sábado, 28 de marzo de 2026

KAFKA EN URGENCIAS

 Sin saber cómo y por qué una tarde del primavera la doctora K , suplente enfadada del centro de atención primaria de mi barrio, envío a mi mujer al servicio de urgencias del hospital más cercano, pues había detectado una amenaza de hospitalización debido a que sus índices de saturación respiratoria eran muy bajos. La doctora K antes de dirigirse a mi mujer pidiendo que le dijera lo que le pasaba, no quiso evitar hacernos partícipe de su enfado; tal cabreo consistía en que la habían llamado la noche anterior para que se presentara en el centro de atención primaria donde estábamos, llamada que había colmado su paciencia profesional itinerante pues era reiterativa en los últimos meses sin que ninguna autoridad sanitaria ni de otra índole le diera una explicación razonable al respecto. Mientras tanto, mi mujer no había hecho nada malo para tener que soportar semejante enfado y sus consecuencias no deseadas en forma de arresto hospitalario, tal y como le había sugerido la doctora K. Al contrario, durante la semana anterior había cumplido a rajatabla el tratamiento contra una incipiente neumonía que la doctora que la atendió le diagnosticó después de una minucioso auscultación, en ese mismo servicio de urgencias. Un tratamiento a base de antibióticos, aerosoles y demás fármacos, prescritos en los protocolos clínicos y hospitalarios para combatir los efectos nocivos de aquella. 

El caso fue que nos presentamos con la hoja que nos dio la doctora K enfadada en la sala de urgencias del hospital. No sin ocultar nuestro temor que allí mi mujer fuera hospitalizada, nada más entregar el papel de la doctora K enfadada a la funcionaria de urgencias del hospital. Casi cinco horas después, afortunadamente, mi mujer y yo pudimos comprobar que no fue así. Al parecer el enfado de la doctora K había influido en la medida de los índices de saturación respiratoria al insertarle el aparato de medición en el dedo índice de mi mujer de manera inadecuada. Aun así, al abandonar el hospital con todos los papeles en regla y la conciencia tranquila de que la incipiente neumonía de mi mujer iba camino de su desaparición, las sombras de Joseph K y Gregorio Samsa que nos habían acompañado durante todas esas largas horas de espera, todavía iban detrás en los asientos del coche en el que volvíamos de vuelta a casa.