jueves, 22 de octubre de 2026

L’ATALANTE

 No es habitual que nos cuenten historias de ángeles, muy angelicales, y humanos demasiado humanos, haciendo unos y otros de las suyas en el interior estrecho de una gabarra que va navegando por los canales del Sena hacia los confines de Paris. Se me ocurre que ese milagro solo es posible en situación de tránsito. Tal es el caso de la peli L’Atalante de Jean Vigo. Tránsito de la peli entre el cine mudo y el sonoro. Tránsito de su director entre la vida y la muerte. Y transito, como no, del espectador, que quiere hacer algo con lo que ve y con lo que hace con él eso que ve, y se da cuenta que no tiene mañas para moverse en el lugar que ocupa, que es donde lo ha colocado el punto de vista y la puesta en escena de la película. Y es que L’Atalante es una película que priorizar lo que ilumina antes que lo que provoca, y a eso los espectadores de la sociedad digital y del espectáculo no estamos acostumbrados. Ya que la actualidad nos sitúa en Francia y en Paris, nos mola más la provocación de verlos en llamas a través de las pantallas sentaditos en nuestras butacas, que entender lo que iluminan estas llamas y que no vemos debido a tanto alboroto infantiloide. ¿Donde están los adultos en estas crisis postmodernas?


Cuando Jean Vigo filmó l’Atalante, 1934, la situación política y social era mucho peor que ahora, pero no se le ocurrió caer en esa trampa de utilizar el cine para denunciarla. Crisis sociales, demasiado humanas ha habido y habrá siempre y denunciadores rampantes demasiado humanos de las mismas también, pero que bajando del cielo nos visiten los Angeles demasiado angelicales, como digo, no es habitual. Y hay que aprovechar la oportunidad. Jen Vigo, una gran observador de la realidad terrena y celestial, lo tenia claro y optó porque fuera la segunda la que tomara el protagonismo en su película. Dicho a la manera de los críticos profesionales: la película está filmada a la manera poética y es como si te visitara de nuevo tu canción favorita. Pues eso.


Todo comienza con la secuencia en que se ve a Jean y Juliette contraer matrimonio y después ir caminando, seguidos del séquito correspondiente, a emprenden su luna de miel a bordo de L'Atalante. Una barcaza de la cual Jean es capitán, junto con el marinero Père Jules y un joven cabinero, que navegan por los canales cercanos al Sena haciendo sus encargos y chapuzas. Ese primera secuencia terrenal deja paso a las secuencias celestiales en las que se ve Juliette vestida toda de blanco caminar a bordo de la barcaza y en los muelles donde esta se detiene. Mientras tanto, vemos a Jean que no se separa de ella ni un segundo, hasta el punto de perder el norte, no como capitán de la barcaza sino como amante de Juliette, cuando decide abandonar la barcaza e irse a deambular por Paris. Como contrapunto, el marinero Pere Jules y el joven cabinero ponen la mugre y oscuridad propias de un sitio así. Lo sublime del asunto es que sobre semejante escenario, el amor que se tienen los recién casados prevalece y resalta sin marchitarse sobre la mugre y tosquedad de la barcaza y sus marineros. Y este es el principal hallazgo de la puesta en escena de Jean Vigo. Vemos a Jean y Julieta amar sus cuerpos y sus almas vestidas de blanco sin que aparezca ningún atisbo de posesión del uno hacia el otro, y viceversa. Y vemos también al marinero Pere Jules y al joven cabinero hacer su duro y negro trabajo sin que ello afecte, ni manche en ningún momento, a la delicadeza de los movimientos de los jóvenes amantes y recién casados, que entre ellos deambulan. 


L’Atalante vista teniendo en cuenta el escenario prebélico en que se rodó, por ponernos políticos al estilo de Hannah Arendt y para conectar con el presente, puede interpretarse también como una metáfora de cómo cuidar el mundo común, por muy estrecho que nos parezca. Un mundo que nunca debemos perder, pues es en él donde solo podremos desarrollar lo mejor y lo peor de nosotros mismos escuchando al mismo tiempo lo mejor y lo peor de los otros. Y tomar al tiempo buena nota de ello para no acabar a tiros, como otras veces ya ha sucedido, en un campo de batalla.