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ENTRE LUCES Y SOMBRAS
Continúo entre luces y sombras, que me han tenido muy ocupado las últimas semanas. Tanta demanda de luz nos ha acabado por transformar en unos iluminados. Tanta demanda de luz y su satisfacción casi inmediata nos ha hecho enormemente vulnerables a la oscuridad y las sombras. Y ahí, como decía hace unos días, se encuentra siempre el otro. Ese fantasma, ese enigma que nos rodea y asedia. No intente indagar o acercarse a él, novela o película mediante, a través de la lógica de la razón empírica. Hará un pan como unas hostias. Podrá quedar bien en todos esos círculos profesionales o sociales que se creen que el punto de vista de su profesión o grupo social es el punto de vista del mundo. Son ese tipo de gente que piensa que allí donde hay un problema tiene que haber una solución sencillamente porque son ellos los que así lo piensan, y si no es así es que no hay tal problema. O de otra manera, que a toda causa le corresponde su efecto que aclare y de todo su sentido a la secuencia. Son ese tipo de gente que tiene claro, perdón por la redundancia, que todos los problemas, por ejemplo, vienen desde el útero materno, o que el año emocional siempre comienza el uno de enero, o que el dinero lo soluciona todo, o que la solidaridad acabará con la pobreza que escupe la avaricia del dinero, en fin, ese tipo de determinaciones forjadas con cemento y acero, y para toda la vida. Me refiero a esa gente que cuando no siente y entiende (así por este orden) lo que lee o mira lo mide. Los indicios que, tozudamente manifiestan que en el objeto mirado pasa algo no habitual, son, en el mejor de los casos y como decía el otro día, desechables hasta que puedan ser reciclados de acuerdo a las exigencias del sistema de pesos y medidas. Aunque lo normal es que vayan directamente a la basura.
Intentar entrar en el mundo de Carson McCullers o de John Huston con la calculadora y la vara de medir da como resultado cero sobre cero. Intentar abrir las puertas principales, que dan acceso a las estancias de estos universos, con la llave de la racionalidad utilitaria es inútil. La forma de ese lenguaje no cabe en el ojo de la cerradura de las puertas de tales mansiones. Cualquier intento de entrar y moverse por allí no puede ser nada más que mediante la imaginación, es decir, mediante el lenguaje de la ficción. Y el lenguaje de la ficción no tiene nada que ver con el de la razón empírica o demostrativa ni con el del optimismo implacable de la voluntad que le sustituye cuando el anterior falla.
Una cosa son las películas que hablan del estamento militar como “la chaqueta metálica” o “senderos de gloria”, pongamos dos de las más emblemáticas, y otra bien diferente es el mundo que representa la novela de McCullers y la peli de Huston, que se desarrolla en un cuartel como puede suceder en una universidad, en un barco que cazar ballenas blancas, en el ámbito de una familia decimonónica, etc. Pero los lectores que se han colado en la novela o la peli como un elefante en una cacharrería, lo único que se les ocurre es que lo del cuartel tiene que haber sido por algo. Porque yo he hecho la mili y sé de que va esta gente, o porque yo soy pacifista y está claro el ridículo a que somete a los miltares, o que a Marlon Brando le sobraba el uniforme de capitán o su perfil de gay reprimido. Y en este plan. Como verá lenguajes sociológicos, psicologistas, políticamente correctos, sexológicos, lenguajes todos ellos luminosos e iluminados porque pretenden que todo quede claro al primer golpe de vista, en fin, lenguajes finalistas, demostrativos, y tal. Nada que ver con los lenguajes asociativos, simbólicos, metafóricos, ambiguos, oscuros, etc, propios de la poética del cine y la literatura, y del arte en general. Cuando los prejuicios empiezan a salivar entre las comisuras de los labios es para echarse a temblar.
McCullers y Huston dan forma y nos hablan, por cierto sin estridencias, de esas fuerzas permanentes que dominan el mundo y de una de ellas por encima de todas las demás, la que sugiere su presencia con esos reflejos de un ojo dorado que todo lo ve e, inclemente, a todo el mundo domina y sojuzga. Son fuerzas ancestrales que la razón, el progreso y la justicia no han eliminado de la faz de la tierra, sencillamente porque no han logrado entenderlas ni, aceptémoslo de una vez, lo podrán hacer dada su inabarcable condición. Son fuerzas que luego, en cada novela o película, adquieren una geometría y una sintaxis diferentes. Por eso “Reflejos en un ojo dorado”, novela y peli, son diferentes a “la balada del café triste” y a “los muertos” o a “el corazón es un cazador solitario” y “Moby Dick”. Son diferentes y las mismas.
Los occidentales siempre hemos asociado la belleza a la luz, su mas firme y fiel aliado. Lo de la sombra y el enigma que le acompaña no nos pone. Es más, siempre tan planímetricos, lo solucinamos todo con un golpe de ojo diciendo que el enigma no existe, simplemete que a veces a la luz le cuesta salir, y mientras tanto lo que no encaja en ese luminosdad idealizada queda reducido a la condición de desecho. Así nuestra idea de la claridad, que solo es la nuestra, se acaba convirtiendo en la medida de todas las luces. Siempe me ha parecido enígmátcio que cuando se pregunta a alguien, al salir del cine, que le ha parecido la peli, tenga en el disparedero una respuesta, que tiende en su manera de formularse a ser concluyente. Algo de lo que ha visto que le ha gustado se convierte, via sinécdoque, en que le ha gustado toda la pelicula. O lo contrario. Sin darnos cuenta la dictadura de la retina funciona así. Si la pregunta se refiere a la lectura de una novela o la visión de una cuadro o una escultura, dejemos la música a parte, la cosa no cambia porque la retina no para, y su necesidad de aprehenderlo todo de un solo golpe es inata a su condición dominadora. Así con una sola actividad, la de mirar con un solo golpe de ojo y desde el lado mas obvio de la luz, el dueño de la retina en cuestión habla y opina de lo que pongan delante.
El otro día compartí con un grupo de lectores la lectura de la novela de Carson McCullers “Reflejos en un ojo dorado”. No se si usted ha tenido ocasión de dialogar con los narradores que construye esta señora, pero le puedo asegurar que son cualquier cosa menos diáfanos. Digo más, la primera vez que un lector o un espectador tratan con una novela o una peli así con lo que admite comparación esa experiencia es con la del amor, la fe religiosa o el duelo por la muerte de alguien querido. Si se fija es de sentido común. Aunque en la línea argumental rara vez haya sorpresas, el punto de vista y la manera de colocar y ordenar los materiales es lo que deja hueco a la novedad, y es, por tanto, con lo que más cuesta enfocar la retina y los demás sentidos, si es que tiramos de sinestesia, que es como se debe mirar hoy en día.
El principal problema surgió con la idea que algunos lectores tienen de lo que es oscuro y lo que es luminoso. Para una gran mayoría oscuro es eso que se oculta a la vista ajena. Uno sabe que es, pero lo esconde bajo siete llaves a la mirada de los otros. Para uno de los lectores no había lugar a dudas, uno sabe siempre y en todo momento todo de si mismo, todo, luego saca a la luz lo que le conviene, ocultando lo propio. Eso era todo lo que el enigma de las sombras daba de sí para sus entenderas. Para provocar le dije que me engañaba. Nunca podrás saber lo que yo pienso y siento por ti, le dije. Yo soy tu principal y indescifrable sombra. Yo soy tu gran enigma. Y por extensión, si tu te crees que eres la luz, todo lo que no eres tu, que es todo lo que te rodea, es una inmensa sombra. La inmensa sombra de tu pequeña luz, mas espesa cuanto más te ilumines.
Queremos hogares, espacios, explicaciones y amantes luminosos, limpios, transparentes, que puedan abarcarse con un golpe de ojo, que lo digan todo de una vez, por los que no sea necesario transitar palpando y averiguando, en los que una imagen valga más que mil palabras y sobre todo mil tanteos. Para construir un mundo así, hay que desechar mucho: he aquí la razón de que nos movamos entre basureros y que nuestra principal ocupación sea el reciclaje y el tratamiento de residuos, ya ves. Ergo, somos un punto de luz en medio de un basural de sombras.
Hay gente que acude a lugares donde si no lo hace piensa que se puede perder algo fundamental. Con semejante conducta, tengo para mí que van acumulando lugares donde no quisieran estar, o donde no quisieran que se le esperara, lo que le aleja una y otra vez de los que le pudieran ser de auténtico interés. Lo fundamental tiene en este caso una proyección social o mediática y también tiene que ver con querer estar donde no están en cada momento. Rara vez es una llamada interior en forma de instinto, o como se llame esa fuerza, la que marca el principio de lo que pueda llegar a ser un itinerario o un trayecto. Siempre me viene a la cabeza aquella frase que escuché un día, ahora no sé si a un filósofo de la universidad o a un comercial de una agencia de viajes, en cualquier caso tipos curtidos ambos en esto de ofrecer excursiones, que decía que hay viajeros que pueden dar la vuelta al mundo siete veces y no se enteran de nada, y otros que van cada día a la taberna del barrio, de donde nunca se han movido, y se traen el mundo en su cabeza. Los viajes low cost han disparado de forma exponencial este ansia de ir a donde cuesta llegar por un euro, y si las tasas van incluidas el viaje ha salido redondo antes incluso de despegar. Lo cual produce una ilusión que encierra, como toda ilusión, una trampa. La de confundir el poder querer ir a cualquier sitio con la de querer estar en ese sitio, o querer a ese sitio.
Lo que vale para esa forma de viajar, vale para elegir un itinerario lector o artístico en general. Por razones profesionales es frecuente que me pidan consejo sobre un libro, o un autor, que indefectiblemente suele estar en el candelero del cotarro editorial del momento. Si se fija un poco los viajes turísticos son los correlatos geográficos de los itinerarios literarios mediáticos. Y es que uno viaja como lee, y al revés.
Al igual que viajar así lleva acompañada la confusión aludida, al leer le pasa lo mismo. Hoy en día cualquier lector puede querer leer lo que le venga en gana, pero no puede querer lo que quiera leer. La pregunta recurrente que me hacen muchos lectores se debe a esa desafección que emana de la segunda parte del anterior enunciado. No pueden querer lo que quieren leer, y lo que pueden querer leer ya no les interesa. O dicho de otra manera, hay muchos lectores que están hasta el trigémino del soniquete editorial y sus consignas. Pueden haberse leído páginas y páginas y tienen la sensación de estar en el mismo sitio. Y no saben qué hacer. Desde pequeños les ha dicho que hay que leer, que leer es bueno, que leer los hará cultos, que leer los hará libres, que leer los hará sabios, en fin, toda esa martingala. Los maestros insisten, las instituciones gastan papel, presupuesto y carteles para fomentar la lectura, los editores se quejan, los libreros también. No leer se ha convertido en una culpa, en un pecado, en una mancha. Y nadie quiere sentirse culpable. Ni que le digan que es tonto porque no sabe leer.
Pero el problema empieza entonces: ¿qué leer?
Leer todo es imposible y leer casi todo también. La única opción posible y razonable es intentar leer los libros necesarios. El problema sigue porque nadie se pone de acuerdo sobre la composición de esa lista imaginaria. Circulan muchas pero ninguna, afortunadamente, es fiable. Digo afortunadamente porque esa lista debe ser un descubrimiento personal, aunque transferible, que cada lector y lectora debe hacer por sí mismo, aun sin renunciar ayudas y recomendaciones de otros.
Para encontrar los libros necesarios se requiere, ante todo, descubrir cuales son las preguntas con que uno convive, es decir, es necesario pensar el mundo personal y el colectivo. Si uno conoce esas preguntas se puede orientar en la selva editorial y en la herencia literaria. Puede escapar de las modas y de los prejuicios estériles. Puede ir más allá del me gusta o no me gusta, para empezar a responderse: este libro me interesa o este libro no me interesa. Por ese camino se puede llegar, incluso, a descubrir los grandes libros, los grandes autores: los que nos ofrecen las preguntas que nunca nos habíamos imaginado. Esos son los imprescindibles. Son pocos seguramente. Pero valen más que mil campañas publicitarias. Nos hablan en voz baja en estos tiempos de tanto ruido.
LA ALEMANA DE CANNES
Bien, como decía el otro día, dejé al cineasta israelí lamentándose a la francesa de la deriva totalitaria que esta tomado su país, cogí el autobús y pocos minutos después tenía delante un histora de amor que ocurria en Frankfurt, capital de la pasta europea y también la que nos tiene fichados y tutelados por no hacer los deberes económíco-financieros.
No se ahorra el joven director aleman escenas y secuencias donde se ve todo ese poderío del que depende el ser o no ser europeo, del que dependemos los de por aquí. En una de ellas, que se repite en diferentes ocasiones y que marca el espacio narrativo de la peli, un grupo de cinco jerifaltes del más alto nivel se reunen alrededor de una mesa redonda situada en la planta más alta de uno de los edificios más altos, sino el que más, de la ciudad. Acero y cristal a raudales, diseño hospitalario en todos los rincones, frialdad de estepa kazaja, cruce de miradas rasgadas como lanzas envenenadas. Sobre la mesa de madera noble, pongamos que de procedencia africana, cinco vasos rodeando una botella de agua y un puñado escaso de papeles para adornar (ya sabe que el poder no los necesita, tiene al mundo en su cabeza). El despacho era grande, muy grande, para que me entienda, había hueco para organizar dos o tres viviendas mileuristas. Y lo más importante, todo estaba rodeado por un enorme ventanal desde el que se divisaba toda la ciudad. Si mirabas hacia arriba no sabías si Dios estaba mas allá aun o si habia quedado sobrepasado por el rascacielos. Si lo hacias hacia abajo, nunca los seres humanos fueron tan escarabajos y tan insignificantes. La conversación bajo el predominio de la lengua de Lutero hacía que las palabras pareciesen nuevas, poco usadas diria yo, lo justo para decir cual era el destino de los millones de humanos que pululaban mas abajo. En esta ocasión, me fijé con especial atención en la fonética, en el poderío de su embriagadora eufonía. ¡Como modulan los poderosos las palabras! No si se exagero, pero en algún momento me parecieron personajes wagnerianos. Eran voces que no solo trajinaban con los negocios, sino que dictaban sentencia como si leyeran un libreto operístico. Transmitian la gravedad del cargo, pero también la levedad de quien ha llegado, y se sabe, tan alto, lo más alto. Esa combinación los hacía tan repugnantes como atractivos. En la pantalla siempre me provoca el sentimiento, y me hace cambiar de perspectiva respecto a estas altura. Para compensar, lo más conmovedor era verles enjuagarse la boca suavemente, como para coger aire, con un trago de agua.
Cuando veia esto en la pantalla, ya nos habían dado el primer repaso en Bruselas, pero viendo y oyendo a estos ejecutivos de Frankfurt comprendí también nuestro futuro. La determinación de la economía alemana y de esa manera de hablar y de imponer que la acompaña, que otorga la forma de las grandes decisiones de esta gente, han hecho suya la moneda única europea. Diría más, han hecho de ella una de las experincias mas importantes e interesantes en este cominezo de siglo. Han hecho del euro el destino del siempre retorcido espíritu alemán. Y por primera vez no sentí miedo. Ya le digo, si quiere asco y admiración a partes iguales, pero no miedo. Lo vi claro, mejor que en cualquier artículo especializado, a muchos de los de la Europa del Sur, que yo me sé, se les ha acabado el chollo.
Pues bien, uno de los que se sientan en la mesa, Roland, se lia con la mujer de uno de sus empleados, Svenja. No piense que la peli deriva según los cánones sabidos. Es lo que uno espera, pero no, fue que no. Latinazo que es uno.
Lo del amor y sexo se cuela como una fuerza más en aquel conclomerado de fuerzas. Hay que ver la cara que se les pone a los hasta ahora todo poderosos, compas de Roland. No es sequedad alemana, ese prejuicio, también, mediterráneo. Es la forma de la vida desnuda de objetivo. Es la vida ya sin propósito, ¿qué quiere que ocurra alli arriba, si más arriba no hay nadie?. No hay ese tipo de sexo que se imagina, ni nada que distorsione la dirección de las fuerzas en liza. Solo hay desequilibrio por una intrusión de vida de abajo inesperada e inopinada. Todo vuelve a su cauce cuando Roland dimite de todos sus cargos. Se me ocurrió que allí arriba las cosas ya no suceden, son siempre, y que solo así se parecen a las de abajo. Si hay algun lugar donde esta brillante frase de Salustio se hace visible es en los cielos de Frankfurt. Abajo en la ciudad, las cosas pueden suceder o no, depende como se muevan los de allí arriba. Un caso como éste puede alterar el orden de la bolsa, lo que pasa es que los de abajo, para consolarnos, seguimos pensando que se debe a la voluntad diabólica de los mas ricos, vamos, que son unos hijos de de la gran puta. Yo creo que la cosa tiene más misterio y es más inenteligible de lo que parece. Y después de todo las madres de estos personajes solo fueron responsables de querer parirlos. Si es que lo fueron. Lo que ocurre es que la cuenta de resultados, ya sea en la bolsa o en el hogar mileurista, no admite tregua, ni otra mirada.
POR COMPASIÓN
Al igual que en la literatura, hay un cine seminal y un cine crepuscular. En literatura William Faulkner es seminal, Samuel Beckett es crepuscular. El cine de John Ford es seminal, el de David Linch es crepuscular. La peli de Michael Haneke se mueve dentro del ámbito del primero, pero rayando con lo que ha habido en medio hasta la llegada del segundo. ¿Qué ha habido, y hay, en medio? Por un lado, todo lo que ha dado de sí la apabullante y fatua grandilocuente del poder financiero-militar del siglo XX, urbano y occidental, cada vez más abstracto y difuso, con sus dos guerras mundiales y sus centeneras de millones de muertos como las joyas de su cetro y corona a su cuenta particular de resultados . Por el otro, todo ese tipo de relatos e historias de gente que nos caen bien, que no paran de seducirnos con sus gracietas y sus pecados veniales, que se parecen tanto a nosotros que son mismamente como nuestro espejo de cabecera: cobardes, interesados, a menudo obtusos, débiles de carácter pero siempre dispuestos a comerse el mundo, matando a quien haga falta con tal de ser lo que aparentan. Ese aspecto fronterizo es lo que hace a la peli de Haneke muy interesante. No he dicho apasionante, como dice mi amigo, he dicho interesante.
¿Qué quiere decir seminal?, que vuelve al origen, que se nutre de los elementos primarios que lo forman, su fisicidad como cuando el mundo empezaba, o no se movía tanto, es de un rigor inapelable. ¿Qué quiere decir crepuscular?, que con su lenguaje quiere representar que esto, de tanto marear la perdiz, se ha fragmentado sin vuelta a atrás, que ha entrado en una época de acabamiento, su liquidez y evanescencia, su falta de destino dominan el cotarro narrativo. Es la segunda ley de la termodinámica aplicada a la creación artística.
¿Qué hace Haneke?: volver al origen. Podía haber elegido el crepúsculo y lo habría hecho igual de interesante, a este hombre le sobra el talento, pero elige volver al origen. A un cierto origen crepuscular, valga el oximeron, el anterior a la debacle europea. No vuelve en busca de soluciones, ni para culpar a nadie. Vuelve la vista atrás porque mirar solo hacia adelante ya no da más de sí. Aunque le cueste creerlo, vuelve la mirada hacia atrás con la cámara en el presente, y lo hace por compasión hacia nosotros, los espectadores actuales. No se ha ido al mundo rural para decirnos que guapos y qué civilizados somos los urbanos. Pienso que no. Guardamos en nuestro fondo de armario, moderno y civilizado, suficientes horrores y barbaridades como para anegar mil veces a aquel mundo rural. Por compasión hacia el espectador actual, digo, también podía haber elegido como hilo argumental cualquier episodio del final de las guerras napoleónicas, o de la guerra franco prusiana, o de las guerras de religión, en fin, se podía haber ido hasta Carlomagno el inventor del imperialismo europeo que “tantas alegrías” ha dado al mundo mundial. Por tanto, hay que fijarse muy bien en el momento que ha elegido, en el objeto de la narración y no okuparlo con prejuicios historicistas. Haneke sabe, como usted y como yo, que el ser humano es el único ser vivo que no está en su lugar. Vivimos desalojados, y eso nos angustia y es la fuente de todo nuestro dolor y sufrimiento, de ahí la nostalgia que no cesa del paraíso perdido. Haneke no quiere demostrar nada, simplemente lo quiere volver a intentar, desde la intuición y la sugerencia, aunando la confusión del momento actual y la fuerza expresiva y simbólica que supone poner delante de la cámara un mundo desaparecido, que nos pertenece. Frente a la dictadura de la actualidad, de repente, la eternidad.
Creo que fue Pascal, el Haneke del siglo XVII, quien dijo que todos los males nos vienen de no resignarse uno a quedarse tranquilo en casa: un viaje es una insurrección. Justo cuando acaba la peli, comienza el viaje insurreccional definitivo y final, que durara treinta años y que acabara, entre el Auschwitz nazi y el Gulag soviético, con todos los sueños, profusamente imaginados, de convertir a Europa en el paraíso terrenal. Vemos ese mundo rural y a esos tipos que hay echarles de comer a parte: brutales, egoístas, palurdos, intolerantes, antipáticos, también generosos y tiernos, obsesionados por su integridad nunca por su apariencia, siempre viles, humanamente viles, pero que a su manera se quieren con esa nobleza trágica con que funciona el amor en ese mundo. Cuando los dejamos, suben los títulos de crédito, y ha comenzado el principio de lo que más tarde serán los escombros sobre los que ahora nosotros vivimos. Años después, con esa voz cascada propia de una persona anciana y cansada, el maestro del pueblo, representante de la cultura y de la ilustración europea que iba acabar para siempre con todo ese mundo ancestral, irracional, feo y animal, desolado y perplejo no muestra el menor atisbo de satisfacción ni da crédito a lo que ha pasado. Pero usted y yo si lo sabemos. ¿Verdad?
Le dejé el otro día delante de un reto diabólico: la única manera de conseguir la dignidad es en la intimidad de uno mismo. Vaya panorama. Como para fiarse de ese tal Uno Mismo. No si ya ha ido a la farmacia, si es que no hoy reitero lo dicho y creáme que no le engaño. Como le decía, cualquier intento de tratar con la realidad exterior y sus circunstancias dentro del paradigma dominante es echar a perder la dignidad. Pero no intentarlo de ninguna manera, por el mero hecho de que es un fracaso asegurado, conduce a la locura. Por tanto, nada mas nos queda saber elegir las otras circunstancias bajo las cuales vamos a defender nuestra dignidad.
La dignidad humana tiene que ver con la comunicación, y esta presupone un estado de pureza o de transparencia, necesarias para la compenetración. La transparencia necesita un lenguaje y éste de su traducción (¿qué dices? o mas aún ¿qué me dices con lo dices, o con lo que callas?). Llegados aquí se acabó la ilusión de llegar al otro. Todos nuestros problemas derivan de la proverbial incompetencia de nuestra naturaleza para aceptar eso. La incomunicación que de ello se deriva nos precipita al abismo una y otra vez. No se quede embobado delante de los picos de oro, fíjese con atención y les notará el carton de todas sus trampas entre tanto brillo. No se enfade ni sospeche de quienes nunca dicen nada, fíjese y observara igualmente los atajos oscuros de su silencio. En fin, fíjese en cualquiera que hable en una conversación cualquiera un dia cualquiera, y dedíquele diez minutos a analizar lo que han dicho. Si es que ha habido, lo cual no se lo voy a a negar, determine de que lado ha caido, y hacia donde apunta, la inteligencia, la sensibilidad, la torpeza o el cinismo. Le hablo de eso que los lingüistas llaman los ideolectos. Todos, sin excepción, el brillante, el mudo, el inteligente, el torpe, el cínico, el normal, usted y yo mismo, nos apropiamos del lenguaje común que es patrimonio de nuestra cultura y tradición, y lo adaptamos a nuestros intereses personales y del momento a la hora de dirigirnos a los demás. Lo que decimos ya no es lo común heredado, sino nuestro particular manara de traducirlo, nuestro ideolecto, que como es fácil deducir ya nadie entiende. Aunque las formas de las palabras sean las mismas, el sentimiento y el sentido que las arrastra ya no es el común del origen, sino que tiene que ver con los intereses de uno mismo. Esa apropiación de lo que es de todos, equivocadamente, le llamamos comunicación cuando en realidad es una de las formas de la supervivencia de la especie, que es lo mismo que decir una de las formas que coge el poder. No puede soslayar que lleve, en su firme determinación de ser así (hay que tirar para adelante, mandando y obedeciendo), su propia indignidad. No vea en ello un cuestión de moralina barata, vea su inevitabilidad. Resultado: lo que conocemos como comunicación humana, dialogo y tal, no es otra cosa que un sinfin de ruidos ininteligibles emitidos entre esos especímenes que se parecen a uno mismo. Ese jolgorio puede llegar a valer para mantenernos dentro de la vida económica, política y social con sus componendas y complicidades, pero no para la verdadera comunicación.
Por tanto, las verdaderas circunstancias de la comunicación solo vale la pena buscarlas y elegirlas dentro del ámbito de la ficción, el lado oculto y oscuro de lo real. Ahora la pretendida objetividad y voluntad de medirlo todo, antes que entender lo que se pueda, de éste, es sustituida por la sugerencia, lo simbólico y metafórico de aquella. Yo creo que estos ambientes son los que mejor le sientan a nuestra dignidad. Esta forma de la comunicación se puede entender como una farsa, o como algo de cuya necesidad se puede obtener algún tipo de beneficio. En el primer caso es justamente seguir al pie de la letra el tópico tan vilmente aceptado y publicitado por quienes fundamentan sus intereses en que no decaiga: yo leo o voy al cine para distraerme y no pensar, que bastantes cornadas da la vida. O sea, fe irreductible en la vida a pesar de sus embestidas, usando la ficción en plan analgésico y tal. Lo que acontece es que las farsas terminan más tarde o más temprano.
Es más interesante lo segundo. Que sea imposible (no nos entendemos, como decía el americano impasible de Graham Greene), no quiere decir que la comunicación no siga siendo necesaria y beneficosa cuando se intenta. Paradójicos que somos los mendas de esta especie nuestra. El esfuerzo de llevar cabo esa tentativa sin esperanza, produce unos lazos lo suficientemente fuertes que evitan caer en esa catatonia que sería nuestro final. Nuestras contradicciones, nuestra lagunas mentales y de las otras, las diferencias entre lectores y espectadores, son las que producen la tensión necesaria para qué el conocimiento y nuestra actitud delante de él produzcan algún tipo de beneficio, como decía antes. El sentido de todas esas experiencias está asociado al sentir, es decir, a la forma como provoca nuestro sentimento y, en consecuencia, al cambio de percepción que de ahí deviene.
A lo largo de mi vida, en diferentes instancias y a variopintas distancias, he conocido matones de todo pelaje, pero nunca conocí a un asesino de verdad hasta que vi, y vuelvo a ver, a Lee Marvin en la peli Los asesinos. Ni le cuento la cantidad de adolescentes que he tenido que oir y aguantar, empezando por el que yo fui en su día, a lo largo de mi biografía, pero ninguno me ha dicho tantas verdades a bocajarro y con tanto sentido como el quinceañero Holden Caulfield, en la novela El guardian entre el centeno. Me he enamorado unas cuantas veces y he escuchado pacientamente a mis amigos-as los temanejs de sus amorios, pero nadie ha dialogado desde lo mas hondo y con mas honradez sobre su historia de amor como lo hacen Bogart y Bergman en la transtienda del bar de Rick en Casablanca. Solo son unos ejemplos, seguro que usted tiene los suyos, de como la comunicación verdadera cuando se busca con ahinco y dignidad se encuentra.
El Gran Macho Proveedor lo ha dicho, y junto a él toda la cohorte de sus palmeros: sigo siendo el mismo, las que han cambiado son las circunstancias. Creo que no ha dicho la contraria: que si las circunstancias no hubiesen cambiado, a él no lo reconocería ni la madre que lo parió. Los grandes machos proveedores eran quienes traían la caza a la cueva cuando entonces. Ya se puede imaginar en manos de quienes estamos. ¿Se puede vivir, amar, odiar, desertar, gobernar, en fin, se puede uno morir sin circunstancias?
No sé a qué dígito del coeficiente intelectual he de atenerme para medir lo que pasa por la cabeza a gente así. Tampoco sé muy bien el qué decir delante de alguien que tiene como orgullo prioritario no cambiar en la forma de pensar o percibir. Cuando lo propio del paradigma histórico en el que vivimos y convivimos, y que, con nuestras rabietas, más o menos aplaudimos, a saber: la racionalidad científica, la innovación tecnológica, el sistema de mercado libre y la democracia política, es el cambio permanente de personas y sus circunstancias, me hago cruces de las del antiguo paradigma teocrático al escuchar aquello de que yo pienso lo mismo que cuando tenía veinte años, así que cambien las circunstancias, sí quieren, o sino que se jodan. Tanto me da si quien así se expresa solo tiene puesta su confianza ciega en el recuerdo del futuro o si lo que le hace levantarse cada mañana es su fe inquebrantable en el invento del pasado. Son en el fondo dos maneras irreductibles del mismo inmovilismo, dos estilos suicidas que siempre están en disposición de poner al borde del precipicio el paradigma en el que vivimos. Digo más, cualquier hombre o mujer de cuando el mundo era mil años más joven tenían un sentido del cambio y de la permanencia más arraigado y equilibrado. Tenían también más hambre y la violencia era más explícita y diaria, podian morir en cualquier amanecer o puesta de sol, la seguridad era nula o muy escasa, pero nunca perdieron la dignidad necesaria al pensar que todo venía del cielo.
Los del paradigma moderno apostamos toda nuestra dignidad a las instancias científico-tecnológicas o del mercado y a las elecciones cuatrianuales, pero no queremos entender que la dignidad no tiene sentido en esos ámbitos. Está fuera de sus dominios ya que, como dicen los expertos, no poseen sistemas de autorregulación. Es lo que mejor hemos inventado para resolver los problemas sociales, digamos, para no matarnos un día sí y otro también, pero eso no garantiza que no se pueda ir todo a la mierda en el mejor de los mundos posibles. Ya lo ve. No queremos entender que apostar ahí nuestra dignidad es perderla para siempre. De repente, cuando hemos conseguido no matarnos tan a menudo, cuando hemos conseguido vivir holgadamente, resulta que nuestra dignidad se convierte en un problema. Pasa lo mismo que con las palabras, que solo nos damos cuenta de su complejidad cuando se hace evidente leyendo un texto. Mientras, hablamos y hablamos como si fuera lo más natural del mundo. Difusamente queremos seguir teniendo nuestra dignidad intacta, pero no sabemos cómo hacerlo. Tenemos de todo pero no sabemos de qué va eso de ser dignos. O nos fugamos hacia ninguna parte, o mejor quedarnos como estamos, que tenemos mucho que perder. Ya le digo, los dos movimientos suicidas en que estamos embarcados. Dos bandos para los que no tienen otra cosa que el orgullo pertinaz y resentido de decir que siempre han pensado de la misma manera. Como si ese comportamiento y los resultados que de él se derivan tuvieran una relación inmediata. Y Dios, que hace cuatrocientos años que no dice ni mu, no va venir ahora a echarnos una mano. Probablemente ni vuelva a aparecer por estos lares.
La dignidad se logra y se mantiene a base de tratar con la realidad y sus circunstancias de frente, no dándole la espalda o negar que existe, inventándonos una a la carta. La dignidad es un concepto ético, no científico-técnico, económico o político. Es un concepto individual e íntimo. He leído por ahí que, tal y como está el patio, algún espabilao lo pretende comercializar en las farmacias como un psicotropo. Claro está, sin receta médica.