Lo que interpela al espectador de hoy, al ver esta película, es llegar a comprender como afecta al tiempo de que están hechas las almas de tantas vidas convocadas a un lado y otro de la pantalla, durante el tic tac de la hora de espera que marca el reloj de pared mecánico.
El lugar común es el pueblo de Hadleyville y la hora del reloj común es la llegada del tren al medio día. Entre ambas coordenadas transcurren, desde el primer minuto de la película de Fred Zinemann, las vidas de todos y cada uno de sus protagonistas, y a través de ellos la experiencia del espectador que va cronometrando con su mirada sobre el reloj que aparece periódicamente los cambios que se van produciendo en la vida exterior e interior de los protagonistas. Esa simultaneidad y relación de causa y efecto entre los sucesivos acontecimientos que van ocurriendo a medida que el tic tac del reloj se acerca hacia su destino: high noon, da cuerpo y sentido, por un lado, al suspense: que va a pasar en el próximo minuto, y, por otro, al misterio que está sucediendo siempre en la intimidad de cada personaje. Orden, duración y frecuencia. El tiempo articula el proceso de dar forma y fijar la experiencia humana. Toda narrativa reordena la experiencia temporal. Cuando la velocidad de las experiencias impide su elaboración, y se pasa de una a otra sin solución de continuidad, la capacidad simbólica se deteriora. No es el caso de “Solo ante el peligro”. Más bien el espectador comprende, no sin esfuerzo, todo lo contrario. Al final de la peli, el sonido del último disparo y el del último tic tac que ha debido dar el reloj, esta vez fuera de cámara, que nos ha acompañado como un fiel protagonista, proporcionan el sentido del tema de la peli, que no es otro, por fin lo comprendemos en toda su dimensión e intensidad, que el de la espera y la soledad que lleva añadida.
Esperar es una lata. Y, sin embargo, es lo único que nos hace experimentar el roer del tiempo y sus promesas. Hay infinitas formas de demora: la que llega con el amor, la visita al médico, la espera en el andén o en el atasco. Esperamos: al otro, la primavera, los resultados de la lotería, una oferta, la comida, al adecuado, y a Godot. Entonces, ¿por qué esperamos lo que espera Will Kane tantos años después, nosotros que además de lo dicho también somos los espectadores mas impacientes de la historia de la humanidad? Nosotros los hijos terribles de la edad moderna, que por no esperar ya no esperamos ni a dios ni al diablo. Nosotros que al decir que esperamos queremos decir que sólo nos esperamos a nosotros mismos. Sin ningún tipo de esperanza.
Una de las virtudes que uno descubre al volver a ver hoy “Solo ante el peligro” es que ata en corto a nuestra proverbial impaciencia digital. Y no es poca cosa. Es lo que pasa con el cine clásico. Devuelve al mundo el sabor del tiempo y del espacio, como un ser vivo que es, separándolo, debido la complicidad con la peripecia de Will Kane y sus contemporáneos, del sabor máquina de los andurriales digitales por donde habitualmente deambulamos.
