El Algoritmo es una persona que tiene presencia como si fuera un dato, pero que quiere seguir apareciendo como un sentimental. Cuando esto sucede, que es cada vez que se acerca a los otros en las sendas de la naturaleza, se pone como loco a hacer fotos a los bosques y luego se da la vuelta y nos dice que lee emocionado a san Juan de la Cruz. Es un tipo que dice que ama con fervor la naturaleza, pero al mismo tiempo se pirria por tener entre las manos el último chisme tecnológico. Es un tipo que te convoca para acompañarle en una excursión por el campo y al mismo tiempo sabes que si aceptas la invitación irás todo el camino solo. Es un tipo que dice que todo el mundo persigue sus intereses menos él que solo va a lo suyo. Es un tipo, en fin, cada vez más habitual en las reuniones sociales, convertido en una variante digital del clásico fantoche de toda la vida. Ese que lo sabe todo, se hable de lo que se hable. ¿Qué hacer? Nos dicen los opinadores que tenemos que acostumbrarnos a repensar la tecnología digital y nuestra relación con ella, y de paso solucionaremos nuestro trato con los nuevos fantoches. Pero las preguntas continúan. ¿Qué hacer con lo que ha producido la falta de semejante costumbre? Con aquello en que nos ha convertido esa falta de hábito de tratar todo el día con las máquinas. Y con los fantoches, a través de ellas. Estos monstruos contemporáneos, llamémosles así, ya caminan por su cuenta, calle arriba y calle abajo, pero a sus fabricantes todavía no ha alcanzado la perplejidad en que estamos inmersos. Viven aislados en sus torres de silicio de Silicon Valley. En parte, digo yo, por que muchos de ellos, fantoche y máquina, se presentan en público como unos monstruos simpáticos.
