Esa contradicción me abruma debido a que me hace sentir que dejo de ser yo mismo. Me ocurre con frecuencia. Esta vez procuré poner otra forma de atención hacia lo que sucedía. Yo estaba mirando el vuelo de un pájaro del que me atraía su actitud de carroñero, aunque no lo era. A la mujer la vi venir como si estuviera buscando algo. Pronto advertí que era un banco de madera e hierro forjado que estaba colocado cerca de un alto ciprés, el único ser vivo que, dicen, cree verdaderamente en Dios. La mujer se sentó en el banco y miró hacia el cielo, donde el pájaro seguía simulando que era un carroñero a la busca de su festín y el ciprés señalaba la trascendencia. La mujer abrió un libro y se puso a leer. Entonces la sabiduría que esconde la vida unió sin pedirme permiso y de forma inesperada, al pájaro, al banco, al ciprés donde me apoyaba y al libro que la mujer leía entre sus manos.
