En el libro Hipótesis de cine, que le mencioné el otro dia, el autor se imagina que lo que no ha sucedido en la escuela sucede realmente en las familias o entre amigos. Así la transmisión del amor por el cine sucede entre personas y con películas que se heredan o se comparten. ¡Ummm!, como se nota que este hombre enseña aquí al lado, en París. Que bien maneja la segunda fe después de todos los cataclismos en los que nos mete la vida. Que bien suena la música de sus palabras. Heredando y compartiendo, ese respeto al prójimo que no es otra cosa que respeto a uno mismo. Así es difícil que el tópico haga oir su palmito simplón, y tampoco salga a la palestra esa manera de hablar ladrando, usando las palabras como cascotes contra el enemigo de la otra tribu, ocultanto con ese ruido la ignorancia propia. El amor por el cine se hereda, ummm, que eterna primavera nos podría alegrar la vida. Ay, los genes, donde yo los viera ser transmisores de esa verdad, para acabar de una vez por todas con el fatal adanismo que nos aniquila: el mundo es eso que comenzó el mismo día que yo nací. Grita nauseabunda la colera de los Aquiles de turno.
Perpendicular a la pantalla, a una distancia igual a la medida de la pantalla mas un tercio. Ese es el mejor lugar para ver una película. Lo dice el octogenario Mallol, como si estuvira hablando a jóvenes de quince, que le prestan atención sin pestañear. Dignos herederos de su sabiduría artesana.
El capitalismo renano se dió cuenta antes de la crisis y jamás se le ocurrió cortarle el sumunistro a la educación ni a la investifgación ni a la cultura. El capitalismo del meditarreneo suroccidental no se enteró nunca de la crisis hasta que el capitalismo renano le dijo aquello de: o lo haces tu o lo hago yo. Y empezó, apabullado y zafio, a cortar sin ton ni son, creyendo que así es como se corta el bacalao en Europa.
Un amigo que lleva editando peliculas y series de TV desde que le salieron los primeros dientes me comenta que “las salas de cine se han convertido en pocilgas en las que a la banda sonora de la película se le añade una pista más de sorbos, crujidos y paquetería alimenticia variada, completamente independiente del momento emocional que se proyecta. La mala educación de los que llegan tarde, de los que se sientan donde no deben, de los que se quitan el abrigo tranquilamente en la fila delantera una vez comenzada la proyección, de los que apagan el móvil en el último instante (en las primeros compases de la película) o nunca... de todos ellos es el reino de la sala oscura”.
No es contra la educación ni contra la investigación ni contra la cultura, estúpidos. El capitalismo renano no os quiso decir eso con lo que os dijo, aquel aciago fin de semana de mayo. Es cara a cara, en perpendicular, y a una distancia igual a la medida de la crisis y de vuestras corrupciones, mas un tercio. O entonces, ¿para que le sirve a la vida el cine?, ¿para renovar las cochiqueras?.
Bergala llegó a soñar con el día en que “dos o tres niños, en lugar de ir al recreo, puedan mirar libremente, simplemente porque tienen ganas de hacerlo, sin necesidad de la presencia de un adulto, una escena de tres minutos de ¿Dónde está la casa de mi amigo?, de Kiarostami, de Los 400 golpes de Truffaut, de La pequeña vendedora de sol de Djibril Diop Mambety, o de Los contrabandistas de Moonfleet de Fritz Lang”. Se imagina.
Soñar así es soñar con paciencia, confianza y sentido común. Virtudes que el capitalismo meditarreneo suroccidental no se atreve a imaginar ni siquiera para ver como sería la vida sin el áspero pelo de su dehesa. Chulesco e imperioso en las declaraciones públicas, pero apremiante en cortar por donde menos corresponde, se enfrenta a la crisis cojo y con la cabeza metida dentro del ala, como un avestruz al que hubieran amputado una pata.
jueves, 24 de febrero de 2011
lunes, 21 de febrero de 2011
LEY
Aunque fuera de la ley, los representantes, que una vez elegidos nos toca padecer como tiranos, hacen todo lo que está a su alcance para que no aprendamos a leer, yo sigo creyendo que dentro de la ley hay hueco para que los ciudadanos que lo deseen puedan aprender a hacerlo. Salvamos así lo que de sabiduría pueda esconder la vida.
Es por eso que una vez al mes quedo con un grupo de ciudadanos y ciudadanas dentro de la ley. La gran puerta de esta ley, que ordena la creatividad literaria, permanece abierta, quedando a la entrada el guardia del burdel o mercado exterior, que por una vez se hace a un lado.
Si es verdad que la ley que yo tengo el encargo de hacer cumplir no admite réplicas, se ha de cumplir. Los beneficios que proporciona, si se cumple a rajatabla, son indiscutibles aunque no inmediatos en su percepción y satisfacción. Por eso hay muchos lectores que abandonan, continuando su trapicheo con las palabras al igual que hacen con las cebollas y las alcachofas, o las hipotecas y los salarios. Fuera de la ley, trajinan con las palabras como una mercancía mas.
Prohibido usar los tópicos, lugares comunes o frases hecha del tipo: nada es verdad ni mentira todo depende del color del cristal con que se mira, o lo bueno si breve dos veces bueno, o cada uno puede decir lo que le venga en gana en nombre de la sacrosanta libertad de expresión, y tal y tal. Terminantemente prohibido, repito, a la hora de decir algo que tenga que ver con lo que se ha leído. El uso despreocupado y arbitrario del tópico delata, la mayoría de las veces, la infelicidad del lector fuera de la ley. Y es porque ahí las palabras se venden al peso, y con mucho ruido y alharaca.
Prohibido repetir el argumento del texto a la hora de responder a la pregunta: ¿de qué va lo que has leído? Como ya he dicho, fuera de la ley el libro es una mercancía mas que tiene un precio. El argumento, la tramoya o la historieta, que de todos modos se dice, es la etiqueta que pone al manojo de hojas de papel a la venta en el kiosco, la librería, la gran superficie o en la calle sobre una manta. En las estanterías o sobre la manta hay muchos libros que tiene el mismo precio, son, por tanto, intercambiables, pero para darle el valor intransferible del que todo lector, lo sepa o no, es dueño, se ha de atrever a estar dentro de la ley, y entrar a pesar de las prohibiciones que le impone. Fuera de la ley hay una aparente libertad de precios, pero dentro únicamente existe la disciplinada y responsable conducta del lector delante del texto que tenga delante de sus ojos. Tu eliges, le dirá con perversa seducción y suaves ademanes el guardia de la puerta, que viste impecablemente como corresponde a cualquier vigilante de fuera de la ley.
Prohibido decir aquello tan a mano de: yo no estoy de acuerdo. Dentro de la ley no se puede aceptar lo que eso significa: quítate tu que ahora me pongo yo para llevarte la contraria. O tu o yo, no es admisible dentro de la ley. Fuera de la ley prima esa terrible humillación, y si se han de bajar los precios para hundir al enemigo se hace. Dentro de la ley solo se admite el respeto, que garantiza a cada lector mantener y revalorizar su condición de ser inteligente y sensible, por muy diferentes que puedan ser las lecturas que se hayan manifestado. El cumplimiento estricto de la ley tiene la virtud, rápidamente constatable, de hacer de las diferencias una necesidad demandada e irrenunciable entre cada uno de los lectores. No se puede llegar a ser lector sin ellas al lado.
No hay textos aburridos o largos o farragosos. Eso es lo que dicen los que sirven fuera de la ley. Únicamente hay lectores poco imaginativos o narradores incompetentes. O ambas conductas a la vez. Fuera de la ley están los especuladores de la memoria y la erudición. Visto y sufrido su monumental fracaso, dentro la ley se protege lo único que queda, los sentimientos de los lectores. Para que puedan leer tratando con las palabras, con todas las palabras, impidiendo que aquellos trileros se las roben, y que se desprendan de ellas gratuitamente.
Por último, no hace falta que le diga que está usted invitado a estar y leer dentro de la ley. Su condición de eterno sospechoso de delinquir, a que le someten sus representantes, quedará aliviada en parte. Al menos durante unas cuantas horas al mes.
Es por eso que una vez al mes quedo con un grupo de ciudadanos y ciudadanas dentro de la ley. La gran puerta de esta ley, que ordena la creatividad literaria, permanece abierta, quedando a la entrada el guardia del burdel o mercado exterior, que por una vez se hace a un lado.
Si es verdad que la ley que yo tengo el encargo de hacer cumplir no admite réplicas, se ha de cumplir. Los beneficios que proporciona, si se cumple a rajatabla, son indiscutibles aunque no inmediatos en su percepción y satisfacción. Por eso hay muchos lectores que abandonan, continuando su trapicheo con las palabras al igual que hacen con las cebollas y las alcachofas, o las hipotecas y los salarios. Fuera de la ley, trajinan con las palabras como una mercancía mas.
Prohibido usar los tópicos, lugares comunes o frases hecha del tipo: nada es verdad ni mentira todo depende del color del cristal con que se mira, o lo bueno si breve dos veces bueno, o cada uno puede decir lo que le venga en gana en nombre de la sacrosanta libertad de expresión, y tal y tal. Terminantemente prohibido, repito, a la hora de decir algo que tenga que ver con lo que se ha leído. El uso despreocupado y arbitrario del tópico delata, la mayoría de las veces, la infelicidad del lector fuera de la ley. Y es porque ahí las palabras se venden al peso, y con mucho ruido y alharaca.
Prohibido repetir el argumento del texto a la hora de responder a la pregunta: ¿de qué va lo que has leído? Como ya he dicho, fuera de la ley el libro es una mercancía mas que tiene un precio. El argumento, la tramoya o la historieta, que de todos modos se dice, es la etiqueta que pone al manojo de hojas de papel a la venta en el kiosco, la librería, la gran superficie o en la calle sobre una manta. En las estanterías o sobre la manta hay muchos libros que tiene el mismo precio, son, por tanto, intercambiables, pero para darle el valor intransferible del que todo lector, lo sepa o no, es dueño, se ha de atrever a estar dentro de la ley, y entrar a pesar de las prohibiciones que le impone. Fuera de la ley hay una aparente libertad de precios, pero dentro únicamente existe la disciplinada y responsable conducta del lector delante del texto que tenga delante de sus ojos. Tu eliges, le dirá con perversa seducción y suaves ademanes el guardia de la puerta, que viste impecablemente como corresponde a cualquier vigilante de fuera de la ley.
Prohibido decir aquello tan a mano de: yo no estoy de acuerdo. Dentro de la ley no se puede aceptar lo que eso significa: quítate tu que ahora me pongo yo para llevarte la contraria. O tu o yo, no es admisible dentro de la ley. Fuera de la ley prima esa terrible humillación, y si se han de bajar los precios para hundir al enemigo se hace. Dentro de la ley solo se admite el respeto, que garantiza a cada lector mantener y revalorizar su condición de ser inteligente y sensible, por muy diferentes que puedan ser las lecturas que se hayan manifestado. El cumplimiento estricto de la ley tiene la virtud, rápidamente constatable, de hacer de las diferencias una necesidad demandada e irrenunciable entre cada uno de los lectores. No se puede llegar a ser lector sin ellas al lado.
No hay textos aburridos o largos o farragosos. Eso es lo que dicen los que sirven fuera de la ley. Únicamente hay lectores poco imaginativos o narradores incompetentes. O ambas conductas a la vez. Fuera de la ley están los especuladores de la memoria y la erudición. Visto y sufrido su monumental fracaso, dentro la ley se protege lo único que queda, los sentimientos de los lectores. Para que puedan leer tratando con las palabras, con todas las palabras, impidiendo que aquellos trileros se las roben, y que se desprendan de ellas gratuitamente.
Por último, no hace falta que le diga que está usted invitado a estar y leer dentro de la ley. Su condición de eterno sospechoso de delinquir, a que le someten sus representantes, quedará aliviada en parte. Al menos durante unas cuantas horas al mes.
viernes, 18 de febrero de 2011
EL DESTINO ES LO QUE NOS PASA
No dejo todavía a los Coen. Es lo que tienen, que pasan los dias y su historia me sigue zumbando debajo del cráneo. Se trata de no tener miedo a no estar protegido bajo el paraguas de la corrección política. De afrontar con coraje el darse cuenta del peligro totalitario que la acompaña, y llamar a las cosas por su nombre. De no intentar más encontrar una explicació satisfactoria a toda esta criminalidad organizada que dirige nuestro destino desde los grandes despachos. De dejar de emitir soplos de voz que no hacen otra cosa que intoxicar el aire que respiramos con su inalcanzable cantinela. Se trata, en fin, de quitarnos todas esas costras para ver un paisaje y un paisanaje no muy diferentes a los que nos muestran los Coen en Valor de Ley. Veremos, entonces, lo que le dije el otro dia, veremos lo que siempre ha estado ahí, desde el hombre de las cavernas. Sin menospreciar por ello sus tiempos de bonanza intermedios, que son como la noche de los goyas, ese excelente correlato de nuestra vidas en los últimos treinta años, con sus alegrías, emociones, llantos, amores domésticos, familiares, profesionales o ñoños expresados en lo alto de un escenario y para mayor gloria de esa efímera fama de unos segundos de éxito televisado. Unos tiempos que pensamos ingenuamente, bajo la influencia de esas flatus vocis, que eran nuestros para siempre. Y que ahora por prescripción monetaria, fatalmente se han acabado.
En el escenario del dia de después se quedan los que nunca se han ido. Los que hacen que el valor de la ley se trasmute en precio; nunca se les ve escondidos como estan en sus madrigeras convertidas en lujusos despachos. Los sheriffs, ahora disfrazados de aseados políticos encorbatados con sempiterna sonrisa que, como Rooster Cogburn, obeceden ciegamente, con total impiedad y crueldad, las ordenes que le llegan de los despachos; siempre se les ve, y siempre insultándose y perdonándose la vida unos a los otros. Los chorizos como Tom Chaney, que no han podido ser sheriff por que es un trabajo de plazas limitadas, pero que llegado el caso pueden compartir mesa y burdel con los de los despachos y los de las corbatas en los tiempos de asueto. Los chivos expiatorios, como los cuatro millones y medio de parados y toda su parentela. Y como gran obra de todos ellos, la bestia impune, que apenas sujeta la convencion social, y que campa por sus fueros entre padres y madres, hijos e hijas, amantes, profesores y alumnos, entre los de infanteria y los que vuelan alto, al margen de cualquier valor de la ley, convirtiéndo en la principal fuente de terror cotidiano a toda esa indiferencia acumulada.
No muy lejos de aquí está ese colectivo singular que desde El Cairo susurra al oído de la civilización un secreto victoriosamente desvelado: el destino es lo que nos pasa. No lo que pensamos y deseamos que nos pase. La tozudez de los hechos contra la obsesion canibal de nuestras creencias. Esas inmensas trituradoras que nos acaban comiendo la vida.
A nosotros nos pasó lo mismo hace treinta y cinco años. Entonces cruzamos los dedos en favor de todas esas expectitivas que nos ofrecía el nuevo mundo. Y ahora qué. ¿Podemos decir que el destino nos pertenece? Durante ese tiempo hemos hecho todo lo humanamente posible para que sea que no. Porque el destino es lo que pasa, sí, pero lo que pasa nos pertenece en la medida que hagamos algo con lo que pasa. Algo con sentido. Parece mentira, pero esa es una de las vias que nos dejan abiertas los toscos personajes de Valor de ley.
En el escenario del dia de después se quedan los que nunca se han ido. Los que hacen que el valor de la ley se trasmute en precio; nunca se les ve escondidos como estan en sus madrigeras convertidas en lujusos despachos. Los sheriffs, ahora disfrazados de aseados políticos encorbatados con sempiterna sonrisa que, como Rooster Cogburn, obeceden ciegamente, con total impiedad y crueldad, las ordenes que le llegan de los despachos; siempre se les ve, y siempre insultándose y perdonándose la vida unos a los otros. Los chorizos como Tom Chaney, que no han podido ser sheriff por que es un trabajo de plazas limitadas, pero que llegado el caso pueden compartir mesa y burdel con los de los despachos y los de las corbatas en los tiempos de asueto. Los chivos expiatorios, como los cuatro millones y medio de parados y toda su parentela. Y como gran obra de todos ellos, la bestia impune, que apenas sujeta la convencion social, y que campa por sus fueros entre padres y madres, hijos e hijas, amantes, profesores y alumnos, entre los de infanteria y los que vuelan alto, al margen de cualquier valor de la ley, convirtiéndo en la principal fuente de terror cotidiano a toda esa indiferencia acumulada.
No muy lejos de aquí está ese colectivo singular que desde El Cairo susurra al oído de la civilización un secreto victoriosamente desvelado: el destino es lo que nos pasa. No lo que pensamos y deseamos que nos pase. La tozudez de los hechos contra la obsesion canibal de nuestras creencias. Esas inmensas trituradoras que nos acaban comiendo la vida.
A nosotros nos pasó lo mismo hace treinta y cinco años. Entonces cruzamos los dedos en favor de todas esas expectitivas que nos ofrecía el nuevo mundo. Y ahora qué. ¿Podemos decir que el destino nos pertenece? Durante ese tiempo hemos hecho todo lo humanamente posible para que sea que no. Porque el destino es lo que pasa, sí, pero lo que pasa nos pertenece en la medida que hagamos algo con lo que pasa. Algo con sentido. Parece mentira, pero esa es una de las vias que nos dejan abiertas los toscos personajes de Valor de ley.
miércoles, 16 de febrero de 2011
VALOR DE LEY, de los hermanos Coen

UN WESTERN QUE NO ES UN WESTERN
Inopinadamente los Coen ofician al mismo tiempo que Eastwood en la ciudad donde vivo. Ir a ver lo que hacen tipos así es algo mas que ir al cine. Es como un espasmo antiguo, no relacionado con mi biografia sino con la del mundo. Con esa necesidad primera que tuvieron nuestros antepasados de hace quince mil años, al dejar sobre las paredes de la cueva aquellas pinturas, tan perfectas en su trazo como en su aliento. Está también, la presentación de la peli en sociedad. Los de Minessota se presentan a competir, en el centro actual de la creatividad cultural europea, con un western, mejor dicho, con un remake de un western. ¿Hay que tener un par y ganas de querer llamar la atención? ¿O lo que quieren es dedirle algo a esa élite cinematografica deslumbrante, que se reune a las orillas del Spree a principios de cada año, para ver quien enfoca y planifica mas moderno?
¿El remake de un western es otro western? Le aconsejo que lea las primeras páginas de la novela de Charles Portis y entenderá la oportunidad de la pregunta. Todavía no me he sentado en la butaca. Le estoy hablando de ese algo mas de ir al cine, que le dije al principio. Lei las diez primeras páginas de la novela en la librería. No seguí por deferencia al librero, así que opté por comprármela. Ahora, después de ver la película, estoy a punto de acabarla. En esas primeras páginas encontré lo que realmente pedía ser contado en la pantalla. Sin menoscabo para la voz de la narradora, y a diferencia de otras pelis, el alma de aquel relato con palabras intuí que debería tener su latido paralelo en las imágenes. A los cazadores del paleolítico no tenían quien les ecribiese, por eso solo nos quedan la hermosura y el esplendor de sus caballos y bisontes sobre la roca, que así se liberaron del yugo de ser solo de aquel tiempo para llegar a ser también del nuestro, para llegar a ser eternos. A los hombres y mujeres que forjaron el oeste norteamericano, por el contrario, si tuvieron desde el principio de su descomunal epopeya quien los escribiera, los pintara y los filmara. La mayoria se quedaron como un documento local e histórico. Solo unos pocos consiguieron alcanzar la condición de intemporales, es decir, de no ser porque estaban ahí desde siempre. Los Coen, junto con Eastwood, son de los pocos sacerdotes vivos que son capaces de ofrecernos semejante liturgia con sus pelis.
Ahora, si le parece, nos sentamos delante de la pantalla. Lo primero que vemos es una frase que representa un proverbio bíblico, que más o menos dice: el impío huye después de cometer su impiedad, solo, sin que haga falta que nadie lo persiga. Hay un momento en la vida — más o menos, al entrar en la treintena — en el que uno empieza a preguntarse qué tipo de persona es y prueba a verse a sí mismo como lo ven los demás. No es fácil. Lo importante es el esfuerzo que uno ponga en ello, pero no hay ninguna garantia de tener éxito sobre todo si ese esfuerzo esta mal dirigido. Si se mira todo lo que viene a continuación del proverbio bíblico a través de esta lente, ya no se ve un western, pongamos, a lo John Ford, muchos de cuyos western están a servicio y gloria de la naciente república americana, con sus coordenadas de racionalismo empírico y determinación religiosa. Veremos lo que siempre ha existido debajo de ese manto de coyunturas y objetivos de dominación sociopolítica y económica, y que da lo mismo se escenifique en Arkansas o en Berlin, en el siglo XIX o en el XXI. Ese tipo de personajes que pueblan las escenas que sostienen el esqueleto de la película, y que se parecen mas a la explosión de los volcanes o a un jauría de lobos que a la limpia y hermosa sintaxis de la Declaración de Independencia y la Constitucion Americana, no han merecido la atención preferente del cine hasta fechas muy tardías, cuando se pensaba que el western habia muerto para siempre, por que obedecía a una exigencia histórica. Los Coen han sabido romper con ese corsé historiscista y nos ofrecen este excelente poema a través de lo que recuerda una mujer madura cuando tenía catorze años. No esta nada mal el envite, después de quitarse de encima la pesadez y axfixia de la herrumbre histórica.
¿Por qué los recuerdos de la niña Mattie Ross, de catorce años, ponen la música y dirigen la sinfonia del viaje a la busca del impío, Tom Chaney, que mató a su padre? ¿Por que ella contrata y se pone al frente de esa fuerza desbocada de la naturaleza, implacable y cruel, que es el comisario Rooster Cogburn? ¿Por qué Francisco Goya, pionero en esto de llevar al ámbito del arte lo que el arte nunca quiso ver ni fijarse, dibujó en uno de los grabados, que representan los desastres de la guerra, la figura de una joven sensual, robando el diente de oro que atisba en la boca sangrante de un hombre colgado como un despojo en medio del camino?
Cuando el misterio se apodera de todo, no se me ocurre manera más acertada de hacer soportable el tránsito de la mirada entre la magia y la furia de semejante violencia tan ancestral como perenne, tan olvidada por nuestros remilgos como escasas veces así convocada y evocada. Y de poder volver, después, a la normalidad entero y con el suficente sentido del humor, como para desear contarlo.
lunes, 14 de febrero de 2011
TIEMPO DE AMAR

No soy como te amo. Señor, cuanta obcecación en seguir mirando el mundo a través de nuestro único y reducido objeto de pasión. Pero, ¿puede ser de otra manera? Bastaría con dedicarle un poco de nuestra arbitraria atención a esa primera frase para darnos cuenta de que debería serlo, que sería incluso de obligado cumplimiento, como el no fumar, aunque nada mas fuera para evitar hacernos daño mas tarde o mas temprano. Y es que somos tan malos gestores de ese daño, de ese dolor inmenso que acompaña al desengaño amoroso, que de verdad el gobierno debería sacar un decreto prohibiendo el enamoramiento sin previa consulta al Comité de Salud Pública. En comparación al amor, que se vive como si el tiempo se hubiera suspendido, su desengaño dura tanto y salpica a tanta gente inocente que rodea a los amantes, que se acaba percibiendo como una horripilante distopía.
Este Comité de Salud Pública debería de estar, sobre todo, contra la capacidad de producir daño gratuito y promover la adquisición de las habilidades necesarias para la gestión del dolor recibido que pueden llegar a padecer los aspirantes a quedarse enamorados. No en balde enamorarse y tener hijos establece de inmediato una sólida asociación, que tiene su reflejo en las cuentas estadísticas de los vigilantes del cotarro demográfico, departamento dependiente del Comité de Salud Pública.
¿Que es antes querer enamorarse o querer embarazarse? ¿No le parecen términos sinónimos, que sugieren sujetos irremisiblemente fundidos, dependientes y gimientes según su ventura y desventuras, patrocinándose mutuamente una justificación de su existencia y proporcionándose el calor que solos saben es inalcanzable? ¿Cuantas mujeres se enamoran del padre de sus hijos? ¿Cuantos hombres lo hacen de la mujer que cuidará mejor de sus herederos?. Fuera del sistema reproductivo se encuentran quienes buscan desesperadamente la mujer o el hombre de sus sueños. Son un peligro para ellos mismos y un latazo para los demás en la corta distancia. Pero, ¿que haríamos sin ellos los amantes del cine y de la literatura?
La variante de los nones que quieren tener hijos, o de los pares que no quieren tenerlos o no pueden tenerlos, es una prueba irrefutable de la persistencia de la indeterminación en la evolución de la especie humana. Sin negar, por supuesto, que puedan ser una precipitación no deseada de la deriva de cualquiera de las dos anteriores. Y, porque no, celebremos que el amor se ha convertido en una mercancía más y la gente tiene la opción de enamorarse a cambio de algo en los concursos de televisión. Para que luego digan los que abominan del capitalismo, si es que tiene soluciones para todo.
Disfrutemos de todas las alucinaciones amatorias que el destino nos tenga reservado, subamos a las mas altas cumbres borrascosas. Pero si en algún momento de ese trajín de fusiones intimas e intercambios psíquicos sentimos que ya solo nos dan el calor que proporcionan los erizos cuando se juntan, si notamos que es imposible perpetuar la venda sobre nuestros ojos, no nos desesperemos ni le metamos la navaja entre las costillas a quien creamos que es el culpable de nuestra descomunal desgracia. Ni nos obcequemos de nuevo buscando recambio de inmediato. Es tiempo de amar la vida tal y como es, con su ramillete de placeres y desdichas, con el vértigo de su elevación al cielo y de su caída en picado a los infiernos que siempre le acompaña, porque todo lo que sube baja, y tal. Esa vida que suma mas que dos vidas que nunca han sido como se han amado. En fin, eso que no es otra cosa que aprender a negar y rechazar todo lo que nos mata: la persistente catástrofe que nos acecha y rodea, la injusticia que se oculta en los grandes ideales vendidos y saqueados a diario, la ceguera de quienes lo aceptamos todo. Que San Valentín lo bendiga.
sábado, 12 de febrero de 2011
PALABRAS QUE HACEN MAPAS

http://circulobellasartes.com/benjamin/index.php
Cuando uno acude a los atlas o los mapas es porque quiere colocar el cuerpo en algun sitio o lugar, proporcionándote un conocimiento instantáneo de sus abscisas y coordenadas. Así te situas, conoces la topografia de la zona, ves sus calles, plazas, carreteras y cruces de caminos. Con ellos sabes de distancias, si son lejanas o próximas, cortas o largas. Y, sobre todo, sirve para saber todos los lugares donde nos has estado y lo minúsculo que es el territorio donde vives cada día. Si lo que quieres situar no es el cuerpo entero, sino una parte del mismo, recurres a los atlas o mapas de anatomía. Aquí también descubres las distancias que hay, por ejemplo, entre el corazón y el cerebro(distancia muy importante y a tener siempre bajo control del metro) y el misterio que protege a lo oculto o microscópico.
Ahora bien, si lo quieres es situar los sentimientos, tener un conocimento aproximado de sus coordenadas, saber algo de su imprevisible topografía, etc., no te queda mas remedio que acudir a las palabras, imágenes, sonidos, ... que te entran por los sentidos. Los atlas o mapas que resultan con las palabras se llamana poemas, novelas, diarios, ensayo. Los que derivan de las imágenes películas, documentales. Los que corresponden a los sonidos sinfonias, melodías, en fin, la música. O también una mezcla de todo junto.
Sin embargo, conscientes de sus limitaciones a la hora de organizar los mapas y sus itinerarios, las palabras guardan para si el privilegio de ser las que mejor representan la singularidad de la especie humana: su condición única de hablante entre todas las otras especies. También es verdad que las palabras son las que mas colaboran, dada su condición polisémica, a la confusión y al enfrentamiento entre los seres hablantes. Pero a pesar de una imagen acertada no podemos prescindir de mil palabras desafortunadas. Son nuestro ADN. Y nuestras velas, que la mayoria de las veces nos hacen naufragar en el mar enbravecido de la comunicación humana.
Todo lo anterior viene a cuento para presentarle un atlas especial de un escritor también especial, conocido en estos pagos por su trágica muerte, a causa de la consecuencia del fracaso mas estrepitoso y cruel que puede llegar a tener el uso e intercambio de las palabras entre los seres hablantes: la guerra. Me estoy refiriendo a Walter Benjamin. Se trata de una exposición que organiza el Circulo de Bellas Artes de Madrid y que titula Atlas Walter Benjamin Constelaciones. Una colección de citas que permite también situarse y asombrarse de su inmensa riqueza y, sobre todo, comprobar y celebrar la manera de la que se sirvió el pensador alemán para iniciar sus sugerentes investigaciones filosóficas, sus paseos, sus narraciones en un mundo en llamas. En definitiva, su forma singular de situarse en ese mundo mediante el mapa de su escritura.
jueves, 10 de febrero de 2011
ATRAPADO
Si hubiera sido educado en un lugar apartado, mezclado entre las ruinas de alguna montaña o junto a un lago, mis padres no hubieran quedado a salvo de los dardos de mi reproche. Pero, ya le digo, no fue así. Mi madre todavía me lo recuerda cuando la visito en su casa. A la hora del café le gusta sacar las fotografías de entonces y enseñárselas a sus nietos, renovando así su orgullo por mi carrera de estudiante. En la pared del comedor tiene colgados, en lugar preferente, los títulos que conseguí. Como si fuesen trofeos propios los ha enmarcado con mucho esmero y cuidado. Nunca se les ve afectados por mota de polvo alguna. Perfectamente alineados y equidistantes unos de otros, decoran la pared mas importante de la casa.
Formarme para llegar a ser como dios manda, no ha significado que en la meta me haya encontrado solo con el deber cumplido. Ni que la meta que me impusieron fuera siempre un lugar cercano. Cuando llegué allí había algo más, y aqui radica el fundamento de mi malestar y mi repoche. Como ya le dije, no me cupo ninguna duda de que ese algo más tenía que ver con quienes habian colaborado al triunfo de mi etapa educativa. No es que quiera ponerme transcendente, pero oí tantas veces que debía estar orgulloso porque había hecho lo que tenía que hacer, que acabé por hartarme.
El deber cumplido supe en seguida lo que era y los beneficios que me iba dando también. Mi débil curiosidad, sin embargo, me impidió darme cuenta de que aquella plenitud no coincidía exactamente con mi satisfación. Cualquier pregunta que surgiera donde fuera, dada la debilidad de mi pensamiento, quedaba compesanda con la primera respuesta, sin preocuparme lo mas mínimo por el sentido de todo ello. Así, sin percibirlo, me fui quedando encerrado dentro de una muralla impenetrable. Mi dí cuenta cuando empecé a quedarme en casa, dejando de lado mi intensa y exitosa vida social. Todo empezó como siempre ocurre con estas cosas, de forma inopinada. Contra toda costumbre por mi parte, un dia decidí no ir al cumpleaños de unos amigos alegando que tenía que acabar un informe del trabajo. Mi mujer si quería ir, así que dejó a los crios con mi madre y se fue, dejándome solo. Al igual que me pasa con la música, que a los pocos minutos me siento rodeado por un anillo que inutilmente intento traspasar para tratar de entenderla, de repente me sentí oprimido por las tenazas del aburrimiento, y después del miedo. No esperé mas, cogí el coche y me presenté en la fiesta de cumpleaños de mis amigos. Pero ya nada volvió a ser lo mismo. Lo que vino a continuación es facil de imaginar, dada la educación exitosa que había recibido.
Ahora no intento atravesar nada. Me quedo en casa y no tengo la necesidad de quedar con nadie. Mi mujer creo que vive con otro. A mis hijos, según ordenó el juez, los puedo ver una vez al mes. Simplemente permanezco tranquilo con mis pensamientos, que van discurriendo y desarrollándose en su estrechez sin que la perturbadora y obsesiva observación de mi mismo consiga afectar a su trabajo hacia todo lo demás. Sí, es verdad que estoy solo, pero ahora se que los días tienen música.
Formarme para llegar a ser como dios manda, no ha significado que en la meta me haya encontrado solo con el deber cumplido. Ni que la meta que me impusieron fuera siempre un lugar cercano. Cuando llegué allí había algo más, y aqui radica el fundamento de mi malestar y mi repoche. Como ya le dije, no me cupo ninguna duda de que ese algo más tenía que ver con quienes habian colaborado al triunfo de mi etapa educativa. No es que quiera ponerme transcendente, pero oí tantas veces que debía estar orgulloso porque había hecho lo que tenía que hacer, que acabé por hartarme.
El deber cumplido supe en seguida lo que era y los beneficios que me iba dando también. Mi débil curiosidad, sin embargo, me impidió darme cuenta de que aquella plenitud no coincidía exactamente con mi satisfación. Cualquier pregunta que surgiera donde fuera, dada la debilidad de mi pensamiento, quedaba compesanda con la primera respuesta, sin preocuparme lo mas mínimo por el sentido de todo ello. Así, sin percibirlo, me fui quedando encerrado dentro de una muralla impenetrable. Mi dí cuenta cuando empecé a quedarme en casa, dejando de lado mi intensa y exitosa vida social. Todo empezó como siempre ocurre con estas cosas, de forma inopinada. Contra toda costumbre por mi parte, un dia decidí no ir al cumpleaños de unos amigos alegando que tenía que acabar un informe del trabajo. Mi mujer si quería ir, así que dejó a los crios con mi madre y se fue, dejándome solo. Al igual que me pasa con la música, que a los pocos minutos me siento rodeado por un anillo que inutilmente intento traspasar para tratar de entenderla, de repente me sentí oprimido por las tenazas del aburrimiento, y después del miedo. No esperé mas, cogí el coche y me presenté en la fiesta de cumpleaños de mis amigos. Pero ya nada volvió a ser lo mismo. Lo que vino a continuación es facil de imaginar, dada la educación exitosa que había recibido.
Ahora no intento atravesar nada. Me quedo en casa y no tengo la necesidad de quedar con nadie. Mi mujer creo que vive con otro. A mis hijos, según ordenó el juez, los puedo ver una vez al mes. Simplemente permanezco tranquilo con mis pensamientos, que van discurriendo y desarrollándose en su estrechez sin que la perturbadora y obsesiva observación de mi mismo consiga afectar a su trabajo hacia todo lo demás. Sí, es verdad que estoy solo, pero ahora se que los días tienen música.
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