viernes, 6 de octubre de 2017

LO EXTRAÑO QUE HAY EN LO HABITUAL

Ahora que estoy haciendo la crónica de mi visita a Kassel y a su muestra quinquenal del arte que se está haciendo en estos momentos en el mundo, las palabras de aquel señor delante de la estantería con rollos de alambre me trajo a la cabeza, ya camino de la siguiente instalación, una idea o lo que sea que repito y me repito pues pienso que no deja de tener su influencia, más inconsciente que conscientemente, en las maneras con que vivimos nuestro presente y, en consecuencia, en su manera de acercarnos a sus diferentes formas de representarlo. Es aquella que sostiene que las grandes catástrofes de 1945, no solo acabaron para siempre con la idea tradicional o clásica de estar en el mundo y contemplar sus representaciones, sino que , y es lo más importante, inauguraron la que en estos momentos nos encontramos que, sin embargo, no tiene la suficiente fuerza como parar hacernos olvidar a aquella. Es como quien se niega numantinamente a aceptar la muerte de un ser querido y está decidido a vivir el resto de sus días zapateando sobre su tumba. 

Convengamos que los desastres de 1945 no solamente fueron la culminación sangrienta, como nunca antes había vivido la humanidad, de una ceremonia que había comenzado con todas las ilusiones de emancipación doscientos años antes, ignorante, claro está, de que aquellas ilusiones acabarían en tan colosal tragedia, sino que al mismo tiempo dibujaron un horizonte en el que figura celestial de Dios fue sustituida por la del Terrór Nuclear, así también con mayúsculas. A mi me gusta denominar a este giro como el triunfo del diablo, aplazado en el imaginario de nuestra cultura judeocristiana desde que Adan y Eva fueron expulsados del paraíso justamente debido a la artera mediación de Lucifer. Dijo, entonces, volveré, y ha vuelto. 

Frente a este panorama, y vuelvo a lo que vengo contando, la belleza tradicional y clásica que, antes de los desastres de 1945, desconocía, digámoslo así para entendernos, los bajos fondos de nuestra naturaleza humana, representaba con acierto esa idea del mundo en la que pasara lo que pasara y nos comportáramos como lo hiciéramos, al final la bondad infinita de Dios perdonaría todos nuestros pecados y desvaríos. Sin embargo, la belleza radical que ya he mencionado y que mueve estas crónicas, está inspirada por lo que significa el triunfo del diablo en el mundo, digámoslo también así para seguir entendiéndonos, y sugiere la existencia de un orden oculto e ininteligible del universo. De repente, ya no vemos el mundo iluminado por de la luz de Dios, que nos ofrecía todas las garantías de visibilidad necesaria, sino a través de un velo, que nos trasmite todas las sospechas y distorsiones sobre lo que creemos estar viendo. Pero como el imperativo de la vida es sobrevivir, ya sea caminando hacia el paraíso soñado o sobre la ruinas realmente existentes, esa supervivencia, como dijo Henry Bergson, “implica aceptar sólo el lado utilitario de las cosas para responder a ellas mediante las reacciones apropiadas; todas las demás impresiones resultan atenuadas, o llegan a nosotros de una forma vaga y borrosa. En pocas palabras, no vemos las cosas mismas, sino que la mayor parte del tiempo nos limitamos a leer sus etiquetas.”  A lo mejor se referían a eso las palabras de aquel visitante auto complacido que he mencionado antes. Pues nuestro lenguaje habitual o improvisado, del que normalmente no nos hacemos cargo o lo hacemos para satisfacer intereses utilitarios de tipo profesional, familiar, social, etc. - donde se incuba y desarrolla el hablar por hablar dominante -, como también dice el filósofo francés, contribuye a ese tipo de ceguera que tenemos delante de lo que no es evidente, o invisible, ya que se refiere siempre a lo general o consensuado, nunca a lo particular y específico. 


De todas maneras - Duarte ya me había advertido - que pasara lo pasara delante de cada instalación, tomáramos buena nota para volver a intentarlo de nuevo. Pues el arte que se hace en la actualidad, si soy mínimamente coherente con lo que hoy he dicho, ya no persigue, como antaño, el modelo ideal de las cosas sino su manifestación inmediata que es lo único que existe verdaderamente en la experiencia. Y ésta es la que requiere de ese tiempo y ese espacio, y de ese lenguaje, que no son los habituales de las conversaciones habituales.

jueves, 5 de octubre de 2017

ENTRE EL ALMA Y LA MERCANCÍA

María Zambrano en las primeras páginas de su libro Hacia un Saber del alma, dice: “cada época se justifica ante la historia por le encuentro de una verdad que alcanza claridad en ella”. ¿Cual es esa verdad en la época en que vivimos? ¿Cómo se manifiesta y de qué manera lo notamos? ¿Esa claridad a la que alude Zambrano tiene que ver únicamente con lo visible? ¿O más bien se aloja en eso que llamamos alma, que no deja de ser el atributo esencial del ser humano, desde donde sentimos y conocemos? Estas meditaciones me acompañan desde que decidí que el arte actual no me fuera, digamos, indiferente. Utilizo este calificativo porque no sé si la expresión más acertada es prestarle atención. No en balde la mayoría de las ciudades medianas y grandes tienen entre sus ofertas culturales a quienes las visitan - utilizo la denominación más habitual - un inevitable museo de arte contemporáneo, que normalmente lo publicitan como la joya de la Corona municipal. Como turista obediente cuentan siempre con mi visita. Es así como, en parte, he ido aprendiendo el papel que juega el alma humana, o la mía más en concreto, en un mundo de matriz mercantil materialista, que gusta llamarse así mismo con orgullo, y en cabal correspondencia, laico y descreído, pero que con el paso de los años acumula una ansiedad y un malestar creciente, que no sabemos si achacarlo a algo que hemos perdido o a lo que esperamos para sustituirlo pero que no llega. El caso es que con lo que manejamos en esa república mercantil materialista parece que no es suficiente. 


A lo que me refiero, por ejemplo, es que delante de los maniquíes guillotinados, tal y como conté en el escrito de ayer, sentí la presencia de ese algo que llamo alma, y que acabó por envolvernos a ellos y mi bajo su influencia, pero unos metros más allá, siguiendo la flecha de la exposición, me quedé delante de una ausencia total de empatía, o la huida repentina y sin previo aviso de ese sentimiento anímico que hacia un minuto había experimentado con intensidad, al ponerme frente a la siguiente instalación. Que estaba allí como si hubiesen elegido una estantería llena de rollos de cable de acero de la fábrica donde yo trabajé en mi juventud, y la hubiese transportado sin más hasta el lugar que ocupaba en la sala del Fridericiarum. ¿Cómo era posible, me pregunté, que la estantería se hubiera comido a los maniquíes guillotinados en cuestión de segundos? Uno que estaba a mi lado le dijo lleno de autocomplacencia a quien le acompañaba - según tradujo Duarte - así es el arte contemporáneo. Sea eso que sea el alma, ¿es una mercancía más? De repente, sentí como si aquel tipo me hubiera robado la mía. Luego, continuó el que estaba a mi lado, hay productos artísticos que gustan y los hay que no. Cada producto tiene sus clientes, dijo antes de poner rumbo hacia la siguiente instalación. Entonces, me pregunto, ¿tienen razón quienes dicen que Documenta es un mercado quinquenal de diferentes chatarrerías, bajo el paraguas agónico del último arte? Un quinquenio más por favor, dadnos uno más, parecen reclamar sus organizadores a los visitantes.

miércoles, 4 de octubre de 2017

INTEGRIDAD, CONSONANCIA Y CLARIDAD

Nada más abandonar el vestíbulo donde se encontraba el caledoscopio me encontré con un grupo de maniquíes vestidos con trajes austeros y desprovistos de cabeza que enfocaban su posición - no podían enfocar su vista pues carecían biológicamente de ella, fue lo primero que dije para mis adentros - hacia un centro donde se dibujaba un juego de saltos de cuyo nombre ahora no me acuerdo. La instalación - ya habrás podido deducir que es el nombre que se utiliza en la jerga de Documenta para nombrar a la mayoría de las piezas que allí se exhiben - atrajo mi atención de inmediato y la de algún que otro de los visitantes que en ese momento pululaban a su alrededor. Duarte desenfundó la cámara de fotos y empezó a escudriñar cual podría ser el mejor enfoque para captar el alma de aquellos cuerpo decapitados. Segundos antes me había comentado, acercándose a mi oído, que le parecían cuerpos sin alma, lo que a su vez la convirtió en parte añadida de la instalación cuando se dispuso con la cámara en bandolera a captar tan fundamental carencia. En ese momento intuí lo que dije en el anterior escrito: aquello estaba sin acabar. Y no porque su autor no hubiera llegado a tiempo y lo hubiera colocado tal y como se encontraba en su taller o estudio. Sencillamente estaba sin acabar porque no podía hacerlo. 

Hubo un tiempo no muy lejano en que se veía al mundo como un problema matemático que, como tal, debía de tener una solución, y si no era así es que no era un problema. Era un tiempo de optimismo generalizado en el que campeaba por sus fueros, y de forma excluyente, la racionalidad físico matemática. O dicho de otra manera, cualquier obra humana lleva inserta la exactitud como sinónimo de estar acabada, de que no se le podía añadir ni quitar nada más. Todo lo que cayese fuera del foco de esta visión del mundo, se podía decir que no existía. La belleza radical, que he mencionado como aspiración de todo arte en cualquier tiempo y lugar, vivió así oculta bajo el imperativo de la causa y el efecto, del problema y su solución, ligados fundamentalmente a satisfacer las necesidades presentes y futuras de la autoconservación y reproducción de la especie.  Sin embargo, lo que yo observaba delante de aquellos cuerpos guillotinados era un ritmo inesperado y discordante. Lo mirase como lo mirase no le veía reglas preestablecidas. Me atrevo a decir que, contra mi propia voluntad en el momento que los contemplaba, a aquellos cuerpos sin alma, por seguir con la tesis de Duarte, me trasmitían integridad, consonancia y claridad. Había algo que resplandecía dentro de cada uno de ellos y entre lo que los unía. Eso que la filosofía medieval denominó la esencialidad de las cosas. De repente, me sentí bien uniendo el siglo XXI con la Edad Media. ¿No será nuestra alma lo que hay que meter en esta instalación para que esté definitivamente acabada?, le pregunté a Duarte en el momento que se decidía a hacer su primer click con la cámara.

martes, 3 de octubre de 2017

LO BELLO ES SIEMPRE RARO

Con el paso de los días voy alcanzando a entender que mi resistencia al caledoscopio que he mencionado en la entrada anterior puede que tenga que ver con la idea, que los vanguardistas tratan de imponer a los demás, de que el verdadero arte solo es el que ellos producen, pues es superador del arte anterior o antiguo. No debemos olvidar que el concepto de vanguardia artística es inseparable del de vanguardia política, y ambos del concepto histórico de progreso ilimitado de la humanidad como su único y verdadero destino. No hay que insistir mucho para llegar a la conclusión del uso perverso que los vanguardistas, tanto los políticos como los artísticos en estrecha alianza, han hecho del tiempo y del espacio, apropiándose de los dos en su propio beneficio. Cuando vi a Duarte y a los visitantes del Fridericiarum disfrutar debajo y al ritmo del baile de colores del caledoscopio me alegré en un triple sentido. Primero por ver cómo recuperaban el dominio sobre su espacio y su tiempo. Fuera lo que fuera lo que les hizo disfrutar debajo de aquella instalación colorista, me trasmitieron la sensación de que tenía que ver con el estado de sus conciencias, las cuales, como todas las conciencias, no entienden solo de futuro utilitarista sino, y sobre todo, de la inutilidad necesaria del pasado y de su anhelo de eternidad. En segundo lugar, me complació ver naufragar ante aquella presencia multiforme y multicolorista la obsesión de algunos vanguardistas que con tal de no mirar hacia atras, o trabajar con retrovisor como decía Baudelaire, son capaces de hacer pasar por obras de arte las mayores imposturas, de las cuales a buen seguro me iba a encontrar alguna que otra pieza en mi recorrido por Documenta. Y en tercer lugar, y como una síntesis de las dos anteriores, comprendí algo, o tuve su experiencia in situ, que me rondaba en la cabeza desde hace tiempo, a saber, que el verdadero arte no empieza con los movimientos vanguardistas de principios del siglo XX, ni se encuentra solo en Kassel cada cinco años. La belleza radical que mencioné ayer, desde las pinturas de la cueva de Chauvet hace 35000 años hasta la Documenta de Kassel de este año, siempre ha sido el objetivo de la genuina creación artística.

Había llegado a un claro del bosque, pero la oscuridad que me rodeaba a partir de la poca luz que había conseguido era más espesa si cabía. Pues distinguir esa belleza radical que pudiera haber en cada una de las piezas o instalaciones que me esperaban en el recorrido, entre las imposturas de los falsos vanguardistas y la belleza convencional de lo ya visto, era una tarea difícil, pero me di cuenta que esa era la llamada que hacía Documenta a sus visitantes. Y, por tanto, ese era su valor. Para entendernos, Documenta no es algo semejante a una antológica de Velázquez o de Picasso. Es una experiencia que no sabes lo que es hasta que no te sumerges de lleno entre sus espacios, calles y vericuetos. Y aun así, al contrario de las antológicas de Velázquez o Picasso que son obras ya hechas y bendecidas por el canon de lo que debe de ser, en Documenta parece que todo está a medio hacer, mejor dicho, que todo se está haciendo en el momento que lo estas viendo y, por tanto, no tienes ninguna garantía de nada que tenga que ver con la satisfacción inmediata que sabemos nos ofrecen aquellas. Lo que quiero decir queda bien representado en una cita de Goethe, que Vila-Matas menciona en su libro aludido, Kassel no invita a la lógica. Dice así el bardo alemán: “todo está ahí fuera, y yo no soy nada”. A lo que yo añado, ese debe ser mi trabajo, ser alguien. Con lo que veo y con quienes me ven. En Kassel la belleza iba a aparecer en forma de rareza, o con esa sensación, no muy diferente,  me permito imaginar, de la que tuvieron los cazadores que vieron por primera vez las pinturas que pintó su colega en el fondo de las cuevas de Chauvet. O de la apabullante y gloriosa impresión que debieron sentir los campesinos de Amiens el día que los invitaron, allá por el siglo XII, a la inauguración de la catedral gótica de su ciudad. 

lunes, 2 de octubre de 2017

LO INVISIBLE Y LO VISIBLE

Cuando me pongo delante de lo último que se hace en el arte actual a lo primero que me enfrento, sin poderlo evitar, es a la idea que tengo de belleza. Y pienso que es deshonesto decir que la idea de belleza heredada no cuenta en absoluto. Pasa lo mismo que con el asunto de la física cuántica enfrentada como su superación a la física newtoniana, que no deja de ser un correlato del de la belleza vanguardista enfrentada como su superación a la belleza tradicional o clásica. De forma resumida, lo cuántico se da en lo micro, lo invisible, pero lo newtoniano se sigue dando en lo macro, es decir, en lo visible de la experiencia de cada día. Y en esa experiencia de cada día pedimos, más aún, exigimos armonía, simetría en fin, orden. Entonces podría decir que el arte vanguardista sería algo así como lo invisible que hay en lo visible. 

Anhelamos existir, creo que ya lo he dicho en más de alguna ocasión, entre la hermosura, la bondad, la densidad, la autoridad, la capacidad de conexión, la conclusión, la resolución, la percepción, la variedad, la grandeza. Lo que ocurre, sin embargo, es que hay que pegar mucho la oreja y el ojo, y en el mundo sordo y ciego en que vivimos, debido al estrepitoso ruido ambiente y al enjambre de imágenes que vomita cada día, con lo que se envuelve y se disfraza, no es nada fácil. Es decir, nuestro estilo de vida, paradójicamente, se ha hecho feo e inteligible y ha ocultado o hecho desaparecer lo que más queremos tener nuestro lado cada día: la belleza. A partir de aquí comienza el desconcierto que solemos mostrar delante de las obras del arte actual que, anticipándose a nuestros estilo de vida del presente - por eso se autodenominan vanguardistas - iniciaron a principios del siglo XX la rebelión contra la belleza clásica o tradicional. Si son capaces de producir obras de arte de una fuerza innegable, es porque las han llevado a cabo en nombre de la belleza misma, si bien de un modo más amplio. Una clase de belleza que abarca lo caótico, lo asimétrico, lo fragmentario, el desorden. Justo como la percepción que tenemos del mundo donde vivimos cotidianamente, y que tanto nos indigna produciendo la asfixiante marea de ansiedad  y malestar mental que nos invade. Una belleza, dicen los defensores de la necesidad de estos tipos de expresión creativa, radical, entendido este calificativo en su sentido etimológico del latín: raíz. Una belleza, para entendernos, que estaba ahí desde siempre y que aparece, por intervención del artista como una revelación, o caída del falso velo que habían formado las convenciones e intereses de tantos siglos de uso y abuso de tales formas de belleza. A mí esta forma de entender lo nuevo me resulta más interesante que la que tiene matriz romántica, pesentándonos al artista como un genio o un elegido, dotado con unas cualidades sobre humanas. No está de más caminar con esta dos muletas por cualquier exposición y muestra de arte actual, mejor que contratar a un filósofo de instituto o universidad. Así lo hice cuando, después de abandonar al Partenón de los libros, me adentré en el Fridericiarum, tras pasar a dejar los macutos. Y, como dice Duarte en su diario de ruta, empezamos a ver sin sentido, unas luces de ciclones que con formas caleidoscópicas se reflejaban en el visitante para captarlo como parte de la obra. “Le da color con formas”, me dijo. Lo cual no supe que me quiso contar con lo me dijo, prueba evidente, pensé, de que Duarte ya había logrado entrar en esta primera instalación que recibe al visitante, mientras yo me quedé a su lado pero muy distante del caledoscopio gigante, dirimiendo a nivel teórico - luego fui aprendiendo que ese no era un camino acertado, ni la posición idónea desde donde mirar - si aquello era o no era bello. El resto de los visitantes con los que coincidimos se dejaron llevar y entraron de lleno en la propuesta lumínica. Las luces al reflejarse sobre los cuerpos, ahora que lo recuerdo con más detenimiento, los transformaban en algo diferente, lo cual forma parte también, al lado de la armonía, el orden y la simetría clásicos, de esa otra forma de la belleza que Baudelaire calificó convulsa, con serenidad y lucidez, antes de las convulsiones un tanto histéricas de las vanguardias. La belleza convulsa si hace más entendible lo que realmente se oculta debajo de la belleza clásica. Hace más visible el velo que las separa y su necesidad de desvelamiento, olvidándose de ese estorbo que siempre acompaña al espectador o lector de las obras de arte: el genio de sus autores. 

jueves, 28 de septiembre de 2017

OCURRENCIA O DESTINO

En algún sitio he leído que el ser humano es el ser defectuoso que produce cultura, pues al carecer de instinto se siente desprotegido. En efecto, qué haríamos nosotros sin los suplementos culturales del fin de semana, con sus innumerables ofertas culturales de todo tipo, que haríamos sin las antológicas que de vez en cuando se inventan los gestores culturales para hacer caja y de paso recuperar ese hábit,o tan del gusto del hombre masa, de hacer colas interminables, que haríamos sin las bienales, o sin los festivales anuales de cine, independiente por supuesto. Moriríamos de más aburrimiento, sin cabe. 

No me vi de forma inevitable arrastrado hacia el pasado glorioso helénico, mientras paseaba entre los andamios que sujetaban el Partenón de Minujín. No me conmoví ante la cantidad de libros que la autora argentina había encarcelado entre plásticos, a la espera de su liberación en la fiesta final - el espectáculo otra vez, como no - de clausura de Documenta 14. La cual consistía en que cualquier visitante podía ese día acercarse al Partenón de los libros y, rasgando el plástico transparente que los aprisionaba, llevarse los libros, otrora prohibidos, que desease. Semejante acción convertía al sujeto en cuestión en un heroico libertador en un doble sentido. Por una parte, liberaba al libro de su cárcel plastificada en el templo fundacional de la democracia, un símbolo demasiado forzado en la construcción o búsqueda de la ambigüedad y paradoja, que me hizo difícil asimilar su contraposición a la oscura y cruel prohibición verdadera que esos libros y sus autores padecieron en el pasado, y, por otro, el visitante se libraba así mismo de ser un vulgar consumidor de libros en el mercado editorial. Siguiendo a Chus Martínez, el pensamiento que se desprendía de todo ello me pareció cogido con pinzas, de tal modo que en cuanto hiciera un poco de viento se convertía todo en una ocurrencia. Pues este es el peligro que corren muchos de los autores del llamado arte contemporáneo, que, al abandonar la mimesis de la obra del Creador Divino, se han dedicado a imitar, cuando no copiar directamente, a la de los creadores humanos que decidieron aquel abandono a principios del siglo XX. Resumiendo. Duarte desde que lo vio nada más llegar a la plaza de Federico, no fue capaz de encontrar la empatía necesaria para adentrarse en el Partenón de los libros y disfrutar con lo que allí sucedía. Son los andamios al aire libre, me dijo. Esas estructuras de hierro, como las que sujetan los edificios declarados por las autoridades en ruinas, son las que me molestan. No me aclaró si a sus sentimientos o a sus pensamientos. La imagen de un edificio en ruinas me detuvo, justo antes de que decidiera que todo aquello era una ocurrencia de Minujín imitando la originaria decisión de Duchamp, cuando dijo al mundo que su urinario era inútil para mear, aunque nos podía cambiar la vida si lo veíamos como un obra de arte. Una decisión que desplazó la creatividad hacia un territorio lleno de minas, o de trampas, en tanto en cuenta allí solo mandaba la arbitrariedad del ego humano. O dicho de otra manera, nos olvidamos con esa decisión humana, mejor dicho, con los oportunistas que la convirtieron en decisión divina, de algo que no debimos hacer nunca, a saber, que somos la única especie que puede darse el lujo de reconocer su propia irrelevancia en el cosmos. Ese es y ha sido siempre nuestro verdadero destino.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

PARTENÓN DE LOS LIBROS

El viaje en tren de Frankfurt a Kassel duró un par de horas. Tiempo más que suficiente para ir calentando motores. Es decir, para decidirme entre sí el arte es esencialmente pensamiento, como dice Chus Martínez, una de la comisarías de la Documenta 13 en la que se inspira la novela de Vila-Matas que vengo aludiendo “Kassel no invita a la lógica”; o más bien el arte es experiencia con el lenguaje, o dicho de otra manera, el arte es sentir el sentido de lo que previamente sientes. El arte o el goce estético es sentimiento. La creatividad o la imaginación humana son fenómenos de nuestra subjetividad, no un subrayado especial o excepcional de la subjetividad misma. A lo que me refiero es que así como la necesidad alimentaria surge para llenar la andorga vacía, la necesidad creativa no surge, como pudiera deducirse mecánicamente, para llenar el ego eternamente insatisfecho, diciendo lo listo o lo sensible que somos, sino para encontrarse con el otro y lo otro. Creatividad y alteridad son dos caras de la misma moneda, que juntas instituyen y constituyen eso que sea la subjetividad. El goce estético del arte es, por tanto, comunitario porque, paradójicamente, necesita al otro para llegar a su plenitud. No solo con la esperanza de que el otro haya disfrutado, sino, y sobre todo, para comprobar su perspectiva y alcance, que acabara por determinar la propia. Ya sé que esta forma de ver lo creativo choca frontalmente contra el subjetivismo militantes y campanudo del llamado arte contemporáneo que, como he dicho, a mí me gusta más llamarlo arte actual o arte que se está haciendo y anunciando en el presente. Su hipotética contemporaneidad es algo posterior y surge de la relación que mantenga el receptor con la obra, surge de su propia capacidad creativa que la tiene sin ninguna duda, aunque los medios de comunicación no le presenten ninguna atención. En el arte actual el artista va por delante de su obra. Duchamp fue el inventor de este giro hermeneútico. Un artista es quien dice que es artista. Nunca se me olvidará la anécdota en la que una conocida mía se convirtió de la noche a la mañana en artista. Su formación es la de una diseñadora gráfica. Pero su carácter es el de alguien, como suele pasar en estos casos, que tiene más ambición de notoriedad que talento. Como puedes deducir, en estos tiempos de hiperegolatría, estamos ante una bomba de relojería sin seguro, de esas que estallan cuando las miras. Dicho y hecho. Un día cualquiera, sin previo aviso, la diseñadora gráfica, siguiendo el mandato de Duchamp, explotó y se convirtió en una artista conceptual.  Y, como no, me invitó a su primera exposición con filósofo de la historia incorporado, como mandan los cánones de este tipo de encuentros. Ni que decir tiene que lo importante de la exposición no fueron las obras, por lo demás meros estándares de lo muchas veces visto en los museos de este tipo de arte, sino la presentación en sociedad de la artista que no quería seguir siendo diseñadora gráfica. Lo que sucedió estuvo acompañado por el hilo musical de fondo de la sociedad del “nada a largo plazo”. A la diseñadora le pasó lo mismo que quien dice que no se va a pasar toda la vida de panadero, o de médico de cabecera, o de maestro de escuela. Que el panadero o el médico o el maestro no decidan dar el salto y convertirse en artistas, es un misterio, supongo, de la propia lógica del artisteo. En fin.  

El caso fue que una vez que nos instalamos en la casa que iba a ser nuestro hogar en Kassel, durante los dos días que íbamos a observar y ser observados en la Documenta 14, Duarte me preguntó, después de comprar los tickets y el plano de la magna exposición, ¿por dónde empezamos? Sin dudarlo mucho le contesté que, según mi parecer, podíamos iniciar el periplo en la instalación central de la muestra, de Marta Minujín, titulada  “Partenón de los libros”, que se encontraba situada en la plaza de Federico. La pieza era una réplica de la grandiosa estructura del Partenón ateniense, que la autora argentina había cubierto de decenas de miles de libros prohibidos. Se levantaba, apoyada en entramado de andamios visibles, en la plaza en la que los nazis quemaron montañas de volúmenes en 1933. Según la autora pretendía ser un símbolo de la persecución cultural. No era una obra acabada, sino una obra en construcción, a la espera de que los visitantes dejaran ejemplares de libros censurados a lo largo de la historia o prohibidos aún hoy día en distintas partes del mundo.