viernes, 11 de agosto de 2017

EL FRACASO

“El fracaso es el gran tabú moderno”, dice Sennett en su libro. La publicidad y los libros de autoayuda están llenos de recetas para triunfar ya sea en lo laboral, lo social o lo personal y familiar, pero por lo general callan en lo que atañe a la cuestión de manejar el fracaso en cada uno de esos frentes de supervivencia. Si no tienes o te flaquea la voluntad, por ejemplo, te dicen que no te preocupes pues todo es cuestión de entrenamiento, como si fuéramos únicamente un trozo de carne con ojos, o con piernas, o con manos. Así le respondí un día a un enconado positivista, y en lugar de agradecerme la imagen que le ofrecí se puso conmigo como un basilisco. Le respondí, ¿por qué buscas sofisticación donde nunca la vas a encontrar? ¿Por qué asocias la elegancia con la moda y el glamour efímero, cuando ser elegante lo que significa es el que sabe elegir, que tiene su misma raíz etimológica? Y que si lo que te flaquea es la capacidad de amar o de dejar de odiar, o si el bajón te viene porque llega septiembre o la navidad, no estás ante un problema de imagen o psicológico, ni busques una solución por vía del entrenamiento, estás ante un dilema existencial, un dilema ontológico, un dilema de elección. Sencillamente has perdido tu elegancia. Nos cuesta mucho, cada vez más, hacerle un lugar en nuestra vida laboral, familiar y social (digitales y flexibles todas, hasta la neurosis institucional) al relato personal con que nos incorporamos al mundo, y saber elegir ahí. Es decir, ser elegantes. Cielo santo, ¿qué es eso? A lo mejor no lo sabes, pero seguro que intuyes que una forma de vida como la actual, abastecedora únicamente de recetas de entrenamiento para los momentos íntimos de flaqueza, recetarios que proporcionan la verdadera dimensión de lo que la tal forma de vida es incapaz, a saber, proporcionar a los seres humanos de hoy alguna razón profunda que de cuenta, más allá de la espuma de los días, de sí mismo y entre los demás, una forma de vida así, digo, no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad. Pero, siguiendo el mismo razonamiento, si aceptas los aspectos más enajenadores  o envilecedores de tu trabajo por miedo a perderlo o a que te hagan a un lado, en fin, por miedo al fracaso, y que ello se haya convertido en el problema mayor de tu existencia, estarás de acuerdo conmigo que no puede preservar durante mucho tiempo tu propia honorabilidad - si alcanzas a entender todavía lo que eso significa - ante ti mismo y los demás.

“Aceptar el fracaso - continúa Sennett - darle una forma y un lugar en la historia personal puede obsesionarnos internamente pero que rara vez se comenta con los demás. Preferimos refugiarnos en la seguridad de los clichés. Los campeones de los pobres lo hacen cuando intentan sustituir el lamento ‘he fracasado’ por la fórmula supuestamente terapéutica ‘no, no has fracasado, eres una víctima’. En este caso, como siempre que   tenemos miedo de hablar directamente, la obsesión interna y la vergüenza se vuelven mayores. Si se deja sin tratar, se resume en la cruel sentencia interna: no soy bastante bueno. Hoy el fracaso ya no es la perspectiva a la que se enfrentan los muy pobres o los desfavorecidos; se ha vuelto más familiar como hecho común en la vida de la clase media. El tamaño cada vez menor de la élite hace que el éxito sea más difícil de alcanzar. El mercado del ‘ganador de lo lleva todo’ es una estructura competitiva que arroja grandes cantidades de gente con estudios al vertedero del fracaso”.


Nadie parece querer hacerse cargo verdaderamente de esta catástrofe. No sé si tal palabra es la más conveniente, pero al menos me permite dar una salida a la parálisis del fracaso, y  decir como los antiguos: tras la catástrofe, memoria y renacimiento. La sensación es de haberle fallado a todo el mundo pero nadie, entre los que se atreven a decir que son unos fracasados, parece querer cambiar de cuento, ni de cuenta. A los que callan, la mayoría, basta con mirarles el aspecto sombrío que, de repente, en su edad más docente adquieren sus caras, sus andares y los ademanes de sus manos. Este es, a mi modo de entender, el principal fracaso. Confundir el éxito en la vida con el lugar que ocupamos en el mundo. Confundir la vida con la técnica y el manejo la técnica con la excelencia. Confundir el suspense de la vida que no tiene, con su misterio que lo es todo. Confundir la gloria con la gracia. Confundir el cerebro con el alma. Confundir la carrera profesional con el camino existencial. Las palabras en cada uno de los casos son las mismas, vienen de antes de los tiempos conocidos. Dependen de que quien las pronuncie sepa que no sabe y que, en consecuencia, ningún tiempo ni ninguna persona pueden conocerse del todo.

jueves, 10 de agosto de 2017

EL DESTINO

“No me basta que sepas que es esto, me basta con que estés impresionado”. Nunca las palabras de un gánster de poca monta, dichas en una película del montón, dieron con tanto acierto en la diana del mundo de la digitalización y flexibilización laboral en el momento presente. Si te fijas es el santo y seña de todo adelantado, o vendedor de humo, que se precie y que quiere tener éxito. El valor no viene del trabajo incorporado al producto, sino de la apreciación subjetiva del consumidor. Y el consumidor lo único que quiere es, a cuenta de una necesidad tan inaplazable como inexplicable, que lo impresiones cada día del año. Ni que decir tiene que no era en eso en lo que estaba pensando Pico della Mirándola cuando en 1486 lanzó al mundo el manifiesto inaugural del Renacimiento, conocido como “Discurso de la dignidad del hombre”, que le provocó no pocas controversias ya que se oponía frontalmente a la ortodoxia cristiana. “Quita tus manos de ti mismo; tratas de construir y construyes una ruina”, proclama San Agustín. Pico della Mirandola es uno de los primeros filósofos que celebran - arriesgándose a ser tachado de soberbio y hereje - el planificar la propia existencia. Sabía de los riesgos que existían al tratar de navegar en  el mar desconocido que llevamos dentro, al igual que los navegantes de su época que estaban explotando los océanos ignotos que rodeaban la tierra firme. Pero la voz narradora del discurso de Pico tiene una misión  histórica, de la que carecía el campesino medieval.  El caso fue que con Pico della Mirandola comenzó el viaje - pues lo entendía así - llamado destino con el mando a distancia del libre albedrío. Un viaje que como te he contado con la lectura del Romanticismo acabó, quinientos años más tarde, en una colosal tragedia, a la que nosotros damos continuidad sobreviviendo dentro de un inexplicable laberinto. Probablemente en este laberinto del novum moderno en que nos encontramos hemos entrado sin pensarlo, seducidos por el autoengaño de que éramos dueños de nuestro destino, pero lo que no cabe ninguna duda es que para salir de él nos tenemos que poner a pensar, sin ninguna garantía de lo que pueda llegar a ser ese destino nuestro. Como verás el giro lingüístico y de percepción no puede ser más desconcertante e intimidatorio. Creyendo que nos movemos hacia lo mejor de cada uno, hemos quedado atrapados en la inmovilidad indistinta del mito que nos acoge a todos. Desear siempre el cambio o el cambio del cambio - que nada sea a largo plazo, aunque intuyamos desde el principio el fracaso - nos obliga a mantenernos en la espuma de los días, dejando de lado por inservible la experiencia con el lado profundo y misterioso que todo día también tiene. Esa superficialidad perfectamente consentida y alentada en las sedes laborales, que por exigencias del consumidor se extiende a las sedes familiares y escolares, tiene unos efectos autodestructivos sobre el carácter de las personas adultas y menores de edad. Como señala Sennett, citando a Richard Rorty, “uno pasa de creer que nada es fijo a no soy totalmente real, mis necesidades no tiene sustancia. No hay nadie, ninguna autoridad que reconozca su valor”. ¿No te evocan las palabras de Rorty a las de San Agustín? Entonces, ¿de qué ha servido la declaración sobre la dignidad humana de Pico? ¿A cambio de qué la hemos perdido? o ¿dónde la hemos extraviado sin que nos hayamos dado cuenta todavía? ¿No te parece que es necesario, no volver a los tiempos duros del campesinado pero si a pensar de nuevo la moral que acompañaba a sus vidas? ¿No intuyes que si, por un lado, con la digitalización y flexibilización laboral ganamos levedad, espumosa superficialidad, poder sin autoridad, entrenadores en lugar de capataces, por otro perdemos anclaje en el lado oscuro de nuestra existencia, que por mucho que lo intenten la digitalización y la flexibilidad laboral no deja de estar presente en nuestra vida privada e íntima, hasta el punto de hacer aquella levedad laboral insopprtable, como decía Kundera con el ser que en definitiva es lo que la aguanta?  

Después de los años de aprendizaje en las escuela fabril, me incorporé al departamento técnico de obras y servicios dentro del área de mantenimiento general, que se encargaba de la puesta a punto y reparación de las instalaciones del recinto de la fábrica. En concreto yo empecé a trabajar como delineante. Me gustó aquella primera toma de contacto con lo que estaba destinado a ser mi oficio. Pero esa complacencia laboral pugnaba dentro de mi, como no podía ser de otra manera en los incipientes tiempos de flexibilización y digitalización que ya asomaban la nariz, con la idea de cambio. Con la idea absurda de que no valía con estar y sentirme bien trabajando mis correspondientes ocho horas, sino que tenía que hacer algo más. Y, ¿qué podía ser ese algo más que iniciar mi camino hacia la universidad, que se había quedado abruptamente cortado, tres años antes, al tener que entrar en la fábrica? Si hoy me preguntas por qué lo hice, no sabría responderte. Algo me ocurrió, supongo que como heredero del Renacimiento y del Romanticismo, que me impidió seguir la senda que me marcaba el estoicismo de mi padre, que a pesar de todo aún mantenía firme en el núcleo duro e íntimo de su carácter. Nunca volvío a tocar un mueble con las manos, pero cuando emigró hacia la fábrica para darme un mejor futuro, su alma estaba hecha a aquel mundo, y se debía por completo al tacto y el olor de la madera. Pero aquel estoicismo paterno era insuficiente para mí. Observaba que mi padre iba durando, año tras año atado a la cadena de montaje, como el campesino lo estaba a la tierra, y como yo, si no hacia algo, estaría al tablero de dibujo. Este era el destino de los que no deciden, pensaba entonces. Como me ordenaban los cánones empresariales que se iban imponiendo, yo no solo quería durar día tras día, sino evolucionar hacia algún tipo de destino que la historia, a buen seguro, me tenía reservado. Sin más dilación, me puse a estudiar por la noche. Una heroicidad propia del guerrero Aquiles.

miércoles, 9 de agosto de 2017

HACEDORES DE SÍ MISMOS

Antes de la llegada de los alemanes yo había conseguido ubicarme dentro del entramado fabril a la usanza, digamos, que me había inculcado mi padre. Tuve antes un par de escarceos de esos que ahora forman parte de la cotidianidad adolescente. Uno deportivo, se me ocurrió decirle a mi madre que quería dedicarme al tenis, dadas mis buenas cualidades demostradas en las pistas recién inauguradas en el barrio. La broma costaba cien mil pesetas la inscripción más las quotas mensuales. Mi madre se echó a reír y me dio un billete de cinco pesetas para que me tomara algo. El otro escarceo no salió de mi cabeza, era acceder a la universidad para estudiar la carrera de medicina. En esta ocasión fue mi padre quien me señaló el camino de lo que iba a ser mi destino. La escuela de aprendices en la fábrica donde él había recalado después de abandonar su taller de carpintería. Dicho y hecho. Y sin protestar por lo del tenis y la medicina. Todavía eran tiempos en los que, a pesar de lo que había hecho mi padre con su profesión, y de la conciencia infelizmente disociada que tal decisión le había producido, imperaba el lema de Diderot en su fábrica, “como en casa en ningún sitio”. O como dice Sennett, “el campesino sabe que no hay victorias decisivas sobre la naturaleza: la victoria es una ilusión. Para Virgilio, el valor moral de la agricultura es el que enseña la resolución permanente, al margen de los resultados. Y en las Geórgicas, Virgilio da al adagio de Hesiodo - el que pospone se enfrenta a la ruina - un nuevo significado. El campesino que todos llevamos dentro lucha contra la capacidad de arruinarse a sí mismo. Las Geórgicas trasladan la anarquía de la naturaleza a una visión  de la anarquía interior, psíquica: contra esas batallas interiores la única defensa del individuo es organizar bien el tiempo”.  

No sabía todavía que esa iba a ser la principal aprensión durante el tiempo que permanecí en la fábrica. Me refiero a ese tipo de ansiedad que se apodera de uno cuando vive dentro de un ambiente en el que el paso del tiempo se organiza sin que tu experiencia, es decir, la memoria de lo que tú eres, tenga un valor tendente a cero. Y donde, por otro lado, la victoria es un objetivo y los resultados si que importan, son lo que más importa. Todo esto formaba parte de lo que no se veía, pues era literalmente invisible, en el recinto fabril cuando yo entré. Aunque mi padre era consciente de ello, nunca me dijo nada. Aunque él estaba encuadrado dentro de los no cualificados, sabía de que le hablaban cuando le dijeron que su hijo podía desarrollar su vocación dentro de las diferentes carreras profesionales que, dentro del grupo de los trabajadores cualificados, los de la bata blanca,  formaban parte del organigrama general de la empresa. Mi padre nunca perdió su alma de carpintero, lo que de forma no explícita fue una luz en los inicios de mi andadura profesional. 

Los trabajadores cualificados, con su bata blanca impoluta durante toda la semana, trasmitían ese aire de higiene hospitalaria que era la imagen que los dueños de la fábrica eligieron para inyectar la salud y la confianza necesaria a sus productos. Eran los homo faber y los homo sapiens del entramado fabril. Eran los hombres que se hacían a sí mismos. Por usar el lenguaje que, aunque en ese momento era casi inexistente, fue el que poco a poco, y de forma acelerada cuando llegaron los alemanes, acabó imponiéndose. Yo, ni que decir tiene, y con la bendición de mi padre, desde el primer minuto que pisé la fábrica estuve destinado a vestirme laboralmente con una bata blanca. Rápidamente me di cuenta, no por mi especial discernimiento sino porque esa era la atmósfera que allí se respiraba, quien seguía con la lógica campesina y quien tenía conciencia plena de ser una hacedor de sí mismo, siguiendo el precepto de Pico della Mirandola que Sennett menciona en su libro. “Es propio del hombre tener aquello que escoge, y ser lo que quiere. Más que mantener el mundo como lo ha heredado, tenemos que darle nuestra forma; nuestra dignidad depende así de que lo hagamos”.


Yo era de estos, quería tener un relato propio y apropiado. Es decir,  verosímil. Más tarde he pensado que con esa decidida actitud que manifesté desde el principio, mis padres se sintieron aliviados en su culpa por haberme cerrado el paso a la escuela de tenis y a la universidad. Aunque por otro lado creo que es demasiado pretencioso, propio de quien se declara hacedor de sí mismo, saber de las culpas y pecados ajenos. 

martes, 8 de agosto de 2017

INDIFERENCIA LABORAL

Los vientos alemanes, innovadores y flexibles, irrumpieron dividiendo en dos la provincia fabril donde trabajaba. Por un lado los del taller y por otro los de las oficinas. Los que vestían mono blanco y los que vestían bata blanca. Todos juntos formaban el ejército de gallinas blancas que ya he mencionado. La flexibilidad que introducían los nuevos métodos de organización digital del trabajo fue mejor acogida, en principio, por los de la bata que por los del mono. Eso motivó la creación y el fortalecimiento del comité de empresa y la transformación subsiguiente de los gallinas blancas en luchadores de vanguardia obrera. Todo lo cual no modificó un ápice los planes de absorción alemana. 

Los trabajadores de mono blanco eran los que carecían de cualificación profesional, los No Cualificados. Semejante calificativo, que no deja de tener un aire despectivo, se empezó a utilizar con la llegada de los alemanes. Era la categoría a la que estaba adscrito mi padre. Años más tarde, cuando ya se había jubilado, le pregunté un día como le sentó este cambio en la forma de nombrar su profesión. Pasar de ser alguien, carpintero reconocido, a no ser nadie, un no cualificado indistinto entre otros muchos no cualificados a una cadena de montaje pegados. Mi padre dejo de construir muebles a base de pasar la garlopa o la lima sobre la madera, de encolar las patas de las sillas, en fin, dejó de tener la visión de conjunto sobre su trabajo y se puso a apretar botones en la cadena de montaje de los alternadores par los coches. Después ascendió y se puso a medir el tiempo, apretando el botón de un cronometro, del montaje de las piezas de cada alternador. Perdí la fuerte identidad laboral de carpintero,  me dijo, a cambio de una indiferencia, que no dejó de aumentar, hacia la nueva profesión que me encomendaron dentro de la fábrica. 

La imagen de carpintero de mi padre no solo era doméstica y moral, era, sobre todo, una imagen de índole creativo. No era algo que hiciera, digamos, de forma consciente con el ánimo de ocupar un sitial en la posteridad. Como buen artesano nunca estuvo tentado por los humos del artisteo de matriz romántica. Nunca lo tuvo como objetivo superior. Simplemente la imagen de su vida se desprendía de su forma de aprender a mirar, que es otra manera de decir aprender a pensar. Era proverbial su capacidad de concentración cuando estaba trabajando en el taller que había habilitado en la misma casa donde vivíamos. Por más que le preguntaba sobre algo que llamaba mi atención, nunca abandonaba su concentración para responderme. En todo caso después, cuando creía haber visto lo que buscaba, se dirigía a mi con paciencia infinita, pues muchas veces le preguntaba lo mismo que días antes ya me había explicado. Por lo tanto, mi padre, como tantos otros que tuvieron que pasar por el mismo trance, no solo perdió su identidad profesional como carpintero, acuñada en casa como en ningún sitio, sino que dejó de hacerse cargo de la imagen de su vida, pues en la cadena de montaje alemana nada era a largo plazo. Si en casa, es decir, en el taller de carpintería todo era legible e inteligible, en la cadena de montaje todo se hizo extrañamente ininteligible e incomunicable. Ahora siempre que bajaba a hablar con mi padre, no tenía que esperar ni un segundo para que me prestase su atención. La breve conversación que manteníamos mientras tomábamos un café de maquina, pienso que aliviaba en parte la creciente indiferencia laboral que se iba apoderando poco a poco de él. Lo que no le impidió adquirir una conciencia infelizmente disociada que le revelaba, no obstante, las cosas como eran y el lugar donde él estaba. Algo que al día de hoy es lo que más le agradezco como imagen de su vida, tal y como han derivado las cosas y las personas a la busca desesperada de ese mundo feliz de Huxley, donde la mayoría quiere alojarse para siempre. Esa fue, a mi entender, la explicación del por qué nunca se quiso implicar en la lucha contra la invasión alemana y sus métodos de flexibilización laboral. El daño para él ya estaba hecho, y se encontraba en lo más profundo de su alma. Ninguna lucha exterior tenía capacidad suficiente para reparar nada de lo que estaba averiado en sus adentros.

Sennett lo cuenta con el oficio tradicional de los panaderos, para mostrar, igualmente, cómo la digitalización y flexibilización de la experiencia laboral tiene, como efectos inmediatos, una pérdida de inteligibilidad sobre las tareas que el trabajador realiza y un olvido paulatino de su pensamiento crítico. O dicho de otra manera, la digitalización y la flexibilización de la experiencia laboral impone de forma radical y sin tapujos la creencia positivista de que se puede separar quirúrgicamente el lenguaje. Independizarse por una parte del mundo y por otra del pensamiento. Sennet dice así, “El pan se ha convertido en una representación en pantalla. Como resultado de este método de trabajo, en realidad los panaderos ya no saben cómo se hace el pan. El pan automatizado no es una maravilla de la perfección tecnológica; las máquinas a veces se equivocan en los panes que están cocinando, por ejemplo, y no calculan correctamente la fuerza de la levadura o el color real del pan. Los trabajadores pueden juguetear con la pantalla para corregir un poco esos defectos; lo que no pueden hacer es arreglar las máquinas o, lo que es más importante, preparar pan manualmente cuando las máquinas se estropean, cosa que ocurre con bastante frecuencia. Los trabajadores dependen de un programa informático y, en consecuencia, no pueden tener un conocimiento práctico del oficio. El trabajo ya no les resulta legible, en el sentido de que ya no comprenden lo que están haciendo”.
La imagen de sus vidas ya no puede consistir en ser unos buenos panaderos, la digitalización se lo impide, ni ser unos buenos padres, pues tienen que buscar otros trabajos ya que la flexibilidad laboral así se lo impone. Solo les queda la posibilidad de dar el ejemplo a sus hijos siendo unos eficaces consumidores.

lunes, 7 de agosto de 2017

DILEMAS ANTE LA CORROSIÓN DEL CARÁCTER

Los nuevos dueños de la fábrica pronto aplicaron su ley. Empezaron a ser frecuentes los viajes a Alemania, para aprender los nuevos métodos de organización y producción laborales más flexibles y, al mismo tiempo, se pusieron en marcha los cursos de aprendizaje de la lengua alemana. La reacción a esta, digamos, invasión no se hizo esperar. Y lo que Sennett menciona en su libro, “los europeos, a partir de Tocqueville, tienden a tomar el valor nominal por realidad; algunos deducen que nosotros, los americanos, somos de hecho una sociedad sin clases, al menos en nuestras costumbres y creencias - una democracia de consumidores -; otros como Simone de Beauvoir, mantienen que estamos irremediablemente confundidos en lo tocante a nuestras diferencias reales”, se aplicó de manera inconsciente en el ambiente provinciano de la fábrica. De repente, la plantilla de trabajadores, conocida en la zona industrial donde se ubicaba la fábrica como los gallinas blancas - debido al color de los uniformes oficiales de la empresa, y a su proverbial cobardía frente a los conflictos laborales -, se convirtió en la vanguardia más combativa de la zona y de la provincia. La “invasión alemana” nos hizo tomar conciencia de que formábamos parte de lo que Marx elevó a concepto teórico cien años antes, a saber, la clase obrera. Los antiguos gallinas blancas nos habíamos convertido en el ejemplo a seguir por el resto de trabajadores de nuestro entorno, frente a las agresiones no capitalistas y su obsesión flexibilizadora del trabajo. Pero te quiero resaltar, al hilo de lo que continúa diciendo Sennett, “las personas que entrevisté hace un cuarto de siglo no eran ciegas; tenían una manera bastante legible de calcular la clase social, aunque no a la manera europea. La clase implicaba una estimación bastante personal del yo y de las circunstancias. De este modo se pueden trazar líneas muy nítidas entre las personas”, que el nuevo estatus de valiente vanguardia blanca era ilegible, en comparación con el de cobardes gallinas blancas. Y es que una de las consecuencias inmediatas de la corrosión del carácter, debido a las nuevas exigencias de flexibilidad del mercado laboral, es también la ruptura personal y social que nos producen esos cambios, y la confusión que se antepone ante la necesidad prioritaria de religarnos. ¿En el interior de la clase o en la intimidad del carácter? 


Un dilema que se repite cíclicamente, y que en el caso a que me refiero,  no en balde pertenecemos a la Unión Europea, se resolvió a favor de las obligaciones de la clase. Y de la ilegibililidad individual de lo que nos estaba ocurriendo. Lo que quiero decir es que cuando éramos unos cobardes gallinas blancas sabíamos dónde estábamos, y quienes éramos, unos cobardes, pero con la transformación en la vanguardia blanca contra la “invasión alemana” perdimos, sin darnos cuenta, nuestro relato personal. No me cabe ninguna duda de que ser un cobarde es un relato mucho más presentable en el mercado global del sentido, que ser un abanderado colectivo de la lucha contra el invasor. Es mucho más significativo, en términos narrativos, quien deserta que quien se inmola en el campo de batalla. Para el segundo serán las medallas y los honores de la Historia con mayúscula, pero el primero recabará la atención de las historias con minúscula, las que, al fin y al cabo, todos necesitamos para conseguir religarnos por dentro de la corrosión que nos asola al salir de casa para ir a trabajar. Antes de la llegada de los alemanes los gallinas blancas vivíamos más cerca de la fábrica de papel de Diderot que Sennett menciona en su libro, y cuyo secreto radicaba en sus exactas rutinas, es decir, estábamos como en casa y sentíamos honestamente que como en casa en ningún sitio. La llegada de los alemanes supuso entrar, de la noche a la mañana, en la fábrica de clavos de Adam Smith y su nada a largo plazo, ya que pensaba que esas imágenes de evolución ordenada, de fraternidad y serenidad, que preconizaba la fábrica de Diderot, representaba un sueño imposible. “La rutina, al menos en la forma de capitalismo que Smith observó, parecía negar cualquier conexión entre el trabajo corriente y el papel positivo de la repetición en el arte”. Fue así como el oscuro impulso a hablar de aquella cobardía, de la que éramos plenamente consciente, desapareció y ocupó su lugar una clara conciencia de clase, que como todo lo que es claro sin más no dejó de ser otra cosa que un dogma, por otro lado incomunicable, y únicamente creíble a pies juntillas y aplicable, fatalmente aplicable, como única respuesta a la invasión alemana. 

sábado, 5 de agosto de 2017

LA DOCUMENTA 14 DE KASSEL

El arte contemporáneo nace como una respuesta agónica a una doble estupefacción, que el ser humano moderno descubre en su ansia de progreso infinito hasta ocupar, después de derrocar la figura milenaria del Creador, la cúspide de su colosal obra imperfecta. Una hacia el exterior, la toma de conciencia irreversible de que es tiempo y lo que ello significa, a saber, que el tiempo pasa y que un día se acaba para siempre, incluso también para el ser humano moderno. Dos hacia nuestra intimidad, en la que lo primordial de esa forma de sentir es una soledad interior de la misma magnitud que el universo en que estamos sumergidos y perdidos, una soledad que da las verdaderas dimensiones de cuanto existe fuera de ella.

La Documenta de Kassel representa como ningún otro evento actual esta doble estupefacción que aludo. Es como llegar a los límites del mundo teniéndolo todo, y pedirle al mundo lo que te falta y nunca te podrá dar: quiero ser inmortal. La Documenta de Kassel también representa la corrosiva melancolía que a partir de esa decepción se extiende por el mundo. Sin que ni de la decepción ni de la melancolía nadie parezca hacerse cargo. Y son ya catorce las ediciones que lo intentan con verdadero éxito.

viernes, 4 de agosto de 2017

NUEVA VIDA PRIVADA

Pronto me di cuenta que en la fábrica donde entré como aprendiz, por mediación de mi padre, la lucha contra la rutina era el caballo de batalla dentro del recinto empresarial. Era ya el signo de los tiempos laborales. Pocos años después de empezar a formar parte de su plantilla, y dentro del ambiente de mundialización de la economía, la fábrica fue comprada por una compañía alemana que fue introduciendo los cambios pertinentes que imponían las nuevas formas de flexibilización en su combate contra la rutina laboral. Estos cambios son los que menciona Sennet en su libro, a saber, reinvención discontinua de las instituciones, especialización flexible de la producción y concentración sin centralización del poder.  Aunque participé de esa obsesión y desconcierto colectivos, nunca entendí realmente el alcance de sus consecuencias en cada uno de los obsesos. El comportamiento flexible da alas a la libertad humana, sin duda, pero al revés, vista mi experiencia en la fábrica desde la perspectiva del paso del tiempo, no lo tengo tan claro. Al final he llegado a la conclusión de que la verdadera creatividad es hija de la rutina. El lema “nada a largo plazo” le sienta bien a los neuróticos, que, mira por dónde, es la enfermedad que padecen la mayoría del censo de las grandes ciudades modernas. 

El novum moderno está lleno de trampas. Y aunque se ha convertido en algo hegemónico, pues todo el mundo lo practica - hoy el censo de cualquier ciudad está formado por unos miles o millones de ciudadanos genios que dedican su vida a exaltar todo lo que de original y diferente son respecto a los demás - al más puro estilo romántico de 1800 - que se creen especiales y diferentes unos de otros, que están dispuestos a hacer en su vida privada lo que en cada momento les salga de la entrepierna hasta el punto de haber convertido su conducta arbitraria en algo sagrado, y que, por tanto, deben ser tratados, Uno a Uno, como tales genios arbitrarios etc, etc. Todo lo cual ha engendrado, como ya he dicho en otras entradas, un individualismo radical inspirador de un nihilismo, no menos corrosivo que la fe del carbonero en cualquiera de las creencias religiosas habidas y por haber, y, por supuesto, más vitriólico para el carácter que la corrosión que denuncia Sennet. Otra cosa a debatir son los efectos también corrosivos que esa concepción nihilista de lo privado produce en forma de residuos invisibles no degradables, que los vierte sin escrúpulos sobre el solar abandonado, por el propio nihilismo privado, del antiguo espacio público, donde concurrían las legitimidades tradicionales, las creencias y costumbres colectivas históricamente cohesionadoras. 


Debe ser, a mi entender, en el ámbito de la vida privada del trabajador donde se tiene que dar la respuesta universal, y la comunicación a los otros que esa universalidad lleva asociada, a la corrosión del carácter íntimo por motivos laborales. El sindicalismo es una respuesta parcial, social y política a la vida laboral dentro del lugar laboral, esté donde la flexibilidad haya tenido a bien ubicarlo, lo cual no debe confundir ni  anular la capacidad de traducir en universal los efectos íntimos de esa corrosión laboral individual. Surge así lo propio del ámbito de la nueva vida privada, organizada alrededor, no de la libertad a secas como antes, sino de lo que cada uno hace con su libertad y lo que esa libertad hace con cada uno. Es una respuesta creativa, que hace visible la comunidad donde tiene lugar ese giro lingüístico que va de la libertad individual romántica al poder ser libres juntos. Hace visible la comunidad y la convierte en fuente y referente de sentido, al poder transmitir a sus miembros el hallazgo universal en que cada cual ha traducido su corrosiva experiencia laboral propia.