martes, 28 de noviembre de 2017

ENMIENDA A NUESTRA INMORTALIDAD

Como nos enseña Sócrates con sus diálogos, una de las razones de renovación creativa de nuestra prosa habitual es defendernos de los sofistas, que siempre quieren ganar nuestra confianza diciéndonos que somos inmortales y merecedores de todas las glorias divinas. Los diálogos de Sócrates nos enseñan a ser mortales, o dicho en plan administrativo para que siente mejor, a poner enmiendas a nuestra inmortalidad habitual, lo cual, a pesar de nuestras ensoñaciones y delirios, no ha dejado ser vigente desde entonces. Sin embargo, cuando vi a Duarte alejarse para ver la última instalación que tenía anotada en su guia, de nada me sirvió el optimismo renovador del sabio griego, pues me entró de repente una sensación de nada o de vacío, como si ahora fuese el mundo el que se hubiera derrumbado y aquel contenedor de mercancías que tenía enfrente fuera su última imagen, lo que también significaba su imposible recuperación. Probablemente, pensé, este fuera el postrer mensaje del arte contemporáneo: que ya no hay mundo en el que acogerse, pues la mayoría somos víctimas de nuestras máscaras, siendo el contenedor la última máscara o la síntesis de todas las máscaras con que hemos ocultado nuestra condición de seres mortales. En fin, que todo es nada y vacío, y algún claro del bosque, si aún perdura en uno el impulso invisible de la búsqueda, donde encontrarse de forma provisional con este tipo de supervivientes. Me pareció una imagen aceptable, esta del claro del bosque, para discernir sobre las veleidades que me habían salido al paso en la visita a Documenta. Se podría resumir como una danza continua de máscaras fuera de cualquier ritualización carnavalesca, entretejida o salpimentada con algún claro del bosque donde todavía era posible tener algún criterio del mundo. Y de nada valía enfadarme por la falta de Exaltación Vertical que todo aquello respiraba - y que sin saber por qué yo estaba reclamando desde que vi por primera vez el Parlamento de los libros prohibidos -, por la vulgaridad horizontal a que me sometían la mayoría de las instalaciones - y que tampoco sin saber por qué, si exceptuo esa nostalgia por lo divino, me acompañaba desde el principio. Pues de nada valía, al fin me dije, esa nostalgia por las grandes creaciones del pasado en beneficio y gloria de una divinidad que se ha ido para siempre. El mundo en el que vivía con Duarte y con todos los que nos acompañaron en los dos días de vista en Kassel era, ni más ni menos, como lo mostraba Documenta. Humano demasiado humano. ¿Era ese exceso de humanidad lo que lo había derrumbado ante mis sentidos? ¿Ese exceso de humanidad, o ausencia total de divinidad, era sinónimo de la nada y el vacío? Entonces, ¿son los claros del bosque las catedrales actuales de esta apabullante humanidad? 

Por lo demás, la actitud creativa frente a nuestra prosa, frente a la renovación en el uso de nuestras palabras, es decir, el ser capaces de conversar de otra manera que la habitual (profesional, familiar, social,...) es relativamente asequible para todo quien se lo proponga, pues además de ser lo único que tenemos y nos constituye, es lo único en realidad que intensifica el sentimiento de estar vivo. Y es que lo que nos pasa a los de la clase media urbana occidental acomodada, o a los llamase como se quiera, no tiene ninguna relevancia si nos comparamos con lo que les ocurre a los habitantes en otros lugares del planeta: lo nuestro es la mascarada del progreso occidental, encuadrada en los sistemas de los nuevos sofistas y alentada por el virtuosismo u optimización de los expertos. Sofistas y expertos que, estos sí, renuevan de forma constante su lenguaje de persuasión. ¿Hasta cuándo seguiremos saliendo al mundo como consumidores en  semejantes pesebres? ¿Parece ser el único destino que nos han reservado, por mucho que experimentemos cada día que nuestra naturaleza humana no es sistémica, sino contradictoria, ni es virtuosa, sino defectuosa e inacabada? Somos perfectamente imperfectos y limitados y mortales, valgan todas las paradojas que quepa imaginar. De otra manera, debemos salir al mundo para aprender a relacionarnos con todas ellas. Lo demás es autoengaño. Y así como nadie es capaz a de engañar a un otro de forma ilimitada, uno mismo tampoco se puede engañar a sí mismo sin que hagas pagar a los otros las consecuencias de semejante insolencia, y cuyos efectos más notorios se hacen notar en los estragos que se dan en la polis. ¿Vamos a seguir educando a nuestros descendientes en ese fracaso: un mundo de perfección y progreso que no existe, porque sencillamente no es posible. Cuando hoy alguien habla de revolución, ¿no te parece que esta hablando de aburrimiento? No queremos un mundo donde la garantía de no morir de hambre se compense con la garantía de morir de aburrimiento, no dejó como legado los tumultos de Mayo del 68, que parece quiere volver, ante la ausencia de la imaginación adulta, con su jolgorio de patio de colegio.

Ya en el tren que nos llevaba a Frankfurt de Meno, Duarte me dio a leer las notas que había tomado sobre su vista a la última instalación, mientras yo me quedé cuidando las alforjas sentado en la cafetería de la estación, contemplando a los espectadores que hacían fila delante del contenedor de mercancías, a través del cual bajarían a la instalación de la haima. Dicen así: 

“Temprano levantados y preparándonos para el viaje, de nuevo un café con panecillo al lado de la estación y vamos a buscar una taquilla para dejar las alforjas, no hay, todos los huecos llenos, dice la señora. Bueno. Aún así me voy a buscar la última instantánea a la Tofufabrik, un recinto abandonado ya en zona fabril, al lado de una gasolinera, muy alternativo. Dentro una primera visión emite unas imágenes de una familia japonesa de vacaciones quizás, dos niños en la playa recogiendo conchas. Se ven con dificultad las imágenes. En la sala del costado dos filas de butacas miran una gran pantalla, donde se ve una mano pasar las hojas de un cómic, según avanzan hablan de un manga, y las imágenes son algo desgarradoras, cortes de miembros, amputaciones de partes, exhibición de órganos sexuales, etc…. Y la voz que traduce, que no sabe cómo dibujó aquello, que no puede seguir viéndolo,… y se cierra el cuento y aparece un japonés con un parche cuadrado en el ojo izquierdo que habla con otro que parece tumbado agonizante, y hasta aquí mi interés, ¿más allá quizás el horror, aún más?”.

lunes, 27 de noviembre de 2017

¿QUÉ LE SUCEDE A LA HUMANIDAD?

Me pareció pertinente hacerme la pregunta en el día que íbamos a dejar Kassel, después de haber visitado durante los dos días anteriores las instalaciones y obras de los artistas que habían acudido a la llamada de Documenta, y que de las maneras y formas más diversas, habían ocupado los museos, jardines, rincones, calles y plazas de la ciudad alemana. Y la pertinencia de la pregunta no obedecía a un ejercicio de reflexión metafísica, muy al contrario me pareció una pregunta honesta, en el sentido de que era la única pregunta que, después de todo lo que había visto, oido y tocado, podía hacer y hacerme sin caer en el autoengaño duradero o como forma de permanente de estar en el mundo. La pregunta me vino a la cabeza, en parte, a partir de un hecho fortuito que ya he mencionado en anteriores entradas. La anécdota tiene que ver con, como ya dije, con la cola que un grupo de personas estaba haciendo delante de un contenedor de esos que llevan los camiones o trenes de mercancías, ubicado en medio de la plaza de la estación de ferrocarril de Kassel. Si en la entrada que he mencionado desarrollé el sentido que yo le podía dar a esa presencia junto con la haima que había en el subsuelo, días después el contenedor solo fue el motivo espoleador de la pregunta con que inicio la entrada de hoy. Y no es contradictorio pensarlo, a mi modo de entender, pues en el primer caso respondí a una posible explicación, digamos, de carácter sincrónico: el instante en el que yo miraba al contenedor y el contenedor mi miraba a mí y el que hacer con ese intercambio de miradas. Mientras que en el segundo respondía a una imagen que sintetizaba el carácter diacrónico del significado de Documenta y del arte contemporáneo en el momento actual de la humanidad occidental, al menos. Pues una vez que abandoné Documenta se me fue echando encima, durante los días sucesivos que iba montado sobre la bici, el principio de la realidad, a saber, que a la mayoría de los visitantes de este tipo de eventos, por no decir a todos, que forman parte de eso que más o menos difusamente se conoce con el nombre de clase media urbana acomodada, no nos ocurra nada relevante si comparamos nuestras vidas con las de quienes viven en otros lugares del planeta, aunque lo que nos debiera ocurrir no queremos afrontarlo, decisión a que nos ha llevado, como el pez que se muerde la cola, nuestro propio estilo de vida. Me estoy refiriendo a esa otra visión que me devolvió la imagen de la fila delante del contenedor de mercancías - mientras esperaba sentado en una cafetería a Duarte, que había ido a ver la última instalación que había apuntado en la guía de Documenta ya - y que tuvo que ver con la precariedad de nuestras existencias: allí alineados de forma ordenada, esperando para entrar en un espacio donde normalmente se transportan las mercancías que producimos, ¿unos tipos cualesquiera creían ser los espectadores de algún tipo de enigma? ¿O simplemente era su curiosidad morbosa lo que les animaba a traspasar el umbral de tan sorprendente como estrafalaria entrada, al igual que seguro habían hecho en el túnel de los monstruos en las atracciones de feria populares? ¿Tenían conciencia de que al esperar esa fila y dar el paso de introducirse dentro del contenedor, se estaban convirtiendo ellos en una mercancía más y al mismo tiempo peor, pues la decisión había sido consciente y consentida? Una precariedad que va ligada, o tiene que ver, antes que con el aburrimiento y su antídoto constante en la permanente búsqueda del jolgorio, como nos hacen creer, con la negación de lo que realmente somos y que la imagen me trasmitió de manera tan inequívoca como inaplazable: nuestra única misión en la vida deber ser aprender a ser mortales, y así hacérselo aprender a nuestros herederos.

sábado, 25 de noviembre de 2017

TERRITORIOS DE LECTURA

Ocupados por lectores distintos, distantes y desconocidos, para evitar que la igualdad, la cercanía y lo conocido se acaben convirtiendo en algo confuso, extraño e incomprensible. Unos territorios de los quede erradicada esa cosa tan habitual de escribir o leer teniendo que responder previamente a una idea previa, al Ideal normalmente teñido de la moral y la legalidad de quien lee o escribe. Dejando a parte o negando la fuerza de nuestra imaginación para penetrar esos apriorismos, y escribir o leer sobre esa cara oculta de lo real y de nuestra experiencia con lo real, que está oculto no porque alguien perverso o malvado se haya dedicado a taparlo, sino porque nosotros no le hemos prestado la suficiente atención y dedicación. Necesitamos individuos que pregunten y se pregunten, a ser posible, con sentido crítico. Pues nuestra sociedad tiene como principal problema cultural y educativo ese, a saber, que es una sociedad llena de individuos con escaso o nulo sentido crítico. 

viernes, 24 de noviembre de 2017

ESPACIOS 3D

Leo y oigo con frecuencia en artículos periodísticos y en programas de radio y televisión, que el peligro de internet y las redes sociales es la anulación o aniquilación del individualismo. Nada más equivocado si entendemos por individualismo la imposición de nuestra personalidad al mundo, normalmente a través de un objeto que, por imperativo de esa misma imposición, hace que objeto y ego acaben separándose del mundo. Eso es justamente lo que hace internet y las redes sociales. Al mismo tiempo que globaliza la información, abre una brecha en la misma proporción respecto a quien la recibe. O dicho con otras palabras, la inmediatez instantánea de la información recibida es la condición de posibilidad del desentendimiento e ininteligibidad de sus contenidos por parte del receptor, es decir, del afianzamiento del solipsismo extremo de su individualismo. Internet y las redes sociales no solo no crean una comunidad 3D, a saber, una comunidad entre distintos, distantes y desconocidos, sino que introducen buenas dosis de extrañamiento en las comunidades tradicionales de iguales, cercanos y conocidos. Cada vez es más habitual observar en restaurantes, por poner el ejemplo más significativo, supuestas cenas de amigos o familiares donde todos los comensales están al mismo tiempo mirando su móvil. Digo supuestas porque salir a cenar fuera de casa, hasta donde a mí me alcanza, tiene una función social que, hasta el minuto antes de la llegada masiva de los teléfonos inteligentes, se cumplía más o menos de forma aceptable dentro de ese consabido ritual de intercambio de palabras, risotadas, miradas, silencios y demás gestos de la llamada y socorrida comunicación no verbal. Sin embargo, lo que sobre esas mesas se representa con los teléfonos inteligentes entre las manos es otra cosa. Es como si la inteligencia del teléfono liberara de la ancestral atadura del rebaño a cada una de sus ovejas, sin, por supuesto, tener que separarse un milímetro del aprisco donde pacen todas juntas. Bien mirado es un ejercicio de metempsicosis notable desde la inteligencia emocional a la inteligencia digital. También es una mezcla extraña, que deja de ser así antitética sin acabar de fundirse en otra cosa diferente, un mezcla entre como “en casa en ningún sitio” y “nada a largo plazo”, que menciona Ricard Sennet en el libro que ya he comentado, “La corrosión del carácter”. Lo que imágenes como esa del restaurante pone en cuarentena es aquel sueño socrático, año tras año mil veces evocado y otras tantas veces traicionado en nuestra práctica diaria, que no es otro que el del diálogo entre seres humanos, que lo son porque son poseedores de razón y de palabra.

Aún bajo los efectos de la tensión entre derrumbe y la recuperación a que nos sometía Documenta, que quise imaginarlo, salvando las distancias, como el descenso que hacían al Hades los antiguos griegos, y ya en pleno ascenso hacia una luz renovada, me vino a la cabeza que todo aquello bien podía ser una “Instalación Narrativa en 3D” tal y como lo he descrito antes, en la que de una forma sin yo saber cómo estaba dosificada todavía, mezclaba la ficción, el ensayo y la autobiografía para ilustrar la experiencia personal de pérdida de sentido de quienes por sus calles deambulábamos. Para decirnos, en fin, a los individualistas a un teléfono inteligente pegado - a la sazón todos y cada uno de los que por allí nos encontrábamos y nos desencontrábamos a cada paso, en cada sala o a la vuelta de cada esquina - que, tal vez, al comprar ese teléfono habíamos ganado nuestras individualidad, pero por el mismo precio habíamos perdido nuestra inteligencia. De repente, este relato invertido del mito del Fausto me pareció que le sentaba bien a la relación que manteníamos los visitantes de Documenta con las obras de sus artistas allí convocados. Lo cual fue determinante en mi recuperación, sino definitiva si esperaba que me diera suficientes fuerzas como para ahuyentar el próximo derrumbe. Que era lo mismo que dejar el individualismo en beneficio de la individuación según dice Martel como ya he comentado. Es decir, no solo peder el miedo al control sobre mi ego ante lo distinto, lo distante y los desconocido, sino lanzarme con entusiasmo a la piscina de esas 3D. A ello me ayudó lo suyo el recordatorio que me hizo Duarte, cuando estábamos a punto de llegar, dando un paseo por las calles de la universidad, a la Geisshaus. Bill Viola, me dijo, recuerda que nos hemos olvidado la video instalación de Bill Viola. Se llama the Raft, la balsa, y se encuentra en el Fridiciarium, el museo que está enfrente del Partenón de los libros prohibidos, si no tuviera título puede que le llamara la Ola, me comentó Duarte al oído como si le diera apuro confesar su particular metáfora, es lo que se ve, pero como todo lo que llevamos visto, creo que hay que deberíamos  darle un particular sentido, y no sé si lo podremos hacer, es como ver una danza, el agua lo inunda todo, el estruendo es ensordecedor, y hace pensar en algo catastrófico, pero los cuerpos se modelan y se defienden, se mueven como peces evitándolo y dejándolo pasar, Duarte me dijo que es lo que había leído en Google. Para el autor era una reflexión sobre lo que hemos llegado a ser y que hacemos a partir de entonces.


Respecto a la Geisshaus, Duarte anotó lo siguiente en su diario,”es un edificio que parece el horno antiguo de la fábrica de cerámica, se han instalado 3 proyectores que disparan imágenes de universos perdidos, el pozo minero que destruye el terreno, para construir riqueza, extrae los sonidos del pasado y los trae al presente con las máquinas extrayendo el mineral, Angela Melitopoulos, lo presenta con imágenes proyectadas simultáneamente, o no, en una, dos y tres paredes del horno, mezclando sonidos de unas y otras, pero, ¿no resultan compatibles estos mundos, o no son el mismo, con ese decalaje de tiempo?”. Salimos dando un paseo que nos llevó por el barrio turco, donde comimos unas crepes de espinacas. Un reposo en la cuesta que nos encaminó hasta la Köning Plaz, bulliciosa y comercial, muy de sistema, en esta exposición de arte antisistema. Un monolito metálico se eleva en un lado de la plaza, es de Olu Oguibe, allí no parece nuevo ni extraño, a su alrededor hay chicos sentados mirando su teléfono inteligente, como no podía ser de otra manera, o disimulando lo que el teléfono les haya robado. Vete tú a saber.

jueves, 23 de noviembre de 2017

EL MISTERIO COMO NOSTALGIA

Cuando ayer hablaba de mercado de desguace, más bien tenía como finalidad ponerle una imagen a esos momentos de derrumbe que Duarte y yo habíamos sentido en más de una ocasión, en el día y medio que llevamos en Kassel paseando por las calles de Documenta. Creo que fue Pablo Picasso quien dijo que después de Altamira, todo el arte es decadencia. Un cita que corre paralela, en los cenáculos donde se intercambian sus preocupaciones los filósofos y demás teóricos del pensamiento, a aquella que alguien de cuyo nombre no logró acordarme dijo en su momento, a saber, toda la historia de la filosofía y el pensamiento no son nada más que notas a pie de pagina a los diálogos de Platón. Hay una verdad irrefutable en ambas locuciones que es lo que al mismo tiempo las cubre de misterio: hubo una primera e irrepetible vez en la que los hombres vieron el mundo tal y como era. Y también hubo una primera e irrepetible vez que ante tan turbadora e inquietante visión les surgió la necesidad de representarlo para tratar de comprenderlo. Esa decisión de comprenderlo alejó definitivamente al mundo de nuestro lado a través de la distancia - de la que ya he hablado en una entrada anterior - que impuso la voluntad de comprenderlo mediante su representación con las imágenes y las palabras. Por lo tanto, lo que heredaron los que vinieron a continuación - hasta hoy e día - de esos que vieron el mundo por primera vez tal y como era y que decidieron representarlo, ya no fue el mundo tal y como era, que no es otra cosa que su misterio, sino la representación ordenada de ese misterio que cubría el mundo. Lo que quiero decir es que si hubiéramos heredado el misterio del mundo, tal vez continuaríamos haciendo lo que los pintores de Altamira o Chauvet y planteando las mismas preguntas que Sócrates se hace en los diálogos de Platón. Pues el misterio del mundo no progresa, es siempre. Pero al hacernos cargo únicamente de la representación y su orden nos entró el veneno del cambio, histérico a partir de las vanguardias: que las cosas siempre se pueden hacer de otra manera, que nada es a largo plazo, y tal y tal. En fin, en lugar del misterio nos cubrió la férrea convicción o creencia de que el mundo se puede representar de forma radicalmente distinta, hasta el punto de que la representación en cuestión haga desaparecer ante los sentidos del espectador la presencia del mundo, que queda así bajo la competencia única de las ideas o los conceptos, de donde ha desaparecido a su vez el misterio primigenio a que me vengo aludiendo. Lo cual nos mete de coz y hoz en la dimensión propia del mercado del desguace, si uno se encuentra en estado de derrumbe, pero que puede convertirse en un mercado de segunda mano o de reciclaje de aquellos residuos si uno se encuentra en fase de despegue hacia la recuperación. Por ejemplo, a mi me reconcilió con Documenta 14 una idea que había estado expuesta en la anterior edición de hacía cinco años y que Vila-Matas menciona en su relato. Se refiere al momento en que narrador, que ha llegado Kassel con el encargo de convertirse él en una instalación, se encuentra bajo la influencia inclemente del derrumbe sin ver ninguna salida o instalación hacia la recuperación; cuando se encuentra con la ayudante de una de las organizadoras le espeta enfadada que como no conseguía ver la asociación que sugería una de las instalaciones entre un frasco de perfume ario y el arte de vanguardia. Sin duda, la lectura de la anécdota de Documenta 13 fue motivo de mi recuperación en mi visita a Documenta 14, pero también sabía que era el inicio del próximo derrumbe. 

Mientras leía el diario de Duarte, que con estilo notarial - probablemente el más acertado para el momento - daba cuenta de ese trajín entre derrumbe y recuperación, y vuelta a empezar, en que nos encontrábamos al llegar al ecuador de la visita a Kassel, sentí una nostalgia envolvente, no me atrevo a decir que del todo indescriptible, por ese primer asombro de mis antepasados frente al mundo tal y como era, y por ese primer brote de su voluntad para representarlo. Lo sentí de una manera, eso sí puedo decirlo con honestidad, que no quería que me abandonase en lo que me quedaba por ver de Documenta, y, por extensión, que no me abandonase nunca. Pensé que si el derrumbe y la recuperación, al que estaba fatalmente destinado, lo combinaba en mis experiencias vitales y estéticas con esta nostalgia de lo que no he vivido nunca y no podré vivir jamás, todo en mi existencia iría más acompasado y sonaría con mejores acordes.  Duarte lo expresó así, justo antes de salir de la Neu Neu Galeri (Nueva central de correos):

Más allá en el suelo sacos blancos llenos de caramelos de hierro fundido, que tienen un gran peso, pero que no podemos sopesar, su áspero roce responde a lo que su color evoca. Al lado esta Criollo, el caballo que posa y nos mira y posa y vuelve a mirar, parece que quisiera saber que hay detrás de la cámara que le apunta. Y al final camina, pero como muchas de las instalaciones visuales no sabemos a dónde, se pierde en la negrura de la pantalla. Al otro lado varías pequeñas obras, o lo que queda de ellas,  allí nos muestran los restos quemados de madera de lo que algo fuera y se dice caballo de Troya, una pequeñas fotografías pegadas a una columna, que después tendrán continuación arriba en el siguiente piso, son de Algirdas Seskus de Vilnius. Subimos y al entrar, una moqueta rosa, esa es la obra que espera a nuestros pies y los sonidos que de las cuatro esquinas salen por los altavoces a nuestros oídos,  la vista no puede porque la performance de danza no toca hoy, hay que venir preparado, con el horario en la mano y en la cabeza. Al final de toda la sala 6 o 7 vídeos de diferentes amputaciones  y sus movimientos, de vuelta unas cartas con letras mayúsculas, por orden alfabético pero no todas. Más arriba una sala preparada para desfiles y a la izquierda una estafeta de correos, peculiar, no hay nadie esperando y detrás del mostrador solo se escucha una amable azafata, don’t touch. Las cajas que han llegado con números escritos contienen zapatos, la 37 y 38 que pudiera ver, el resto no sé”.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

EXTRAÑA FAMILIARIDAD

Una de las “incomodidades” - dicho así, si me atengo al escaso aguante actual que tenemos frente a los imponderables que nos surgen en la vida -  que todo visitante debe soportar en su deambular por los carriles de Documenta es la constante aparición de la incomunicación no solo con la obra en cuestión que te salga al camino, sino con quien te acompañe, ya sea en ese momento o con cualquiera de los yoes que te acompañan y te atosigan siempre. La edición de Documenta de 2012, al decir de Vila-Matas en su libro ya mencionado, trató de de darle un carácter más trascendente a ese tipo de incomodidades y les dio el nombre de “derrumbe”. Como puedes suponer, o no, ya que las suposiciones del espectador frente a las obras del arte contemporáneo no están sometidas al imperativo de la causalidad, aunque sus organizadores y exhibidores afirmen siempre que tienen oportunidad que la actividad principal del arte contemporáneo es precisamente esa, filosofar o aspirar a filosofar de forma no necesariamente causal o lógica, en fin, decía que te invito a suponer que ese derrumbe lleva aparejado, aunque no lo aparezca - eso dicen o sugieren los organizadores - un momento de recuperación. Independiente que haya en ese doble movimiento: derrumbe y recuperación, una intención filosófica o simplemente una voluntad publicitaria con ribetes de ayutoayuda, lo cierto es que el día y medio que Duarte y yo llevamos en Kassel si por algo se caracterizaba era por este vaivén constante al que nos sentíamos sometidos. Un vaivén en el que, si mal no recuerdo, nunca coincidíamos. Si ella se derrumbaba ante una instalación o perfomance, a mí me venía bien para recuperarme de mi anterior derrumbe ante un cuadro abstracto colgado en una pared. Y viceversa. Eso que pudiera hacerte pensar que esa falta de sintonía de nuestros conceptos filosóficos o, en su defecto y con el permiso de los organizadores - que era lo que ocurría en la mayoría de las instalaciones u obras que habíamos visto - la falta de sintonía de nuestros sentimientos, hiciera que se instalara entre nosotros la incomunicación y el colapso de nuestra relación, no se produjo nunca. Muy al contrario, se produjo un extraña complicidad que surgió, lo supongo así porque pienso que es ahí de donde emergen las verdaderas complicidades y lo más importante de nuestros anhelos, del hecho de que todo lo que nos rodeaba nos resultaba, sin saber porqué, ajeno y extrañamente familiar al mismo tiempo, aunque cada uno lo percibiera a su manera y en momentos raramente coincidentes. 


Quien y como nos leen a nosotros mientras vivimos, aunque creamos, equivocadamente, que somos autosuficientes en la lectura de nuestras vidas y las ajenas. Esta sospecha que me costó lo suyo entender con un libro entre las manos, pues siempre pensaba que lo que había allí escrito estaba enteramente a mi servicio, pues no en balde había pagado una cantidad por aquel puñado de páginas, se fue instalando poco a poco en mi ánimo a medida que las instalaciones de Documenta se echaban sobre mi o yo sobre ellas. Además, por otro lado, siempre he odio decir a críticos y escritores, y artistas en general, que su profesión es inútil, entre otras cosas, porque nadie les ha pedido que escriban sus  historias o construyan sus obras a los unos, ni que hagan un comentario ponderado sobre las mismas a los otros. Lo cual, y es lo que allí en Kassel hacía que todo se apareciera ante mi engañoso y estremecedor al unísono, se unía al hecho de que a lectores y espectadores nadie les había obligado a leer tal o cual libro o ir a ver tal o cual exposición. Lo cual no evitaba, sin embargo, que pensara como si ante un libro o ante una exposición de dimensiones más reducidas el engaño fuera más verosímil, siendo las dimensiones de Documenta lo que impedía la verosimilitud. ¿Era eso, más allá de sus intenciones comerciales, lo que pretendían los organizadores? ¿Aquel gigantismo, como dice Azúa reiteradamente, era un síntoma del acabamiento del Arte, y la vuelta a las artes, y Documenta no es otra cosa que la travesía del desierto en busca del origen de los damnificados de semejante ocaso, y, también, el mercado de los oportunistas que siempre aparecen ante el olor de la carroña? Pues, ciertamente, todo tenía un aire artesanal, pongamos, de navidad  en verano, y de mercado del desguace en medio de una ciudad perfectamente ecológica. Imágenes las dos que no se avenían con la gloriosa estampa que se tiene habitualmente de este tipo de exposiciones, y más en concreto de Documenta, donde la fanfarria publicitaria excita parte el espectáculo del que parece no puede desprenderse. ¿No sería este equívoco nuestro el que nos metía de coz y hoz en los cíclicos derrumbes que padecíamos y, también, el que nos dificultan sobremanera la posterior recuperación? 

martes, 21 de noviembre de 2017

TODO LO SÓLIDO SE DESVANECE EN EL ALMA

O en el aire, como dijo Marx según nos recuerda en su libro homólogo  Marshall Berman. Dice así: 
Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros mismos y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos. Los entornos y las experiencias modernas atraviesan todas las fronteras de la geografía y la etnia, de la clase y la nacionalidad, de la religión y la ideología: se puede decir que en este sentido la modernidad une a toda la humanidad. Pero es una unidad paradójica, la unidad de la desunión: nos arroja a todos en una vorágine de perpetua desintegración y renovación, de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia. Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire”.

Traigo a colación este párrafo del libro de Berman porque me parece que acierta a describir el estado de ánimo o mental de cualquier lector que hoy se ponga a leer el diálogo que mantiene Sócrates con Cebes y Simmias, a propósito de la teoría armónica del alma. Es como si ellos y nosotros dijéramos que todo lo que captan nuestros sentidos, incluso cuando ya no lo hacen, tiene que estar archivado an algún sitio que creemos seguir viendo: en el aire. Son las palabras de Cebes y Simmias salidas de unos cuerpos que parecen antecedentes de los cuerpos y palabras modernos, caracterizados por tener una psicología sin alma, como esos zombis que apuntabas en tu escrito, alicaídos e incapaces de coger verticalidad, que se mueven mecánicamente, como la realidad que conforman, arrastrando los pies a ras de tierra. Cuerpos y palabras que sólo levantan el vuelo sí, como les dictan sus coachings, se entrenan sin parar hasta alcanzar la forma ideal, mediante la que arrastran también al alma (mente la llaman ellos), pues la entienden como una mera función del cuerpo, a través de esos intercambios psíquicos tan publicitados por los entrenadores de la llamada autoayuda. Si quieres, tú puedes. No te pongas limites. Son cuerpos y palabras que buscan la victoria antes que el entendimiento, o que piensan sobre todo que en la victoria se encuentra la última palabra. Y es contra esa victoria, de unos argumentos sobre otros, contra lo que están las argumentaciones de Sócrates durante todo el diálogo del Fedon. 


Si te fijas la decisión de Marx de enviar al aire todo lo que se desvanece, que como buen materialista es todo, está basada, al igual que los argumentos de Cebes y Simmias, en la filosofía natural. Es decir, en que solo existe lo que se ve, es medible y contable. Y también lo que es contiguo, como la noche lo es del día, o el invierno lo es del otoño y este del verano, o el cielo lo es de la tierra, o, en fin, la mente lo es del cuerpo. Contigüidad que, como nos enseñan las argumentaciones de Sócrates, no es sinónimo de consecuencia. Ya que esta consecuencia viene determinada, eso es lo que sospecha Sócrates, por la necesidad de vencer en el diálogo, como ya he dicho, antes que por la firme convicción de la veracidad de sus argumentaciones, de que la verdad radique ahí y solo ahí, es decir, en lo que uno cree o piensa. Pues es esa una convicción totalizadora y omnisciente que es impropia de la condición humana, que se caracteriza, como ya he dicho en otras ocasiones, porque siempre hay algo que no conocemos y, sobre todo, algo que no conoceremos nunca. Ese algo que aunque nos lo quiera imponer el deseo inaplazable e insaciable del cuerpo, como también dice Sócrates, solo podemos aspirar a recordar y a trasmitir, pues es invisible e inmaterial, nunca, por tanto, puedo ser un mero epifenómeno del mecanicismo funcional del cuerpo ya que entonces sería perfectamente inteligible. Eso es a lo que se puede llamar alma o también imaginación. Que se caracteriza por estar en el cuerpo y fuera del cuerpo a la vez, en la medida que no se hace eco de su mecanicismo funcional, que pertenece por entero al mundo heredado y nunca a la vida en propiedad, que solo se puede comunicar como algo ficticio nunca como algo tangible o noticiable. Es por lo que de cualquier diálogo, entiende Sócrates, no se puede salir ni humillado ni vencido, ni laureado como vencedor, sino más inteligente y sensible que se entró, es decir, más sabio. Esa es la diferencia entre el debate dialógico frente al dialéctico, a saber, que de las diferencias, lagunas, tensiones, etc., que puedan surgir entre los que participan pueda surgir algún tipo de beneficio que repercuta en su inteligencia y sensibilidad. En el logro de su sabiduría.