miércoles, 4 de febrero de 2026

LUCERO VELASCO

 LA SAL DE LA TIERRA

Reaparecemos al fondo del vaso,
las arrugas se nos enredan por el rostro.
Alguien barre.
Es de mañana y, por una hora o dos,
nadie es mucho más
que su aliento en el vidrio
o el mango de la escoba.

EXILIO LINGÜÍSTICO

 Todo va muy rápido debido a las redes sociales y por ello se envejece antes, lo que hace que la gente tenga prisa por seguir apareciendo joven. Para ello más vale tener a mano una imagen rápida,  antes que saber manejar lentamente mil palabras.  Y es que Baudelaire describió la vida humana como islotes de horror en un océano de hastío. En esas estamos. El caso es que estoy pensando exiliarme lingüísticamente. El idioma español se ha contaminado de horror y hastío, y no hay manera de encontrar un lugar y un hablante qué no esté afectado por el virus. No se quien está detrás - o si lo pienso un poco los descubro - de la educación de esta patulea de charlatanes nacidos en plena democracia que parecen más bien que su madre los parió en las barricadas cercanas a la batalla del Ebro o en cualquier campo de concentración o checa de la época de marras. Y es que si la abundancia deforma, el tenerlo todo desde recién nacido sin esfuerzo a cambio deforma y corrompe absolutamente. Quien tenía que defender con más ahínco el desarrollo y plenitud de la democracia, pues es la herencia de la época que les ha tocado vivir, defienden la dictadura del proletariado de la época de la Rusia zarista, o la tiranía cultural de la época maoísta, o la vuelta al pasado franquista. Cuesta creer que esta camada de consentidos estén tan mal educados que hagan suya la brujería palaciega de Rasputín o la mano asesina del soviet supremo de Stalin, o las marrullerías torturadoras del inspector Conesa, y les sea imposible asumir la verdadera herencia de la época de sus padres, a saber, el ideal democrático de Habermas. Que  como ya dije en la entrada anterior, consiste en comportarse como si fueran seres dotados de una racionalidad ilimitada, tiempo infinito para deliberar, ausencia absoluta de intereses materiales, buena fe inquebrantable y una empatía que nunca se agota. Repito, como si fueran seres perfectos. Solo les pido eso: el como si. Que más se le puede pedir a un ser mortal e imperfecto.

El problema es que el buenismo de Habermas conduce a la paradoja más deliciosamente suicida de toda la Ilustración tardía: una sociedad que, para poder practicar sin límites la razón comunicativa, tendría que estar compuesta exclusivamente por gente dispuesta a practicar la razón comunicativa. Y lo está. Pero basta con que el 0,1 % sean niños aburridos de familias acomodadas de la clase media famosa (esa de donde proviene esta camada de la que vengo hablando, no son más) que queman contenedores porque el sistema es violencia, o que sin haber trabajado en su vida hacen carrera esperando su turno oportunista en las filas del grupo de poder correspondiente, basta con ese eximio porcentaje, digo, para que todo el hermoso edificio de Habermas se venga abajo en una tarde de disturbios. No se puede conversar en paz con tanta ideología - ese parálisis diaria del pensamiento -, en pie de guerra. Así que un exilio lingüístico me permitirá alejarme de tantas palabras que no dejan de atentar contra la paz de las almas y de los cuerpos. Y al fin y al cabo contra la paz del mundo. La guerra, otra vez. No lo duden, lo acabaremos viendo. Y el síntoma indudable es esa constante que se repite machaconamente, a saber, la primera víctima de la guerra, cualquier guerra, son las palabras. El uso que hacemos de las palabras. Antes de que las bombas destruyan las ciudades y los cadáveres llenen las calles.