donde daba clase. Como aquellas princesas del antiguo régimen, que todavía existían en la época de Tocqueville y que se equivocaban una y otra vez en la elección de quien las debía de querer, los alumnos de Arozamena eligieron como cómplice de sus vidas escolares el abrazo monstruoso nacido del imaginario calenturiento de sus progenitores y profesores, todos ellos “príncipes y princesas” del nuevo régimen democrático. Arozamena lo denomina la igualdad liberticida. Por la época de Tocqueville, Napoleón todavía gozaba de la popularidad que le dio ser el divulgador a sangre y fuego de las ideas de la revolución francesa, ya sabemos de donde viene nuestro mundo actual, y que son: libertad, igualdad y fraternidad. Nadie hablaba por entonces de justicia, debía ser porque la consideraban un subproducto natural de la fraternidad. Igualmente hoy la idea que Arozamena tiene de lo sobresaliente en la educación, aguarda su oportunidad escondida dentro de la escuela que mantiene dentro de sí mismo. Recordando a quienes quisieron inútilmente estipular de forma legal la mejor elección de quien había de querer durante toda su vida a las princesas casaderas del antiguo régimen, los que hoy quieren ser sobresalientes en la forma de estudiar del presente no tiene que esperar lo que no llegará legalmente, pero si ponerse a buen recaudo de las arbitrariedades de la igualdad liberticida de los príncipes y princesas del nuevo régimen democrático, en el que, por cierto, Napoleón es ya considerado un ser que esconde su maldad detrás de las infinitas posturas de lo que la nueva neurología empieza a llamar nueva imbecilidad o idiocia.
viernes, 2 de noviembre de 2018
ENDURECIMIENTO
Ese día se levantó tarareando una canción de su pueblo natal, Bermillo de Sayago, situado en la provincia de Zamora. El día anterior había pensado ir a la piscina, actividad que hacía tres días por semana, pero el buen humor le animó a dar una vuelta por el campo. Vive con su familia en una urbanización, rodeada de naturaleza por todas partes, lo que le permite que con un centenar de pasos se encuentre rodeado de pinos, alcornoques o plataneros. Las cosas desde que dejó su pueblo natal le habían ido bastante bien. Había estudiado una carrera técnica, se había casado con la novia de toda la vida y había tenido una hija. Lo único que no habían conseguido era un trabajo que le produjese la satisfacción que él creía se merecía. Antes de todo eso había experimentado lo que llama un poco tópicamente, ver mundo, con una estancia de tres años en Berlín. Aunque al principio tuvo enormes dificultades, pues la adaptación al clima y a la lengua le costaron mas esfuerzo de lo que él había supuesto, luego fue descubriendo en el estilo de vida de la capital alemana muchos de los rasgos con los que había imaginado la vida fuera de los lindes de su pueblo natal. Fue la época inmediatamente posterior a la caída del muro, lo cual también favoreció esa eclosión imaginativa. De repente, todo parecía posible, a diferencia de su pueblo donde nada acababa de llegar nunca. Valga decir que la experiencia berlinesa fue algo así como su educación sentimental, esa de la que después tanto cuesta desprenderse a la hora de afrontar los asuntos propios de la edad adulta. La caída del muro del Berlin significó para los de esa generación la caída de todos lo muros. Para Basilio Tejero también. Por eso no entiende lo que le pasa con el trabajo. Ahora todos son muros que se levantan a su paso cuando intenta buscarlo. Lo que menos tolera es la ceremonia a que se tiene que someter cada vez que tiene una entrevista, para que al final siempre acabe de la misma manera: lo sentimos pero de momento su perfil no coincide con nuestras necesidades actuales, de todas maneras guardamos su ficha por si más adelante nuestros intereses y los suyos pudieran llegar a un feliz entendimiento. Gracias. En estos días que se levanta con mejor ánimo, le da por pensar que lo mejor sea tal vez volver a su pueblo natal. Allí los muros son los de toda la vida y nadie se hace ilusiones sobre posibles cambios incomprensibles. O sobre causas que no dejen ver sus efectos sin demasiada pérdida de tiempo. Recordó las fotos que vio nada más llegar Berlin, en las que los berlineses de uno y otros lado del muro habrían agujeros quitando con entusiasta ansiedad las piedras para colarse por ellos. Probablemente la caída del muro de Berlín significó el endurecimiento repentino de todo lo que empujaba detrás de sus piedras. Como la lava liquida y ardiente, que nada más brotar del fondo del volcán solidifica al instante todo lo que arrastra. Cuando regresaba a casa por el camino que comunica la urbanización donde vive con el pueblo al que pertenece, su perro, un rotwailer macho de cincuenta quilos de peso que lo sigue por cada rincón de la casa, vino corriendo a su encuentro.
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